domingo, 29 de julio de 2012

De Inglaterra.


Gran Bretaña es la región de las grandes sorpresas. Su población, famosa por su parquedad y sobriedad, parecería no esconder a ningún gran genio incomprendido, sicópata desconsiderado, psicótico diagnósticado o psíquico moralizador. Su comida, siempre a la sombra de la francesa -de hecho, ambas culturas padecen una pugna continua en torno a la calidad y supremacía de casi todos los aspectos de su identidad cultura. Su historia, siempre marcada por la guerra, la invasión, la barbarie y la gula capitalista. Su geografía señalada de fría y osca, lo que nos regresa a su gente. "Los ingleses son una gente muy ocupada", dijo en alguna ocasión Montesquieu. "No tienen tiempo de pulir sus modales". Curiosamente, los modales británicos han sido, quizá más que nunca tras el reinado de Victoria, punta de lanza en torno a protocolos y maneras que paradógicamente han sido imitados y hasta legalizados en países dónde a los ingleses, por sus barcos, finanzas y cañones, los odiaron a destajo.
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Ahora esa misma nación, o la de su región sur, Inglaterra, y más concretamente su capital, Londres, le abre las puertas al mundo en ocasión de los XXX (trigésimos) Juegos Olímpicos de la era moderna. Y el mundo entero llega, como llegaba antes de la primera mitad del siglo XX, a las puertas del Gran Imperio, hoy convertido en una nación primer mundista, abierta la invitación, a enaltecer el espíritu humano a través del enfrentamiento sano y pacífico entre las fuerzas del hombre mismo. Nadadores, corredores, saltadores, clavadistas, gimnastas y pugilistas, saludan la magestad de los ingleses y agradecen el paso libre al deporte, la cultura, el encuentro y todo ese conjunto de cosas -sí, el merchandising también- que una ocasión como los Juegos Olímpicos atraen.
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Y el mundo entero se sorprende. El acto inaugural dejó muy en claro que a los británicos les agrada navegar con bandera de grises. Los estadounidenses los critican, como el nieto desastroso al abuelo parsimonioso, por su testarudez y su temperamento flemático. Los creen anticuados y eternamente melancólicos del origen anglosajón, hasta por la forma en que articulan el inglés: las últimas sílabas redondeadas, alargadas, como deseando no terminar nunca la oración. Cuando Harry Potter llegó para darle un segundo aire a la juventud británica, el mundo entero se conmocionó al enterarse de que aún había jóvenes -¡y magos!, ¡y lectores!- en la nación de Smith, Shakespeare, Enrique VIII y Ana Bolena. Que no todo en londres es de madera, y que también en la capital inglesa hay rascacielos, automóviles de lujo y cosmopolitan para beber.
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Y el mundo entero se sorprende. Los ingleses nos recuerdan que de sus ciudades y calles nació la revolución industrial, la máquina de vapor, la chimenea, el primer impulso al calentamiento global y la institucionalización del imperialismo y el capitalismo. Nos recuerdan que la rueda del progreso comenzó su paso aplastante en no otro lugar que las regiones de britania. Si ya después el mundo se acopló a su agolpado sonsonete, ésa ya fue cuestión del influjo aplastante de la misma rueda.
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Y el mundo entero se sorprende. Isabel II es la monarca más longeva, la más parodiada, la más presta a que su imagen sea renovada en forma constante y, sorprendentemente, sin pérdida de gloria -como no ha pasado con otras muchas damas del espectáculo para quienes brincar en paracaídas con Daniel Craig como el 007 sería el inicio del fin-. Pero también la más amada. El pueblo británico no puede entender cómo el resto del mundo no puede entender su respeto a la monarquía. Es tan simple como actual: ocurre en forma similar a cómo los mexicanos no aceptamos que a los Niños Héroes se les pongan hula-hula, cuando su existencia histórica está más que negada. No es ella, ni lo que hace, ni lo que hacen sus hijos o los hijos de sus hijos. Es lo que representa: el espíritu entero de la nación, su historia, estabilidad, pasado, presente, futuro y dignidad. Si Hellen Mirren dedicó su premio Óscar a la memoria de Elizabeth, o si el genial director Danny Boyle elucubró darle un lugar privilegiado en su ceremonia olímpica de inauguración, o si Freddy Mercury y sus amigos titularon su banda en honor a su título nobiliario, nada de eso, y el resto de homenajes, guiños y dedicatorias, ha sido producto del azar.
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Y el mundo entero se sorprende. Ya conquistada la supremacía económica, surge la genialidad, la inteligencia, el desafío. De la neblina y monocromaticidad de Londres y el resto del Reino, surgen las luces parteaguas de Lennon, Mc Cartney, Star y Harrison, los Who, Waters, Wright, Mason y Gilmour, Clapton, Mercury, Sting, Jagger, Richards, Elton John, y en más recientes fechas los Gallagher, Adelle, los Gorillaz y Coldplay. Son un pueblo de una genialidad diversa y multifacética. Cierto comentarista televisivo lo articulaba perfectamente con un ejemplo cercano: "si uno fuera por la calle en Londres", decía, "vestido con botas industriales, el pelo de dos metros, teñido de arcoiris, la cara maquillada en tonos chillantes, el pecho descubierto, cubriendo los genitales apenas un mallón de raso, se pasaría desapercibido entre el millón de personas que visten igual, o incluso más llamativamente, sin que nadie se asuste, sin que nadie ponga especial atención a la locura".  Es la locura de Shakespeare, Bacon, Newton, Dickens, Austen, las Brontë, Tolkien, Orwell, y muchos más. La locura que al diferir, crea y renueva, redefine y resplandece.
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Y el mundo entero se sorprende. Tras la comida insípida y los ademanes rigurosos -su hora del té, su puntualidad, su amabilidad seca y distante-, se esconden los creadores del punk, el psicodélico, el metal, el anarquismo moderno y los granaderos. La revolución industrial, con sus ritmos, atrajo también la expresión del rencor a través de todas las artes posibles, lo que culminaría después en modelos artísticos llamados precisamente "industriales". Y todo eso, con su propio rock, es asunto de origen londinense. Su éxito es el éxito del buen observador: respetuoso de su pasado y defensor de su tradición, resulta abrumadoramente capaz de innovar y mejorar en función del bienestar y la defensa de su propia historia. Para muestra, dos ejemplos: os Beatles se aseguran más famosos que Jesús, pero nunca que Isabel I; Mick Jagger asegura que la anarquía es la única muestra de esperanza, pero se arrodilla ante la reina para recibir el título de "sir". Mucho que sorprende, mucho qué aprender.
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Ustedes ya sabrán que yo no soy muy afecto a chutarme los olímpicos. Entiendo su gracia, y aplaudo, como lo hago con el resto de las cosas que exaltan el espíritu humano y la capacidad evolutiva que hemos alcanzado como especie -en ciertos aspectos, claro-, la posibilidad de que a través del enfrentamiento de nuestras fuerzas en afanes pacíficos seamos cada vez un poco mejores, un poco más grandiosos, un poco más felices. Pero vi en repetición la ceremonia inaugural, y como el mundo entero me sorprendí. Los ingleses también aún mucho con qué movernos. Y cuando la rueda de su grandiosa historia haya dejado de girar, seguirán teniendo mucho con qué ser recordados. Por lo pronto, convirtamos este baile en un pub dónde no pare de servirse la dicha y la hermandad.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

No te perdono, como no se lo perdono a Danny Boyle, haber omitido a las Spice Girls.