jueves, 27 de diciembre de 2012

Los fabulosos 25.


Mi nacimiento no se reduce a un rincón. 
El mundo entero es mi patria.
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Mañana llegan. Todos, y juntos. Los vi venir sobre mí en tropel desde mitad del mes pasado, y todavía hoy, sin que el mundo se acabe y mediando la amenaza de un pastel con todo y mordida por parte de mis compañeros de oficina, los veo acercarse a pasos vertiginosos. Son veinticinco, y la dicha de recibirlos es casi tan profunda como el miedo que dan por numerosos, vastos, populosos y puntuales. En unas horas, y sin que medie de por medio ninguna profecía que vaticine lo contrario, ésta su pluma cumplirá veinticinco años, y habrá de celebrarlos, quiera o no, porque está escrito, sin que haya ninguna ley que verse al respecto, que quien no celebra su cumpleaños, aún mediante un simple gozo interior, está condenado a vivir la intranquilidad perpetua -que no se compone de otra cosa que muchas llamadas de gente repitiendo, entre felicitaciones y buenos deseos, "¿cóóóómo creeeeees que no los vaaaaas a celebraaar?-

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Yo lo haré trabajando. Es la mejor manera que encuentro de hacer un merecido homenaje a un último año de mi vida que se va ya dejando una estela de luz. Ha sido particularmente un buen año. Si recuerdan -y si no también, que yo aquí se las refresco-, hace un año el panorama con que celebraba mi cumpleaños y cerraba las puerta de un 2011 estático, monótono y luego convulso hacia sus últimos días por serias decisiones que debí tomar, era, por decir lo menos, poco halagador. Mi deseo era el del caminante de una casa del terror: terminar el recorrido lo antes posible, para ahorrarse el mayor número de gritos y sobresaltos, pasando casi sin ver. Mi deseo, al cerrar el 31 de diciembre pasado, era el de poner toda la esperanza en que este año que ahora ya ha corrido -y velozmente, cual Michael Phelps región cuatro- resarciera lo que el pasado no hizo ni a golpes de llanto.
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Y lo logró. 2012 fue un año de luz y aprendizaje. En enero, tras una llamada que lo cambió todo, yo y mi mundo nos embarcamos en una aventura persona jamás contada: ser líder, por primera vez en mi vida, y responsable con ello de decisiones que día a día tomo -o intento tomar-, asustándome de lo lejos que en un año he podido llegar mediante el aprendizaje, la prueba y error y los catorrazos secos y sonoros. Ahora, casi doce meses después de ese hecho, me sobresalto de lo que he sido capaz, de lo que he aprendido, de lo que ahora sé, y, sobre todo, de lo que he alcanzado en muchos más aspectos que el económico. De lo que otros, como no queriendo, han dejado fuertemente marcado en mí. Lo digo fácil, pero la labor diaria ha sido la de cualquiera de los personajes del lúcido Ensayo sobre la ceguera de José Saramago -Dios lo tenga a confeti y asado-: andar a tientas, adivinando perpetuamente el camino, en una mano el miedo a equivocarme, en la otra las ganas de enfrentar el reto.
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En el terreno personal, íntimo, y mirando en retrospectiva, descubro sobre mi cara pintada la felicidad. Un año más, conservo las buenas cosas que me ha dejado la vida, por lo menos la gran mayoría de ellas. Día que pasa, día que aprendo un poco más de mí, de mi personalidad, de lo que tengo a la mano para disfrutar y dar a otros. Me pasa que me descubro, un poco cada vez más, genuino e invaluable, lo que me lleva a recordar que finalmente nadie está de más, nadie estorba, pero tampoco nadie es imprescindible. Mi persona puede ser vehículo de grandes cosas, como me esfuerzo en serlo, y artífice de grandes cambios en otros. 
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Este fue un año de afianzamiento. De tomar las cosas con valor y temer un poco menos los riesgos. De decidir para crecer, y de llegar tan alto como no me lo esperaba -y uno no lo descubre, no sabe que le está faltando el aire, hasta que en un descuido mira hacia abajo y descubre el vacío, y se recuerda humano-. De ser un poco más yo, cada día, y disfrutar de lo que otros, siendo ellos mismos, pueden darme. Por eso fue particularmente un buen año con mi cobija de ojos y chinos, a cuyo lado, hombro con hombro, pasé otros trescientos sesenta y cinco días de aprendizaje y amor triunfal, recordando que el amor es, por sobre cualquier afán mercadológico, una decisión que requiere tener en una mano los "tanates" y en la otra el corazón.
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Fue un año de emprender, en muchos más aspectos que el laboral. Emprendí un viaje, otro viaje, a la única Ciudad que he conocido hasta ahora, en el año 25 de mi vida, que merece mis ojos y mi creatividad. La única Ciudad que es, por su historia, su grandeza, su fortaleza y su apertura, un par de brazos abiertos para disfrutar de todas las gamas y posibilidades que nos da la vida. Emprendí otros viajes, internos y mucho más turbulentos, pero que dejaron grandes satisfacciones. Hablé con la verdad, y procuré hacer de ella un estandarte. Eso dolió, como duele siempre enfrentar al toro por los cuernos y no sólo sobarle el rabo. Fue un año estrella, punta de lanza y bandera. Un año paso fuerte pero inesperado. Un año en que tomé decisiones que buscaban paz a costa del desorden, que buscaban crecimiento a costa de la herida. Un año de maduración, en que me descubrí un poco más tolerante, un poco menos frágil, un mucho más en paz con lo que tengo en casa.
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Fue un año de duelo también. Don Benjamín se fue en agosto, apagando su luz al salir. El cierre de sus ojos, en pleno vuelo de los míos, son un recordatorio más que un dolor: hay que buscar siempre, por sobre el éxito, el dinero, los placeres y las pasiones, estar bien con uno mismo. Porque estando así, en paz con lo que encontramos al cerrar los párpados, se consigue estar en paz con lo que encontramos al abrirlos. La existencia de mi padre se apagó, pero su ausencia dejó muchas presencias: el abrazo de los seres más queridos, quienes, aún en la distancia, hicieron llegar incontables muestras de afecto a mí y a los míos, redescubriendo ante mis ojos la idea de que, si finalmente hemos de andar solos por la vida, serán siempre las otras conciencias un buen puerto al cual avenirnos al faltar nuestros propios "talentos". Ese abrazo que fue, a mitad del año, gasolina y chispa, escudo y lanza. Fue un año de otros duelos, de dejar ir a quienes no podían estar, a quienes no querían estar, a quienes no debían estar, y volver a pintar las paredes de los cuartos que dejaron libres con azul profundo. 
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Fue un año en que me descubro más selectivo, más exagerado, más dubitativo, pero más libre. Las primeras tres cosas las estoy poniendo en el cajón de lo observable. Hay que tener cuidado. Si bien es bueno ser cuidadoso al elegir, también lo es saber cuándo es mejor aventarse al vacío -como lo hice con un "sí" en enero, que aunque pronto resultó beneficioso- que seguir imaginando opciones que no llegan. Lo cierto que es que, con mis veinticinco en puerta, soy cada vez menos propenso a abrir el corazón a los imbéciles y más dispuesto a echarlos de mi vida cuando demuestran que su estupidez, lejos de ser una virtud que alecciona, es un obstáculo que idiotiza. La última, la libertad, la conservo como un valor alcanzado con la persistencia y la fuerza, y conservado con el autoejemplo y la autoreprimenda. Alcanzada y probadas sus mieles, deja mucho que desear volver atrás, regresar al clóset y dejar de pelear, desde trincheras inefables, porque otros también la descubran, la alcancen y la elijan.
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Fue un año, también, de descubrirme más abierto. A todo. Hoy pocas cosas me molestan como antes. Puedo tolerar tanto, que termino por ser empático y apreciar la diferencia. Mis juicios son cada vez menores, y espero de los otros tan poco que comienzo a decepcionarme también un poco menos. 
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Haciendo cuentas -mis informantes se pintan solos para esto de los cálculos infinitesimales, que ejecutan magistralmente con un ábaco y tres runas (eran cuatro, pero la otra la cambiaron por un imán para robar monedas)-, estoy a la mitad de la era de los veinte. En cinco años más, pisaré los treinta, y habré de hacer otra entrada, si la vida me da manos y licencia -para matar, ?-, o escribientes, en que hablaré de lo viejo que me siento y lo duro y tupido que me ha llovido la experiencia en toda su gloria. Pero  en cinco años también, los pasados, he leído más que en el resto de mis veinte, he visto más cine, he experimentado más, he aprendido más, he conocido más, he aceptado más, he amado más -y con más fuerza, y con más pasión-, he apoyado más, he escuchado más, he sido escuchado más, he sido más feliz. He hecho muchas cosas que he querido, y he renunciado a otras por saberlas imposibles o de dificultad apabullante. He tachado de mi lista de cosas por hacer un gran número de pendientes, y he anotado al final muchos otros más. Esto se debe, casi no temo al asegurarlo, a que he estado más abierto que nunca a creer en el destino, y en lo que éste tiene preparado para mí, a ciegas y con una carcajada pronta en el rostro, dispuesta a sobrecogerlo y moverlo conmigo a la dicha y la plenitud.
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He de decir que he escrito menos, pero con más valor, de lo cual es prueba este Baile, que mañana cumple también sus cinco primeros años. Con un lustro de existencia, ésta página nos ha acercado a más lugares de los que imaginamos jamás. Ha sido testigo insuperable -y no mudo- de cambios en mi persona que jamás creí experimentar ese 28 de diciembre de 2007 en que, desde otra computadora, con otra esperanza, otros amigos, otras glorias, me propuse, y les propuse a ustedes, descubrir el valor de la palabra y sacarle todo el jugo que es capaz de darnos para celebrar a la vida a través de nuestro idioma. En cinco años, por poner unos ejemplos sobre la mesa, a lo manzana de la discordia, este Baile que es suyo, mío, nuestro, y de quienes compartimos los gastos, el idioma y la felicidad de reconocernos en la palabra y su vigor, en cinco años, ha evidenciado salidas del clóset, películas, lecturas, escritos, amistades, noviazgos, truenes, reconciliaciones, encuentros televisivos, reflexiones ociosas, gustos y sabores, fuerzas y debilidades, hobbies, el paso de quienes siguen y el de los que se fueron, decisiones, enfermedades y lutos, ausencias y sobresaltos, elecciones y jornadas electorales, viajes, tomas de protesta y pérdidas irreparables en las urnas, avisos de fraudes, personalidades políticas y memorias históricas irrepetibles. 
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Nos ha educado, y yo con él he adquirido también muchos aprendizajes. Quienes lo compartimos, quienes lo visitan desde lugares del mundo tan lejanos como Tahití y dicen encontrar en él un consejo, una buena frase, una risa, una caricia, una cachetada o un puntapié, quienes lo han criticado y han deseado verlo arder en la hoguera, quienes a través de él han sabido un poco más de mí y de lo que creo, y se han impregnado en ello de lo que llevo y compartido lo que tengo, quienes se han sentado conmigo a la mesa en este gigantesco banquete que más de ocho mil visitantes han degustado -o vomitado, pero probado al fin-, celebramos juntos, queriendo o no, un lustro de ponerle a la coma el mejor ritmo que sabe bailar: el del corazón y la palabra, el amor al lenguaje y las posibilidades infinitas que encarna el compartirlo, usarlo, malversarlo, errarlo, dilapidarlo y volverlo a amar. Porque más allá de lo que ya dije que estuvo siempre puesto sobre el platón de este gran banquete que hemos compartido hasta hoy, brilló siempre en su presencia el deseo de encontrarnos unidos, amados y humanos en mitad del verbo y su conjugación -conjugar quiere decir, fíjense qué cosas, unir, combinar, reunir en un abrazo-. De celebrar la vida que se nos regala cada día como una oportunidad indescriptible para seguir buscando la sonrisa y la verdad, la paz y la fraternidad.
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Mi deseo de estos veinticinco que hoy recibo como un regalo y una fiesta, que mañana abrazaré al apagar las velas -imaginarias o no, como sea que lleguen-, es muy distinto al de los veinticuatro: es seguir escribiendo, seguir leyendo, seguir amando, seguir sintiendo, seguir hablando, seguir disfrutando, seguir riendo, seguir bailando, seguir haciendo lo que quiero y me da gusto hacer, seguir discurriendo, seguir acertando, ceguir herrando, seguir cerrando, seguir abriendo, seguir aprendiendo, seguir iluminando -e iluminándome, seguir conociendo, seguir dejando ir, seguir fortaleciendo, seguir abrazando, seguir viviendo. Yo no sé que traiga el 2013, y creo ser poca cosa como para obligarlo a venir con tal o cual regalo. Mi deseo es que sea fecundo y creador, genuino y valioso, de aprendizaje y fortaleza, de crecimiento y virtud. De felicidad. Tanto o más, de ser posible, como lo fue este 2012 que hoy se lleva mis veinticuatro. Mi deseo es el del reto, pero la fortaleza para superarlo y aprender. Y ese deseo va, desde estas velas que apago, a todos ustedes por añadidura. Porque son, les guste o no, al leerme, partícipes de una vida que nos puso en el mismo camino, en el mismo lugar, y que encontró nuestras palabras y nuestras lenguas para hacerlas vibrar con la luz de la razón.
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¡Salud!

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