viernes, 23 de noviembre de 2012

La FIL que se nos viene.

Las cosas cambian. Uno crece y las catafixias de Chabelo ya no lo emocionan, las navidades se convierten en un continuo flujo de estrés por aquello de las compras, los gastos y las peleas con señoras gordas por el último suéter azul de cuello rococó, las cosas ya no saben igual -y uno lo dice, con ese inicio de "en mis tiempos los gansitos..." que tanto avejenta-, y se añora, un sábado de pronto en mitad de la tarde, la inocencia perdida.
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Es mi caso con la FIL. Ahora que La Wendy, amiga bajanovios y robamaridos, pero de buenas intenciones, trabaja en una pequeña ala del gigantesco monstruo -literal- en que se ha convertido la feria del libro más importante en nuestro idioma -sí, nuestro, suyo, mío y de quienes compartimos sus gastos morfológicos-, ahora que comparte codo a codo las penurias, el café y las galletitas con Nubia Macías, ahora que un criterio más formado -?- me permite darme cuenta -?- de ciertas cosas sospechosas que suceden en los pasillos y el andamiaje tras su organización, ahora que ya no tengo credencial de prensa y tengo que pagar boleto las dos veces -si bien le va a la FIL- que me da por pasearme entre sus stands para darme cuenta de lo caro que está todo -otra frase que avejenta-, ahora que ya pasó el atardecer y llegó la noche con toda su pena, ahora ya no me emociona tanto ir a la FIL.
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Entiendo, sin embargo, la importancia de un evento de esta magnitud. Entiendo al joven, emocionado con las letras y las infinitas posibilidades que tiene la literatura, que acude, quince o veinte pesos en mano -más dos transvales- a jugarse el cuerpo, la virginidad y la dicha entre los apretones, las filas, las salas atestadas, los autores malhumorados, los programas inentendibles, las editoriales vampíricas, los descuentos inexistentes y los amigos ausentes -porque el joven emocionado con las letras y las infinitas posibilidades que tiene la literatura estará siempre solo, muy solo-. Entiendo su dicha y su emoción, y la comparto porque me refleja. Como comparto el gusto de los miles de profesores de literatura y redacción, las amas de casa que este año buscarán a Gray, los hombres de negocios que leen a Dan Brown o a John Katzenbach camino a Bután, los preparatorianos interesados en contestar el cuestionario que les dejó el profe de redacción -sí, el mismo que ya se pasea por la Feria- o en revisar, sin supervisión paterna, alguna edición novísima del Kamasutra, los periodistas -muy heterodoxos ellos- que corren igual tras Raúl Padilla que tras Yordi Rosado -y que leen gratis, me consta- y los otros muchos tipos de especímenes que van a la FIL porque algo les ofrece, porque algo les da.
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A mí ya no. Trabajando todos los días, un poco como paria, un poco como adulto, me he percatado de que nuestro idioma es grandioso porque lo hablamos, lo escribimos y lo usamos a destajo. Porque ya le metimos con calzador el "checar", y relegamos el "supervisar" a asuntos meramente laborales. Porque nos aceptó gustoso el "bluray", con la condición de que utilizáramos, por lo pronto y con justicia igualitaria, el "web" y la "red". Porque en pleno siglo globalizatorio, los argentinos, los mexicanos, los chilenos -dignos y muy aplaudibles invitados este año-, y hasta los españoles, van teniendo cada vez en un mayor grado su propio castellano.  No porque exista una Feria, negocio de unos cuantos, que se dice abanderada del idioma. Un idioma grandioso, genuino y arrollador -sí, como la banda El Limón, pero con menos tambora-, que no necesita de ninguna clase de feria alfombrada para lucir su glamours.
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Iré un par de días, como el año pasado, y ya. No compraré nada. A lo mucho un muffin -que también aceptó el español, so peligro de terminar diciendo "mantecadota"-, y eso para no malpasarme. Veré amigos, un poco más ilusionados que yo, y los saludaré gustoso. No perseguiré ninguna firma, ni le pondré atención a ningún autor. Comienzo a pensar que si después de escribir un libro hay necesidad de hablar de él, estamos fritos y gastamos mucho papel. Mis tiempos de perseguir a Isabel Allende, hacerla reír por mis simplezas y atrevimientos, y robarle un autógrafo -que atesoro hoy ya no como reliquia de una gran escritora, sino como recuerdo de mi energía puberta-, mis tiempos de ir de editorial en editorial mendigando citas para hacer tres preguntas y tomar dos fotos a autores cuyos libros todavía tengo emplasticados, mis tiempos de fanático de una Feria que se desgasta y se come a sí misma porque ya no sabe cómo entenderse, ya no entiende cómo saberse grande, han quedado atrás.
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Sobre el fallido premio FIL en Lenguas Romances de este año, no comentaré mucho porque no tengo la menor idea de quién es Bryce Echenique. No lo he leído, y con eso basta para que no pueda yo comentarles nada. Mucho menos me he ido de farra con él, ni le he ayudado a calcar letras ajenas. Desconozco entonces, y me da lo mismo, si lo que ha escrito, grandioso o de a peso, es suyo o lo robó. Y personalmente creo que el asedio mediático que ha pesado sobre el jurado y el premio, y por extensión sobre la pobre Wendy que ya fue a hacerse un amarre a Catemaco contra el mal de ojo y tiene sesiones diarias frente al espejo en que se repite, ciento un veces, "eres grande, eres una buena persona, tú no tienes la culpa, eres una mujer china y exitosa", personalmente creo que esa ola de comentarios negativos, son en realidad un reflejo de lo que, por extensión, los medios y el mundo cultural van ya pensando de la Feria. Se le va acabando el brillo, y está como madre de la novia en la boda en la última tanda del grupo versátil, enseñando el cobre. Ya no ofrece, ya no innova, ya no disimula. Sus organizadores se van volviendo cada vez más Gollum, y a los que los vemos romperse el cráneo por su "preciosa", se nos va acabando la paciencia. Hay en este mundo, para ser sinceros, mil y un peleas mejores que atestiguar. 
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Pero vayan. Chile no tiene la culpa de lo mal que van dejando a la Feria las pretensiones de un par de doñas encopetadas -ojo: lo de doñas no necesariamente refiere al género femenino... o sí-. Trabajaron duro en un programa literario, cinematográfico, gastronómico y musical, cultural en general, que nos hermana con esa cultura tan parecida a la nuestra, tan profundamente americana. Además Neruda era chileno, y si Neruda viviera no hubiera ido a la FIL. Por eso hay que ir, porque él no viene -?, no entendí-
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¡Salud!

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