martes, 31 de enero de 2012

El reto de uno.

Resulta obvio decirles a ustedes, si es que han vivido en este mundo la cantidad de años suficientes como para aprender a leer y hacer lo propio con esto que escribo -leer no es sólo descifrar un código, es también la posibilidad inigualable de entrar en sintonía con la mente de quien redacta, de darle un fuerte, fraternal y claro abrazo-, si es que pueden entenderme, les decía, les resultará obvio que la vida es un constante fluir de cambios. Coincidirán conmigo en que aquella frase presocrática que determinó al cambio como la única constante en el universo, es, por mucho, más atinada, correcta, centrada y sabia que muchos de los desvaríos de nuestros políticos, "líderes sociales" y de opinión, dirigentes sindicales y especímenes de igual ralea. No es la primera vez que se los digo, y seguramente, si la vida nos sigue dando la oportunidad de vez en cuando, tampoco será la ultima.
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Es viernes. Una serie de movimientos de recursos humanos en mi trabajo -uno se siente en ocasiones como ficha de ajedrez-, abre un espacio en un departamento del que yo apenas he oído nombrar. Suena el teléfono, y el gerente general me comunica que ha pensado en mí para ese espacio. Lo pienso dos segundos. Acepto. Me hace la aclaración: no es un puesto cualquiera, se trata de la cabeza del departamento. Lo pienso otros dos segundos. Mis piernas tiemblan. Una sola cosa palabra, como sombra, invade mi cabeza: reto.
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Los retos no me gustan. Me satisface más el enfrentamiento con la posibilidad, tomarla, aceptarla, abrazarla. Pero los retos, que suponen vencer expectativas no tanto personales cuanto ajenas, me sobrecogen. Para aceptar un reto hay que dejar muchas cosas de lado, empezando por la visión de otros. La única manera saludable de aceptar un reto es hacerlo personal, auténtica, total y exclusivamente personal. Vuelvo al gerente, que espera en la línea. Dudo si pedir un par de días para pensarlo. No hay pares de días, no hay días para pensar en el mundo laboral. Las cosas se hacen y dicen así, a golpe de hacha. "Sí, señor", digo, y pido sólo, cuando podría poner sobre la mesa toda una gama de necesidades para ser satisfechas con prontitud, lo único que el reto precisa en realidad: preparación. El Uno, que así le llaman al gerente general porque es más fácil y rimbombante que acordarse de su nombre, me asegura que su idea es enviarme a otra sucursal a capacitarme, "unos quince días", para regresar con todo y asumir el cargo. Acepto. Y es así, con un "click" del teléfono, que comienza siempre una aventura.
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Lo que ha venido en los últimos quince días ha sido un constante fluir de encuentros y enfrentamientos. Conmigo, y mi inevitable propensión a rechazar lo que me impulsa a las  alturas -volar bajo, seguro, es también como no volar-. Con otros, y su insufrible necesidad de esperar siempre de mí. Con la realidad, que en ocasiones se me . Con nuevos programas computacionales que piden de mí series de cosas que no poseo, que no domino del todo: atención, meticulosidad, rapidez, tiempo, memoria, multifuncionalidad. Hay que estar en todo, y todo uno en eso. Y luego, tras una gripa, dos diarias caminatas -una de madrugada, otra a media tarde-, quince sándwiches, unos seis litros de coca light, unos cinco paquetes de galletas, tres docenas de "hola, agustín, mucho gusto", y otras tres de "no, no soy para esta sucursal, soy para Sanzio", cientos de miles de clicks y otros cientos de etiquetas desperdiciadas -una de las áreas del nuevo departamento incluye la impresión de etiquetas de precio-, un par de nuevos conocidos, incertidumbre y miedo, tras un batidillo de movimiento y revolución, me descubro capaz de muchas más cosas de las que imaginé en los últimos dos años.
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Y es entonces, cuando uno supera su propias expectativas, que realmente cobra sentido el cambio. El reto es entonces un asunto del pasado, y lo serio y responsable se vuelve divertido. No importa si mañana se acaba, si el reto termina en el error -natural e inevitable para el aprendizaje-, y la consecuente necesidad de otros de señalarlo, de evitar el miedo y su repetición -cuando uno se equivoca, el superior sufre porque teme sobre sí mismo un regaño mayor, una reprimenda, un despido, algo similar-. No importa, pues, si otros no creen que yo sea apto, si otros comienzan a pensar que no merecía el nombramiento, la deferencia, la oportunidad. Hoy, esta quincena ha hecho posible muchas cosas en mí, y por primera vez en muchos años en verdad escucho las buenas palabras de quienes amo y me veo realmente reflejado en ellas. No es que yo sea perfecto, pero hacer las cosas bien sí que me sale de vez en cuando.
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Cuando hablé a ustedes en mi cumpleaños, pronostiqué este 2012 como esperanzador. Les dije que si el 2011 había sido de rupturas y  símbolos caídos, este 2012 tendría que ser, por obligación y lógica, de novedades y posibilidades. Un año mano abierta, un año puerta sin cerradura. Un año para bien. Le quedan todavía once meses a este año para cambiar de pronto, como seguro lo hará, pero lo que ha hecho por mí en estas dos semanas de enero me deja claro que entendí el mensaje, y que hemos andado por buen camino. Ahora no me abruma la responsabilidad, el recelo o la duda. La posibilidad, por infinita, se me antoja desafiante, atractiva, satisfactorio. Hoy estoy feliz por haberle dicho "sí" a su mano abierta, y haber tomado el reto con firmeza, con miedo, sí, pero con firmeza. Superarse a sí mismo es una buena forma de iniciar el año. Es una buena forma de iniciarlo a todo. Comencemos.
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¡Salud!
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Después de hablar con El Uno, la primera persona a quien marqué, ya lo imaginarán, fue mi cobija de chinos y ojos. Escuchó atentamente la posibilidad abierta y, tras dos segundos de duda, preguntó sorprendido: "pero eso es bueno, ¿no?" Es natural. Estamos acostumbrados a llamar urgentemente sólo para darle voz a las malas noticias. Bienaventurados los que dicen "bienvenida" a la dicha y tomano la mano del cambio y lo afrontan deseosos de probarse a sí mismos. Bienaventurados.

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Una de las tantas mujeres que entrevisté por aquél trabajo en que me metiste, me dijo que si alguien te ofrece un trabajo, aunque no lo hayas hecho antes, es porque esa persona sabe que puedes hacerlo, por eso es bueno estar abierto siempre a la posibilidad de decir sí. Funcionó, tuviste razón conmigo, desde entonces hasta ahora nunca me he visto en la necesidad de buscar trabajo, lo cual te agradezco infinitamente. Este Uno tiene razón contigo, todo se paga Agus.