domingo, 14 de octubre de 2012

Salado.

Para la Tía Trini, que un día me pidió esta entrada.
Para don Benja, que lo amó profundamente. Tan profundo como él.
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"Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar,
y en tus pupilas la sangre marchita que tiene el coral".
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Nunca he entendido a los adoradores del mar. No, esperen. Eliminen esa primera frase que brotó de mis amildonados odios al calor, la arena, lo pegajoso y lo abochornado. Entiendo perfectamente qué tiene el mar que tantos y tantos lo adoran. Lo que no hago, en definitiva, es compartir su amor.
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Al mar nos une, como especie, una natural relación de origen. Si la teoría Campells de Oparin-Aldane es cierta, venimos todos del océano, y nuestras capacidades más elementales, como la de caminar erguidos, comer carne y respirar oxígeno, serían inexistentes sin la separación de un origen marítimo que nos legó, por esencia evolutiva, todo lo que un pez no tiene (incluidas las branquias, que muchos apreciaríamos tener). Pero yo, que gusto de partir de puntos ya comenzados para acortar caminos, prefiero ignorar dicha esencia biológica y comenzar la historia de nuestra naturaleza desde que andábamos colgándonos en los árboles. Es censura genética, sí, pero me deja tranquilo, y yo así, con mi cobija, mi televisión y mi sillón, estoy perfecto, gracias.
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Entiendo entonces que el resto de la humanidad sufra hacia la inmensidad del océano una natural atracción. Como el niño que reconoce a la madre entre un millón de mujeres, el hombre regresa al mar inevitablemente cada vez que puede a lo largo de su vida. Se adentra en sus aguas, acepta el abrazo de las olas que lo regresa a su origen, que lo coloca de nuevo en la sensación prenatal de la gravedad cero, la humedad circundante, la absoluta capacidad de no necesitar más nada. El modo de vida moderno, que gira en torno a un par de semanas vacacionales al año, ha delimitado la natural vuelta al seno marítimo a sólo un periodo anual, que por lo general coincide con las vacaciones escolares. Esto conlleva que todos peregrinen hacia la playa más cercana en mitad del verano, cual zombies en busca de cerebros frescos.
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Y así los ve uno. Filas de vacacionistas en las carreteras, centrales de autobuses atascadas, malecones y jardines de palmeras atascados de turistas cuyo mortal tono de piel evidencia precisamente la incapacidad impuesta por las leyes laborales actuales -y espérense a que nos toque la de diciembre...- para sacar a tostar pechos y brazos de manera más habitual. Cientos peleando por un cuarto de hotel, miles apoltronados en la arena, luciendo, los más, nuestro glorioso cuarto lugar en obesidad mórbida entre adultos a nivel mundial, y nuestro segundo en sobrepeso. Millones anhelando la casa en Cancún, el penthouse en Manzanillo, la preciosa villa en Malibú, el depa en Vallarta que otorga, nunca sabemos a quién, el sorteo Tec. Y millones decepcionados, regresando a casa en la misma vagoneta que prestó el sobrino, con la piel ardida, el gusto harto de Ruffles y Maruchan y las verijas empanizadas con arena.
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Entenderán, a estas alturas de ésta su entrada,  que yo no voy a la playa ni a verla morir entre huracanes. Entendiendo el gusto que muchos poseen por esa montaña de agua salada que rodea casi la totalidad de nuestro territorio nacional, aplaudo su vocación, pero no la comparto. A mí la idea de ir a un lugar en que sufriré la presencia de diminutos granos de arena en partes corporales antes de su apoltronamiento desconocidas para mí,  la idea de sufrir calores y ardientes mediodías, la cuestión de tener que dejar de respirar, so pena de terminar con la boca salada y la nariz oliendo eternamente jaiba, no me resulta para nada placentera. Así que cuando El Uno, gerente en cuestión, siempre en cuestión, me puso en la lista para ir a la tienda en Manzanillo a apoyar con su inventario semestral, mi inicial negativa cedió ante la posibilidad de pasar el día entero encerrado en un hotel con el aire acondicionado a temperaturas que ni en esta ciudad de cruces, cúpulas y grafitis, he vivido jamás. Y así fue. Mientras el resto de mis compañeros comían mariscos por toneladas, facturados, claro está, a modo de viáticos, yo me conformaba con mi double cheesse Whopper masticada a cero grados, mi Coca light de dos litros, y mi NatGeo 24 horas en la pantalla de plasma. So call me an irresponsable...
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Pero he de confesar que, atraído por la idea de no ver el mar de nuevo en mucho tiempo, me acerqué a saludarlo en un par de ocasiones. Lo encontré como siempre: titubeante de darme la mano, sonoro, encandilado, salado y oloroso a aventura. Y recordé, casi sin querer, a don Benja, cuyo lazo de unión con el gigante más grande del planeta lo llevaba a buscarle el lado siempre que caían un par de pesos al pozo.
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Allá iba, toda la familia, en pos de que mi padre recuperara esas aletas que las malvadas líneas evolutivas le arrebataron. El mar y él eran uno solo. Si a mí apenas se acerca a saludarme, nos damos los buenos días y cada quien por su lado a sus respectivos negocios, él a ahogar pescadores, yo a contar latas de atún, a don Benjamín lo estrechaba en un abrazo interminable. Y así lo veía uno, horas enteras, nadar en sus aguas hasta que el sol desaparecía, y la marea era ya demasiado alta como para aceptar la presencia del hombre. Porque al mar, por las noches, le pasa lo que a todos: cambia sus modos hasta hacerse irreconocible, y sale a la caza de quien le lleve la contraria.
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Don Benjamín nunca nadó de noche. Amantes como eran, se reconocían hasta sus malas caras. Se respetaron siempre, mutuamente, cosa que el mar nunca hizo conmigo, y lo comprobó las tres veces exactas que, sin reparar en mi posterior cogera, me arrebató una chancla. A don Benjamín le quitó, quizá por juego, tal vez sólo un traje de baño, y luego se lo devolvió. Recuerdo escucharlo hablar del mar como de una persona, camino a la playa más cercana desde el hotel en que, claro, yo pedía pasar el día entero, a lo mucho asomándome a la alberca: "Si está muy picado, nomás lo reconozco un ratito", "las olas de Maruata, ésas sí que estaban pensadas para mí", "y cuando te avienta la ola, es cuando debes dar el brinco y hacer como que te abrazas, como que todo tú lo abrazas". Reía al confrontarlo, y reía también cuando lo revolcaba, jugando con él como con un pequeño león, una mascota insignificante. El mar y él eran, como el viejo en la novela de Hemingway, un constante reto a muerte en medio de una profunda amistad de siglos.
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El mar es, también, aventura e inspiración. La mejor relación que tengo con el mar, la tengo a través de la literatura. Me gusta el mar de Melville, por mortífero y bestial, y el que a dije, de Hemingway, por humano, profundamente humano, mas intolerante. El de Dafoe, por cómplice del destino alecciondor, y el de las Escrituras, por divino. La literatura, y sus artífices, estarán perpetuamente ligados a la gran masa de agua que rodea nuestros cuerpos. Es irrenunciable: si hemos de ser creadores, hemos de regresar siempre al origen de nuestro origen, lo querramos o no.
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No pude evitar recordar todo esto mientras caminaba por la arena. Supongo que habrá un día, no lo sé, en que por puro deseo de su recuerdo corra a la playa más cercana y me deje tocar por sus olas. Quién sabe. Por lo pronto él está bien allá, lamiendo su arena el día entero, yo yo también bien acá, quizá un poco mejor, lamiendo el asfalto hasta quedar exhausto. ¿Qué le vamos a hacer? Así es, por desgracia, el destino de quienes, rechazando el origen marítimo, gustamos de comer bananas y evitar la depilación brasileña.
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¡Salud!

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