jueves, 27 de diciembre de 2012

Los fabulosos 25.


Mi nacimiento no se reduce a un rincón. 
El mundo entero es mi patria.
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Mañana llegan. Todos, y juntos. Los vi venir sobre mí en tropel desde mitad del mes pasado, y todavía hoy, sin que el mundo se acabe y mediando la amenaza de un pastel con todo y mordida por parte de mis compañeros de oficina, los veo acercarse a pasos vertiginosos. Son veinticinco, y la dicha de recibirlos es casi tan profunda como el miedo que dan por numerosos, vastos, populosos y puntuales. En unas horas, y sin que medie de por medio ninguna profecía que vaticine lo contrario, ésta su pluma cumplirá veinticinco años, y habrá de celebrarlos, quiera o no, porque está escrito, sin que haya ninguna ley que verse al respecto, que quien no celebra su cumpleaños, aún mediante un simple gozo interior, está condenado a vivir la intranquilidad perpetua -que no se compone de otra cosa que muchas llamadas de gente repitiendo, entre felicitaciones y buenos deseos, "¿cóóóómo creeeeees que no los vaaaaas a celebraaar?-

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Yo lo haré trabajando. Es la mejor manera que encuentro de hacer un merecido homenaje a un último año de mi vida que se va ya dejando una estela de luz. Ha sido particularmente un buen año. Si recuerdan -y si no también, que yo aquí se las refresco-, hace un año el panorama con que celebraba mi cumpleaños y cerraba las puerta de un 2011 estático, monótono y luego convulso hacia sus últimos días por serias decisiones que debí tomar, era, por decir lo menos, poco halagador. Mi deseo era el del caminante de una casa del terror: terminar el recorrido lo antes posible, para ahorrarse el mayor número de gritos y sobresaltos, pasando casi sin ver. Mi deseo, al cerrar el 31 de diciembre pasado, era el de poner toda la esperanza en que este año que ahora ya ha corrido -y velozmente, cual Michael Phelps región cuatro- resarciera lo que el pasado no hizo ni a golpes de llanto.
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Y lo logró. 2012 fue un año de luz y aprendizaje. En enero, tras una llamada que lo cambió todo, yo y mi mundo nos embarcamos en una aventura persona jamás contada: ser líder, por primera vez en mi vida, y responsable con ello de decisiones que día a día tomo -o intento tomar-, asustándome de lo lejos que en un año he podido llegar mediante el aprendizaje, la prueba y error y los catorrazos secos y sonoros. Ahora, casi doce meses después de ese hecho, me sobresalto de lo que he sido capaz, de lo que he aprendido, de lo que ahora sé, y, sobre todo, de lo que he alcanzado en muchos más aspectos que el económico. De lo que otros, como no queriendo, han dejado fuertemente marcado en mí. Lo digo fácil, pero la labor diaria ha sido la de cualquiera de los personajes del lúcido Ensayo sobre la ceguera de José Saramago -Dios lo tenga a confeti y asado-: andar a tientas, adivinando perpetuamente el camino, en una mano el miedo a equivocarme, en la otra las ganas de enfrentar el reto.
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En el terreno personal, íntimo, y mirando en retrospectiva, descubro sobre mi cara pintada la felicidad. Un año más, conservo las buenas cosas que me ha dejado la vida, por lo menos la gran mayoría de ellas. Día que pasa, día que aprendo un poco más de mí, de mi personalidad, de lo que tengo a la mano para disfrutar y dar a otros. Me pasa que me descubro, un poco cada vez más, genuino e invaluable, lo que me lleva a recordar que finalmente nadie está de más, nadie estorba, pero tampoco nadie es imprescindible. Mi persona puede ser vehículo de grandes cosas, como me esfuerzo en serlo, y artífice de grandes cambios en otros. 
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Este fue un año de afianzamiento. De tomar las cosas con valor y temer un poco menos los riesgos. De decidir para crecer, y de llegar tan alto como no me lo esperaba -y uno no lo descubre, no sabe que le está faltando el aire, hasta que en un descuido mira hacia abajo y descubre el vacío, y se recuerda humano-. De ser un poco más yo, cada día, y disfrutar de lo que otros, siendo ellos mismos, pueden darme. Por eso fue particularmente un buen año con mi cobija de ojos y chinos, a cuyo lado, hombro con hombro, pasé otros trescientos sesenta y cinco días de aprendizaje y amor triunfal, recordando que el amor es, por sobre cualquier afán mercadológico, una decisión que requiere tener en una mano los "tanates" y en la otra el corazón.
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Fue un año de emprender, en muchos más aspectos que el laboral. Emprendí un viaje, otro viaje, a la única Ciudad que he conocido hasta ahora, en el año 25 de mi vida, que merece mis ojos y mi creatividad. La única Ciudad que es, por su historia, su grandeza, su fortaleza y su apertura, un par de brazos abiertos para disfrutar de todas las gamas y posibilidades que nos da la vida. Emprendí otros viajes, internos y mucho más turbulentos, pero que dejaron grandes satisfacciones. Hablé con la verdad, y procuré hacer de ella un estandarte. Eso dolió, como duele siempre enfrentar al toro por los cuernos y no sólo sobarle el rabo. Fue un año estrella, punta de lanza y bandera. Un año paso fuerte pero inesperado. Un año en que tomé decisiones que buscaban paz a costa del desorden, que buscaban crecimiento a costa de la herida. Un año de maduración, en que me descubrí un poco más tolerante, un poco menos frágil, un mucho más en paz con lo que tengo en casa.
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Fue un año de duelo también. Don Benjamín se fue en agosto, apagando su luz al salir. El cierre de sus ojos, en pleno vuelo de los míos, son un recordatorio más que un dolor: hay que buscar siempre, por sobre el éxito, el dinero, los placeres y las pasiones, estar bien con uno mismo. Porque estando así, en paz con lo que encontramos al cerrar los párpados, se consigue estar en paz con lo que encontramos al abrirlos. La existencia de mi padre se apagó, pero su ausencia dejó muchas presencias: el abrazo de los seres más queridos, quienes, aún en la distancia, hicieron llegar incontables muestras de afecto a mí y a los míos, redescubriendo ante mis ojos la idea de que, si finalmente hemos de andar solos por la vida, serán siempre las otras conciencias un buen puerto al cual avenirnos al faltar nuestros propios "talentos". Ese abrazo que fue, a mitad del año, gasolina y chispa, escudo y lanza. Fue un año de otros duelos, de dejar ir a quienes no podían estar, a quienes no querían estar, a quienes no debían estar, y volver a pintar las paredes de los cuartos que dejaron libres con azul profundo. 
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Fue un año en que me descubro más selectivo, más exagerado, más dubitativo, pero más libre. Las primeras tres cosas las estoy poniendo en el cajón de lo observable. Hay que tener cuidado. Si bien es bueno ser cuidadoso al elegir, también lo es saber cuándo es mejor aventarse al vacío -como lo hice con un "sí" en enero, que aunque pronto resultó beneficioso- que seguir imaginando opciones que no llegan. Lo cierto que es que, con mis veinticinco en puerta, soy cada vez menos propenso a abrir el corazón a los imbéciles y más dispuesto a echarlos de mi vida cuando demuestran que su estupidez, lejos de ser una virtud que alecciona, es un obstáculo que idiotiza. La última, la libertad, la conservo como un valor alcanzado con la persistencia y la fuerza, y conservado con el autoejemplo y la autoreprimenda. Alcanzada y probadas sus mieles, deja mucho que desear volver atrás, regresar al clóset y dejar de pelear, desde trincheras inefables, porque otros también la descubran, la alcancen y la elijan.
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Fue un año, también, de descubrirme más abierto. A todo. Hoy pocas cosas me molestan como antes. Puedo tolerar tanto, que termino por ser empático y apreciar la diferencia. Mis juicios son cada vez menores, y espero de los otros tan poco que comienzo a decepcionarme también un poco menos. 
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Haciendo cuentas -mis informantes se pintan solos para esto de los cálculos infinitesimales, que ejecutan magistralmente con un ábaco y tres runas (eran cuatro, pero la otra la cambiaron por un imán para robar monedas)-, estoy a la mitad de la era de los veinte. En cinco años más, pisaré los treinta, y habré de hacer otra entrada, si la vida me da manos y licencia -para matar, ?-, o escribientes, en que hablaré de lo viejo que me siento y lo duro y tupido que me ha llovido la experiencia en toda su gloria. Pero  en cinco años también, los pasados, he leído más que en el resto de mis veinte, he visto más cine, he experimentado más, he aprendido más, he conocido más, he aceptado más, he amado más -y con más fuerza, y con más pasión-, he apoyado más, he escuchado más, he sido escuchado más, he sido más feliz. He hecho muchas cosas que he querido, y he renunciado a otras por saberlas imposibles o de dificultad apabullante. He tachado de mi lista de cosas por hacer un gran número de pendientes, y he anotado al final muchos otros más. Esto se debe, casi no temo al asegurarlo, a que he estado más abierto que nunca a creer en el destino, y en lo que éste tiene preparado para mí, a ciegas y con una carcajada pronta en el rostro, dispuesta a sobrecogerlo y moverlo conmigo a la dicha y la plenitud.
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He de decir que he escrito menos, pero con más valor, de lo cual es prueba este Baile, que mañana cumple también sus cinco primeros años. Con un lustro de existencia, ésta página nos ha acercado a más lugares de los que imaginamos jamás. Ha sido testigo insuperable -y no mudo- de cambios en mi persona que jamás creí experimentar ese 28 de diciembre de 2007 en que, desde otra computadora, con otra esperanza, otros amigos, otras glorias, me propuse, y les propuse a ustedes, descubrir el valor de la palabra y sacarle todo el jugo que es capaz de darnos para celebrar a la vida a través de nuestro idioma. En cinco años, por poner unos ejemplos sobre la mesa, a lo manzana de la discordia, este Baile que es suyo, mío, nuestro, y de quienes compartimos los gastos, el idioma y la felicidad de reconocernos en la palabra y su vigor, en cinco años, ha evidenciado salidas del clóset, películas, lecturas, escritos, amistades, noviazgos, truenes, reconciliaciones, encuentros televisivos, reflexiones ociosas, gustos y sabores, fuerzas y debilidades, hobbies, el paso de quienes siguen y el de los que se fueron, decisiones, enfermedades y lutos, ausencias y sobresaltos, elecciones y jornadas electorales, viajes, tomas de protesta y pérdidas irreparables en las urnas, avisos de fraudes, personalidades políticas y memorias históricas irrepetibles. 
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Nos ha educado, y yo con él he adquirido también muchos aprendizajes. Quienes lo compartimos, quienes lo visitan desde lugares del mundo tan lejanos como Tahití y dicen encontrar en él un consejo, una buena frase, una risa, una caricia, una cachetada o un puntapié, quienes lo han criticado y han deseado verlo arder en la hoguera, quienes a través de él han sabido un poco más de mí y de lo que creo, y se han impregnado en ello de lo que llevo y compartido lo que tengo, quienes se han sentado conmigo a la mesa en este gigantesco banquete que más de ocho mil visitantes han degustado -o vomitado, pero probado al fin-, celebramos juntos, queriendo o no, un lustro de ponerle a la coma el mejor ritmo que sabe bailar: el del corazón y la palabra, el amor al lenguaje y las posibilidades infinitas que encarna el compartirlo, usarlo, malversarlo, errarlo, dilapidarlo y volverlo a amar. Porque más allá de lo que ya dije que estuvo siempre puesto sobre el platón de este gran banquete que hemos compartido hasta hoy, brilló siempre en su presencia el deseo de encontrarnos unidos, amados y humanos en mitad del verbo y su conjugación -conjugar quiere decir, fíjense qué cosas, unir, combinar, reunir en un abrazo-. De celebrar la vida que se nos regala cada día como una oportunidad indescriptible para seguir buscando la sonrisa y la verdad, la paz y la fraternidad.
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Mi deseo de estos veinticinco que hoy recibo como un regalo y una fiesta, que mañana abrazaré al apagar las velas -imaginarias o no, como sea que lleguen-, es muy distinto al de los veinticuatro: es seguir escribiendo, seguir leyendo, seguir amando, seguir sintiendo, seguir hablando, seguir disfrutando, seguir riendo, seguir bailando, seguir haciendo lo que quiero y me da gusto hacer, seguir discurriendo, seguir acertando, ceguir herrando, seguir cerrando, seguir abriendo, seguir aprendiendo, seguir iluminando -e iluminándome, seguir conociendo, seguir dejando ir, seguir fortaleciendo, seguir abrazando, seguir viviendo. Yo no sé que traiga el 2013, y creo ser poca cosa como para obligarlo a venir con tal o cual regalo. Mi deseo es que sea fecundo y creador, genuino y valioso, de aprendizaje y fortaleza, de crecimiento y virtud. De felicidad. Tanto o más, de ser posible, como lo fue este 2012 que hoy se lleva mis veinticuatro. Mi deseo es el del reto, pero la fortaleza para superarlo y aprender. Y ese deseo va, desde estas velas que apago, a todos ustedes por añadidura. Porque son, les guste o no, al leerme, partícipes de una vida que nos puso en el mismo camino, en el mismo lugar, y que encontró nuestras palabras y nuestras lenguas para hacerlas vibrar con la luz de la razón.
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¡Salud!

domingo, 16 de diciembre de 2012

Talavera III.

Me despertó el último jaloneo con que terminaba de estacionarse la pesada mole de acero. Nunca me han gustado lo trenes. Papá insiste en que no hay maquinaria más perfecta, más precisa, más demostrativa del ingenio humano. Y luego agrega, inflando el pecho como gallo en cortejo: “Nuestra Revolución se hizo en tren”. Y marca la r tanto que no hallo más que pensarla en mayúsculas. Pero yo desconfío de ellos. Me parecen exagerados, pesados, monstruosos, un desperdicio de metal. Por eso cuando me mandó con dos de sus hombres de confianza a la estación en Guadalajara, recibí la noticia, casi una orden como todo lo que sale de su boca, con una sonrisa de desdén. Lo hice a propósito. Él había estado insistiendo en la necesidad “urgente” de mandarme con la tía Carmen. Envió telegramas, telefoneó toda la semana, con una terquedad que me pareció sospechosa. Me conoce. Sabe que si se impone, si terquea conmigo, obtiene de mí una negativa mucho más rotunda que la que obtendría si accede a negociar. Por eso estuvo la semana entera en las sobremesas, en las visitas a los conocidos, en sus entrevistas con cuanto hombre de corbata y zapato de charol pisó la casa, mencionando el tema como una ocurrencia pasajera. “Le digo a Marissa que sería bueno que pasara unos meses con la familia de Clara, que en paz descanse” “¿En la capital, mi general? ¡Pero no es ése lugar para una señorita de su edad!”, contestaban casi todos, mientras yo, taza de porcelana en mano, pies cruzados, mirada baja, moño redondo en el chongo, rubor apenas perceptible, reía por lo bajo. “Creo que estar lejos de casa le haría valorar un poco más lo que tiene. Además qué mejor momento que ahora, que terminó sus estudios y no tarda en ser pedida”. Con “ser pedida” papá se refiere a algo menos que ser raptada. No lo dice, hombre reservado al fin, pero mis dieciséis le parecen una edad más que adecuada para pactar un matrimonio por conveniencia. Yo igual río. Y cada vez que lo hago, como cuando sonreí con desdén ante su ordenanza de partir, papá carraspea, golpea con el puño la mesa o el escritorio, se encienden sus ojos, tiembla su bigote, sus fosas nasales se abren gigantes, como un par de norias. Pero nada más. Toma aire y se calma. Agacha la cabeza, y bajo el bigote alcanzo siempre a distinguir una sonrisa de rendición. Con mis medios hermanos y mi hermano en el extranjero, o casados y haciendo sus cosas, a veces creo que papá es conmigo más abuelo que padre. Sus manos no me tocan más que para acariciarme, no mucho, y su voz no se alza más que para decir lo que hay por hacer, con órdenes que yo interpreto siempre como sugerencias. Pero luego lo veo en La Concordia, los fines de semana que me deja acompañarlo a supervisar el pastoreo, o en las imprentas, que visita una por una cada lunes paseándonos por la ciudad, o en las papelerías, cuyo logo diseñó él mismo pensando en un gran compás y una gigante escuadra que trazan una perfecta P, así mayúscula, en cada marquesina, cada bolsa de papel, cada remisión de entrega. “Papelerías Pinteros”. Lo veo entre las máquinas automáticas, alemanas, que suben y bajan una y otra vez en un acelerado y acompasado fluir de tuercas y tornillos, y en cada subida y bajada estampan una página entera sobre el papel. Lo veo hablar tras el mostrador, con cada administrador, cada gerente, cada encargado, cada capataz, y comprendo que no es conmigo como con los demás. Y he de confesar que esa distinción particular que tiene hacia mí me halaga, me obliga a veces a no cuestionarlo en nada. Sólo reír, un poco, para hacerlo enojar también un poco, y luego ver su calma llegar como un regalo que me hace a mí, “la menor de mis luces”, dice, su calma que es un presente personal. Por eso cuando abrí los ojos, sentada en el vagón de primera clase, pensé que con acceder a su imposición de mandarme a esa capital de la que tanto todos hablan, esa ciudad que Miss Marriot tras sus bifocales, sus faldas rectas y sus erres pronunciadas como eles, tacha de “inmoroal”, me ganaba un poco más de su calma, y con ello un poco más de su cariño. El sol me deslumbró y mi primera sensación fue la de estar lejos de casa. Me abrazó el ruido, aún sin salir del vagón, el ruido y el bullicio. La estación me pareció el estómago ardiente de un monstruo mitológico que se sobrecoge en medio de una digestión dificultosa. Tras el cristal, conforme mis ojos se acostumbraron a la luz tras el sueño, se dibujó frente a mí un andén por completo distinto al que dejé en Guadalajara, unas diez horas atrás, dónde un guardavías incluso se tomó el tiempo de ayudarme a subir mi equipaje de mano al vagón. Gente yendo y viniendo, maletas de todos los tamaños cruzándose entre piernas, brazos, carretillas y sombreros. Trabajadores ferroviarios, con sus boinas y sus overoles, andando de un lado a otro con sacos, pinzas, ajas y barras metálicas, tubos, palas, sus frente sudorosas, sus brazos marcados, sus rostros en expresión de un agotamiento tan intenso como las fuerzas que no los dejan parar, me recordaron a los peones del rancho de papá. La misma mirada agotada, la misma mueca rígida en los labios, el mismo ceño fruncido bajo su respectiva ceja marcada. Y alrededor de ellos, parejas que se abrazan, padres que cargan a sus hijos, rebozos y sombreros tras los que se esconden bocas que se besan, bocas que gesticulan. Tanta gente, en tanto espacio, que llega un momento en que, al menos a mí me pasó, una deja de ver personas y ya sólo asiste al espectáculo populoso de un montón de sacos, corbatas, faldas, pendientes, botas, piernas, bigotes y bolsos. Recuerdo que me mareó el ajetreo, y clavé ansiosamente mis dedos en el descansabrazos del asiento al pensar que tendría que bajar en un momento más a formar parte de él. Me sobrecogió la voz de un mozo de a bordo que entró al vagón para apresurar la salida, a gritos de “Estación Buenavista, señores, señoritas. Estación Buenavista”. Abrió los compartimentos y algunas cajas de sombreros cayeron al suelo, entre las voces indignadas de las damas. Detrás de mí, una mujer rubia a quien en la parte del encamino en que no dormí escuché hablar con su acompañante en un perfecto inglés, pronunció un “Awful! I told you, my dear, this mexican people doesn’t travel on donkeys anymore just ‘cause they don’t want to clean the shit”, que pasó al parecer desapercibido para la mayoría de los viajantes, salvo un par de señoras de andar pomposo que, al pasar rumbo a la salida, le dirigieron una mirada de indignación. Tomé mis cosas y salí al andén. Afuera, la luz del día que se colaba por entre los espacios abiertos de la construcción, me cegó de nuevo. Sentí aún más estar en las entrañas de una bestia. Miré al norte, dónde gigantescos arcos permiten el acceso de los trenes. Me pareció ver las fauces abiertas y dentadas de un leviatán postrado a pleno sol. Arriba, con los muelles y arcos de acero que sostienen el techo, apareció ante mi vista el costillar del mismo ser titánico. En plena contemplación, el mar de gente caminando en todas direcciones me arrastró sin misericordia. Acostumbrados a ser llevados sólo por mi voluntad, mis pies se cruzaron, y lo único que atiné hacer fue solar mi equipaje de mano y poner mis manos contra el suelo de la estación. La gente, presurosa, no se detuvo. La entraña de la bestia me devoraba, y yo sentí convertirme en uno más de los tacones de las señoras, las medias corridas, los calcetines oscuros, los zapatos de agujeta, los pantalones de casimir. Me sobrecogió la posibilidad de desaparecer en medio de aquella marabunta, y pensé que papá mataría a la tía Carmen al saberme desaparecida, convertida en un par de piernas condenado a vagar sin fin en las entrañas del monstruo de acero. De pronto, una mano me tomó por el hombro y me levantó. Frente a mí, un rostro enflaquecido y bigotón en mitad de un marco que formaban un sombrero pasado de moda y una corbata de moño, me recordó los cromos de Francisco I. Madero que he visto en el despacho de papá. “Señorita Pinteros”, me barrió de arriba abajo con la mirada. “Debe usted andarse con cuidado. Está ya en la ciudad de México, y aquí a los provincianos distraídos se los come el vaivén del progreso”. Sonrió bajo el bigote y me ofreció su mano. “Antoine Novak, amigo de la familia de su madre y servidor”. El sujeto tomó mi equipaje y tuve que aducir que la media vuelta exagerada y el golpe de tacón que dio significaron un sencillo “sígame”. Caminando a contracorriente detrás de él, mientras explicaba que ése no era sino un viejo andén, usado de improviso en lugar de los más modernos, construidos hace unos años un poco más al norte, debido a la sobrecarga de llegadas, los rostros de las personas me parecieron escalofriantes, como los de un ejército fantasmal condenado a vagar en mitad de algún círculo del infierno. Al salir del andén, una vez más me golpeó la luz del sol. Asaltó mi vista el movimiento de los carros, de todas clases y colores, yendo y viniendo por la avenida frente a la construcción. El fluir del estacionamiento, chico para la cantidad de gente que entraba y salía de los andenes, me recordó el chocar pesado y dispar de las reses alebrestadas en los corrales de papá. El ruido, una constante desde que abrí los ojos en el vagón, atacó como nunca mis oídos al dejar el umbral de la estación. Los pitos de los automóviles, el cada vez más lejano motor de los trenes, los gritos de los acomodadores, el chocar de fierros, ruedas y cadenas en los patios de maniobras, las sonoras carcajadas de dos indios borrachos en mitad de la acera, el chillar de las llantas, el crujir de la grava suelta en el asfalto, me hicieron sentir mareada de nuevo. Me apoyé en un buick negro, igual al que le regaló papá hace dos navidades a mi hermano Andrés. Mi acompañante quitó el seguro y abrió la puerta. Mi rostro debió llamarle la atención. “Es la altura”, me dijo en mitad de una mueca, “se acostumbrará en un par de horas”. Entré en el automóvil, y puse mis manos sobre mis orejas, intentando detener la vorágine de los sonidos. Me sentí atacada, presa de una multitud de estímulos que me devoraba aún con más violencia que el leviatán de la estación. “Si tiene usted calor puede bajar la ventanilla”, sugirió el señor Novak, y le tomé la palabra, pensando en la posibilidad de que un poco de aire calmara mi ansiedad. “Le parecerá anticuado, pero las veces que me han ofrecido cambiarlo me he rehusado terminantemente. ¿No cree usted que hay un valor incalculable en las cosas del pasado?”, me compartió, refiriéndose al coche. Esperó mi respuesta, pero al notar mi aturdimiento, que intenté borrar tras una sonrisa cortés, destrabó el freno de mano y se metió en el fluir de los autos. A mi alrededor, los coches pasaban a toda velocidad. La calle era un río salvaje en mitad del cual el buick del señor Novak intentaba sólo no volcarse con el vértigo de la corriente. El viento, entrando en fuertes ráfagas por la ventanilla abierta, me golpeaba duro en la cara y alborotaba mis cabellos. Podía sentir la maraña de pelo que se formaba ya en mi cabeza, y que apenas alcanzaba a notar en el retrovisor. Al cruzar las calles perpendiculares, distinguía sólo aceras llenas, gente parada por todos lados, edificios gigantes, ventanas circulares, puertas de acero y esmerilado abriéndose, vidrios y herrerías con formas nunca vistas. En el gigante espacio en blanco que dejó un cruce con lo que me pareció otra avenida, vi pintarse en el horizonte, en mitad de una plaza larga y despoblada, un arco gigante con una bóveda de bronce como techo. Recordé el lucifer de Dante, en lo más profundo del averno, con sus piernas perdidas, y me pareció que eso que estaba ahí, a un par de cuadras, era justamente ese par de extremidades descomunales, extraviadas en mitad del altiplano. Llegamos luego, tras más edificios gigantescos, más aceras llenas, más gente en todos lados, más ventanas, puertas, esmerilados, aceros, vidrios y herrerías, tras árboles y pórticos, balcones, arbotantes, cables y tinacos, a otro río de dos direcciones. “El Paseo de la Reforma, señorita Pinteros. Trazado por Maximiliano como ruta directa a Palacio Nacional, y embellecido por la afrancesada mano de don Porfirio. Una belleza, ¿no le parece?”, narró el señor Novak desde el volante, midiendo con lentitud el espacio exacto para incorporarse al fluir de ese otro río salvaje que me pareció el Paseo. Me sorprendió verme repentinamente rodeada de árboles y arbustos. Los automóviles me parecieron canoas veloces moviéndose sobre el agua entre las dos riveras de altos y frondosos guardianes, dos riveras sobre las que miran el fluir del agua decenas de estatuas cuyos nombres y rostros no he alcanzado a distinguir. En medio del río, un alargado islote con cactus altos y esféricos espinosos. El señor Novak me señaló un indígena de alto penacho, lanza al hombro y mirada sombría al infinito, parado en una gran isla en mitad del Paseo, sobre una columna con motivos aztecas custodiada por ocho felinos de crecida y encrespada melena. “El monumento a Cuauhtémoc. De lo más nacionalista”. Más adelante, entre edificios cada vez más grandes que se levantan sobre el arroyo como imponentes vigías, cerros de ventanas, torres de acero y vidrio polarizado, una simple palma. Como nunca, sentí estar en mitad de un paraje selvático. La sirena de una ambulancia resonó a mi lado, y pensé en un bote salvavidas enviado en mi auxilio. “La palma es la única glorieta viva del Paseo. Seguro pronto la remplazarán por alguna efigie más apropiada”, sentenció el señor Novak, sin disimular su desagrado, señalando la palmera de ramas abiertas y grueso tronco que se yergue en pleno tráfico, como soberana coronada en mitad de su propia isla. Una flota de tranvías y trolebuses nos alcanzó por la derecha, y su repentina aparición me sobresalgó. Seis, uno tras otro, como enormes monstruos marinos de docenas de ojos, miraron el pequeño buick del señor Novak con actitud displicente. Me pareció que lo golpearían y sacarían del arroyo, en pleno uso de la facultad con que los dota la selección natural, la ley del más fuerte. “Y ése, señorita Pinteros, es el Monumento a la Independencia, con su Victoria Alada y sus cuatro sedentes: paz, ley, justicia y guerra, en bronce, y sus héroes, nuestro héroes, en mármol blanco. Observe los detalles de la columna, las ramas de olivo y laurel, el león y el niño, los obeliscos y los faroles”. Mis ojos no pudieron más que quedarse en el Ángel. En la punta de la columna, dorado y resplandeciente, alza semidesnudo la corona de la victoria. En su mano izquierda, descansa la cadena de la opresión despedazada. Su mirada al oriente es la de la esperanza, y la pose de sus pies y sus alas, como arrancando el vuelo, son los de la entrega confiada en el porvenir. Pensé en el viaje, en mi viaje, en este viaje, y aunque sigo extrañando mi casa, el Paseo ya no me pareció tan extraño. Las canoas fueron carros, y los monstruos de docenas de ojos grandes pero simples tranvías y trolebuses. Los árboles y arbustos sólo precisos testigos de las laterales, y el alargado islote con cactus un camellón de inspiración desértica. El insistente ruido de la ciudad se detuvo, o al meno dejó de atormentarme. El gesto sereno del Ángel tranquilizó también mis sensaciones indispuestas. A la sombra del Ángel, creo ahora, restauré mi seguridad. Cuando llegamos a la casa de tía Carmen, una mansión de altos techos y ventanas de mosaico en la calle Durango, en la colonia Roma, mi corazón deseaba, como lo hace ahora mientras escribo estas líneas, volver atrás y contemplarlo todo de nuevo. A la sombra del Ángel, claro está. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Talavera II.


 Llegamos a la Alameda cerca de las diez de la mañana. El señor Novak estacionó el automóvil frente a la glorieta del caballito, y una vendedora de chicles se acercó apenas apagó el motor. Ya me había parecido antes que el señor Novak experimentaba cierta repulsión al enfrentarse a los pedigüeños. Intentó cubrir una mueca de disgusto quitándose el sombrero para limpiar el sudor de su frente, pero no se me escapó la rigidez que cobraron sus labios cuando la india se acercó con la caja de chiclets Adams y la puso a escasos diez centímetros de su cara. Negó con las manos, negó con la cabeza, negó con la voz. “Tarde, disculpe, vamos tarde, no”,  se le escapó, mientras ponía el seguro en la puerta del conductor. Yo lo esperaba parada en la banqueta. Embelesada, contemplaba el caballito. Entiendo poco de escultura, y mis conocimientos en composición artística son todavía menores. Pero me parece que esa estatua de Carlos IV, un rey del que ahora no recuerdo haber leído nada en mis libros de historia, ni haber escuchado durante las lecciones de la señorita Marriot, de este Carlos IV montado en un rocín de poderosos miembros, es simplemente hermosa. El continuo fluir del tráfico me impidió acercarme más, pero el señor Novak pareció notar mi curiosidad por contemplar la obra, miró de reojo su reloj de pulso, y me tomó el brazo para cruzar Juárez. El señor Novak me señaló un edificio de fachada prominente, que se va haciendo grande conforme alcanza su centro. “Es el edificio de la Lotería”, precisó, y yo pensé entonces en un par de ondas que chocan en el agua, formando una onda mayor.  Frente a él, “el edificio Corcuera”, me pareció la sombra de un gigantesco pastel de bodas proyectado sobre el cielo de la mañana. Al fondo de la avenida, una avenida no tan larga cuyo nombre desconozco y que se abre paso entre ambos rascacielos, se asomó un gran arco con una cúpula en su techo. “Es el monumento a la revolución, señorita Pinteros. El antiguo y escandaloso proyecto del general Díaz para un palacio legislativo republicano”, explicó mi acompañante, mientras su voluminoso bigote ahogaba una sonrisa. Me parece ahora un elefante en blanco. Quizá vaya luego a verlo, pero de momento no entiendo bien su forma. “El señor Tolsá era sin duda un genio de la figura viviente”, pronunció el señor Novak, y eso me hizo recordar mi curiosidad primaria y volver la cabeza. El gigantesco trasero del caballo apareció frente a mis ojos, y no pude más que, algo ruborizada, lo confieso, dejar escapar una leve risa. Dos gigantescas patas traseras, una en alto como dando un paso, se abren progresivamente en forma trapezoidal hasta dar lugar a dos anchas sentaderas, en medio de las cuales dos gigantescos testículos, uno más adelante que el otro, toman lugar como dos gordas señoras que han caído y quedado como atrapadas en mitad de un acantilado inverso. Por otra parte, la recreación de la textura  es casi perfecta. Se pueden apreciar los músculos, las venas, las fibras que existen tras la piel del rocín, y si pudiera tocarlo, estoy segura que no sería capaz, salgo por el calor y la dureza del bronce, de distinguir a ese caballo entre cualquiera de los de papá. El pelo de la cola, larga, crespa y alborotada, no tiene la misma suerte. Supongo que, finalmente, no será tan fácil para un escultor recrear una pierna o un par de glúteos como una cabellera, o la cabellera de una cola. El señor Novak, seguramente algo apenado al percatarse de la generosidad del órgano de la estatua, hizo un pequeño apunte sobre los detalles de la vestimenta romana del monarca español, su corona de laureles, la mirada confiada y la sonrisa triunfal, la precisión de los ornamentos, la estafeta en mano, el adecuado modelado de la musculatura humana, la composición global de un Carlos IV mitad orgulloso, mitad sereno. Yo bajé los ojos y pensé en papá. A esa hora de la mañana, él estaría montado en un caballo como ése, quizá sólo un poco menos caderón. Recordé su cuello tenso, su mentón altivo, mientras da vueltas probándose a sí mismo en las mismas suertes que de joven practicaba, dicen sus amigos, en las antesalas de las batallas. No pude evitar extrañarle, y con él a los veranos en el campo. El frío de la mañana, el rocío sobre el maíz del sembradío, el sabor de la leche bronca, tan distinta a la que he probado estos días en casa de la tía Carmen. Un aire fresco sopló por un par de segundos, movió mi falda y jugó con mi cabello. Bajé la cabeza y el señor Novak pareció disgustarse. Carraspeó e hizo el ademán de apretar su sombrero que yo comienzo a interpretar como un motivador para seguir la marcha. Miré por última vez el caballo de Tolsá, y de reojo el paseo en su totalidad. Me pareció ver a lo lejos el destello del ángel, y pensé que las otras fuentes y glorietas le resultaban obstáculos para llegar hasta mí. El sol de la mañana las golpeaba todas, abriéndose paso entre edificios, construcciones y calles. Caminamos a prisa, y a prisa llegamos a la Alameda. La avenida Juárez era la panza de un tlacuache tirado al sol. Estirada, me pareció más larga que el paseo. Suspiré pensando en lo lejos que estaba de casa, dónde las avenidas son pequeñas y el sol no batalla para bañarlo todo con esas  calles minúsculas y esas casas de no más de tres pisos. Sentí miedo, por segunda vez en el viaje, y por segunda vez también me sentí muy sola. Los vendedores de muchas cosas iban y venían por los corredores de la Alameda. Me llenó el olor de los buñuelos, las pepitorias, las obleas y los tamales con champurrado. Es increíble lo temprano que está todo ya montado en domingo. Pensé de nuevo en casa, en la calma de las calles que nada se mueven a esa hora de la mañana, en la forma en que toda la vida de aquella ciudad se concentra en los atrios de sus iglesias, atrios de empanadas y rosarios. Los indios iban y venían en sus bicicletas, y uno que otro, algo más arriesgado, invadía con carros de mulas ambos sentidos de la avenida. En la lejanía, gigantescos monstruos arqueados con docenas de ojos iban y venían arriba y abajo por San Juan de Letrán. “Los tranvías han modificado la forma en que esta ciudad se mueve”, culpó el señor Novak, y habló luego del movimiento, de cómo la ciudad se precipitaba diariamente sobre sí misma como un hormiguero que se convulsiona. La Alameda es un parque que huele a historia y a ese mismo movimiento sin fin que invade el resto de la urbe. Están ahí todos, los ricos y los pobres. Caminan por sus andadores las mujeres ensortijadas junto a las damas de faldas cortas, las peinetas junto a los tocados de salón. Los sombreros y los guantes, las palmas y los hilados. Los viejos con sus años, los estudiantes con sus libros. Topamos con la fuente de Neptuno, y me quedé pasmada en el tridente. El rostro del anciano dios de los mares, su posición amenazante, el instrumento de su gloria en mano, me recordó al san Gabriel de la capilla del convento del Carmen. Y entonces, casi sin darme cuenta, deseé apartarme de ahí, y suspiré aliviada por estar lejos de casa. Qué tonta, pienso ahora, si siempre me ha gustado ese san Gabriel. Luego de llevarme por entre las avenidas de aquel parque, el señor Novak emprendió una marcha veloz desde la fuente central, cuya alegoría no entendí, hasta un complejo de mármol blanco y letras de bronce que se abre en mitad de la fachada de la Alameda. “El hemiciclo a Juárez es en realidad un cenotafio”, señaló mi acompañante, mientras le llegábamos por la espalda y en el centro de la columnata alcanzaba yo ya a distinguir la figura del benemérito de las Américas. Sentado con las leyes en mano sobre un prisma en mitad del conjunto,  mirando al sur de la ciudad, su gesto es duro y sus rasgos toscos. Sobre su cabeza, un ángel de la victoria lo corona con laureles, y a su lado una alegoría de la libertad alza muy alto su flama. Pensé en todas las tías que lo señalaban como el primer mal de nuestra familia, y las monjas de la doctrina que lo comparaban al demonio. Imaginé a Juárez sufriendo la tortura bajo el tridente de san Gabriel, y supuse que yo estaría pronta a rescatarlo . “Una composición digna de un héroe nacional, ¿no le parece, señor Novak?”. La figura del señor Rivera pareció surgir de entre el mármol, y sólo entonces reparé en los dos leones que, mirando también al sur, custodian desde su base la contemplación del prócer. Sólo entonces, parado en mitad del hemiciclo, rodeado de niños a los cuales antes de nuestra llegada repartía cacahuates, según entendí por la bolsa semivacía que guardó en su bolsillo, sólo entonces, decía, me di cuenta de su panza, y de la prominencia de todos sus otros rasgos. No sólo la altura del señor Rivera es destacable: lo son también sus manos, grandes y gordas, que acercó para tomar la mía y palmotear mi cabeza, lo son sus labios, gruesos, y sus mejillas regordetas, partes de una cara que parece ser la única cosa pequeña en él, comparada con su cuerpo gigantesco. Todo en él es dimensión, todo en él exagera las líneas hasta hacerlas parte de un conjunto monumental. Nos aseguró que había llegado hacía quince minutos, y mirándome con sus ojos saltones, otro rasgo excesivo de su composición física que hasta hoy capté, señaló a Juárez. “Si él y yo nos pusiéramos al tú por tú, ¿quién cree usted que ganaría?”, me preguntó. Sonreí, alcé los hombros y contesté: “¿En política o en pintura?” El señor Rivera rio de buena gana. En mitad de su carcajada, levantó la vista y, casi sin poder abrir los ojos, sus enormes ojos, por el esfuerzo de la risotada, se dirigió a mi acompañante. “No dilatemos más nuestros tratos, señor Novak. La cifra que me ha hecho llegar en su telegrama me parece adecuada. Divídala en dos, ponga en un sobre la mitad, envíela a mi estudio, y yo estaré en casa de la señora Cortina el próximo lunes”. El señor Novak sonrió, quizá como nunca lo vi sonreír hasta hoy, y yo entendí que estaba satisfecho cuando llevó su mano al sombrero y lo levantó en señal de agradecimiento frente al señor Rivera. “¿Tienen ahora algo qué hacer? Trabajo justo ahora enfrente, y no quisiera que demoráramos…” “¿En qué trabaja?” El señor Novak, que ya ponía su bastón bajo su brazo y preparaba seguramente palabras de cortesía para marcar nuestra retirada, me miró con ojos desorbitados –aunque no tan grandes como los del señor Rivera-. “Vaya, ¿está usted interesada en mi trabajo?” “Me interesó el cuadro que tenía ayer en su estudio. No sé si así sea su trabajo, señor Rivera” “No, es aún mejor”, me dijo, y tomando mi mano, presa de cierta energía casi infantil, cierto capricho, se apresuró a cruzar la avenida. El señor Novak, corriendo detrás de nosotros, intentaba con palabras aisladas detener lo que de seguro le parecía una reacción totalmente irregular, mientras yo volteaba a verlo de vez en cuando sin poder detener mi marcha, presa por completo de la curiosidad. Sentía la gigantesca mano del señor Rivera envolver la mía, y mis pies casi flotar a merced de sus intenciones. Entonces reparé en los edificios frente a la Alameda. Grandes, pequeños, de muchas épocas, sus fachadas se ofrecen como un buffet de estilos arquitectónicos que invitan a probarlo todo, como diría la tía Carmen, “de a poquito, para que no se escalde el gaznate”. Reparé en la fachada que el señor Rivera pretendía cruzar conmigo. Era un edificio en herradura, no tan alto como el de la Lotería o el Corcuera, pero de una construcción sólida y prominente. La fachada combinaba ladrillo, vidrio y acero, y el pórtico central, en medio de los dos extremos de la herradura, predestinaba lujo y clase. Mientras el señor Novak cedía paulatinamente a los impulsos del señor Rivera, que volteaba de vez en cuando a dirigirle alguna expresión que rogaba por su paciencia, el pintor nos introdujo en lo que será, supuse, el lobby de un hotel moderno. El lugar es un total bullicio. En medio de trabajadores yendo y viniendo con botes de pintura, pliegos larguísimos de papel tapiz, taladros, martillos, clavos y brochas, y de un continuo sonar de herramientas, fierros y motores,  el señor Riviera nos introdujo a un gran aula vacía, rodeada de ventanales y llena de desniveles, en cuyo fondo distinguí una montaña del mobiliario destinado a lo que me parece será un restaurant. “Ahora dígame, ¿qué tipo de pintura le interesa a usted?”, me dijo, soltando mi mano al creerme ya segura en el interior de la construcción. “Me interesa lo que habla de las cosas reales”, le contesté. Traspasábamos una prolongada red de hules y telas, al tiempo que yo intentaba describir mi ideal de pintura. “Debe decirme algo, principalmente” “Ajá” “El cuadro de ayer, por ejemplo, me habló de la mujer”. El señor Rivera se detuvo en mitad de su fortaleza de plástico y retazos, miró al señor Novak y pareció contrariado. “¿Le parece? Yo propongo en él la cuestión de la feminidad, el paso del tiempo y el correr de la vida femenina, su capacidad de procreación, su fertilidad de diosa antediluviana”, declaró, alzando las manos hacia el firmamento de tejidos que nos rodeaba. “Pues sí, claro. Por eso sus grandes caderas de mulata”. No sé cómo saqué eso. Recordé que en algún libro de historia del arte, de los que papá guarda bajo llave y que yo robé en un descuido de las indias, se habla de la relación entre la cantidad de caderas que se pintan en una mujer en un cuadro, y la intención del pintor de retratar con énfasis su capacidad reproductiva. “¿Cuántos años tiene usted?”, acertó a preguntar el pintor, y dudé en si sería correcto responder una pregunta tan personal. De cualquier forma, el señor Rivera continuó. “No creo que sea usted realista. De otra forma, esto no le gustará demasiado…” El señor Rivera apartó a un conjunto de jóvenes con overol y boina, que intentaban cubrir un gigantesco muro con tela de manta. Suspiró frente al retablo cubierto, con las manos en los costados, lo que lo hacía ver aún más panzón, me miró una vez más, como calculando mis pensamientos, o pensando él en la posibilidad de que toda aquella maniobra resultara finalmente inútil ante mi poco entendimiento artístico. Como armándose de valor con una sonrisa, descolgó de un tirón la tela. Lo que dejó al descubierto es, por mucho, la cosa más impresionante que he visto jamás.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Talavera. I.


Es un hombre alto. En verdad me sorprendió su altura. No dejo de decirle al señor Novak que el señor Rivera tiene en la talla de su cuerpo su propensión para ver más allá de lo que todos vemos. Así de alto, era natural que su punto de vista fuera también muy lejos, hasta resultar inentendible. Nos recibió en su estudio, rodeado de perros feos. Para llegar hasta ahí tuvimos que recorrer campos de piedra, sembradíos y caminos desolados, tras los cuales uno no piensa que encontrará algo. En medio de ellos, sin embargo, hay un pueblo, llamado San Ángel, con casas, plazas, iglesias, calles empedradas. “Son xoloizcuintles”, nos dijo, “los pueblos nahuas los comían, porque además de feos y pelones, son sabrosos”. Para entonces una manada de ellos ya nos había asaltado al llegar, apenas un hombre  de su servicio abrió la puerta. Es un hombre alto, y coqueto también. “Feos, pelones y sabrosos, como yo”, me dijo al tenderme la mano, y en mitad de su rostro se pintó una sonrisa jubilosa, como la de un niño que ha contado una travesura en mitad de su recuerdo. Sus ojos me miraron de abajo hacia arriba. El señor Novak tomó mi mano, devolviéndole la sonrisa. “La señorita Pinteros, hija del general”, me presentó. El señor Rivera agachó la cabeza. Recuerdo ahora que pensé en ese momento que quizá intentaba recordar al tal general Pinteros, o pretendía esbozar alguna clase de reverencia en broma. Levantó la cabeza y sus ojos me vieron de nuevo. Entendí que no había sido ni una ni otra. Buscaba en su paleta la mejor tonalidad. Estiré mi cuello para contemplar, sin mover para nada mis pies bien juntos, lo que había en el lienzo, detrás de él. Distinguí una figura curva, como un jarrón. Flores, un sombrero, un óvalo café. El señor Novak no perdió más tiempo y para entonces deshebraba ya en una conversación cuyo tono a mí me resultó muy tosco, los motivos de su visita. El señor Rivera parecía más atento a mis intenciones de mirar el cuadro que a las palabras del señor Novak. Cuando una mueca en su rostro borró su sonrisa, que mantenía desde su tendida de mano, entendí que sus oídos habían tenido demasiado, levantó su mano y la movió de arriba abajo, como diciendo “pare, pare”. El señor Novak siguió dos, tres frases más. Su sombrero se movía nervioso en sus manos, que mantenía juntas sobre su cintura. “No me gusta hablar de negocios cuando pinto. Me salen los rojos muy opacos”, bromeó, entendí yo, para relajar los ánimos. Me hizo con sus dedos la seña de que me acercara. Volteó el lienzo y pude ver, de nuevo, un jarrón, flores, un sombrero, una curva café. Me sentí tan miope. El dibujo a lápiz, que intenté seguir línea por línea, me reveló una espalda desnuda terminada en una gran cadera femenina, seis girasoles a medio deshojar, colocados en distintas posiciones, un par de pies descalzos, medio rostro, un girasol más, medio muerto sobre un cuadriculado. No entendí si era un petate, o un colchón. “¿Le gusta a usted bailar?”, me preguntó mientras acercaba su índice al sexteto de girasoles y lo desplazaba de izquierda a derecha una y otra vez por sobre el arco que formaban las flores en torno a la mujer desnuda. El señor Novak se acercó al cuadro lo más que pudo, pronunció algo en ruso que no entendí mientras abría los ojos con una sorpresa que me pareció exageración, y dándole la espalda al cuadro tomó mi mano y mi codo, e intentó alejarme de ahí, caminando apresurado hacia la puerta. La voz del señor Rivera lo detuvo un segundo en la puerta. La tensión en el cuello de mi acompañante y un suspiro casi imperceptible que brotó de su pecho, me recordó la vez que Ana se vio obligada a pedirme perdón por haber roto un caballito de porcelana que me había regalado papá. “Mañana a las once, en la Alameda, señor Rivera. Discutiremos el asunto en…” “Sí, sí, en algún café”, rió completando la frase del señor Novak, “en algún café. Hasta pronto, señorita Pinteros”. El señor Novak no se volteó. Esperó de espaldas a la mujer desnuda mientras yo giraba para hacer una pequeña reverencia de despedida al pintor. Me tomé un par de segundos más para darle otro vistazo a la espalda del lienzo. Recuerdo que pensé en lo curioso que resultaban un hombre como el señor Novak y una mujer como la del cuadro dándose mutuamente la espalda. Se habrán peleado, imaginé, y ella se va ahora con sus flores bailadoras sin decir adiós. El señor Novak tosió y comprendí que su espera tenía un límite, ya cercano. Sonreí al señor Rivera, quien sin mirarme más regresó a su cuadro, y salí de ahí con mi acompañante. No puedo negar ahora los fuertes deseos que tengo de verlo aparecer mañana en la Alameda. El señor Novak ha insistido a la tía Carmen en la imposibilidad del hecho, utilizando palabras como “peligro”, “honra”, “liviandad”, mientras tomaba el té con ella hace un momento. Yo, que fingía leer Mujercitas en el estudio, ponía más atención a la conversación tras la puerta que a las imprecisiones amorosas de Jo, la enfermedad de Beth, los arrebatos y tonterías infantiles de Amy. Al final, la tía Carmen ha salido de la sala, me ha mirado a todo lo largo y con una risa fresca, que evidentemente ha molestado al señor Novak, me ha sugerido ir con las enaguas largas. “No vaya a ser que haga frío, pues”, ha agregado, despidiéndose así de mi cuidador, quien ha partido inclinando su sombrero y recogiendo su bastón. Cuento los minutos con desesperación, y hasta me parece que no dormiré. Me pregunto si el señor Rivera accedería a hacerme un retrato. Supongo que sí, diría la tía Carmen, pero con las enaguas largas.