viernes, 23 de noviembre de 2012

La expectativa.

¿Ya se dieron cuenta? En una semana toma posesión Enrique. Han pasado ya casi cinco meses desde que las encuestas de salida, tan dadas a alebrestar los ánimos, le dieron la corona virtual. Y casi tres desde que el IFE, tan dado a bajar los humos y complotear sabrosamente mientras gasta mucho dinero en restaurantes y papelitos que luego quema -es broma, si me cae re' bien-, lo declaró "presidente electo", que es como decir "sí ganaste, pero todavía no". Cinco meses ya. Se me fueron como agua. Este año, en general, ha corrido hasta ahora como Ana Guevara antes de apoltronarse en la curul -¿les conté que se equivocó de cámara cuando la toma de protesta, y estuvo a punto de ser senadora cuando la eligieron como diputada? Si no hubiera sido porque Lupita, la de las aguas, las galletas y el café, no encontraba su vaso repujado con su nombre, tendríamos corredora-senadora espuria-. Y comentarios generales concuerdan conmigo en que estos doce meses estuvieron dotados de fugacidad y enconada rapidez. Ya vamos a cerrar el año, y hay quienes no salen de la impresión respecto al triunfo del PRI y la entrada triunfal de Televisa a los Pinos.
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Yo lo que no me explico es cómo, en verdad, no lo veían venir. Lo dije aquí, lo dice en mi muro en Face, lo dije en cuanto espacio pude y tuve abierto. Me preguntaron mis amigos, me preguntaron mis familiares, me preguntaron mis compañeros de trabajo, y en todos sus rostros, votantes panistas -o josefinistas al menos- en su mayoría, vi la misma incredulidad. "¿Cómo es posible, decían, que el pueblo sea tan olvidadizo? ¿Cómo permitiremos, gemían, de nuevo la intolerancia, la imposición, el dedazo, la manipulación masiva?" Y yo, a todos, respondía con mi teoría del voto de castigo: no es que el PRI sea una promesa, es que era necesario darle un mensaje al PAN por una doble decepción, repartida en doce años, que dejó nuestras esperanzas en bancarrota -sí, tras fuertes retiros del banco de nuestros corazones-.
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Cinco meses escuchando "yosoycientotreintaydos", "fraude", "imposición", "compró la presidencia", "elección pactada", "morena". Cinco meses, que se fueron como espuma atacada por el aire, y precipitaron lo inapelable. No hay día que no llegue. El ciudadano Enrique Peña Nieto, dueño de una historia lectora minúscula y un comprobado poco atractivo entre los jóvenes, recibirá la banda presidencial de manos de un presidente, el segundo panista en la historia, que se marcha, aunque insista en las entrevistas que no, marcado por la sangre derramada y las bombas detonadas. Ciudades enteras secuestradas por la inseguridad, obra, aunque también él insista que no, del enfrentamiento entre bandos tan invisibles como ilimitados. Nadie sabe a quién le tira, nadie sabe para quién trabaja. 
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Se va con miedo. Medios nacionales e internacionales puntualizan, una y otra vez, que Calderón, aunque también diga que no, saldrá del país apenas entregue la presidencia. Y no es para menos. Si bien su estrategia logró crear la imagen de que había por fin alguien al mando, puso en riesgo al país y su integridad. Peña Nieto, y más quienes detrás de él gobiernan -bueno, bueno, quienes gobiernan con él, su "equipo", para que no se me sientan señalados, pues (un, dos, tres por Arturito, Carlitos y Emilito, que están detrás del copete)-, reciben un paquete tan pesado como aleccionador. Serán presas, el priísmo entero de hecho, del monstruo con el cual pactaron hace setenta años, y que dejaron ser muy a pesar de México y la pulcritud de sus instituciones. Lo verán crecido, lo verán molesto, se encontrarán con una hidra de ochocientas cabezas, dos por cada una que cortó el presidente saliente, mucho más violenta, mucho más inhumana, mucho más caótica. 
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Y con un país cansado. Las cosas caras, las caras largas, la esperanza en vilo. Un sistema político que cada vez nos cuesta más, y al que cada vez entendemos menos. Tendrá Peña Nieto frente a él la oportunidad de refrendar su compromiso, o de sembrar más discordia. A examen, hay quien dice que, fiel a los modos de su partido, volverá a pactar con la hidra y permitirá su existencia, tranquila y mediatizada, en lo que se calman las aguas. Doña Mago, experta en priísmo, fiel defensora de los quinientos postulados del Catecismo de la Iglesia Católica y realista a secas, es de esa opinión. Si el PRI nunca la enfrentó realmente en los setenta años de su "presidencia imperial", ¿por qué habría de hacerlo ahora? A mí me deja pensando el hecho de que ya no la tiene tan fácil. Doce años de fracaso panista nos dejaron también doce años de educación en la observación y conservación de la transparencia. Le dimos a Fox en la cara con sus toallas, los negocios de los Bibriesca y las intenciones de la Sahagún disfrazadas de caridad cristiana, y no hubo un silencio absoluto respecto a la legitimidad de la elección de 2006, aunque sus más cercanos artífices insistieran en la legalidad y el estado de derecho. Señal de que, hasta de lo que no hay razón, sospechamos. En México, por razones de continuidad histórica, todo nos huele a fraude. No era la mula arisca...
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Tendrá entonces el priísmo peñanietense que enfrentarse a un México que ya no es el de sus recuerdos. Si hoy Colosio fuera asesinado, alguien acabaría, de menos, siendo presa de un plantón. Y ganaría el PAN, u otro partido, por le puro coraje del votante de haber visto morir a un candidato digno. La política del miedo, usada por Calderón para refrendar el compromiso con su guerra, nos viene un poco guanga. Sabemos que la cosa está dura, y que el problema se ha salido de las manos. Ya nadie se respeta, pero del miedo pasamos a la normalidad. Hoy un descabezado nos va sabiendo, cada vez más y tristemente, a pan nuestro de cada día. Así que la imposición de una política sólo porque "si no la elegimos, nos la vamos a ver dura", ya no nos convence tanto. A eso súmenle que cada vez más mexicanos viajan al extranjero, leen, piensan diferente. Aunque el país sigue rezagado en muchos temas, hoy cada vez más personas aceptan la tolerancia como un bien común. Si bien siguen existiendo crimenes por homofobia, crímenes de género y xenofobia recalcitrante, cada vez son más las voces que se alzan contra lo que creen un atentado al humanismo y su defensa. 
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Yo, particularmente, tengo interés en ver cómo resuelven todo el paquete los encopetados. En su lugar, yo lo vería y lo metería al congelador, en espera de que mejore solo. Si lo hicieron con Disney... ¿Continuará nuestro engominado héroe el camino de la presencia armamentista en los vecindarios, o retomará la estrategia en bien de guardar las apariencias de paz y concordia? ¿Permitirá que la opinión pública lo vitupere mientras los negocios televisivos crecen y el corporativismo que lo apoya se fortalece y evidencia? ¿Perderá el cabello como Calderón conforme avance el sexenio? ¿Perderá el copete?
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Lo cierto es que el próximo 1 de diciembre lo veremos levantar los brazos, triunfante, y la cámara enfocará a una vedette televisiva fungiendo como primera dama. Sonrisa perfecta, ánimo impoluto, traje sastre confeccionado por docenas de expertos en imagen -quítale el cuello y ponle algo azul, dóblale esta esquina, para dar la sensación de soltura, agrega el prendedor, estiliza-. Nos parecerá a todos, aún más que ahora, la escena de una telenovela de mal gusto. Se escribirán mil libros, y espero yo, no se callará ninguna voz. Se dirán mil cosas. Los Pinos serán, como nunca en la historia, presa de un seguimiento mediático y social impresionante.   Habrá mentiras y verdades, difusas al grado en que ya ninguno de nosotros pueda diferenciarlas. Fox aplaudirá el triunfo de Peña Nieto, sentado en su galeón en mitad de su lago artificial. Y nos vamos a ver todos, como hasta ahora, con caras de estudiantes que han leído las primeras tres preguntas del examen sorpresa de la semana. 
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Germán Dehesa, cómo te extrañamos.
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¡Salud!

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