martes, 31 de enero de 2012

Sobre Edgar.

¡Qué triste es vivir para otros! Triste pero inevitable. Llega el punto, si uno se descuida, en que la satisfacción de las emociones ajenas cobra relevancia abrumadora. Y así, de pronto, nos encontramos un día, si somos dichosamente capaces de hacerlo, pensando en cómo no herir, cómo emocionar, cómo no estorbar. El equilibrio, siempre frágil y delgado, entre las libertades de uno y las de los demás, se rompe y es entonces cuando le damos espacio al olvido, el abandono y la consecuente infelicidad.
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Me queda claro, tras visita acompañado de Doña Mago al cine este fin de semana, que John Edgar Hoover entendió y experimentó en carne propia esa lección hasta el último día de su vida. Dándole a su madre un lugar no sólo privilegiado, sino inequiparable, en su vida, y buscando satisfacerla en todo, firmó la propia condena de su estabilidad personal. Su miedo a vivir, su miedo a imponerse en aras de su felicidad, le atrajo justo lo que viene con el miedo, sin excepciones: el retraso de los días, la insanidad, la vejez en amargura y la muerte.
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El fundador y primer director del Federal Bureau of Investigation -FBI, ya lo sabrán, por sus siglas en inglés-, asumió su homosexualidad no como una preferencia más en el catálogo de su personalidad, sino como un castigo, una vergüenza imborrable, un peso imposible de dejar, y todo ello debido a la constante, enfermiza y determinante influencia de su madre, una mujer con sus propios trastornos, carencias y miedos, que trasladó, sin filtros ni barreras de ninguna especie, hasta su hijo varón. Y él, claro está, lo permitió en tiempos en que la propia visión de la madre en torno a la preferencia sexual de Hoover era la visión común no sólo de los estadounidenses conservadores, sino de los liberales y del resto del mundo.
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Todo esto, claro está, en la aplaudible y bien lograda visión de Clint Eastwood, que ha sido ignorada, política y diplomática, pero ferozmente, en la más reciente nominación de los premios Óscar. "Los gringos son muy celosos y están muy orgullosos de su FBI. No tolerarían, claro está, un cuestionamiento a su fundador y director durante cuarenta y ocho años. Dicho cuestionamiento, cabe aclarar, no lo pone Eastwood tanto en el enfermizo entendimiento de su propia preferencia sexual como en su  inigualable capacidad para aprovecharse de los medios y métodos de investigación inventados por sí mismo con el fin de ganarse el puesto y asegurar la subsistencia de su creación y su propia permanencia al mando de ésta.
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Lo que Eastwood explora magistralmente es la definición de la compleja personalidad de Hoover. Al respecto y para tales fines, su mirada experimentada entra y sale sin recelos del personaje, ofreciendo el panorama de su construcción no sólo desde los entrecijos, pasadizos, puertas perdidas y rincones oscursos de su conciencia, sino también desde la visión y las reacciones provocadas por sus particulares formas y reacciones en quienes le rodeaban. El experimento de "Clintswood" es no sólo exitoso, sino provocador. Uno descubre, al final de unos bien llevados ciento cincuenta minutos, que Hoover era en realidad múltiples Hoover: uno, el ya consignado aquí hijo dominado y controlado; otro, el homosexual inadaptado; ;otro, el patriota consumado -y consumido- en sus propios miedos, recelos, orgullos y fantasías; otro, el líder provocador y alardeante; otro más, el mercadólogo genuino y rapaz; otro, el policía inteligente aunque cobarde; otro más, el inventor aventurado y soñador. Todos, cabe ponerlo en claro aquí, bien interpretados por un Leonardo Di Caprio al que cada vez le va quedando más chico el Titanic.
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Lo que ha ignorado la Academia al evitarse el bochorno, es que J. Edgar asume como obra artística la responsabilidad absoluta en tanto a su visión del personaje histórico. El retrato es entonces no juicioso o dirigido, sino imparcial y certero. Propone un Hoover múltiple, animal y humano, celestial y terrestre, titánico e íntimo. A la par, la conciencia de un hombre que supo asegurar, en la cadena de Rockefeller, Onassis, Trump y Gates, su particular acceso a los dínamos y posibilidades del imperio; y la personalidad de un ser humano que, viéndose a sí mismo lleno de miedo y asco, creyó en el mundo como un reservorio de iguales ingredientes.
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Es seguro que a los estadounidenses más conservadores no les agradó J. Edgar. No por su acercamiento a los errores y tragedias personales de un personaje que muchos, durante la primera mitad del siglo XX, creyeron intachable. Sino por su valiente visión del intachable como un ser humano. Porque si llega el momento en que, sentado en una sala a oscuras, frente a la pantalla, uno logra identificarse, aún mínimamente, con el Hoover de celuloide, es que Eastwood ha logrado su obtejivo, ha dicho "touché" y ha guiñado el ojo. ¡Bingo!, pensaría el cineasta. No todos somos tan puros como pensábamos, pero tampoco tan imposibles. La diferencia entre ese estadounidense y uno mismo, está en las decisiones que hemos tomado en aras de ser felices. Y nada más. La diferencia está en la valentía con que asumimos la vida como un acto sin intermedios ni ensayos personal e intransferible. Y nada más.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

¿Quién iba a pensar que el causante de mucho de lo hoy padecemos de Estados Unidos es un simple ser humano? No, un complejo ser humano, como todos los demás.