domingo, 14 de octubre de 2012

Salado.

Para la Tía Trini, que un día me pidió esta entrada.
Para don Benja, que lo amó profundamente. Tan profundo como él.
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"Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar,
y en tus pupilas la sangre marchita que tiene el coral".
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Nunca he entendido a los adoradores del mar. No, esperen. Eliminen esa primera frase que brotó de mis amildonados odios al calor, la arena, lo pegajoso y lo abochornado. Entiendo perfectamente qué tiene el mar que tantos y tantos lo adoran. Lo que no hago, en definitiva, es compartir su amor.
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Al mar nos une, como especie, una natural relación de origen. Si la teoría Campells de Oparin-Aldane es cierta, venimos todos del océano, y nuestras capacidades más elementales, como la de caminar erguidos, comer carne y respirar oxígeno, serían inexistentes sin la separación de un origen marítimo que nos legó, por esencia evolutiva, todo lo que un pez no tiene (incluidas las branquias, que muchos apreciaríamos tener). Pero yo, que gusto de partir de puntos ya comenzados para acortar caminos, prefiero ignorar dicha esencia biológica y comenzar la historia de nuestra naturaleza desde que andábamos colgándonos en los árboles. Es censura genética, sí, pero me deja tranquilo, y yo así, con mi cobija, mi televisión y mi sillón, estoy perfecto, gracias.
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Entiendo entonces que el resto de la humanidad sufra hacia la inmensidad del océano una natural atracción. Como el niño que reconoce a la madre entre un millón de mujeres, el hombre regresa al mar inevitablemente cada vez que puede a lo largo de su vida. Se adentra en sus aguas, acepta el abrazo de las olas que lo regresa a su origen, que lo coloca de nuevo en la sensación prenatal de la gravedad cero, la humedad circundante, la absoluta capacidad de no necesitar más nada. El modo de vida moderno, que gira en torno a un par de semanas vacacionales al año, ha delimitado la natural vuelta al seno marítimo a sólo un periodo anual, que por lo general coincide con las vacaciones escolares. Esto conlleva que todos peregrinen hacia la playa más cercana en mitad del verano, cual zombies en busca de cerebros frescos.
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Y así los ve uno. Filas de vacacionistas en las carreteras, centrales de autobuses atascadas, malecones y jardines de palmeras atascados de turistas cuyo mortal tono de piel evidencia precisamente la incapacidad impuesta por las leyes laborales actuales -y espérense a que nos toque la de diciembre...- para sacar a tostar pechos y brazos de manera más habitual. Cientos peleando por un cuarto de hotel, miles apoltronados en la arena, luciendo, los más, nuestro glorioso cuarto lugar en obesidad mórbida entre adultos a nivel mundial, y nuestro segundo en sobrepeso. Millones anhelando la casa en Cancún, el penthouse en Manzanillo, la preciosa villa en Malibú, el depa en Vallarta que otorga, nunca sabemos a quién, el sorteo Tec. Y millones decepcionados, regresando a casa en la misma vagoneta que prestó el sobrino, con la piel ardida, el gusto harto de Ruffles y Maruchan y las verijas empanizadas con arena.
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Entenderán, a estas alturas de ésta su entrada,  que yo no voy a la playa ni a verla morir entre huracanes. Entendiendo el gusto que muchos poseen por esa montaña de agua salada que rodea casi la totalidad de nuestro territorio nacional, aplaudo su vocación, pero no la comparto. A mí la idea de ir a un lugar en que sufriré la presencia de diminutos granos de arena en partes corporales antes de su apoltronamiento desconocidas para mí,  la idea de sufrir calores y ardientes mediodías, la cuestión de tener que dejar de respirar, so pena de terminar con la boca salada y la nariz oliendo eternamente jaiba, no me resulta para nada placentera. Así que cuando El Uno, gerente en cuestión, siempre en cuestión, me puso en la lista para ir a la tienda en Manzanillo a apoyar con su inventario semestral, mi inicial negativa cedió ante la posibilidad de pasar el día entero encerrado en un hotel con el aire acondicionado a temperaturas que ni en esta ciudad de cruces, cúpulas y grafitis, he vivido jamás. Y así fue. Mientras el resto de mis compañeros comían mariscos por toneladas, facturados, claro está, a modo de viáticos, yo me conformaba con mi double cheesse Whopper masticada a cero grados, mi Coca light de dos litros, y mi NatGeo 24 horas en la pantalla de plasma. So call me an irresponsable...
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Pero he de confesar que, atraído por la idea de no ver el mar de nuevo en mucho tiempo, me acerqué a saludarlo en un par de ocasiones. Lo encontré como siempre: titubeante de darme la mano, sonoro, encandilado, salado y oloroso a aventura. Y recordé, casi sin querer, a don Benja, cuyo lazo de unión con el gigante más grande del planeta lo llevaba a buscarle el lado siempre que caían un par de pesos al pozo.
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Allá iba, toda la familia, en pos de que mi padre recuperara esas aletas que las malvadas líneas evolutivas le arrebataron. El mar y él eran uno solo. Si a mí apenas se acerca a saludarme, nos damos los buenos días y cada quien por su lado a sus respectivos negocios, él a ahogar pescadores, yo a contar latas de atún, a don Benjamín lo estrechaba en un abrazo interminable. Y así lo veía uno, horas enteras, nadar en sus aguas hasta que el sol desaparecía, y la marea era ya demasiado alta como para aceptar la presencia del hombre. Porque al mar, por las noches, le pasa lo que a todos: cambia sus modos hasta hacerse irreconocible, y sale a la caza de quien le lleve la contraria.
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Don Benjamín nunca nadó de noche. Amantes como eran, se reconocían hasta sus malas caras. Se respetaron siempre, mutuamente, cosa que el mar nunca hizo conmigo, y lo comprobó las tres veces exactas que, sin reparar en mi posterior cogera, me arrebató una chancla. A don Benjamín le quitó, quizá por juego, tal vez sólo un traje de baño, y luego se lo devolvió. Recuerdo escucharlo hablar del mar como de una persona, camino a la playa más cercana desde el hotel en que, claro, yo pedía pasar el día entero, a lo mucho asomándome a la alberca: "Si está muy picado, nomás lo reconozco un ratito", "las olas de Maruata, ésas sí que estaban pensadas para mí", "y cuando te avienta la ola, es cuando debes dar el brinco y hacer como que te abrazas, como que todo tú lo abrazas". Reía al confrontarlo, y reía también cuando lo revolcaba, jugando con él como con un pequeño león, una mascota insignificante. El mar y él eran, como el viejo en la novela de Hemingway, un constante reto a muerte en medio de una profunda amistad de siglos.
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El mar es, también, aventura e inspiración. La mejor relación que tengo con el mar, la tengo a través de la literatura. Me gusta el mar de Melville, por mortífero y bestial, y el que a dije, de Hemingway, por humano, profundamente humano, mas intolerante. El de Dafoe, por cómplice del destino alecciondor, y el de las Escrituras, por divino. La literatura, y sus artífices, estarán perpetuamente ligados a la gran masa de agua que rodea nuestros cuerpos. Es irrenunciable: si hemos de ser creadores, hemos de regresar siempre al origen de nuestro origen, lo querramos o no.
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No pude evitar recordar todo esto mientras caminaba por la arena. Supongo que habrá un día, no lo sé, en que por puro deseo de su recuerdo corra a la playa más cercana y me deje tocar por sus olas. Quién sabe. Por lo pronto él está bien allá, lamiendo su arena el día entero, yo yo también bien acá, quizá un poco mejor, lamiendo el asfalto hasta quedar exhausto. ¿Qué le vamos a hacer? Así es, por desgracia, el destino de quienes, rechazando el origen marítimo, gustamos de comer bananas y evitar la depilación brasileña.
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¡Salud!

lunes, 8 de octubre de 2012

Glosario.


Nuestra casa, nuestro idioma.
Nuestra patria personal. Personal de dos.
Y la felicidad como bandera.
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A. Árbol. La historia comenzó a escribirse bajo un álamo en el Agua Azul. Bajo varios álamos, hasta que nos decidimos por uno y lo hicimos nuestro. Entendimos que si hay algo antinatural en la naturaleza, es la discriminación. Por eso los árboles no discriminan: aceptan por igual al vagabundo que al millonario, al bueno que al malo, al indígena potosino que al empresario judío. A la pareja heterosexual que a la homosexual. Bajo aquel árbol hicimos nuestro primer picnic, nos dimos nuestro primer beso, jugueteamos y curioseamos con nuestras anatomías, lloramos abrazados, y cuando los malos hábitos policiales nos corrieron de nuestro álamo, juramos al aire tener un día un jardín con muchos, para poder retozar bajo sus ramas sin más discriminación que la que marca el frío de la tarde. Y seguimos esperando que, cuando las conciencias cambien y los tiempos favorezcan, vuelvan a ser los árboles testigos bienvenidos de nuestros abrazos.
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B. Baile. La primera vez que salimos a bailar, juraste que no sabías hacerlo. Es más: dijiste que jamás en tu vida habías movido los pies. Y era cierto. Me consta que era cierto. Pero aprendiste, como sueles hacerlo mejor, por imitación, y en unos minutos bailábamos los dos como mejor nos parecía. Para mí era obvio: si tu oído musical te permite deducir qué canción están tocando en alguna lejanía con sólo captar al hilo un par de notas, o escuchar el nuevo disco de algún artista y deducir con mínimo margen de error cuáles de sus canciones serán sencillos radiales, bailar sería pan comido. Y desde aquella vez que bailamos juntos, no hemos dejado de hacerlo en una u otra forma. Bailamos de cachetito, abrazados, bailamos cuando yo canto y cuando tú tarareas. Bailamos recostados, sentados en el autobús, andando por los camellones, al bañarnos y al desnudarnos. Hemos hecho del baile una forma natural de comunicarnos, que habla de cómo nos entendemos, aún con cuatro pies izquierdos. Y vamos por la vida abrazando al baile como lo que es: la mejor forma de celebrar que estamos en ella, y que estamos juntos. El mejor método de festejar de un solo movimiento la evolución, la dicha, el amor y la confianza que nos unen, y la esperanza.
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C. Caminata. Era noviembre. Veníamos de la reunión de cumpleaños de un buen amigo tuyo, y la noche nos atrapó en una céntrica y arbolada avenida. Como a mí, a veces te da miedo la oscuridad. Así que te abracé, en parte porque quería, en parte porque me transmitiste el estrés de estar, ya a oscuras, a cielo abierto. Abrazamos caminamos, y el miedo se vio de pronto derrotado por la carcajada. De ahí, tú caminabas frente a mí, de espaldas, y luego yo lo hacía intentando no caer. Para cuando llegamos a una plaza iluminada, descubrí que las mejores caminatas de mi vida las habría de dar a tu lado. Y sí, por muchas razones. Caminando resolvemos el mundo tú y yo. Cuando la vida nos pone en encrucijadas y nos obliga a tomar la lateral para observar la disyuntiva con cuidado, hemos encontrado que la mejor de las soluciones es tomar tus tenis y mis zapatos, y salir a caminar un rato. Caminando nos escuchamos, y nos aconsejamos. Recorriendo las banquetas de la ciudad he escuchado tus problemas, y tú los míos. Andando, paso a paso, hemos recorrido las opciones y tomado los caminos. Cuando camino, a un mismo paso que tú, somos uno la sombra del otro, estamos uno en los pasos del otro, andamos uno por los problemas del otro, y de regreso a uno mismo, a nuestros propios pasos, podemos hablar con honestidad. Al caminar nos aconsejamos, y recorremos la vida mano a mano, como dos iguales. Caminando incluso, cuando nos lo dejó de tarea la terapeuta, entendimos aún mejor cómo funcionábamos, qué necesitábamos y a dónde podíamos ir si caminábamos. Desde entonces, al menor asomo de duda existencial, asaltamos la acera y caminamos.
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C. También es la "c" de comida. La hemos disfrutado toda. Y hoy no hay oportunidad en que podamos comer juntos y no lo hagamos. Rechazamos hacerlo por separado cuando es posible vernos mutuamente nutrir el organismo. A mí me gusta verte disfrutar un sushi, un bocado de guiso cantonés, un trago de café americano, un mordizco de pastel de zanahoria. La forma en que comemos es la forma en que abrazamos la vida: tú, con cuidado, pones toda tu atención en que cada bocado sea perfecto, contenga elementos esenciales de lo que estás comiendo, y no deje mancha ni sobra. No importa si es un taco, un rollo primavera o un hotdog, cada bocado debe contener la cebolla, el jitomate, la gota de catsup y la mostaza que forman parte también del todo. Te tomas tu tiempo, y jamás te permites la prisa. Prefieres no comer antes que hacerlo a la carrera. Yo, en cambio, me lanzo sobre la comida como neanderthal sobre su presa. Me atasco, la deboro, y pido más. Por eso me mancho, y comen conmigo mis manos, mis mejillas, mi camisa, mis pantalones. Y dices, sin embargo, que te gusta verme comer, porque te observo hacer algo que disfrutas, que te pone de buenas, que te hace bien. Comiendo hemos sellado acuerdos, y armado teorías inútiles. Nuestras sobremesas son largas conversaciones en las que resolvemos lo que caminando no se pudo. Por eso es bueno que "comida" empiece con "c": ésta resuelve lo que la otra palabra no pudo. Y si aún la comida no nos dijo nada, por lo menos la disfrutamos. Comploteamos mutuamente para hacer que el otro rompa su dieta, y nos sentimos satisfechos de verlo decir "no debería estar comiendo esto, pero está buenísimo" mientras se empaca medio croissant de chocolate. En la mesa compartimos sueños, esperanzas, frustraciones e inquietudes. Y entre maíz y arroz, pollo y cerdo, las desahogamos todas, compartiendo por igual, como compañeros de vida que elegimos ser cada día que pasa, la sal que el adobo, el chocolate que el agua, el pan que el caviar. Y luego, cuando ya no hay espacio para más, a besos y caricias alimentamos el corazón. No hay comida que disfrute más, que la que tú preparas.
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D. Diferente. Es inevitable: si el mundo piensa en "x", tú ya planteaste "y". Para el vestir, para el emprender, para el imaginar, tu cabeza es una constante fábrica de opciones alternativas. Te gusta que lo diga, y te gusta también que otras personas lo critiquen, porque hasta en eso aprecias la diferencia: "si he de ser humano", piensas, "he de ser humano incómodo". Contradices lo que te parece clásico, y propones siempre abrir las puertas a lo novedoso. Por eso te gustan los finales trágicos, ajenos y peleados con el tradicional pink fairy tale. Entre más duro, burdo y crudo, mejor. Y trayendo ese amor por la diferencia contigo, has hecho de nuestra relación algo diferente. La gente lo dice: "es que ustedes no son como las otras parejas gay", lo que te hace reir porque, claro está, esa frase cuelga de un estereotipo, y te gusta derrocarlos todos.
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E. Estrellas. Una noche en que la distancia nos separaba y la ausencia nos superaba, me pediste mirara al cielo. Observé el reflejo de las luces de la ciudad, y tras éste, las estrellas parpadeantes. Entonces dijiste que me las regalabas. Todas y cada una, para no tener que extrañarte más. Acepté el regalo por lo hermoso, pero a la fecha sigo prefiriendo la luz de tus ojos por sobre las del cielo nocturno. Aunque el remedio funcionó, debo aclararlo: cuando estamos lejos y anochece, me basta ver el cielo estrellado por la ventana del autobús, o de mi habitación, para recordar que siempre, en el momento preciso, habré de tener de vuelta tu mano entre mi mano.
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F. Fiesta. Nadie me cree cuando les digo que casi no salimos "a antros y esas cosas". La gente espera ver siempre a las parejas homosexuales en la precopa, el antro, el bar, el rave, la fiesta de espuma. Pero sucede que tú y yo hemos hecho de nuestra sola convivencia una continua fiesta, que no admite más invitados extras. Adentro, corazón con corazón, disfrutamos nuestra propia música, emitimos nuestra propia luz, generamos nuestro propio ambiente. Y lo vivimos con gozo: con nuestras especiales ópticas, los dos coincidimos en el amor por la vida. Yo la creo un regalo divino, tú una feliz coincidencia que debe ser aprovechada. En el centro de todo está el placer: si hemos venido a vivir, hemos venido a disfrutar. Por ello es que, a la menor provocación, celebramos el latir de nuestros corazones y el fluir de nuestras ideas.
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G. Graduaciones. Dos. En la tuya conocí a tus papás, y ellos encararon, no sin pesar, que había jerarquías en tu corazón. No es que yo sea más importante: es que mi importancia existe. Y eso les dolió, supongo, más de lo que en sus incapacidades ya les ha dolido tu preferencia. En la mía, conociste a mis sobrinos intrauterinos, y fuiste un feliz fotógrafo. Esos dos eventos son la clave de muchas cosas: la presencia sociar y familiar de nuestra pareja es ineludible. A raíz de ellos, nuestros seres queridos nos tienen en cuenta. Lo acepten o no, somos dos que disfrutarán mientras todo lo permita el triunfo y el progreso del otro. Yo valoro que recibas un título por hacer lo que te gusta. Tú también. Yo acepto  y encaro con agrado mi responsabilidad de ser, como tu compañero, quien anime tus desvelos y aplauda tus éxitos. Tú también. Porque tomado el camino que hemos tomado, no habrá ni vuelta atrás, ni actores de doblaje. Hemos de ser tú y yo para ti y para mí, en nuestros avances, búsquedas y desafíos. Y, finalmente, en nuestras dedicactorias y agradecimientos. Y nadie más.
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H. Hambre. Volver al tema de la comida es inevitable. Los dos conseguimos salir ilesos de las garras de la anorexia. La viviste por separado, casi al mismo tiempo que yo andaba por su laberinto en otro extremo de la ciudad. Y luego, librados los apetitos, salvados los pellejos y recuperados los amores propios, nos reconocimos en la distancia como dos sobrevivientes. Y esa concordancia nos unió más, entre nosotros y al acto de comer. Cada vez que lo hacemos juntos, renovamos un pacto con la vida que hemos elegido abrazar por sobre la enfermedad. Cada vez que pongo en tus manos una galleta, un tazón de sopa, una hamburguesa, cada vez que confieso un antojo y mueves medio firmamento para satisfacerlo, nos damos uno al otro un soplo de esperanza, un poco de amor. Hemos adoptado un gesto que lo dice todo: mover la mano sobre el estómago en forma circular, en la cara una sonrisa, en la boca un bocado de salud. Tú y yo sabemos que lo que la anorexia marca no lo entenderá jamás quien no haya vivido su acecho. Y saber eso nos hermana y fortalece, acrecienta la empatía y la refuerza la complicidad.
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I. Imaginación. Difícilmente conozco otra pareja que imagine tanto. Si separados no dejamos de crear, juntos somos una bomba. La gente nos ve reir y no puede entender lo que decimos. Eso es porque imaginamos juntos, y en un lenguaje que incluye palabras, referencias y gestos tan exclusivos, que apenas nosotros, que lo hemos inventado imaginario tras imaginario, podemos acceder a él con franqueza. Imaginamos sobre nosotros mismos y sobre los demás. Teorizamos y luego, sin saber qué hacer con la lógica, la lanzamos por la ventana y nos abrazamos juntos a "la loca de la casa". Y luego reímos, de nuestras ideas y de nuestras hazañas mentales. Imaginando creamos un mundo de los dos, le damos brillo y certeza, comfort y libertad. Castillos en el aire para una pareja que busca, por sobre cualquier otro regalo, un espacio para amarse a bocajarro.
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L. Licor. Para un proyecto escolar, tuviste que hacer un licor frutal. Decidiste una vez más, como en todos tus proyectos gastronómicos desde que nos conocimos, inspirarte en mí. Lo preparaste, añejaste y presentaste finalmente como un licor exclusivo, edición limitada -apenas una botella-, totalmente inspirada en mí. Mi aperitivo nos dio la única borrachera que nos hemos puesto juntos. A ti te alcanzó  un tercio, pero yo terminé riendo tirado bocarriba en el sillón. Era de manzana. Y desde entonces cada vez que muerdo una no puedo evitar, quizá por mera asociación efectiva y dichosa, sentirme un poquito más feliz.
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M. Mango. El mango es el fruto de la vida. No hay otro producto vegetal que sea como él un canto a la exhuberancia y la dadivosidad. Su carne madura es un deleite absoluto en sabor, olor y textura. Quizá por eso es nuestra fruta favorita. Si yo no veo con buenos ojos el tamarindo, y a ti la fresa te da lo mismo, el mango es la fruta en que coincidimos, y con justicia. Una vez soñé que eras un mango petacón, y te comía así solo, sin sal, limón ni chile. Una vez propusiste, disculpa que lo diga aquí, bañarnos en jugo de mango y comernos a besos. Besos de mango. Cuando Trident tuvo el buen tino de sacar al mercado gomas de mascar de ese sabor, jamás nuestros besos tuvieron otro sabor. Si tuviera que elegir un sabor para no probar jamás otra cosa, te elegiría con sabor a mango.
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N. Nieve. Aún conservo aquella foto que tomé de tu cara llena de nieve. Habíamos comprado un par de conos de chorro, y por hacerte reír puse el mío contra tu nariz. Sorprendido hasta tú mismo, no pudiste parar de reir. El resultado es una de las tomas más naturales que guardo de ti. Luego hiciste lo mismo, y todo derivó en un par de fotos gemelas en que, en plenos veintitantos, disfrutamos no olvidar la infancia con un par de narices barnizadas de mantecado.
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O. Otoño. La Plaza de Armas posee cuatro esculturas en sus vértices, alusivas a las cuatro estaciones del año. Cuando "andábamos quedando", proponíamos el Otoño como punto de encuentro. En ella, una mujer de mediana edad, con los pechos escotados, sostiene en sus manos el resultado del levantamiento del trigal. Lo más curioso es que el otoño es la estación favorita de ambos, y ambos acordamos quedar ahí porque nos parecía representativo. El otoño es la estación del recuerdo y la esperanza. El último adiós a la vida, y el deseo sincero de que, caído el invierno con sus tinieblas, regrese de nuevo a dominarlo todo. Nos conocimos en otoño, y en otoño paseamos por primera vez las calles del centro. Luego, llegado el invierno, despedimos a su antecesor con nuestro primer abrazo piel a piel. Curioso lo nuestro: siempre se pone mejor cuando el frío se encrudece.
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P. Paz. Es el nombre del estado de vida por el cual abogamos, más allá de las diferencias y las confrontaciones. En ella creemos ambos, y navegamos con su bandera por la vida. Cuando se nos escapa, nos recordamos mutuamente que lo ideal es permanecer serenos. Nada es tan grave, nada tan doloroso, para abandonar la paz. Y es el nombre también de cierto rincón que preferimos cuando se trata de cosechar nuestra intimidad. Cosa curiosa: no hay persona con quien esté más en paz fuera de mí mismo que contigo, y no hay rincón del mundo que me otorgue más paz que tus brazos estrechados alrededor de mi cintura.
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Q. Queso. Confieso mi adicción a él, y tú la tuya. Si algo es bueno, con queso sabrá mejor. Sabes que se lo pongo a todo, y busco hasta inconciente las cosas que lo encopetonan gratinado. Tú lo pruebas y asientes, moviendo la cabeza velozmente de arriba a abajo. Lo reconocemos ambos como un signo de lo que nos gusta creer: la capacidad del hombre de tomar a la naturaleza por los cuernos y obtener de ella, sin dañarla y con un poco de técnica, lo mejor que puede dar con su transformación. Si hay algo que se acerque al mango, denle al queso el segundo lugar. Sigo esperando ese platillo que prometiste, inspirado en mí, con kilos de fundido y amalgamado queso.
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R. Risa. La risa es el lenguaje universal. No hay cosa que no diga, y no hay a quien le pase desapercibida su enunciación. Pero como todo lenguaje, requiere de interpretación. Por eso es que sólo tú y yo conocemos el tenor de nuestras carcajadas. Y sólo tú y yo reímos como lo hacemos. Conozco la frase exacta que te hará soltar la risa, y tú sabes muy bien qué moverá mis entrañas con el estruendo de mi boca. Por eso también reímos tanto: riendo no sólo olvidamos los males del mundo, sino que los entendemos más. El humor es una de las piedras fundacionales del universo que hemos construido juntos. La gente nos ve reir y se pregunta qué tantos libros de chistes de Selector o recopilaciones de Polo Polo nos estaremos chutando. Nada de eso. Reímos de lo serio, de lo formal y de lo riguroso. Nuestra carcajada es una oración sincera que pretende reducir a la nada la dolorosa conciencia de sabernos excluidos de un mundo que no sabe reir, ríe poco, y ríe mal. Riendo nos comunicamos, y apreciamos mejor lo que de lo que nos rodea se torna inexpugnable. Riendo, nuestros rostros cambian y la luz accede a todas y cada una de sus endiduras. Y con los años, conforme los dientes se vayan y las manchas del sol pueblen su territorio, reir será la forma más sana de seguir permaneciendo jóvenes.
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S. Sexo. Piel con piel, en un mano a mano sin tregua en que gana siempre el que ama y se entrega más, la vida es un poco mejor.
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T. Terapia. Tú la propusiste para mejorar nuestra comunicación, y sigo creyendo que fue una excelente idea. Al menos nos dio más conciencia de junto a quién vamos sentados en este tren de la existencia. Yo ahora te conozco un poco más, y abrazo tus manías y defectos como rasgos propios de tu personalidad, tan únicos como estimables. Tú recordaste que no eres culpable ni podrás funcionar como sustituto de muchas de mis faltas, y que nadie más que yo mismo tiene la responsabilidad de levantar la cabeza y crecer al día. Pero también es la "t" de tres, el número de años que hemos cumplido buscando nada más que amarnos, ser felices y crecer juntitos. En resumidas cuentas: gracias.
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U. Unión. Tu mano y la mía, conquistando la ciudad. El mundo entero rendido ante la ternura y naturalidad de nuestras sonrias en una foto que subo a mi muro porque, claro está, me beneficia tenerte ahí. Y que el mundo entero se percate, como en periódico mural, que decirte que "sí" cuando preguntaste temeroso de un "no" "¿qué opinarías si te pidiera que fueras mi novio?", cantarte aquel "sí", fue la mejor decisión que he tomado en mi vida. Tus labios y los míos, jugando a no soltarse nunca. Tu piel y mi piel en esas veces que son siempre como aquella primera vez. Un abrazo, uno de los muchos que me damos. La sensación de que puede caerse el mundo, pero si estoy entre ese cómodo espacio que corre de hombro a hombro, nada importa, nada vale.
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V. Vida. Es el nombre del café que nos ha visto noviar con ganas, con todas las ganas con que sabemos noviar. Pero también es la palabra que más distingue nuestro pie de lucha: si la vida nos ha dado la oportunidad de encontrarnos y compartir el camino, agradecerle viviendo con energía es lo menos que podemos hacer en retribución. Ya saben lo que dicen: el presente es un regalo, por eso se llama presente.
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Z. Zapatos. Me has comprado dos pares, y sigo gastándolos como barra de jabón. No has logrado concluir qué pasa con mis pies que terminan con cualquier estructura de cuero y baqueta, por más bien hecha que esté. Así que ya no puedes hacer más que reír cada vez que, pasados tres meses de tu último regalo, llego a ti descalzo y te muestro el agujero, el desgaste, la apertura, la corrosión. ¿No te percatas aún, en serio? ¿Cómo no he de gastar los zapatos si contigo doy los pasos más firmes y fuertes que he dado jamás? Date de santos que aún tengo pies, y eso es porque la mitad del tiempo que estoy contigo, me la paso volando.
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¡Salud!