domingo, 9 de diciembre de 2012

Talavera II.


 Llegamos a la Alameda cerca de las diez de la mañana. El señor Novak estacionó el automóvil frente a la glorieta del caballito, y una vendedora de chicles se acercó apenas apagó el motor. Ya me había parecido antes que el señor Novak experimentaba cierta repulsión al enfrentarse a los pedigüeños. Intentó cubrir una mueca de disgusto quitándose el sombrero para limpiar el sudor de su frente, pero no se me escapó la rigidez que cobraron sus labios cuando la india se acercó con la caja de chiclets Adams y la puso a escasos diez centímetros de su cara. Negó con las manos, negó con la cabeza, negó con la voz. “Tarde, disculpe, vamos tarde, no”,  se le escapó, mientras ponía el seguro en la puerta del conductor. Yo lo esperaba parada en la banqueta. Embelesada, contemplaba el caballito. Entiendo poco de escultura, y mis conocimientos en composición artística son todavía menores. Pero me parece que esa estatua de Carlos IV, un rey del que ahora no recuerdo haber leído nada en mis libros de historia, ni haber escuchado durante las lecciones de la señorita Marriot, de este Carlos IV montado en un rocín de poderosos miembros, es simplemente hermosa. El continuo fluir del tráfico me impidió acercarme más, pero el señor Novak pareció notar mi curiosidad por contemplar la obra, miró de reojo su reloj de pulso, y me tomó el brazo para cruzar Juárez. El señor Novak me señaló un edificio de fachada prominente, que se va haciendo grande conforme alcanza su centro. “Es el edificio de la Lotería”, precisó, y yo pensé entonces en un par de ondas que chocan en el agua, formando una onda mayor.  Frente a él, “el edificio Corcuera”, me pareció la sombra de un gigantesco pastel de bodas proyectado sobre el cielo de la mañana. Al fondo de la avenida, una avenida no tan larga cuyo nombre desconozco y que se abre paso entre ambos rascacielos, se asomó un gran arco con una cúpula en su techo. “Es el monumento a la revolución, señorita Pinteros. El antiguo y escandaloso proyecto del general Díaz para un palacio legislativo republicano”, explicó mi acompañante, mientras su voluminoso bigote ahogaba una sonrisa. Me parece ahora un elefante en blanco. Quizá vaya luego a verlo, pero de momento no entiendo bien su forma. “El señor Tolsá era sin duda un genio de la figura viviente”, pronunció el señor Novak, y eso me hizo recordar mi curiosidad primaria y volver la cabeza. El gigantesco trasero del caballo apareció frente a mis ojos, y no pude más que, algo ruborizada, lo confieso, dejar escapar una leve risa. Dos gigantescas patas traseras, una en alto como dando un paso, se abren progresivamente en forma trapezoidal hasta dar lugar a dos anchas sentaderas, en medio de las cuales dos gigantescos testículos, uno más adelante que el otro, toman lugar como dos gordas señoras que han caído y quedado como atrapadas en mitad de un acantilado inverso. Por otra parte, la recreación de la textura  es casi perfecta. Se pueden apreciar los músculos, las venas, las fibras que existen tras la piel del rocín, y si pudiera tocarlo, estoy segura que no sería capaz, salgo por el calor y la dureza del bronce, de distinguir a ese caballo entre cualquiera de los de papá. El pelo de la cola, larga, crespa y alborotada, no tiene la misma suerte. Supongo que, finalmente, no será tan fácil para un escultor recrear una pierna o un par de glúteos como una cabellera, o la cabellera de una cola. El señor Novak, seguramente algo apenado al percatarse de la generosidad del órgano de la estatua, hizo un pequeño apunte sobre los detalles de la vestimenta romana del monarca español, su corona de laureles, la mirada confiada y la sonrisa triunfal, la precisión de los ornamentos, la estafeta en mano, el adecuado modelado de la musculatura humana, la composición global de un Carlos IV mitad orgulloso, mitad sereno. Yo bajé los ojos y pensé en papá. A esa hora de la mañana, él estaría montado en un caballo como ése, quizá sólo un poco menos caderón. Recordé su cuello tenso, su mentón altivo, mientras da vueltas probándose a sí mismo en las mismas suertes que de joven practicaba, dicen sus amigos, en las antesalas de las batallas. No pude evitar extrañarle, y con él a los veranos en el campo. El frío de la mañana, el rocío sobre el maíz del sembradío, el sabor de la leche bronca, tan distinta a la que he probado estos días en casa de la tía Carmen. Un aire fresco sopló por un par de segundos, movió mi falda y jugó con mi cabello. Bajé la cabeza y el señor Novak pareció disgustarse. Carraspeó e hizo el ademán de apretar su sombrero que yo comienzo a interpretar como un motivador para seguir la marcha. Miré por última vez el caballo de Tolsá, y de reojo el paseo en su totalidad. Me pareció ver a lo lejos el destello del ángel, y pensé que las otras fuentes y glorietas le resultaban obstáculos para llegar hasta mí. El sol de la mañana las golpeaba todas, abriéndose paso entre edificios, construcciones y calles. Caminamos a prisa, y a prisa llegamos a la Alameda. La avenida Juárez era la panza de un tlacuache tirado al sol. Estirada, me pareció más larga que el paseo. Suspiré pensando en lo lejos que estaba de casa, dónde las avenidas son pequeñas y el sol no batalla para bañarlo todo con esas  calles minúsculas y esas casas de no más de tres pisos. Sentí miedo, por segunda vez en el viaje, y por segunda vez también me sentí muy sola. Los vendedores de muchas cosas iban y venían por los corredores de la Alameda. Me llenó el olor de los buñuelos, las pepitorias, las obleas y los tamales con champurrado. Es increíble lo temprano que está todo ya montado en domingo. Pensé de nuevo en casa, en la calma de las calles que nada se mueven a esa hora de la mañana, en la forma en que toda la vida de aquella ciudad se concentra en los atrios de sus iglesias, atrios de empanadas y rosarios. Los indios iban y venían en sus bicicletas, y uno que otro, algo más arriesgado, invadía con carros de mulas ambos sentidos de la avenida. En la lejanía, gigantescos monstruos arqueados con docenas de ojos iban y venían arriba y abajo por San Juan de Letrán. “Los tranvías han modificado la forma en que esta ciudad se mueve”, culpó el señor Novak, y habló luego del movimiento, de cómo la ciudad se precipitaba diariamente sobre sí misma como un hormiguero que se convulsiona. La Alameda es un parque que huele a historia y a ese mismo movimiento sin fin que invade el resto de la urbe. Están ahí todos, los ricos y los pobres. Caminan por sus andadores las mujeres ensortijadas junto a las damas de faldas cortas, las peinetas junto a los tocados de salón. Los sombreros y los guantes, las palmas y los hilados. Los viejos con sus años, los estudiantes con sus libros. Topamos con la fuente de Neptuno, y me quedé pasmada en el tridente. El rostro del anciano dios de los mares, su posición amenazante, el instrumento de su gloria en mano, me recordó al san Gabriel de la capilla del convento del Carmen. Y entonces, casi sin darme cuenta, deseé apartarme de ahí, y suspiré aliviada por estar lejos de casa. Qué tonta, pienso ahora, si siempre me ha gustado ese san Gabriel. Luego de llevarme por entre las avenidas de aquel parque, el señor Novak emprendió una marcha veloz desde la fuente central, cuya alegoría no entendí, hasta un complejo de mármol blanco y letras de bronce que se abre en mitad de la fachada de la Alameda. “El hemiciclo a Juárez es en realidad un cenotafio”, señaló mi acompañante, mientras le llegábamos por la espalda y en el centro de la columnata alcanzaba yo ya a distinguir la figura del benemérito de las Américas. Sentado con las leyes en mano sobre un prisma en mitad del conjunto,  mirando al sur de la ciudad, su gesto es duro y sus rasgos toscos. Sobre su cabeza, un ángel de la victoria lo corona con laureles, y a su lado una alegoría de la libertad alza muy alto su flama. Pensé en todas las tías que lo señalaban como el primer mal de nuestra familia, y las monjas de la doctrina que lo comparaban al demonio. Imaginé a Juárez sufriendo la tortura bajo el tridente de san Gabriel, y supuse que yo estaría pronta a rescatarlo . “Una composición digna de un héroe nacional, ¿no le parece, señor Novak?”. La figura del señor Rivera pareció surgir de entre el mármol, y sólo entonces reparé en los dos leones que, mirando también al sur, custodian desde su base la contemplación del prócer. Sólo entonces, parado en mitad del hemiciclo, rodeado de niños a los cuales antes de nuestra llegada repartía cacahuates, según entendí por la bolsa semivacía que guardó en su bolsillo, sólo entonces, decía, me di cuenta de su panza, y de la prominencia de todos sus otros rasgos. No sólo la altura del señor Rivera es destacable: lo son también sus manos, grandes y gordas, que acercó para tomar la mía y palmotear mi cabeza, lo son sus labios, gruesos, y sus mejillas regordetas, partes de una cara que parece ser la única cosa pequeña en él, comparada con su cuerpo gigantesco. Todo en él es dimensión, todo en él exagera las líneas hasta hacerlas parte de un conjunto monumental. Nos aseguró que había llegado hacía quince minutos, y mirándome con sus ojos saltones, otro rasgo excesivo de su composición física que hasta hoy capté, señaló a Juárez. “Si él y yo nos pusiéramos al tú por tú, ¿quién cree usted que ganaría?”, me preguntó. Sonreí, alcé los hombros y contesté: “¿En política o en pintura?” El señor Rivera rio de buena gana. En mitad de su carcajada, levantó la vista y, casi sin poder abrir los ojos, sus enormes ojos, por el esfuerzo de la risotada, se dirigió a mi acompañante. “No dilatemos más nuestros tratos, señor Novak. La cifra que me ha hecho llegar en su telegrama me parece adecuada. Divídala en dos, ponga en un sobre la mitad, envíela a mi estudio, y yo estaré en casa de la señora Cortina el próximo lunes”. El señor Novak sonrió, quizá como nunca lo vi sonreír hasta hoy, y yo entendí que estaba satisfecho cuando llevó su mano al sombrero y lo levantó en señal de agradecimiento frente al señor Rivera. “¿Tienen ahora algo qué hacer? Trabajo justo ahora enfrente, y no quisiera que demoráramos…” “¿En qué trabaja?” El señor Novak, que ya ponía su bastón bajo su brazo y preparaba seguramente palabras de cortesía para marcar nuestra retirada, me miró con ojos desorbitados –aunque no tan grandes como los del señor Rivera-. “Vaya, ¿está usted interesada en mi trabajo?” “Me interesó el cuadro que tenía ayer en su estudio. No sé si así sea su trabajo, señor Rivera” “No, es aún mejor”, me dijo, y tomando mi mano, presa de cierta energía casi infantil, cierto capricho, se apresuró a cruzar la avenida. El señor Novak, corriendo detrás de nosotros, intentaba con palabras aisladas detener lo que de seguro le parecía una reacción totalmente irregular, mientras yo volteaba a verlo de vez en cuando sin poder detener mi marcha, presa por completo de la curiosidad. Sentía la gigantesca mano del señor Rivera envolver la mía, y mis pies casi flotar a merced de sus intenciones. Entonces reparé en los edificios frente a la Alameda. Grandes, pequeños, de muchas épocas, sus fachadas se ofrecen como un buffet de estilos arquitectónicos que invitan a probarlo todo, como diría la tía Carmen, “de a poquito, para que no se escalde el gaznate”. Reparé en la fachada que el señor Rivera pretendía cruzar conmigo. Era un edificio en herradura, no tan alto como el de la Lotería o el Corcuera, pero de una construcción sólida y prominente. La fachada combinaba ladrillo, vidrio y acero, y el pórtico central, en medio de los dos extremos de la herradura, predestinaba lujo y clase. Mientras el señor Novak cedía paulatinamente a los impulsos del señor Rivera, que volteaba de vez en cuando a dirigirle alguna expresión que rogaba por su paciencia, el pintor nos introdujo en lo que será, supuse, el lobby de un hotel moderno. El lugar es un total bullicio. En medio de trabajadores yendo y viniendo con botes de pintura, pliegos larguísimos de papel tapiz, taladros, martillos, clavos y brochas, y de un continuo sonar de herramientas, fierros y motores,  el señor Riviera nos introdujo a un gran aula vacía, rodeada de ventanales y llena de desniveles, en cuyo fondo distinguí una montaña del mobiliario destinado a lo que me parece será un restaurant. “Ahora dígame, ¿qué tipo de pintura le interesa a usted?”, me dijo, soltando mi mano al creerme ya segura en el interior de la construcción. “Me interesa lo que habla de las cosas reales”, le contesté. Traspasábamos una prolongada red de hules y telas, al tiempo que yo intentaba describir mi ideal de pintura. “Debe decirme algo, principalmente” “Ajá” “El cuadro de ayer, por ejemplo, me habló de la mujer”. El señor Rivera se detuvo en mitad de su fortaleza de plástico y retazos, miró al señor Novak y pareció contrariado. “¿Le parece? Yo propongo en él la cuestión de la feminidad, el paso del tiempo y el correr de la vida femenina, su capacidad de procreación, su fertilidad de diosa antediluviana”, declaró, alzando las manos hacia el firmamento de tejidos que nos rodeaba. “Pues sí, claro. Por eso sus grandes caderas de mulata”. No sé cómo saqué eso. Recordé que en algún libro de historia del arte, de los que papá guarda bajo llave y que yo robé en un descuido de las indias, se habla de la relación entre la cantidad de caderas que se pintan en una mujer en un cuadro, y la intención del pintor de retratar con énfasis su capacidad reproductiva. “¿Cuántos años tiene usted?”, acertó a preguntar el pintor, y dudé en si sería correcto responder una pregunta tan personal. De cualquier forma, el señor Rivera continuó. “No creo que sea usted realista. De otra forma, esto no le gustará demasiado…” El señor Rivera apartó a un conjunto de jóvenes con overol y boina, que intentaban cubrir un gigantesco muro con tela de manta. Suspiró frente al retablo cubierto, con las manos en los costados, lo que lo hacía ver aún más panzón, me miró una vez más, como calculando mis pensamientos, o pensando él en la posibilidad de que toda aquella maniobra resultara finalmente inútil ante mi poco entendimiento artístico. Como armándose de valor con una sonrisa, descolgó de un tirón la tela. Lo que dejó al descubierto es, por mucho, la cosa más impresionante que he visto jamás.

No hay comentarios: