sábado, 8 de diciembre de 2012

Talavera. I.


Es un hombre alto. En verdad me sorprendió su altura. No dejo de decirle al señor Novak que el señor Rivera tiene en la talla de su cuerpo su propensión para ver más allá de lo que todos vemos. Así de alto, era natural que su punto de vista fuera también muy lejos, hasta resultar inentendible. Nos recibió en su estudio, rodeado de perros feos. Para llegar hasta ahí tuvimos que recorrer campos de piedra, sembradíos y caminos desolados, tras los cuales uno no piensa que encontrará algo. En medio de ellos, sin embargo, hay un pueblo, llamado San Ángel, con casas, plazas, iglesias, calles empedradas. “Son xoloizcuintles”, nos dijo, “los pueblos nahuas los comían, porque además de feos y pelones, son sabrosos”. Para entonces una manada de ellos ya nos había asaltado al llegar, apenas un hombre  de su servicio abrió la puerta. Es un hombre alto, y coqueto también. “Feos, pelones y sabrosos, como yo”, me dijo al tenderme la mano, y en mitad de su rostro se pintó una sonrisa jubilosa, como la de un niño que ha contado una travesura en mitad de su recuerdo. Sus ojos me miraron de abajo hacia arriba. El señor Novak tomó mi mano, devolviéndole la sonrisa. “La señorita Pinteros, hija del general”, me presentó. El señor Rivera agachó la cabeza. Recuerdo ahora que pensé en ese momento que quizá intentaba recordar al tal general Pinteros, o pretendía esbozar alguna clase de reverencia en broma. Levantó la cabeza y sus ojos me vieron de nuevo. Entendí que no había sido ni una ni otra. Buscaba en su paleta la mejor tonalidad. Estiré mi cuello para contemplar, sin mover para nada mis pies bien juntos, lo que había en el lienzo, detrás de él. Distinguí una figura curva, como un jarrón. Flores, un sombrero, un óvalo café. El señor Novak no perdió más tiempo y para entonces deshebraba ya en una conversación cuyo tono a mí me resultó muy tosco, los motivos de su visita. El señor Rivera parecía más atento a mis intenciones de mirar el cuadro que a las palabras del señor Novak. Cuando una mueca en su rostro borró su sonrisa, que mantenía desde su tendida de mano, entendí que sus oídos habían tenido demasiado, levantó su mano y la movió de arriba abajo, como diciendo “pare, pare”. El señor Novak siguió dos, tres frases más. Su sombrero se movía nervioso en sus manos, que mantenía juntas sobre su cintura. “No me gusta hablar de negocios cuando pinto. Me salen los rojos muy opacos”, bromeó, entendí yo, para relajar los ánimos. Me hizo con sus dedos la seña de que me acercara. Volteó el lienzo y pude ver, de nuevo, un jarrón, flores, un sombrero, una curva café. Me sentí tan miope. El dibujo a lápiz, que intenté seguir línea por línea, me reveló una espalda desnuda terminada en una gran cadera femenina, seis girasoles a medio deshojar, colocados en distintas posiciones, un par de pies descalzos, medio rostro, un girasol más, medio muerto sobre un cuadriculado. No entendí si era un petate, o un colchón. “¿Le gusta a usted bailar?”, me preguntó mientras acercaba su índice al sexteto de girasoles y lo desplazaba de izquierda a derecha una y otra vez por sobre el arco que formaban las flores en torno a la mujer desnuda. El señor Novak se acercó al cuadro lo más que pudo, pronunció algo en ruso que no entendí mientras abría los ojos con una sorpresa que me pareció exageración, y dándole la espalda al cuadro tomó mi mano y mi codo, e intentó alejarme de ahí, caminando apresurado hacia la puerta. La voz del señor Rivera lo detuvo un segundo en la puerta. La tensión en el cuello de mi acompañante y un suspiro casi imperceptible que brotó de su pecho, me recordó la vez que Ana se vio obligada a pedirme perdón por haber roto un caballito de porcelana que me había regalado papá. “Mañana a las once, en la Alameda, señor Rivera. Discutiremos el asunto en…” “Sí, sí, en algún café”, rió completando la frase del señor Novak, “en algún café. Hasta pronto, señorita Pinteros”. El señor Novak no se volteó. Esperó de espaldas a la mujer desnuda mientras yo giraba para hacer una pequeña reverencia de despedida al pintor. Me tomé un par de segundos más para darle otro vistazo a la espalda del lienzo. Recuerdo que pensé en lo curioso que resultaban un hombre como el señor Novak y una mujer como la del cuadro dándose mutuamente la espalda. Se habrán peleado, imaginé, y ella se va ahora con sus flores bailadoras sin decir adiós. El señor Novak tosió y comprendí que su espera tenía un límite, ya cercano. Sonreí al señor Rivera, quien sin mirarme más regresó a su cuadro, y salí de ahí con mi acompañante. No puedo negar ahora los fuertes deseos que tengo de verlo aparecer mañana en la Alameda. El señor Novak ha insistido a la tía Carmen en la imposibilidad del hecho, utilizando palabras como “peligro”, “honra”, “liviandad”, mientras tomaba el té con ella hace un momento. Yo, que fingía leer Mujercitas en el estudio, ponía más atención a la conversación tras la puerta que a las imprecisiones amorosas de Jo, la enfermedad de Beth, los arrebatos y tonterías infantiles de Amy. Al final, la tía Carmen ha salido de la sala, me ha mirado a todo lo largo y con una risa fresca, que evidentemente ha molestado al señor Novak, me ha sugerido ir con las enaguas largas. “No vaya a ser que haga frío, pues”, ha agregado, despidiéndose así de mi cuidador, quien ha partido inclinando su sombrero y recogiendo su bastón. Cuento los minutos con desesperación, y hasta me parece que no dormiré. Me pregunto si el señor Rivera accedería a hacerme un retrato. Supongo que sí, diría la tía Carmen, pero con las enaguas largas. 

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