miércoles, 5 de septiembre de 2012

La Ciudad.

En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta.
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Dicen que para entender hay que viajar. Quien no viaja, no tiene idea de qué es el mundo. Le llegará una sospecha, quizá entenderá un rumor. Pero no sabrá nada, y lo poco que sepa acabará por enloquecerle. La pregunta del personaje de Lorenzo de Tena en La piel del cielo, de Elena Poniatowska, deja muy clara esta noción del viaje como fuente reveladora de verdades inestimables: "Mamá, ¿allá atrás se acaba el mundo?" Habrá quienes piensen que sí, y entonces se quedarán sentados esperando que otros lo comprueben. Habrá quienes, en cambio, no puedan con la duda y decidan cruzar el muro y entender así de pronto el universo.
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Yo, debo decirlo, soy de los primeros. Si me animo a tomar mis chivas y emprender movilizaciones más allá de la caseta de Zapotlanejo, es porque de plano el destino -o las ganas de mandarlo todo a la chin-chin-chan- lo ameritan. De hecho, sólo hago eso con La Ciudad de los Palacios. Cada que puedo, venzo mi pasión por la rutina, toco a la puerta -para mí siempre abierta- del corazón de mi cobija de ojos y chinos, y lo embarco a él, con todo y nuestras respectivas garras, rumbo al corazón del Altiplano.
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Así lo hicimos esta vez. Superadas las viscicitudes de viajar en una aerolínea de bajo costo -mi balance general es éste: lo que se ahorran en el boleto, se lo ganan en el estrés preabordaje de andar buscando una maleta de menos de 125 cm cúbicos y diez ilogramos de capacidad, que no contenga botellas de enseres de limpieza personal de más de cien mililitros, que no tenga pelos del perro adheridos, y que encima de todo se vea "chic"-, superadas, decía, las problemáticas propias de andar cuidando peso y talla para poder pagar mil pesos menos, mi cobija de chinos y ojos -que se subía por primera vez a un avión, cosa que le alborotó los toboganes del cabello y le alebrestó las ideas como a felino nervioso-, y ésta su pluma, saludamos con gusto las luces de la Ciudad, y nos prestamos, sin límites y con ganas, a los movimientos de la única gran urbe que lo tiene todo y es digna de llamarse así.
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La recorrimos toda. De la punta al vacío, del eje al centro. Nos fuimos pean peanito, como no queriendo, y la agarramos por sorpresa. Ella, deliciosa y franca, nos recibió con una sonrisa, con el abrazo de la amiga hacia la cual, tras dos años de no ver, guardas el mismo cariño, la misma dedicación, el mismo buen recuerdo. Nos entregó nuevos lugares -como el Museo de la Revolución, en los sótanos del Monumento a la ídem, el Museo de Gastronomía Mexicana (el cual mi cobija de chinos y ojos tuvo a bien marcar en el itinerario, y que nos dejó, en más de un sentido, un muy buen sabor de boca), el kiosko morisco de Santa María la Ribera, el interior de Bellas Artes y el metro Popotla -?-. Y nos regresó los nuestros, los que le dejamos en encargo hace dos años, revitalizados, más dignos, más nuestros.
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Y noviamos. Noviamos agusto, como sólo una ciudad incluyente y de primer mundo nos permitiría hacerlo. Recuerdo ahora las palabras de un policía que alguna vez nos detuvo en esta moralínea ciudad, tras darnos un beso en la vía pública: "váyanse al D. F. Allá sí pueden hacer estas cosas". Con qué verdad hablaba. A la sombra del Ángel, de la Latino, de Bellas Artes, de la Diana, de los Leones de Chapu y de la Estela de Luz -que ni es estela, ni da tanta luz-, sobre los valles de roca volcánica y en las estaciones del metro, entre parques, jardines y plazoletas, en museos y andadores, frente a palacios y organilleros, mi cobija de chinos y ojos y yo le dimos vuelo a la hilacha, y llenamos de besos la ciudad.
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Y la ciudad se dejó besar. La hicimos nuestra, y la sentimos nuestra una vez más, con más fuerza, con más entereza, con más dignidad. Recordé luego, más felizmente, otro par de palabras. Las que dijo una integrante de la primera pareja de mujeres en contraer matrimonio en la Capital, en 2010: "al tomar la mano de mi esposa, sentí por primera vez que la ciudad me pertenecía". Entendimos que la libertad sólo puede ser posible cuando uno es capaz de llegar a la esquina de una importante avenida, y declararle el amor a la persona que ama en medio del arrollo de los carros. Que el suelo en que vive sólo puede ser sentido propio cuando el miedo y la frustración no son ya parte del inventario.
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Sus fachadas y trazos me recordaron que es la Ciudad de los grandes acontecimientos. Que la historia de mi país, éste México de huevos caros y letras de bronce, de maíz, de chile y de manteca, ha pasado entera por sus calles. Que podrá haber grandes centros de cualquier cosa en el resto del territorio -centros enequeneros, centros azucareros, centros agaveros, centros de inseguridad-, pero sólo habrá una Ciudad de México, y sólo ella podrá contarnos, de pe a pa, los martillazos, los balazos, los sablazos y las mentadas de madre, que nos han dado la Patria.
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La ciudad de los grandes nombres. De Sor Juana a Monsiváis, no hay genio mexicano que no haya caminado por sus calles, probado sus pambazos, escuchado sus cláxones y millonarias voces. Y que no habrá jamás otra con su gallardía y gloria.
 
Mi consejo es que nos vayamos todos. No, no todos. Sólo los que la ansíen. Porque si no la ansías, no la entiendes, y si no la entiendes, es mejor que no te esfuerces en amarla. Déjenlo así. Entre menos burros, más olotes. Para el resto, nos espera el barco -o el avión trespesino, que no promete lujos pero sí que llegamos, aunque sea bajándonos a empujar-.
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¡Salud!

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