sábado, 15 de septiembre de 2012

México indescriptible.

Si preguntas qué creo que es México,
contestaré con una mentada, un son, una traviata,
y en pleno clarinete de aguardiente,
soplaré la tierra arrebatada.
.
México es indescriptible. Diversidad apenas es una palabra que, si tal vez alcanza a calificarlo, lo hace por encimita. Es que no hay forma. Fíjese usted en nuestro himno nacional: escrito en tiempos de guerra, en un turbulento siglo XIX de batallas, cañones, golpes de estado, presidentes prófugos, poetas románticos, dictadores, invasiones, sangre y fuego, dice hoy muy poco, casi nada, de lo que somos. Y eso que no lo cantamos completo, incluyendo aquello de "tus campiñas de sangre se rieguen, sobre sangre se estampe su pie".
.
Quizás el único símbolo patrio que tenemos y conjuga un poco más de lo que somos, es el escudo nacional. Es histórico y representativo: el mito azteca de la indicación del dios Huitzilopochtli que habría de llevar al errante pueblo nahua desde Aztlán hasta "tierra firme", en medio de controversias, pérdidas poblacionales y acuerdos finales, es también la figura de lo que somos: obstinación y dificultad, lucha y aferración a nuestras ideas. Porque para tercos, obstinados y males peores, los mexicanos.
.
Pero ni la cejijunta águila real deborando a una sufriente serpiente de cascabel, parada sobre un nopal en mitad de un islote, ni las tres franjas de colores que la envuelven en nuestra bandera, nada de eso, alcanza a describir una parte de lo que México es. Vaya usted al norte, viaje usted al sur, recorra las iglesias del Bajío y consuma pescado de sus playas. Camine por sierras, desiertos y ciudades. Amanezca en algún puerto, y disfrute la noche en alguna ciudad fronteriza. Recréese con sus colores y sus tradiciones: muertos en Michoacán, voladores en Veracruz, danzantes en Tuxtla, tehuanas en Oaxaca. Y luego, ya en casa, en la comodidad de su hogar, trate de juntar las piezas del rompecabezas y describir este país. Buena suerte, siga intentando.
.
No hay forma. En serio, no hay forma. Muchos lo han intentado, y los más exitosos, que se han acercado al hecho concreto y lo han vislumbrado, apenas han logrado hablar de dos o tres de las mil caras -la serpiente en el escudo debería ser una hidra, y apenas así nos comprendería-. Paz, Fuentes, Vasconcelos, Humboldt incluso, han abrazo la realidad mexicana como un fenómeno no ambi, multivalente. Nuestra historia explica una parte, nuestra geografía otra, nuestra carga genética otra más. Pero algo se escapa siempre, algo se pierde en el horizonte del folklore, y nos quedamos sin serlo todo, sin un sabor, una imagen, una textura, una palabra, que nos describa por completo.
.
Hasta nuestro habla es un mosaico indefinible. La forma en que ejecutamos el español no tiene límites. Del albur a la parodia, de la "bomba" al refrán, nuestra tradición oral es inmensa y multifacética. Tanto que un personaje cómico mexicano, Cantinflas, le hizo honor a la capacidad innata del mexicano para hacer en su lenguaje los arreglos necesarios para las épocas pertinentes. Decirlo todo, y no decirlo nada. Hablar de más, y luego callar con mutismo indignante. Gritar a voz en cuello en una plaza llena de mariachis, y luego sollozar sobre el ataud cerrado en un cortejo fúnebre.
.
Y ni hablar de los sabores. En el norte el trigo, en el centro y sur el maíz. La tortilla como común denominador de un país que siempre la enrolla, siempre la hace taco, siempre la pone en todos lados, la fríe, la congela, la endulza, la enmiela, se envuelve en ella -repentina idea de un sábado de grito de independencia: ¿y si en lugar de águila le ponemos al lábaro patrio una tortilla con nopalitos asados?- El mole, el adobo, el chile -los mil y un chiles-, el comino, el cacao, el piloncillo y la garnacha. La manteca y el pinole. La cecina, la machaca, la salsa y el pan dulce. Las mariscadas, las micheladas, las asadas, las teleras, los escamoles. El guacamole, el pipián, los quesos -el oaxaca, el panela, el chihuahua-, la machaca. Y la herencia que nos han dejado los otros cientos de pueblos crisol que han pisado nuestros campos de batalla, y a la cual hemos adoptado nuestros modos, nuestros sabores, nuestras texturas: la paella española sobre totopos, los chilaquiles con pollo, la salsa de soya con serrano, el pozole con carne de cerdo y las hamburguesas con chipotle.
.
No hay forma, les digo que no hay forma. El mexicano es patriótico porque, habiendo ciento seis millones de "pringa'os", hay ciento seis millones de Méxicos diferentes. El del narco en la sierra -y en la ciudad, y en el campo, y en el pueblo, y en la carretera, y en...- y el de la paz de un cenote sagrado, el del indígena desnutrido y el del rico empresario a la Forbes, el del Presidente y el del indigente. El que yo hablo, y el que tú piensas. Del que la vecina se vanagloria, y del que su prima se apena. El México que caminarán ya más grandes Fer y Rafa, y el que recorrió Calderón de la Barca -no aquél, sino ésta, la Madame-. El "México lindo y querido...", y el "México, tan lejos de Dios...". El México de don Porfirio y el de Santa Anna. El de Calles y el de Fox. El de la frontera norte, el del centro y el del sur. El del inmigrante que llega y el del que se va. Porque, haciéndonos todos de un México personal, resulta casi imposible dejar de sentirse parte de la Patria.
.
Por eso nuestra Independencia empezó con un grito. ¿De qué otra forma sino con un acto primario, casi salvaje, podría comenzar un proceso de diez años para buscar la fundación de una patria como la nuestra? Gritar es volver al origen. Nacemos con un grito, nos adaptamos gritando, nos reproducimos gritando -bueno, habemos quienes...- y morimos mientras otros gritan por la ausencia que dejamos. El grito es la forma de expresión primitiva que nos acompaña mientras caminamos de año en año. La Patria decimonónica -porque hay mínimo una Patria mexicana en cada siglo- nació con uno, y cada año la rememoramos con otro más. Eso es lo único que tendrán siempre en común los presidentes, tricolores, blanquiazules o amarillos: todos, sin importar si pactan o no con los empresarios, los narcotraficantes o la Iglesia, sin importar cuánto roben o cuánto dejen a sus hermanos robar, todos aparecerán en el balcón de Palacio Nacional y provocarán otro grito, el de la multitud de mexicanos que, también esta noche, festejarán a México, su México, sus Méxicos, con otro millar de gritos.
.
Ni hablar. Ya merito. ¿Qué le vamos a hacer? Si aquí nos tocó vivir.
.
¡Salud!

miércoles, 5 de septiembre de 2012

La Ciudad.

En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta.
.
Dicen que para entender hay que viajar. Quien no viaja, no tiene idea de qué es el mundo. Le llegará una sospecha, quizá entenderá un rumor. Pero no sabrá nada, y lo poco que sepa acabará por enloquecerle. La pregunta del personaje de Lorenzo de Tena en La piel del cielo, de Elena Poniatowska, deja muy clara esta noción del viaje como fuente reveladora de verdades inestimables: "Mamá, ¿allá atrás se acaba el mundo?" Habrá quienes piensen que sí, y entonces se quedarán sentados esperando que otros lo comprueben. Habrá quienes, en cambio, no puedan con la duda y decidan cruzar el muro y entender así de pronto el universo.
.
Yo, debo decirlo, soy de los primeros. Si me animo a tomar mis chivas y emprender movilizaciones más allá de la caseta de Zapotlanejo, es porque de plano el destino -o las ganas de mandarlo todo a la chin-chin-chan- lo ameritan. De hecho, sólo hago eso con La Ciudad de los Palacios. Cada que puedo, venzo mi pasión por la rutina, toco a la puerta -para mí siempre abierta- del corazón de mi cobija de ojos y chinos, y lo embarco a él, con todo y nuestras respectivas garras, rumbo al corazón del Altiplano.
.
Así lo hicimos esta vez. Superadas las viscicitudes de viajar en una aerolínea de bajo costo -mi balance general es éste: lo que se ahorran en el boleto, se lo ganan en el estrés preabordaje de andar buscando una maleta de menos de 125 cm cúbicos y diez ilogramos de capacidad, que no contenga botellas de enseres de limpieza personal de más de cien mililitros, que no tenga pelos del perro adheridos, y que encima de todo se vea "chic"-, superadas, decía, las problemáticas propias de andar cuidando peso y talla para poder pagar mil pesos menos, mi cobija de chinos y ojos -que se subía por primera vez a un avión, cosa que le alborotó los toboganes del cabello y le alebrestó las ideas como a felino nervioso-, y ésta su pluma, saludamos con gusto las luces de la Ciudad, y nos prestamos, sin límites y con ganas, a los movimientos de la única gran urbe que lo tiene todo y es digna de llamarse así.
.
La recorrimos toda. De la punta al vacío, del eje al centro. Nos fuimos pean peanito, como no queriendo, y la agarramos por sorpresa. Ella, deliciosa y franca, nos recibió con una sonrisa, con el abrazo de la amiga hacia la cual, tras dos años de no ver, guardas el mismo cariño, la misma dedicación, el mismo buen recuerdo. Nos entregó nuevos lugares -como el Museo de la Revolución, en los sótanos del Monumento a la ídem, el Museo de Gastronomía Mexicana (el cual mi cobija de chinos y ojos tuvo a bien marcar en el itinerario, y que nos dejó, en más de un sentido, un muy buen sabor de boca), el kiosko morisco de Santa María la Ribera, el interior de Bellas Artes y el metro Popotla -?-. Y nos regresó los nuestros, los que le dejamos en encargo hace dos años, revitalizados, más dignos, más nuestros.
.
Y noviamos. Noviamos agusto, como sólo una ciudad incluyente y de primer mundo nos permitiría hacerlo. Recuerdo ahora las palabras de un policía que alguna vez nos detuvo en esta moralínea ciudad, tras darnos un beso en la vía pública: "váyanse al D. F. Allá sí pueden hacer estas cosas". Con qué verdad hablaba. A la sombra del Ángel, de la Latino, de Bellas Artes, de la Diana, de los Leones de Chapu y de la Estela de Luz -que ni es estela, ni da tanta luz-, sobre los valles de roca volcánica y en las estaciones del metro, entre parques, jardines y plazoletas, en museos y andadores, frente a palacios y organilleros, mi cobija de chinos y ojos y yo le dimos vuelo a la hilacha, y llenamos de besos la ciudad.
.
Y la ciudad se dejó besar. La hicimos nuestra, y la sentimos nuestra una vez más, con más fuerza, con más entereza, con más dignidad. Recordé luego, más felizmente, otro par de palabras. Las que dijo una integrante de la primera pareja de mujeres en contraer matrimonio en la Capital, en 2010: "al tomar la mano de mi esposa, sentí por primera vez que la ciudad me pertenecía". Entendimos que la libertad sólo puede ser posible cuando uno es capaz de llegar a la esquina de una importante avenida, y declararle el amor a la persona que ama en medio del arrollo de los carros. Que el suelo en que vive sólo puede ser sentido propio cuando el miedo y la frustración no son ya parte del inventario.
.
Sus fachadas y trazos me recordaron que es la Ciudad de los grandes acontecimientos. Que la historia de mi país, éste México de huevos caros y letras de bronce, de maíz, de chile y de manteca, ha pasado entera por sus calles. Que podrá haber grandes centros de cualquier cosa en el resto del territorio -centros enequeneros, centros azucareros, centros agaveros, centros de inseguridad-, pero sólo habrá una Ciudad de México, y sólo ella podrá contarnos, de pe a pa, los martillazos, los balazos, los sablazos y las mentadas de madre, que nos han dado la Patria.
.
La ciudad de los grandes nombres. De Sor Juana a Monsiváis, no hay genio mexicano que no haya caminado por sus calles, probado sus pambazos, escuchado sus cláxones y millonarias voces. Y que no habrá jamás otra con su gallardía y gloria.
 
Mi consejo es que nos vayamos todos. No, no todos. Sólo los que la ansíen. Porque si no la ansías, no la entiendes, y si no la entiendes, es mejor que no te esfuerces en amarla. Déjenlo así. Entre menos burros, más olotes. Para el resto, nos espera el barco -o el avión trespesino, que no promete lujos pero sí que llegamos, aunque sea bajándonos a empujar-.
.
¡Salud!