viernes, 30 de marzo de 2012

El circo.

Y arrancan. Hay tres, para todos los gustos. Con copete y sin copete, lacios y quebrados, jóvenes y viejos, de izquierda, de derecha, y de acomodo, televisos y mediáticos en general, atinados y atolondrados, prefabricados y refabricados. Ejecute usted su democracia en uno de los tres círculos que este circo electoral ha preparado, para todos los gustos, para toda clase de locuras. Y si finalmente ninguno de estos shows le satisface, no le prometemos la devolución de su dinero, pero sí lo invitaremos a pasar al mismo salón que treinta o cuarenta millones de mexicanos abstencionistas comparten. Porque al final no importa qué tanto nos saturen a usted y a mí con spots, frases, imágenes y slongans: siempre habrá dos o tres que, por no decidirse, terminen mejor por no votar.
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El círculo tricolor es el más bonito. Nos costó muchos millones -sí, a usted y a mí, porque todos somos territorio Televisa-, tiene escenografías -de cartón- impresionantes, apantalla con luces y artilugios estupendos, incluye escenas de payasos que lloran lágrimas falsas, dicen frases como "maldita lisiada" y sufren una inevitable propensión para enloquecer, aventarse ácido, balacearse, darse cachetadas, rodar por las escaleras y practicarse cirugías estéticas. Aún así, al círculo tricolor se superpone el rimbombante -y muy falso- título de "La fábrica de sueños". Su espectáculo central es un muñeco -de sololoi- encopetado, muy guapo y de cartón, que se lava las encuestas con agua y con jabón. Lo verdaderamente mágico de este muñeco es que, a pesar de ser de ventrílocuo, su operador casi, caaaasi, no se mira en escena. Se adivina por la perfección de su copete, lo fabricado de sus palabras, la medida exacta con que cada sílaba, cada palabra, cada expresión, sale de la boca del pequeño. Pero es tiempo de bajarle a la sorpresa, pues ésa es sólo una cualidad más del círculo tricolor que le da cabida: hacer de lo falso, lo superfluo, lo vacuo y lo inútil, una mina de oro millonaria. Si su gusto personal es gastar el dinero en empresas que a cambio de su tiempo le devolverán basura, melodrama y mastique noticioso amarillista, quédese con este círculo y aténgase a las consecuencias -entre éstas está la poco deseable experiencia de convertirse en Barbie, Ken, o Catalina Creel-.
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En el círculo blanquiazul está parada una señora. Es un círculo de guerra, fuego, catolicismo y mochería. Ahí no encontrará usted reformas contrastantes, revoluciones inesperadas, derroteros de contracorriente. Y en medio de toda esa confusión está parada una señora. Su imagen es la de una eterna fotografía: la sonrisa detenida, el pelo partido en dos, lacio sobre los hombros, dos grandes ojos que parecen estar emocionados, eternamente emocionados, nada más que emocionados. Ha luchado contra un monstruo de una sola, pero muy fea cabeza magisterial, y sobrevivió a esa lucha apenas. Su círulo la ha elegido  como su espectáculo central no por su propuesta, sino por su género. Y eso ella lo sabe. Y parece importarle poco. Si algo ha de atraer miradas, y ese "algo" ha de ser el sexo, ¿qué más da? Es mejor lograrlo a través de algo que la naturaleza nos ha dado, que por algo que Salamanca no ha prestado. Es inteligente, sí, y sabe sacar provecho de lo que se le presenta. Su círculo espera de ella un poco que convenza de verla a miradas que estuvieron presenciando el mismo espectáculo de guerra y sangre durante los últimos doce años, patrocinado por el mismo círculo blanquiazul. Miradas que no desean sino voltear a otro lado para encontrar otro espectáculo. Miradas cansadas, no como la de ella, de ver a diario el mismo tiroteo, la misma ciudad tomada, el mismo monólogo que confirma que el hombre parado en mitad del círculo  no tiene idea de lo que implican las palabras. De la fuerza que constituye decir "guerra", "delincuencia", "ejército". Y es quizá por la tanta ignominia que la precede, que ella tampoco sabe a lo que sabe escuchar "diferente". Es su gran línea, su más repetitiva al menos. Y espera conquistar con ella a una audiencia a la que "diferente" le suena a "nada". La diferencia es sólo una canción de Juan Gabriel -y muy buena, por cierto, pero Juan Gabriel no está sino en el primer círculo, que no canta "La diferencia", sino "La usurpadora"-. Y nada más. Al mexicano, "diferente" le sabe a raro, y lo raro no le gusta -extraña condición en una cultura rara, acostumbrada a lo raro, dadora de rarezas y encantadora en su rareza misma-. Así que esa señora, parada en mitad del círculo blanquiazul, quizá tenga que pensar mejor su nuevo diálogo. O apostarle menos a su condición sexual, y más a definir lo "diferente".
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El tercer círculo es el de los aguerridos. En mitad de él, payasos, equilibristas, artistas de todo género, vociferan, lanzan injurias, se inconforman. Ganaron su presencia en el circo proponiendo la diferencia, y los espectadores más radicales no pudieron evitar mirar. Y a eso deben no sólo su atención, sino el gran número de seguidores que, cada vez que escucha de ellos, cada vez que voltean al sol, lo hace esperando un desorden, una marcha, una manta, una acusación. Y en medio de ellos, por inesperado que parezca, aparece un artista más cuyo último show resultó en desastre. Y ahora viene, disculpa a la audiencia de por medio, a intentar otro discurso. Disfrazado de flor en medio de la marabunta, espera que la audiencia le crea un nuevo acto-discurso no tanto novedoso cuanto increíble: el de la hermandad, la paz y el amor, en mitad de los mismos payasos de siempre que siguen llenando el aire con la misma cantidad de injurias, y que ahora buscan, convencidos de que el espectador ya se está cansando de tanta bulla y está mejor mirando a otros círculos, mediante actos tan desesperados como le harakiri y la traición a sus principios más elementales, recuperar miradas. El artista del amor tiende la mano y ofrece reconciliación. La mano tendida en el aire roza la oscuridad frente a la audiencia. Habrá quien la estreche. Habrá quien la deje extendida sin más. Ése es un privilegio que corresponde sólo a la audiencia. Y que él y sus gritones de la Lotería sigan esperando a ver quién se las cree.
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El circo cierra el primero de julio. Y quien no haya asistido, comprará su último boleto, el definitivo, apostándole al peor de los espectáculos. Y se quedará con eso que elija, agradable o desagradable, encopetado o alaciado, hombre o mujer, por los próximos seis años. Eso es lo verdaderamente duro del espectáculo electoral: tarde o temprano se pone serio, y exige una responsabilidad que Televisa no nos ha enseñado a tolerar. La responsabilidad de ser, luego de espectadores, demócratas participantes, ciudadanos exigentes y detectives salvajes.
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¡Salud!

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