miércoles, 20 de junio de 2012

La diferencia.

El PAN no sale del asombro. Ha cambiado tres veces la estrategia, y ninguna de las tres fórmulas ha conseguido que su candidata repunte en la encuestas. Y su asombro crece aún más cuando, lejos de verlo en las encuestas, a las cuales el político promedio siempre aplica la regla del favoritismo (si me posicionan son fieles, si me dan la espalda están hechas a modo), lo ven en las calles, las plazas públicas, las redes sociales, los comentarios editoriales, los espectaculares, los mítines, las consultas, el ánimo de la gente. El desánimo generalizado con que inició el proceso de campañas ha cedido lugar, poco a poco, a un considerable aumento al repudio de la "gran masa" respecto a la candidata panista. Y el PAN no sale del asombro. Los estrategas, mudos, fríos, entre las sombras, sentados frente a un escritorio repleto de pancartas, guiones, paletas de colores, maquillaje, luminarias, ensayos, gráficas, fotografías, story boards, caretas y banderines, se preguntan sin entender, "¿qué demonios estamos haciendo mal?"
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El momentáneo éxito del segundo debate dio paso a una nueva caída en las encuestas. Las gráficas mostraban ya a Josefina uno o dos puntos por encima de Andrés Manuel, cuando en el transcurso de la semana los porcentajes volvieron a su estado original: Enrique con un cuarenta y tantos por ciento, Andrés con un veinti y tantos, casi treinta, Josefina alrededor del veinticinco, Gabriel con el eterno dos o tres. Y nada más. Los veinte puntos que separan al candidato del Revolucionario Institucional de su homólogo perredista, son abismales, casi irreparables. Y el PAN regresa una y otra vez a los datos, los movimientos de las piezas en el tablero. Y se pregunta, sin entender, "¿qué hacemos mal?"
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Pierden su tiempo. Fieles a su costumbre, se mantienen ciegos a los detalles, las pequeñas cosas que, aunque pasan desapercibidas la mayoría de las veces, hacen siempre, o la mayor parte de las veces, la gigantesca diferencia. Josefina y su equipo no han entendido la razón del éxito, del triunfo de los encopetados. Han atacado su estrategia, falsa sí, mediatizada sí, plástica y banal sí, hueca y falta de credibilidad sí, pero efectiva. Extraña, increíble, dudosamente efectiva. Han creído llegar al hilo negro, y han puesto no uno, sino seiscientos, miles de ganchos, en funcionamiento para desarticular el tejido entero. Y una y otra vez, seiscientas, miles de veces, el hilo negro ha resultado no ser más que un pequeño trozo de la madeja, que se desatora sin oponer resistencia. Los encopetados de Enrique vuelven a levantarse, una y otra vez, y con apenas un leve movimiento tiran a Josefina de su posición y la hacen recular para pensar de nuevo, "¿qué estamos haciendo mal?"
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No entienden que éste es un voto de castigo. No saben siquiera que dicha cuestión exista. Acostumbrados a que los electores se dejen llevar por imágenes y sensaciones, han creado una campañ mercadológica para vender una Josefina dura, rígida y formal, partidaria de la tolerancia cero; otra Josefina yoggi, amable, simpática, esperanzada y en paz; otra Josefina rodeada de multitudes convencidas, cercana a la gente, diplomática y cortés; y, la mejor de todas, una última Josefina que muerde, cual perro acorralado, al primero que encuentra. Y de todas ésas no ha ganado ninguna. Enrique, por el contrario, se mantiene intacto. Ni el rumor de #Yosoy132 ha impactado sus perfectos oídos de Ken. Se da el lujo de no asistir a debates y encuentros, mientras sus contrincantes, veinte escalones abajo, se arrebatan el micrófono, cual incautos captados en El show de la barandilla, nomás para mandar saludos, para hacerse ver.
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El voto de castigo sucede cuando el electorado en su conjunto se decide ya no por la mejor opción, sino por la que, sin pisar terreno desconocido, le dé una lección al grupo gobernante que, tras consecutiva pérdida de credibilidad, ya no les parece merecer el cetro. Es decir: el PAN ha descuidado tantas cosas entregadas por la gente, incluída la confianza  y la gratitud, que esa misma gente ha decidido castigar la esperanza desperdiciada, los esfuerzos por la alternancia destruidos, la democracia banalizada. Y eso es y no es culpa de Josefina. Lo es porque la eterna candidata no ha sabido más que atender a razones de todo un equipo de campaña que, seguro no siendo político, sino mercadotécnico, no ha llegado de todo a sensibilizar el gusto del cliente. No lo es porque todo ese equipo, que debería poner la cabeza no en lo que vende, sino en lo que está dejando de vender, permite que se vaya el agua a raudales por los agujeros de un colador inmenso.
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Y Josefina se pregunta, de seguro, "¿por qué dicen que lo estamos haciendo mal?" La mayoría de la población mexicana, la mayoría que me interesa, al menos, está en contra del aborto, en contra del matrimonio entre homosexuales, en contra de la legalización de las drogas, en contra del PRI,  a favor de la libertad de cultos, a favor de la realización personal de la mujer (y eso último no por otra cosa que porque es muy "chic" darles a todas derecho a ser felices). Y yo he dado claros, clarísimos mensajes a favor y encontra de todo eso. Me reuní con el episcopado mexicano, la clase empresarial, la clase política, el ciudadano de a pie, el joven, el ama de casa, el adulto mayor, el #Yosoy132. Y a todos y cada uno de ellos les dije exactamente lo que querían escuchar, con palabras incansablemente meditadas por mis estrategas para adaptar mi mensaje, sin perder la misma línea, a los gustos e intereses de cada público.  Ya di patadas de ahogado, ya les pedí a todos sus últimas muestras de afecto: ya dije "cuchi-cuchi", ya hice que nos pintáramos cruces en las palmas de las manos, ya me imaginé que los otros candidatos son mujeres, y lo dije. Y siguen las redes sociales riéndose de mí. Y siguen las encuestas bajándome y bajándome. Y siguen los ciudadanos dando la espalda a mi proyecto. Y yo sigo preguntándome, ¿por qué dicen que lo estamos haciendo mal?
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Porque no es ella, somos todos. Todos los ya cansados de que nadie en el PAN entienda que el país ha cambiado. Que nuestra mentalidad se va abriendo, poco a poco y no sin rezagos, pero abriéndose al fin y al cabo, a nuevos modelos en todos los aspectos: nuevos modelos de discusión, nuevos modelos de economía, nuevos modelos de infraestructura, nuevos modelos de relaciones interpersonales, nuevos modelos de familia, nuevos modelos de fe. Su visión de los problemas más esenciales del país ya no son los del país en su conjunto. La población exige modificaciones esenciales en todas las formas básicas institucionales. Pero sobre todo, exige el respeto mismo a las instituciones, comenzando por el servicio público, en el entendido de que si el electorado se ha animado a darle su voto a opciones diversas para poner en funcionamiento el fructífero arsenal de la alternancia, lo ha hecho con la esperanza de encontrar en éstas más y mejores formas de vida, más debate, más pluralidad, más democracia. No doce años de acciones fracasadas, no doce años de frustración y acendramiento del cansancio común. No basta con ser mujer, no basta con ser honesta, no basta con tener experiencia, no basta con manifestar ideas claras y contundentes. Hay que entender, en primera instancia, que se tiene sólo el fracaso si no se rompe, de lleno y de súbito, con los doce años antecesores. Habría que ser, Josefina, una candidata diferente, hasta en el partido y los colores.
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Enrique Peña Nieto ganará la presidencia. Este Baile, que celebra el pensamiento, la inteligencia, la diversidad y la libertad en todas sus variadas formas, siente el regreso del PRI como una pesada carga. Se agradece la decisión de quienes votarán por Josefina sólo por no votar por Enrique. Se entiende, y se espera, que sea ésa una decisión difícil. Para quienes estén realmente convencidos del proyecto de la otrora secretaria de educación calderonista, mi más sentido pésame. Yo no votaré por ella porque mi familia, mi mujer, mi vejez, mi droga, mi educación, mi economía, mi sociedad y mi felicidad, en definitiva, son otros, y no entran en casi ninguna forma en el duro esquema que ha trazado el PAN para defender en su fallida presidencia a partir del 2013. Votaré, ténganlo por seguro, por otra opción con la misma intención de bajarle un voto a Enrique. Porque si gobernará en los próximos seis años, salvo  un giro drástico en su persona (ojalá las epifanías llegaran cuando en verdad las necesitamos), o en el acontecer mundial (¿los mayas predijeron el fin del mundo para el 21 de diciembre? Serán los veinte días más largos de mi vida entonces), no será, definitivamente, con mi aprobación.
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Y para ti, Josefina, suerte y mejor calidad de miras para la próxima.
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Dejada en ceros la vacante, nos hace falta ahora una buena mujer presidenta. ¿Quién se apunta? Propongo a Borolas Burrón.
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¡Salud!

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