domingo, 25 de marzo de 2012

El no más absoluto.

Para ti, que no hiciste nada, y para mí, que gusté de ponerle sal a la herida.
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Pasa que uno no decide algunas cosas en la vida. Esta frase destruye por completo una de mis secuencias cinematográficas favorita. Ya sabrán ustedes, la del final de la cinta de Danny Boyle, Trainspotting (1996), que supone una asimilación al stablishment del personaje principal, interpretado por un anoréxico y jovencísimo Ewan McGregor: elige una casa, elige una esposa, elige un empleo, y un largo etcétera. Discursito por demás mítico y mitológico. Uno no elige todo lo que le da la felicidad, y la mayoría de las cosas que uno no elige, y que sí le dan la felicidad, son como la última bala en una ruleta rusa: como pueden resultar favorables y dadoras de dicha, pueden ser un absoluto fracaso y conducir a la ruina.
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Una de esas cosas que uno no elige tiene que ver con el corazón. Uno no elige enamorarse. Y mucho menos, de quién se enamora. Si se pudiera tomar una decisión al respecto, habría más parejas exitosas y mucha menor propensión a la aprobación unánime del divorcio express -ya no hay moral, ¿qué sigue? ¿matrimonios gays? ¿anticonceptivos de emergencia? ¿Maciel beato?-. Corazón y cerebro son dos fuerzas en constante pugna. Resulta imposible que tomen acuerdos y decidan en conjunto: o habla uno, o toma el otro el timón.  Y la mayoría de las veces en esa batalla gana el corazón. Y su triunfo acarrea una pérdida ineludible: la de la voluntad.
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Y todo esto viene a colación porque recientemente he tenido que comenzar a cerrar una puerta que abrí como buscando otros horizontes. Uno no elige enamorarse de un amigo, y mucho menos se da cuenta a tiempo para ponerle un alto al sentimiento -porque si bien uno no elige de quién se enamora, sí decide, ya que le da la palabra al conciente, cuándo cerrar la puerta y hacer como que afuera no están lloviendo piedras-. Y tampoco elige uno que le pase dos veces, en situaciones similares. La última vez  me costó un año de amistad con una de las mujeres más especiales que han tocado mi existencia. Apagamos el canto, porque las cosas, como diría La Traviata, se estaban poniendo muy gruesas -"y a mi mejor pásenme mis calzones, que yo ya me voy", agregaba ella, otra amiga siempre cercana, siempre lejana-, nos abrimos bien cañón y luego, pasada la tempestad y serenados los sentimientos, nos olimos otra vez a la distancia y, sin rencores ni exabruptos -¿exhabruptos?, ¿hexabruptos?, ¿exatv?-, nos pusimos otra vez en sintonía, redefinimos las reglas del juego y volvimos a subir las luces -yo hasta salí del clóset, con eso les digo todo-.
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Pero ésta vez me ha costado más porque, a diferencia de lo que ocurrió con esa amiga de pequeños ojos y atiborrados chinos, a quien ya le puse entre sus manos esta reciente situación para que con su experiencia conjunta en la materia me ayudara a acomodarla y darle cause, a diferencia de la última vez -la última antes que ésta, vamos viendo las que se acumulan, si se acumulan, con esa estúpida y humana propensión a darse el zapotazo más de dos veces con la misma piedra-, decía, en esta ocasión gasté tiempo y esfuerzo en negármelo y negárselo. Y cuando uno se niega las cosas, actuando del menso de la escena, sucede que se le hace adentro una bola de sentimientos que termina por carcomer pensamiento, obra y omisión -por mi culpa, por mi culpa, por mi tradicional culpa-. Y si eso pasa, hay de dos sopas: o se caya uno más, y se amarga, y se le hace cáncer en el corazón, o termina por hablar, tomar una decisión -normalmente la sana, pacífica y dolorosa pero eficaz distancia-, y retirarse a la esquina a echarle suero a la herida.
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Yo, una vez más y como lo recomiendan los doctores, tomé la segunda opción. Y heme aquí, cancelando cuentas en Facebook -el gran chismoso de nuestra época es también el gran especulador de las desgracias personales-, messenger y cuanta comunidad en línea predique nuestra amistad. Descubrí que no podía seguir con un cuento en el que, lejos de congratularme por cada buen paso que le da la vida, me amargara ante sus dichas y me alientara ante sus fracazos -es como el mundo del revés, pero sin la voz chillona de Chabelo-. Supongo que el gran error está en, todavía al menos, no decirle nada a él. Temo que no sabría bien a bien cómo explicárselo. Y temo también que una confesión de esta naturaleza incentivaría su ego, y eso no sería nada grato para mí. Así que mejor volteamos los factores, que al cabo el producto ni se inmuta: primero la distancia, y luego vemos si el orden en las cosas trae la paz.
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La paz. Tenía años sin pensar en toda la dimensión de esa palabra. Tan cerca del hombre, y tan lejos de su propia visión. Lamento, sin embargo, un par de cosas: no haber sabido detener el maremoto a tiempo, y tener que hacerlo ahora, nuevamente como con mi amiga de diminutos ojos, intempestiva, casi groseramente. Pero sucede que cuando uno vive enamorado da, y da, y vuelve a dar, y no se fija que recibe a cambio sólo migajas, los restos de lo que la otra persona devora, como Lázaro bajo la mesa de Abulón. Porque eso es natural del ser humano: aprovechar lo que se regala a manos llenas, y entregar a cambio sólo lo que sobra. Hasta que uno mira las cuentas de su corazón, y las encuentra no sólo en ceros, sino en números rojos. Y se decide, así de domingo por la tarde, cortar las cosa por lo sano y subir a tomar aire.
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Lamento también haberme fallado a mí mismo. Haber defraudado a mis principios y con ello haber atentado contra mis sentimientos. Haber permitido un juego injusto, en que yo jugaba solo contra mí. Porque hay que aceptar que cuando se baila el tango del amor no correspondido, uno corre el riesgo de asestarse a sí mismo los peores torzones del tacón.
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Otra cosa más es diferente a la última vez. Sucede ahora que, simple y sencillamente, no tengo tiempo de detenerme a vivir el luto. Lo viviré en silencio, como sucede con los muertos que el narcotráfico entrega a la fosa común, y nada más. Sin aspavientos, sin melancolías inútiles, sin canciones dedicadas. Eso lo aprendí la última vez, entre llanto y llanto: si vas a hacer las cosas al fregadazo, hazlas todavía más fríamente para que duelan menos. Da media vuelta y sal del cuadro sin mirar atrás -la esposa de Lot miró atrás, y todos ya sabemos su clorurítico fin-. Y funcionó. Espero recuperar terreno pronto, y darle a las cosas un nuevo nombre en el futuro. Porque cuando pasa la tempestad, y de nuevo se recupera el aliento, tirado al mar sobre la arena, lo que queda es recuperar el paso, y volver la cara al sol.
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Y para ti, que llegaste de pronto e inspiraste tantas cosas, un sincero y profundo gracias. Espero algún día poderte dejar en claro todo, ya que lo tenga yo. Mientras, me basta con que te llegue el profundo y sincero deseo de que estés bien, de que hieras menos y de que peses menos aún que un grano de arena en una balanza. Para mí y para otros, que ya he ido encontrando mágica y misteriosamente, igualmente infatuados por tu causa. ¡Qué cosas! Y uno pensaría ser el único estúpido enamorado de la causa más inútil del planeta. Me queda lo que mi cobija de chinos y ojos, fiel a la causa, dijo de ti: eres un excelente mercadólogo. Lamento, pues, haberte comprado una marca que no acepta devoluciones. Y fin del tema -por fin-.
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¡Salud!

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