lunes, 19 de marzo de 2012

De hierro.

La gente ya no piensa. Ellos sólo sienten. Uno de los grandes problemas de nuestra era es que somos gobernados por gente que se preocupa más por los sentimientos que por las ideas. Pregúnteme qué estoy pensando: cuida tus sentimientos, porque se convierten en palabras. Cuida tus palabras, porque se convierten en acciones. Cuida tus acciones, porque se convierten en hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convierten en carácter. Cuida tu carácter porque se convierte en tu destino. Somos lo que pensamos. Y pienso que estoy bien.
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Corren tiempos difíciles. Cuando uno no puede darse una escapada semanal al cine para acurrucarse junto a su cobija de ojos y chinos y disfrutar de alguna de las cintas nominadas nominadas a la última entrega de los premios Óscar, sabemos que corren tiempos difíciles. Queda en el renglón nada más el conocimiento de que los tiempos difíciles son de crecimiento y alcance, de aguante para dar el resto. Y eso nos  lo recuerda a ambos que las semanas anteriores fueron doblemente complicadas -él ya se estaba volviendo smoothie, y yo ya me estaba volviendo hoja de cargo (chiste local... continuemos)-. Así que cuando la marea baja y es posible hacer un espacio en la no sólo apretada, sino nauseabunda agenda laboral, lo mejor que uno puede hacer es tomar bien fuerte el guante de su esquimal y correr al cine más cercano a celebrar la vida -en el motel, dicen, uno celebra la unión de las especies, pero ésa es harina de otro birote-.
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Y eso hice yo ayer, después de cazar durante semanas el estreno de la más reciente actuación de Meryl Streep -es increíble: es por mucho mi actriz anglosajona favorita, y todavía tengo que buscar su nombre en Google cada vez que escribo sobre ella-. The Iron Lady (aka La dama de hierro) es, por mucho, la mejor actuación de una mujer acostumbrada a ver su nombre en carteleras, homenajes y nominaciones al Óscar -diecisiete y van tres, y contando-. Consistente como no la vimos siquiera en Kramer vs. Kramer (1979), heróica como no se nos presentó en Lions for lambs (2007), ruda como no lo logró en Devil wears Prada (2006). Camaléonica, emblemática, talentosa y, sobra también decirlo, impresionante, al grado en que llega el punto en que, si uno se descuida, termina por dejar de apreciar en la cinta la vida de la ex primer ministro inglesa Margaret Tatcher, y comienza sólo a aplaudir el excelso trabajo de la veterana actriz, nacida en Estados Unidos -prohibido decir "americana" frente a éste novio mío- en 1949.
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Fuera del trabajo de Streep, la cinta adolesce de muchas cosas. El guión se queda demasiados minutos en los pasadizos y puertas falsas de la demencia senil de la ya retirada líder británica, y eso le resta lugar en la trama al recorrido -que no deja de ser morbosamente interesante- por la vida de quien fuera toda ella polémica, tezón, terquedad y dureza -por algo su peculiar apodo, transmitido al título de la cinta-. Quizá por ello la Academia decidió rendirle sus máximos honores sólo al trabajo de Meryl, y al de su maquillista, quien logra en su rostro un perfecto trabajo de caracterización -Mi Ojosh no me creía cuando le dije, ya terminada la función, que sólo dos mujeres interpretan a Tatcher en la cinta de Phyllida Lloyd -quien también le diera luz propia a Meryl en el único musical que ha tenido a bien hacer, Mamma Mía (2008) -vamos, vamos, todos debemos permitirnos un guiño en nuestro trabajo de vez en cuando---.
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Al igual que Meryl, Margaret no lo tuvo fácil. Llegó al gobierno de un país tradicionalmente patriarcal escalando posiciones con paciencia de hormiga que lleva comida al hormiguero. Convencida de lo que deseaba para su nación, encontró en el mantenimiento y la defensa de su personal visión del futuro y la obtención del bienestar el logro del mismo, al menos para cierta porción histórica de su patria. Margaret lo tenía claro, y no dejó que razones, intereses opositores, clases sociales, grupos radicales, presiones internacionales ni conflictos de género se interpusieran. Era ella y su objetivo, y a esa terquedad exitosa muchos le colgaron el muy difuso mote de "frialdad". "Era dura la doña", me dijo en alguna ocasión Doña Mago, sorprendida de que algunas amigas le hubieran traspasado el mote de "la dama de hierro" al notar no sólo la rigidez, sino la astucia y la capacidad organizacional y de toma de decisiones con que goza la autora de mis días -nomás de los primeros, porque de los que han seguido yo tomé ya la batuta-. Era dura, y lo que es peor, lo tenía todo claro: sacó a Inglaterra de la peor de sus crisis económicas recientes, y supo dejar a tiempo el poder cuando éste pareció sobrepasarla. No dejó, claro está, de caer en terribles errores: su fuerte y persistente enfrentamiento con los sindicatos dejó a muchos obreros en la desposesión, y su propensión a buscar desesperadamente recursos que acrecentaran y sobrevaluaran su imagen personal le costó a su propia nación muchas batallas diarias y una guerra contra argentina. Fue rígida, inquebrantable, pero siempre fiel a sus principios.
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Corren tiempos difíciles. Cuando se es imposible cerrar ciclos, la memoria de Tatcher calma los ánimos. Ojalá pudiera uno hacer como ella hacía: actuar por el futuro, sin tocarse el corazón. Hay que ser, supongo, mitad robot, mitad de hierro. Pero la prueba de que estamos mejor es que la Academia le otorga a una actriz de su calibre un merecido premio y aplaude de pie no sólo la posibilidad milagrosa del cine de retratar al hombre y enfrentarlo en efecto espejo, sino la magistral capacidad de una simple mujer de Nueva Jersey para convertirse en lo que muchos odiaron, y muchos desearon llegar a ser.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Agus, respeto mucho tu opinión y confieso que no he visto esta película, pero creo que la Academia, como siempre, no se arriesga, y siempre apuestan por lo seguro; si bien es innegable el talento de Meryl, yo creo que ya chole, junto a ella estaban nominadas actrices mucho más jóvenes que han demostrado que pueden tanto o más que ella, pero en fin, esos gringos a aprenden a reconocer lo nuevo.