miércoles, 9 de mayo de 2012

Alfaro.


La primera vez que lo vi, su foto, o algo en su foto, llamó particularmente mi atención. Bajo un titular del semanario Mujer Hoy, en que ésta su pluma probaba por primera vez las mieles -y hieles- del quehacer periodístico, el recuadro que contenía a ese hombre de alopecia temprana y atractiva, llevada evidentemente con dignidad - yo la empiezo con esos males, y comienzo a entender que no cualquiera puede llegar a convertirse en un "buen pelón"-, era un contenedor de contrastes: su mirada retadora, su sonrisa burlona, algo pícara, su camisa a cuadros, manga corta, al estilo de domingo de rodeo, todo eso contrastaba con el escritorio y el librero que, rodeándolo, lo situaban en alguna oficina del Congreso del Estado. Era él, todo, completo, el tono discordante, la nota extraña que brinca, inesperadamente, a mitad de una metódica y ensayadísima sinfonía.
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Se llamaba, ya entonces, Enrique Alfaro, y desde su curul -curul siempre me ha sonado a onomatopeya aviaria-, patrocinada por parte del Partido Verde en aquel entonces, lanzaba constantemente señalamientos en contra del entonces recién nombrado gobernador, Emilio "La Monja" González Márquez. Era uno de los "hombres públicos" más decididos en poner el dedo en la llaga sobre la mentada de madre, la llamada "macrolismona", y el resto de los desplantes y comentarios superfluos y desafortunados a que el último gobierno panista nos tuvo acostumbrados, sobre todo en sus primeros encuentros con los medios de comunicación. No hacía, es cierto, nada del otro mundo: su partido, el Revolucionario Institucional y el de la Revolución Democrática, tenían entonces la minoría en el Congreso, y su figura de "oposición" les permitía, desde una esquina maltrecha y malquerida, lanzar fogosos improperios contra el grupo hegemónico, habitante de Casa Jalisco.
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En 2009, las cosas tomaron otro tono, y Alfaro supo subirse a tiempo al tren de las revoluciones. Se enlistó en el PRD, y desde el siempre debilitado y menospreciado tronco de las izquierdas en Jalisco, robó el único sitio de las alcaldías de la Zona Metropolitana de Guadalajara en que el electorado no se volcó, en porcentajes sin precedentes, por la opción joven, de buen ver y de apariencia vigorosa, que representaron los candidatos del Revolucionario Institucional hace tres años para el resto de las cabeceras municipales. Desde el sur de la mancha urbana, y sin cruzarse de brazos un solo instante, el mismo hombre de contrastes de aquella fotografía comenzó a construir la que hoy es, sin lugar a dudas, la campaña más clara y en crecimiento, según las últimas encuestas de El Universal, para la elección de gobernador del próximo primero de julio. A base de transparencia y -electorera pero eficaz- imposición de la honestidad: mientras Emilio mentaba madres y daba por hecho su gubernatura, manteniendo en sus puestos por igual, sin cuestionar a nadie, a procuradores de justicia acusados de pederastia que a secretarios de desarrollo urbano demandados por empresarios afectados en sus patrimonios por obras internacionalmente presumidas, Enrique partía su trienio y sometía su gestión a plebiscito. Populistas o no, acciones como ésa dieron en el clavo, e hicieron ver su capacidad de comprensión de las necesidades y empatía al más del veinte por ciento de los votantes que de ser hoy los comicios lo elegirían sin pensar.
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Sin embargo, desde que supe de él, entendí que el gran problema de Alfaro estaba en su carácter. Acostumbrado a señalar los errores ajenos, varias veces lo vi agredir, no sin cierta saña, las ideas ajenas. Por eso, cuando triunfó en 2009 y se hizo de un gobierno municipal, elegí, sin ser tlajomulquense, otorgarle el beneficio de la duda. No pude haber hecho cosa mejor: en tres años, Enrique Alfaro Ramírez supo hacerse no sólo de un discurso político mucho más propositivo que iracundo, sino también de una serie de fuerzas que, aunadas al debilitamiento de la derecha panista y la cada vez menos creíble imagen perfecta e incluyente del candidato priísta, el otrora glorioso y favorito de todos Aristóteles Sandoval, le han dado hoy el empuje que lo levanta, a pasos realmente agigantados, por sobre las cabezas de sus oponentes.
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Hoy, ese hombre de contrastes representa una esperanza. Para mí, como para cientos de jóvenes que lo han escuchado desde el primer debate oficial, la semana pasada, hasta sus recurrentes visitas a las universidades del estado, Alfaro simboliza la cara opuesta de lo que hemos vivido sin desearlo los últimos seis años. La antítesis del panismo ortodoxo, recalcitrante, que encuentra en el ocultamiento de las diferencias, la cercanía mediática y existencial con el ala más intolerante del catolicismo en sus altas esferas, la siembra de dudas y recelos, la descalificación de lo diferente y la imposición defensiva de sólo una escala de valores morales, su arma más valiosa.
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La prueba de lo que digo está en que los diez puntos que Alfaro le ha arrebatado a Aristóteles y Guzmán Pérez Peláez en la última semana, provienen casi en exclusiva del target joven del padrón electoral jalisciense. Esa misma parte del electorado que comenzaba apenas su adolescencia cuando "La Monja" González Márquez asestó aquel duro golpe a la salud pública al clausurar la Feria del Condón en el centro de Guadalajara, defendiéndose en el oscurantista, retrógrada, falto de miras y estúpido argumento de que "si ya les vamos a dar condones, ¿por qué no también les pagamos el six de cerveza y el motel?" Esa misma parte del electorado que vivió su iniciación en la vida adulta entre mentadas de madre de un gobernante en estado etílico hacia sus gobernados, declaraciones de "asquito" hacia las preferencias no heterosexuales y sus manifestaciones, despilfarro del erario, inconformidad social. Esa misma parte del electorado que vio construirse en medio del descontento y la insensibilidad macrobuses, puentes atirantados y proyectos de presas y macrovías. Esa misma parte del electorado que marchó junto a sus padres y hermanos un marzo de 2009 en la así llamada "manifestación del hartazgo", reclamando la intolerancia, la cerrazón y la prepotencia que caracterizó al último sexenio panista.
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Esa misma parte del electorado que tuvo que faltar a clases al ver cerrados los planteles universitarios por la lucha ideática y sin sentido que protagonizaron, por un lado, los grupos dirigentes -y secuestradores- de la Universidad de Guadalajara, y por el otro los miembros de un gobierno estatal orgulloso, digno, divo, que no por otra cosa que no ceder un solo paso -y no, como intentó venderlo en comerciales, cartelones y spots que saturaron a la población durante los meses más duros del conflicto, para obligar a la eficiencia, la transparencia y la apertura en los servicios educativos brindados por la universidad del Estado-. Esa misma parte del electorado que ha despertado, naturalmente o no, a la realidad de las cosas: la vida no está en las Iglesias, los conventos y la televisión, no es como la cuenta Televisa, como pretende regirla Sandoval. Esa misma parte del electorado que aprendió en los últimos seis años que la realidad está en la calle, cuando hay que trabajar cada mañana para pagar Transvales (MR), cuatrimestres, útiles, copias, libros y titulaciones. Esa misma parte del electorado que ya convive en sus escuelas, trabajos, redes sociales, familias y círculos de amigos, con gays, lesbianas, transexuales, emos, punketos, darketos, hipsters y ambientalistas -?-, cada vez más abierta y respetuosamente, sin "asquito", porque ya entendió, lo que ni Sandoval ni González Márquez ni su jauría de topos han logrado asumir: que la sociedad la construimos todos, sin importar un ápice nuestras personales preferencias, y que es la obligación del Estado gobernar y buscar alternativas de protección para los intereses de cada uno de sus gobernados. Esa misma parte del electorado que ya entendió, por fin y sin vuelta atrás, espero, que es su obligación la de llevar al gobierno al cambio de mirada y perspectiva que desea para su propio beneficio.
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Esa parte le ha dado a Alfaro su confianza, representada apenas en diez puntos porcentuales. Es muy posible que el hombre de la foto ahí se quede. Por más visitas universitarias que haga, por más propuetas alternativas que plantee, por más apoyo a grupos vulnerables que ofrezca a razón de manjar sobre la mesa. Pero ese diez por ciento ya consiguió lo que mi esperanza, personal y alicaída, comenzaba a encontrar imposible: la creencia en que, por sobre la falta de miras y la insensibilidad de un gobierno que se siente amenazado por la diferencia y el cambio, suceda por fin la apertura y la entrada defintiva de la tolerancia y el respeto a las decisiones de la vida pública. La igualdad, la hermandad y la cordura. Y mi esperanza es más porque viene de parte de jóvenes de mi edad, con los cuales conviviré el resto de mis días, mano a mano, y porque viene apalancada por aquel mismo hombre extraño de la foto en el Congreso, que aseguraba, quizá sin creerlo él mismo posible, en la necesidad de sacar a Emilio del Palacio de Gobierno y regresarlo a dirigir empresas personales.
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Alfaro representa el cambio y la igualdad. Representa el esfuerzo ciudadano por recuperar la conciencia pública que el panismo nos robó en los últimos años, intentando a toda costa imponer sin concenso ni acuerdo, sin miramentos ni opiniones, en búsqueda exclusiva de repartir el dinero público entre uno cuantos cuates. Representa la posibilidad de que sea el pueblo, con todos, absolutamente todos sus integrantes, quien, a traves de instituciones concientes y humanas, tome las decisiones y mire por su propio bienestar común. Representa una nueva historia, en que sí estamos incluidos todos los "diferentes", los muchos hombres con camisa a cuadros en oficinas millonarias que poblamos el Jalisco actual. La clave está en que él siga entendiendo eso, y logre convencer no sólo a los jóvenes, a esa parte del padrón que ya le ha dado su confianza, sino a los adultos y los adultos mayores, que ven con molestia la prolongación del ineficaz panismo en el poder, y tartamudean sobre regresar o no a las viejas prácticas del "malo conocido" régimen. A todos ustedes, yo persoalmente no los llamo a votar. Los llamo a despertar. Es el momento, y nos toca a todos participar de él.
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¡Salud!

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