martes, 7 de agosto de 2012

Dos ausencias.

En el boulevard de los sueños rotos,
desconsolados van los devotos de san Antonio,
pidiendo besos.
Por el boulevard de los sueños rotos,
moja una lágrima antiguas fotos,
y una canción se burla del miedo.
Las amarguras no son amargas,
cuando las canta Chavela Vargas,
y las escribe un tal José Alfredo.

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Desconozco si a mi padre le gustaba Chavela Vargas. Parco y reservado, frío como era, podría contar con una mano las ocasiones en que habló de sus gustos personales. Uno los sabía porque los practicaba: la corbata con ilustraciones arreboladas, el saco planchado en tintorería, la colonia amaderada, el thriller policíaco -de preferencia en inglés- en la mano, o el libro de rezos, o el de filosofía latina. De música, de hecho, hablamos una sola vez: como solíamos hacerlo, yendo en el carro a algún lado -yendo yo a algún lado, porque siempre estuvo dispuesto a darme un aventón-, comenzó a sonar en el radio una canción de los Beatles. Le subió y comenzó a tararearla -pese a lo que siempre dice Doña Mago, a mí me parece que el solfeo nunca fue para mí un don de mi padre-. Me preguntó si me gustaba. Contesté, como usualmente lo hacía al hablar con él, con algún monosílabo. Entonces me dio una lista, que seguro nadie más conoce, de artistas cuya música gustaba. Algunos nombres no me resultaron sobresalientes: en casa hubo siempre disponibilidad casi total para adquirir dos pleassure issues: discos de vinilo y libros.
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Pero otros nombres en la lista me sorprendieron tanto que hoy, a muchos años de aquel ride, sigo creyendo que fue un sueño escucharlos de su boca: Rolling Stones, The Doors, Luis Miguel. Pero de Chavela Vargas nunca habló. José Alfredo Jiménez, una presencia musical naturalmente ligada a la singular "dama del poncho rojo", tenía un par de espacios en el anuario musical de la casa, así que supongo que no era tan desagradable para él. De hecho, en alguna reunión familiar, recuerdo haberlo escuchado corear "El rey". Eternos prófugos de muchas cosas, Chavela Vargas y mi padre tenían, aunque seguramente a él le molestaría esta comparación, muchas cosas en común: la misma prontitud para el recuerdo, el mismo origen violento, la misma crianza de sangre y abandono, la misma disposición al llanto cuando las mil injurias del corazón tocaban. El mismo historial de violencia que, orientado en una a la cantina y la música, en otro al conocimiento y la filosofía, no logró sin embargo, en ninguno de los dos, mitigar el llanto, retirar el tono osco, la terquedad y la agresividad.
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Ahora don Benjamín se ha ido. Se fue, de hecho, muchos años atrás. Su indisposición para tratar un conjunto enmarañado -maraña es una palabra fabulosa, una maraña en sí misma- de problemas conductuales, de memorias dolorosas, de cicatrices del corazón, de herencia violenta y amarga, lo precipitó a un vacío y una lejanía que él siempre negó rotundamente. Y cuando uno pide y repite la petición, la negación se transforma, por mero afán de supervivencia mental, en una realidad tres veces más dolorosa que el problema negado. Su mente dejó de funcionar, y diversas funciones en su vida se fueron apagando. Y ése fue un hecho de absoluto dolor para él, pero sobre todo para quienes tuvimos que observar cómo el alzhaimer, y otros muchos problemas emanados de la misma maraña, le iban robando poco a poco la poca vida que le quedaba.
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Pero su ausencia física es un hoy una realidad. Y duele. Hay que decir que duele. Si bien la vida nos dio un amable tiempo de espera para poder despedirnos, y perdonar, y dejar ir, el dolor llega ante el manojo de imposibilidades que, de súbito ante su ausencia, golpean el rostro y hacen reflexionar. Esperando el cuerpo en el asilo dónde vivía, mi cobija de chinos y ojos miraba, por esos ojos grandes que todo lo piensan, que contienen en un solo segundo el universo entero, la triste realidad de la vejez. Cuestionado por mí, que intentaba evitarle un desmayo, me confesó una verdad que yo ya antes había reflexionado, parado en su mismo lugar, pero esperando a mi padre vivo con la intención de charlar con él, cuando aún la memoria le alcanzaba, aunque fuera, para repetir dos o tres preguntas incansablemente: "es que me estoy preguntando qué habrá sido de toda esta gente, qué la habrá llevado a estar hoy aquí, qué historias tendrán, y cómo desearía llegar a esta edad acompañado".
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Don Benjamín tuvo múltiples oportunidades de llegar acompañado. Llegó, finalmente, con una esposa que, guiada más por un proceso de liberación personal y perdón que por una intención amorosa o pasional, estuvo ahí para él tanto tiempo como las situaciones mentales de ambos permitieron. Llegó, finalmente, con un conjunto de hijos, yernos y nietos, que acompañaron, en sus respectivas posibilidades, y en sus respectivos modos, los últimos años de uno de los hombres más instruidos que he conocido. Un mal común: ante la falta de fuerzas para encarar el dolor interior, los libros y el conocimiento se convierten en un paraíso de negación finalmente bien remunerado -social, económica, anímicamente-.
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Chavela Vargas también llegó acompañada a sus últimos días. Nadie como ella interpretó jamás a José Alfredo Jiménez, a Lara, a muchos más, y tampoco nadie como ella interpretó jamás el dolor, la ira, el rencor, el amor y la libertad. Fue lo que quizo y logró con ello ganarse la vida, en una época en la que nadie sabía ser lo que quería. Fundó un estilo para cantar que afortunadamente nadie intentó igualar. Porque hubiera sido inútil, desastrosamente inútil, ser como Chavela al interpretar. Si a don Benjamín lo acompañaron amigos y familiares, a Chavela la acompañaron el dolor y el alcohol. Y la presencia de muchas personas que con ella compartieron sentimiento y amor por la música. Su pérdida es la pérdida de una estrella de genialidad y defensa de la dignidad personal y el libre albedrío en el inmenso cielo de la luz del espíritu humano.
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La pérdida de don Benjamín es la ausencia de muchas personas. Porque fue, dentro de su problemática, muchos Benjamines para muchas personas. Uno en la calle, otro en la casa, ni siquiera sus hijos tendremos el mismo recuerdo de él. Porque, violento, inseguro e impredecible en general, no lo fue tanto conmigo como con mis hermanos, o con su esposa, por ejemplo. El dolor que cargan al respecto los miembros de mi familia es muy diferente al que cargo yo mismo. Y con ello, el recuerdo también. Y fuera de casa, los que lo trataron en sus trabajos, sus hobbies y sus andanzas en general, tienen casi cada uno, y para sí mismo, una idea diferente de lo que fue don Benjamín. Eso facilita muchas cosas: que unos lo quieran, otros lo respeten y a otros les duela, y a otros simplemente les genere rechazo. Supongo que tuvo éxito: huyendo permanentente de sí mismo para no encarar su propio dolor, nunca fue uno solo, como el criminal de las mil caras que jamás logra ser reconocido, porque de él es imposible hacer un retrato hablado fiable, obtener un concepto globalizador.
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Chavela y don Benjamín se fueron el mismo día. Seguramente se encontrarán, aunque ambos desearan estar en cielos diferentes: él en uno dónde nada duela, dónde sea posible abrirse sin tenerle miedo a la exposición, dónde se hable latín y se discuta algún pasaje bíblico, dónde se aprecie casi bajo los mismos estándares de medición una buena pieza de arte que un dogma religioso. Ella, de seguro, dónde el tequila no hiera el hígado y el dolor pueda realmente mitigarse con la música. Ambos, sin duda, donde estén siempre unidos en fiesta y conversación trasnochada los amigos y el amor. Porque a ambos, sin lugar a dudas, los pudo salvar un poco de sus propias heridas el abrazo cálido y la escucha pronta y dispuesta de sus seres queridos.
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Dice doña Mago que don Benjamín limpió, con todo el dolor de los últimos meses, su alma en preparación para "adquirir ciudadanía divina". Chavela Vargas no sufrió, y si a mí tocara ser juez y parte, yo también a ella la mandaba a "trascender" un mejor lugar. Así que la hipótesis de doña Mago, como muchas otras, me vienen guangas. Yo espero y deseo para él el mejor de los descansos, la más digna y pacífia de las eternidades. Como un sueño largo y descansado, como un vaso de agua fresca en una tarde calurosa, como un amanecer de rojos y naranjas para el ojo que ve por primera vez. Como el deseo de este corazón que hoy sufre dos ausencias, una más pesada que la otra por su cercanía, que esperan pronto las aliviane el tiempo.
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Dios te cuide, don Benjamín.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

<3

Susy gonzalez dijo...

Hasta se me puso la piel chinita... Que talento tienes!!!! Que Dios bendiga a Don Benjamín y gracias al cielo por su eterno descanso. Solo quédate con los bonitos recuerdos, sean muchos o pocos créeme que hacen la diferencia para sobrellevar el dolor. Te adoro hermanito !!!