jueves, 27 de diciembre de 2012

Los fabulosos 25.


Mi nacimiento no se reduce a un rincón. 
El mundo entero es mi patria.
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Mañana llegan. Todos, y juntos. Los vi venir sobre mí en tropel desde mitad del mes pasado, y todavía hoy, sin que el mundo se acabe y mediando la amenaza de un pastel con todo y mordida por parte de mis compañeros de oficina, los veo acercarse a pasos vertiginosos. Son veinticinco, y la dicha de recibirlos es casi tan profunda como el miedo que dan por numerosos, vastos, populosos y puntuales. En unas horas, y sin que medie de por medio ninguna profecía que vaticine lo contrario, ésta su pluma cumplirá veinticinco años, y habrá de celebrarlos, quiera o no, porque está escrito, sin que haya ninguna ley que verse al respecto, que quien no celebra su cumpleaños, aún mediante un simple gozo interior, está condenado a vivir la intranquilidad perpetua -que no se compone de otra cosa que muchas llamadas de gente repitiendo, entre felicitaciones y buenos deseos, "¿cóóóómo creeeeees que no los vaaaaas a celebraaar?-

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Yo lo haré trabajando. Es la mejor manera que encuentro de hacer un merecido homenaje a un último año de mi vida que se va ya dejando una estela de luz. Ha sido particularmente un buen año. Si recuerdan -y si no también, que yo aquí se las refresco-, hace un año el panorama con que celebraba mi cumpleaños y cerraba las puerta de un 2011 estático, monótono y luego convulso hacia sus últimos días por serias decisiones que debí tomar, era, por decir lo menos, poco halagador. Mi deseo era el del caminante de una casa del terror: terminar el recorrido lo antes posible, para ahorrarse el mayor número de gritos y sobresaltos, pasando casi sin ver. Mi deseo, al cerrar el 31 de diciembre pasado, era el de poner toda la esperanza en que este año que ahora ya ha corrido -y velozmente, cual Michael Phelps región cuatro- resarciera lo que el pasado no hizo ni a golpes de llanto.
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Y lo logró. 2012 fue un año de luz y aprendizaje. En enero, tras una llamada que lo cambió todo, yo y mi mundo nos embarcamos en una aventura persona jamás contada: ser líder, por primera vez en mi vida, y responsable con ello de decisiones que día a día tomo -o intento tomar-, asustándome de lo lejos que en un año he podido llegar mediante el aprendizaje, la prueba y error y los catorrazos secos y sonoros. Ahora, casi doce meses después de ese hecho, me sobresalto de lo que he sido capaz, de lo que he aprendido, de lo que ahora sé, y, sobre todo, de lo que he alcanzado en muchos más aspectos que el económico. De lo que otros, como no queriendo, han dejado fuertemente marcado en mí. Lo digo fácil, pero la labor diaria ha sido la de cualquiera de los personajes del lúcido Ensayo sobre la ceguera de José Saramago -Dios lo tenga a confeti y asado-: andar a tientas, adivinando perpetuamente el camino, en una mano el miedo a equivocarme, en la otra las ganas de enfrentar el reto.
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En el terreno personal, íntimo, y mirando en retrospectiva, descubro sobre mi cara pintada la felicidad. Un año más, conservo las buenas cosas que me ha dejado la vida, por lo menos la gran mayoría de ellas. Día que pasa, día que aprendo un poco más de mí, de mi personalidad, de lo que tengo a la mano para disfrutar y dar a otros. Me pasa que me descubro, un poco cada vez más, genuino e invaluable, lo que me lleva a recordar que finalmente nadie está de más, nadie estorba, pero tampoco nadie es imprescindible. Mi persona puede ser vehículo de grandes cosas, como me esfuerzo en serlo, y artífice de grandes cambios en otros. 
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Este fue un año de afianzamiento. De tomar las cosas con valor y temer un poco menos los riesgos. De decidir para crecer, y de llegar tan alto como no me lo esperaba -y uno no lo descubre, no sabe que le está faltando el aire, hasta que en un descuido mira hacia abajo y descubre el vacío, y se recuerda humano-. De ser un poco más yo, cada día, y disfrutar de lo que otros, siendo ellos mismos, pueden darme. Por eso fue particularmente un buen año con mi cobija de ojos y chinos, a cuyo lado, hombro con hombro, pasé otros trescientos sesenta y cinco días de aprendizaje y amor triunfal, recordando que el amor es, por sobre cualquier afán mercadológico, una decisión que requiere tener en una mano los "tanates" y en la otra el corazón.
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Fue un año de emprender, en muchos más aspectos que el laboral. Emprendí un viaje, otro viaje, a la única Ciudad que he conocido hasta ahora, en el año 25 de mi vida, que merece mis ojos y mi creatividad. La única Ciudad que es, por su historia, su grandeza, su fortaleza y su apertura, un par de brazos abiertos para disfrutar de todas las gamas y posibilidades que nos da la vida. Emprendí otros viajes, internos y mucho más turbulentos, pero que dejaron grandes satisfacciones. Hablé con la verdad, y procuré hacer de ella un estandarte. Eso dolió, como duele siempre enfrentar al toro por los cuernos y no sólo sobarle el rabo. Fue un año estrella, punta de lanza y bandera. Un año paso fuerte pero inesperado. Un año en que tomé decisiones que buscaban paz a costa del desorden, que buscaban crecimiento a costa de la herida. Un año de maduración, en que me descubrí un poco más tolerante, un poco menos frágil, un mucho más en paz con lo que tengo en casa.
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Fue un año de duelo también. Don Benjamín se fue en agosto, apagando su luz al salir. El cierre de sus ojos, en pleno vuelo de los míos, son un recordatorio más que un dolor: hay que buscar siempre, por sobre el éxito, el dinero, los placeres y las pasiones, estar bien con uno mismo. Porque estando así, en paz con lo que encontramos al cerrar los párpados, se consigue estar en paz con lo que encontramos al abrirlos. La existencia de mi padre se apagó, pero su ausencia dejó muchas presencias: el abrazo de los seres más queridos, quienes, aún en la distancia, hicieron llegar incontables muestras de afecto a mí y a los míos, redescubriendo ante mis ojos la idea de que, si finalmente hemos de andar solos por la vida, serán siempre las otras conciencias un buen puerto al cual avenirnos al faltar nuestros propios "talentos". Ese abrazo que fue, a mitad del año, gasolina y chispa, escudo y lanza. Fue un año de otros duelos, de dejar ir a quienes no podían estar, a quienes no querían estar, a quienes no debían estar, y volver a pintar las paredes de los cuartos que dejaron libres con azul profundo. 
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Fue un año en que me descubro más selectivo, más exagerado, más dubitativo, pero más libre. Las primeras tres cosas las estoy poniendo en el cajón de lo observable. Hay que tener cuidado. Si bien es bueno ser cuidadoso al elegir, también lo es saber cuándo es mejor aventarse al vacío -como lo hice con un "sí" en enero, que aunque pronto resultó beneficioso- que seguir imaginando opciones que no llegan. Lo cierto que es que, con mis veinticinco en puerta, soy cada vez menos propenso a abrir el corazón a los imbéciles y más dispuesto a echarlos de mi vida cuando demuestran que su estupidez, lejos de ser una virtud que alecciona, es un obstáculo que idiotiza. La última, la libertad, la conservo como un valor alcanzado con la persistencia y la fuerza, y conservado con el autoejemplo y la autoreprimenda. Alcanzada y probadas sus mieles, deja mucho que desear volver atrás, regresar al clóset y dejar de pelear, desde trincheras inefables, porque otros también la descubran, la alcancen y la elijan.
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Fue un año, también, de descubrirme más abierto. A todo. Hoy pocas cosas me molestan como antes. Puedo tolerar tanto, que termino por ser empático y apreciar la diferencia. Mis juicios son cada vez menores, y espero de los otros tan poco que comienzo a decepcionarme también un poco menos. 
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Haciendo cuentas -mis informantes se pintan solos para esto de los cálculos infinitesimales, que ejecutan magistralmente con un ábaco y tres runas (eran cuatro, pero la otra la cambiaron por un imán para robar monedas)-, estoy a la mitad de la era de los veinte. En cinco años más, pisaré los treinta, y habré de hacer otra entrada, si la vida me da manos y licencia -para matar, ?-, o escribientes, en que hablaré de lo viejo que me siento y lo duro y tupido que me ha llovido la experiencia en toda su gloria. Pero  en cinco años también, los pasados, he leído más que en el resto de mis veinte, he visto más cine, he experimentado más, he aprendido más, he conocido más, he aceptado más, he amado más -y con más fuerza, y con más pasión-, he apoyado más, he escuchado más, he sido escuchado más, he sido más feliz. He hecho muchas cosas que he querido, y he renunciado a otras por saberlas imposibles o de dificultad apabullante. He tachado de mi lista de cosas por hacer un gran número de pendientes, y he anotado al final muchos otros más. Esto se debe, casi no temo al asegurarlo, a que he estado más abierto que nunca a creer en el destino, y en lo que éste tiene preparado para mí, a ciegas y con una carcajada pronta en el rostro, dispuesta a sobrecogerlo y moverlo conmigo a la dicha y la plenitud.
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He de decir que he escrito menos, pero con más valor, de lo cual es prueba este Baile, que mañana cumple también sus cinco primeros años. Con un lustro de existencia, ésta página nos ha acercado a más lugares de los que imaginamos jamás. Ha sido testigo insuperable -y no mudo- de cambios en mi persona que jamás creí experimentar ese 28 de diciembre de 2007 en que, desde otra computadora, con otra esperanza, otros amigos, otras glorias, me propuse, y les propuse a ustedes, descubrir el valor de la palabra y sacarle todo el jugo que es capaz de darnos para celebrar a la vida a través de nuestro idioma. En cinco años, por poner unos ejemplos sobre la mesa, a lo manzana de la discordia, este Baile que es suyo, mío, nuestro, y de quienes compartimos los gastos, el idioma y la felicidad de reconocernos en la palabra y su vigor, en cinco años, ha evidenciado salidas del clóset, películas, lecturas, escritos, amistades, noviazgos, truenes, reconciliaciones, encuentros televisivos, reflexiones ociosas, gustos y sabores, fuerzas y debilidades, hobbies, el paso de quienes siguen y el de los que se fueron, decisiones, enfermedades y lutos, ausencias y sobresaltos, elecciones y jornadas electorales, viajes, tomas de protesta y pérdidas irreparables en las urnas, avisos de fraudes, personalidades políticas y memorias históricas irrepetibles. 
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Nos ha educado, y yo con él he adquirido también muchos aprendizajes. Quienes lo compartimos, quienes lo visitan desde lugares del mundo tan lejanos como Tahití y dicen encontrar en él un consejo, una buena frase, una risa, una caricia, una cachetada o un puntapié, quienes lo han criticado y han deseado verlo arder en la hoguera, quienes a través de él han sabido un poco más de mí y de lo que creo, y se han impregnado en ello de lo que llevo y compartido lo que tengo, quienes se han sentado conmigo a la mesa en este gigantesco banquete que más de ocho mil visitantes han degustado -o vomitado, pero probado al fin-, celebramos juntos, queriendo o no, un lustro de ponerle a la coma el mejor ritmo que sabe bailar: el del corazón y la palabra, el amor al lenguaje y las posibilidades infinitas que encarna el compartirlo, usarlo, malversarlo, errarlo, dilapidarlo y volverlo a amar. Porque más allá de lo que ya dije que estuvo siempre puesto sobre el platón de este gran banquete que hemos compartido hasta hoy, brilló siempre en su presencia el deseo de encontrarnos unidos, amados y humanos en mitad del verbo y su conjugación -conjugar quiere decir, fíjense qué cosas, unir, combinar, reunir en un abrazo-. De celebrar la vida que se nos regala cada día como una oportunidad indescriptible para seguir buscando la sonrisa y la verdad, la paz y la fraternidad.
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Mi deseo de estos veinticinco que hoy recibo como un regalo y una fiesta, que mañana abrazaré al apagar las velas -imaginarias o no, como sea que lleguen-, es muy distinto al de los veinticuatro: es seguir escribiendo, seguir leyendo, seguir amando, seguir sintiendo, seguir hablando, seguir disfrutando, seguir riendo, seguir bailando, seguir haciendo lo que quiero y me da gusto hacer, seguir discurriendo, seguir acertando, ceguir herrando, seguir cerrando, seguir abriendo, seguir aprendiendo, seguir iluminando -e iluminándome, seguir conociendo, seguir dejando ir, seguir fortaleciendo, seguir abrazando, seguir viviendo. Yo no sé que traiga el 2013, y creo ser poca cosa como para obligarlo a venir con tal o cual regalo. Mi deseo es que sea fecundo y creador, genuino y valioso, de aprendizaje y fortaleza, de crecimiento y virtud. De felicidad. Tanto o más, de ser posible, como lo fue este 2012 que hoy se lleva mis veinticuatro. Mi deseo es el del reto, pero la fortaleza para superarlo y aprender. Y ese deseo va, desde estas velas que apago, a todos ustedes por añadidura. Porque son, les guste o no, al leerme, partícipes de una vida que nos puso en el mismo camino, en el mismo lugar, y que encontró nuestras palabras y nuestras lenguas para hacerlas vibrar con la luz de la razón.
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¡Salud!

domingo, 16 de diciembre de 2012

Talavera III.

Me despertó el último jaloneo con que terminaba de estacionarse la pesada mole de acero. Nunca me han gustado lo trenes. Papá insiste en que no hay maquinaria más perfecta, más precisa, más demostrativa del ingenio humano. Y luego agrega, inflando el pecho como gallo en cortejo: “Nuestra Revolución se hizo en tren”. Y marca la r tanto que no hallo más que pensarla en mayúsculas. Pero yo desconfío de ellos. Me parecen exagerados, pesados, monstruosos, un desperdicio de metal. Por eso cuando me mandó con dos de sus hombres de confianza a la estación en Guadalajara, recibí la noticia, casi una orden como todo lo que sale de su boca, con una sonrisa de desdén. Lo hice a propósito. Él había estado insistiendo en la necesidad “urgente” de mandarme con la tía Carmen. Envió telegramas, telefoneó toda la semana, con una terquedad que me pareció sospechosa. Me conoce. Sabe que si se impone, si terquea conmigo, obtiene de mí una negativa mucho más rotunda que la que obtendría si accede a negociar. Por eso estuvo la semana entera en las sobremesas, en las visitas a los conocidos, en sus entrevistas con cuanto hombre de corbata y zapato de charol pisó la casa, mencionando el tema como una ocurrencia pasajera. “Le digo a Marissa que sería bueno que pasara unos meses con la familia de Clara, que en paz descanse” “¿En la capital, mi general? ¡Pero no es ése lugar para una señorita de su edad!”, contestaban casi todos, mientras yo, taza de porcelana en mano, pies cruzados, mirada baja, moño redondo en el chongo, rubor apenas perceptible, reía por lo bajo. “Creo que estar lejos de casa le haría valorar un poco más lo que tiene. Además qué mejor momento que ahora, que terminó sus estudios y no tarda en ser pedida”. Con “ser pedida” papá se refiere a algo menos que ser raptada. No lo dice, hombre reservado al fin, pero mis dieciséis le parecen una edad más que adecuada para pactar un matrimonio por conveniencia. Yo igual río. Y cada vez que lo hago, como cuando sonreí con desdén ante su ordenanza de partir, papá carraspea, golpea con el puño la mesa o el escritorio, se encienden sus ojos, tiembla su bigote, sus fosas nasales se abren gigantes, como un par de norias. Pero nada más. Toma aire y se calma. Agacha la cabeza, y bajo el bigote alcanzo siempre a distinguir una sonrisa de rendición. Con mis medios hermanos y mi hermano en el extranjero, o casados y haciendo sus cosas, a veces creo que papá es conmigo más abuelo que padre. Sus manos no me tocan más que para acariciarme, no mucho, y su voz no se alza más que para decir lo que hay por hacer, con órdenes que yo interpreto siempre como sugerencias. Pero luego lo veo en La Concordia, los fines de semana que me deja acompañarlo a supervisar el pastoreo, o en las imprentas, que visita una por una cada lunes paseándonos por la ciudad, o en las papelerías, cuyo logo diseñó él mismo pensando en un gran compás y una gigante escuadra que trazan una perfecta P, así mayúscula, en cada marquesina, cada bolsa de papel, cada remisión de entrega. “Papelerías Pinteros”. Lo veo entre las máquinas automáticas, alemanas, que suben y bajan una y otra vez en un acelerado y acompasado fluir de tuercas y tornillos, y en cada subida y bajada estampan una página entera sobre el papel. Lo veo hablar tras el mostrador, con cada administrador, cada gerente, cada encargado, cada capataz, y comprendo que no es conmigo como con los demás. Y he de confesar que esa distinción particular que tiene hacia mí me halaga, me obliga a veces a no cuestionarlo en nada. Sólo reír, un poco, para hacerlo enojar también un poco, y luego ver su calma llegar como un regalo que me hace a mí, “la menor de mis luces”, dice, su calma que es un presente personal. Por eso cuando abrí los ojos, sentada en el vagón de primera clase, pensé que con acceder a su imposición de mandarme a esa capital de la que tanto todos hablan, esa ciudad que Miss Marriot tras sus bifocales, sus faldas rectas y sus erres pronunciadas como eles, tacha de “inmoroal”, me ganaba un poco más de su calma, y con ello un poco más de su cariño. El sol me deslumbró y mi primera sensación fue la de estar lejos de casa. Me abrazó el ruido, aún sin salir del vagón, el ruido y el bullicio. La estación me pareció el estómago ardiente de un monstruo mitológico que se sobrecoge en medio de una digestión dificultosa. Tras el cristal, conforme mis ojos se acostumbraron a la luz tras el sueño, se dibujó frente a mí un andén por completo distinto al que dejé en Guadalajara, unas diez horas atrás, dónde un guardavías incluso se tomó el tiempo de ayudarme a subir mi equipaje de mano al vagón. Gente yendo y viniendo, maletas de todos los tamaños cruzándose entre piernas, brazos, carretillas y sombreros. Trabajadores ferroviarios, con sus boinas y sus overoles, andando de un lado a otro con sacos, pinzas, ajas y barras metálicas, tubos, palas, sus frente sudorosas, sus brazos marcados, sus rostros en expresión de un agotamiento tan intenso como las fuerzas que no los dejan parar, me recordaron a los peones del rancho de papá. La misma mirada agotada, la misma mueca rígida en los labios, el mismo ceño fruncido bajo su respectiva ceja marcada. Y alrededor de ellos, parejas que se abrazan, padres que cargan a sus hijos, rebozos y sombreros tras los que se esconden bocas que se besan, bocas que gesticulan. Tanta gente, en tanto espacio, que llega un momento en que, al menos a mí me pasó, una deja de ver personas y ya sólo asiste al espectáculo populoso de un montón de sacos, corbatas, faldas, pendientes, botas, piernas, bigotes y bolsos. Recuerdo que me mareó el ajetreo, y clavé ansiosamente mis dedos en el descansabrazos del asiento al pensar que tendría que bajar en un momento más a formar parte de él. Me sobrecogió la voz de un mozo de a bordo que entró al vagón para apresurar la salida, a gritos de “Estación Buenavista, señores, señoritas. Estación Buenavista”. Abrió los compartimentos y algunas cajas de sombreros cayeron al suelo, entre las voces indignadas de las damas. Detrás de mí, una mujer rubia a quien en la parte del encamino en que no dormí escuché hablar con su acompañante en un perfecto inglés, pronunció un “Awful! I told you, my dear, this mexican people doesn’t travel on donkeys anymore just ‘cause they don’t want to clean the shit”, que pasó al parecer desapercibido para la mayoría de los viajantes, salvo un par de señoras de andar pomposo que, al pasar rumbo a la salida, le dirigieron una mirada de indignación. Tomé mis cosas y salí al andén. Afuera, la luz del día que se colaba por entre los espacios abiertos de la construcción, me cegó de nuevo. Sentí aún más estar en las entrañas de una bestia. Miré al norte, dónde gigantescos arcos permiten el acceso de los trenes. Me pareció ver las fauces abiertas y dentadas de un leviatán postrado a pleno sol. Arriba, con los muelles y arcos de acero que sostienen el techo, apareció ante mi vista el costillar del mismo ser titánico. En plena contemplación, el mar de gente caminando en todas direcciones me arrastró sin misericordia. Acostumbrados a ser llevados sólo por mi voluntad, mis pies se cruzaron, y lo único que atiné hacer fue solar mi equipaje de mano y poner mis manos contra el suelo de la estación. La gente, presurosa, no se detuvo. La entraña de la bestia me devoraba, y yo sentí convertirme en uno más de los tacones de las señoras, las medias corridas, los calcetines oscuros, los zapatos de agujeta, los pantalones de casimir. Me sobrecogió la posibilidad de desaparecer en medio de aquella marabunta, y pensé que papá mataría a la tía Carmen al saberme desaparecida, convertida en un par de piernas condenado a vagar sin fin en las entrañas del monstruo de acero. De pronto, una mano me tomó por el hombro y me levantó. Frente a mí, un rostro enflaquecido y bigotón en mitad de un marco que formaban un sombrero pasado de moda y una corbata de moño, me recordó los cromos de Francisco I. Madero que he visto en el despacho de papá. “Señorita Pinteros”, me barrió de arriba abajo con la mirada. “Debe usted andarse con cuidado. Está ya en la ciudad de México, y aquí a los provincianos distraídos se los come el vaivén del progreso”. Sonrió bajo el bigote y me ofreció su mano. “Antoine Novak, amigo de la familia de su madre y servidor”. El sujeto tomó mi equipaje y tuve que aducir que la media vuelta exagerada y el golpe de tacón que dio significaron un sencillo “sígame”. Caminando a contracorriente detrás de él, mientras explicaba que ése no era sino un viejo andén, usado de improviso en lugar de los más modernos, construidos hace unos años un poco más al norte, debido a la sobrecarga de llegadas, los rostros de las personas me parecieron escalofriantes, como los de un ejército fantasmal condenado a vagar en mitad de algún círculo del infierno. Al salir del andén, una vez más me golpeó la luz del sol. Asaltó mi vista el movimiento de los carros, de todas clases y colores, yendo y viniendo por la avenida frente a la construcción. El fluir del estacionamiento, chico para la cantidad de gente que entraba y salía de los andenes, me recordó el chocar pesado y dispar de las reses alebrestadas en los corrales de papá. El ruido, una constante desde que abrí los ojos en el vagón, atacó como nunca mis oídos al dejar el umbral de la estación. Los pitos de los automóviles, el cada vez más lejano motor de los trenes, los gritos de los acomodadores, el chocar de fierros, ruedas y cadenas en los patios de maniobras, las sonoras carcajadas de dos indios borrachos en mitad de la acera, el chillar de las llantas, el crujir de la grava suelta en el asfalto, me hicieron sentir mareada de nuevo. Me apoyé en un buick negro, igual al que le regaló papá hace dos navidades a mi hermano Andrés. Mi acompañante quitó el seguro y abrió la puerta. Mi rostro debió llamarle la atención. “Es la altura”, me dijo en mitad de una mueca, “se acostumbrará en un par de horas”. Entré en el automóvil, y puse mis manos sobre mis orejas, intentando detener la vorágine de los sonidos. Me sentí atacada, presa de una multitud de estímulos que me devoraba aún con más violencia que el leviatán de la estación. “Si tiene usted calor puede bajar la ventanilla”, sugirió el señor Novak, y le tomé la palabra, pensando en la posibilidad de que un poco de aire calmara mi ansiedad. “Le parecerá anticuado, pero las veces que me han ofrecido cambiarlo me he rehusado terminantemente. ¿No cree usted que hay un valor incalculable en las cosas del pasado?”, me compartió, refiriéndose al coche. Esperó mi respuesta, pero al notar mi aturdimiento, que intenté borrar tras una sonrisa cortés, destrabó el freno de mano y se metió en el fluir de los autos. A mi alrededor, los coches pasaban a toda velocidad. La calle era un río salvaje en mitad del cual el buick del señor Novak intentaba sólo no volcarse con el vértigo de la corriente. El viento, entrando en fuertes ráfagas por la ventanilla abierta, me golpeaba duro en la cara y alborotaba mis cabellos. Podía sentir la maraña de pelo que se formaba ya en mi cabeza, y que apenas alcanzaba a notar en el retrovisor. Al cruzar las calles perpendiculares, distinguía sólo aceras llenas, gente parada por todos lados, edificios gigantes, ventanas circulares, puertas de acero y esmerilado abriéndose, vidrios y herrerías con formas nunca vistas. En el gigante espacio en blanco que dejó un cruce con lo que me pareció otra avenida, vi pintarse en el horizonte, en mitad de una plaza larga y despoblada, un arco gigante con una bóveda de bronce como techo. Recordé el lucifer de Dante, en lo más profundo del averno, con sus piernas perdidas, y me pareció que eso que estaba ahí, a un par de cuadras, era justamente ese par de extremidades descomunales, extraviadas en mitad del altiplano. Llegamos luego, tras más edificios gigantescos, más aceras llenas, más gente en todos lados, más ventanas, puertas, esmerilados, aceros, vidrios y herrerías, tras árboles y pórticos, balcones, arbotantes, cables y tinacos, a otro río de dos direcciones. “El Paseo de la Reforma, señorita Pinteros. Trazado por Maximiliano como ruta directa a Palacio Nacional, y embellecido por la afrancesada mano de don Porfirio. Una belleza, ¿no le parece?”, narró el señor Novak desde el volante, midiendo con lentitud el espacio exacto para incorporarse al fluir de ese otro río salvaje que me pareció el Paseo. Me sorprendió verme repentinamente rodeada de árboles y arbustos. Los automóviles me parecieron canoas veloces moviéndose sobre el agua entre las dos riveras de altos y frondosos guardianes, dos riveras sobre las que miran el fluir del agua decenas de estatuas cuyos nombres y rostros no he alcanzado a distinguir. En medio del río, un alargado islote con cactus altos y esféricos espinosos. El señor Novak me señaló un indígena de alto penacho, lanza al hombro y mirada sombría al infinito, parado en una gran isla en mitad del Paseo, sobre una columna con motivos aztecas custodiada por ocho felinos de crecida y encrespada melena. “El monumento a Cuauhtémoc. De lo más nacionalista”. Más adelante, entre edificios cada vez más grandes que se levantan sobre el arroyo como imponentes vigías, cerros de ventanas, torres de acero y vidrio polarizado, una simple palma. Como nunca, sentí estar en mitad de un paraje selvático. La sirena de una ambulancia resonó a mi lado, y pensé en un bote salvavidas enviado en mi auxilio. “La palma es la única glorieta viva del Paseo. Seguro pronto la remplazarán por alguna efigie más apropiada”, sentenció el señor Novak, sin disimular su desagrado, señalando la palmera de ramas abiertas y grueso tronco que se yergue en pleno tráfico, como soberana coronada en mitad de su propia isla. Una flota de tranvías y trolebuses nos alcanzó por la derecha, y su repentina aparición me sobresalgó. Seis, uno tras otro, como enormes monstruos marinos de docenas de ojos, miraron el pequeño buick del señor Novak con actitud displicente. Me pareció que lo golpearían y sacarían del arroyo, en pleno uso de la facultad con que los dota la selección natural, la ley del más fuerte. “Y ése, señorita Pinteros, es el Monumento a la Independencia, con su Victoria Alada y sus cuatro sedentes: paz, ley, justicia y guerra, en bronce, y sus héroes, nuestro héroes, en mármol blanco. Observe los detalles de la columna, las ramas de olivo y laurel, el león y el niño, los obeliscos y los faroles”. Mis ojos no pudieron más que quedarse en el Ángel. En la punta de la columna, dorado y resplandeciente, alza semidesnudo la corona de la victoria. En su mano izquierda, descansa la cadena de la opresión despedazada. Su mirada al oriente es la de la esperanza, y la pose de sus pies y sus alas, como arrancando el vuelo, son los de la entrega confiada en el porvenir. Pensé en el viaje, en mi viaje, en este viaje, y aunque sigo extrañando mi casa, el Paseo ya no me pareció tan extraño. Las canoas fueron carros, y los monstruos de docenas de ojos grandes pero simples tranvías y trolebuses. Los árboles y arbustos sólo precisos testigos de las laterales, y el alargado islote con cactus un camellón de inspiración desértica. El insistente ruido de la ciudad se detuvo, o al meno dejó de atormentarme. El gesto sereno del Ángel tranquilizó también mis sensaciones indispuestas. A la sombra del Ángel, creo ahora, restauré mi seguridad. Cuando llegamos a la casa de tía Carmen, una mansión de altos techos y ventanas de mosaico en la calle Durango, en la colonia Roma, mi corazón deseaba, como lo hace ahora mientras escribo estas líneas, volver atrás y contemplarlo todo de nuevo. A la sombra del Ángel, claro está. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Talavera II.


 Llegamos a la Alameda cerca de las diez de la mañana. El señor Novak estacionó el automóvil frente a la glorieta del caballito, y una vendedora de chicles se acercó apenas apagó el motor. Ya me había parecido antes que el señor Novak experimentaba cierta repulsión al enfrentarse a los pedigüeños. Intentó cubrir una mueca de disgusto quitándose el sombrero para limpiar el sudor de su frente, pero no se me escapó la rigidez que cobraron sus labios cuando la india se acercó con la caja de chiclets Adams y la puso a escasos diez centímetros de su cara. Negó con las manos, negó con la cabeza, negó con la voz. “Tarde, disculpe, vamos tarde, no”,  se le escapó, mientras ponía el seguro en la puerta del conductor. Yo lo esperaba parada en la banqueta. Embelesada, contemplaba el caballito. Entiendo poco de escultura, y mis conocimientos en composición artística son todavía menores. Pero me parece que esa estatua de Carlos IV, un rey del que ahora no recuerdo haber leído nada en mis libros de historia, ni haber escuchado durante las lecciones de la señorita Marriot, de este Carlos IV montado en un rocín de poderosos miembros, es simplemente hermosa. El continuo fluir del tráfico me impidió acercarme más, pero el señor Novak pareció notar mi curiosidad por contemplar la obra, miró de reojo su reloj de pulso, y me tomó el brazo para cruzar Juárez. El señor Novak me señaló un edificio de fachada prominente, que se va haciendo grande conforme alcanza su centro. “Es el edificio de la Lotería”, precisó, y yo pensé entonces en un par de ondas que chocan en el agua, formando una onda mayor.  Frente a él, “el edificio Corcuera”, me pareció la sombra de un gigantesco pastel de bodas proyectado sobre el cielo de la mañana. Al fondo de la avenida, una avenida no tan larga cuyo nombre desconozco y que se abre paso entre ambos rascacielos, se asomó un gran arco con una cúpula en su techo. “Es el monumento a la revolución, señorita Pinteros. El antiguo y escandaloso proyecto del general Díaz para un palacio legislativo republicano”, explicó mi acompañante, mientras su voluminoso bigote ahogaba una sonrisa. Me parece ahora un elefante en blanco. Quizá vaya luego a verlo, pero de momento no entiendo bien su forma. “El señor Tolsá era sin duda un genio de la figura viviente”, pronunció el señor Novak, y eso me hizo recordar mi curiosidad primaria y volver la cabeza. El gigantesco trasero del caballo apareció frente a mis ojos, y no pude más que, algo ruborizada, lo confieso, dejar escapar una leve risa. Dos gigantescas patas traseras, una en alto como dando un paso, se abren progresivamente en forma trapezoidal hasta dar lugar a dos anchas sentaderas, en medio de las cuales dos gigantescos testículos, uno más adelante que el otro, toman lugar como dos gordas señoras que han caído y quedado como atrapadas en mitad de un acantilado inverso. Por otra parte, la recreación de la textura  es casi perfecta. Se pueden apreciar los músculos, las venas, las fibras que existen tras la piel del rocín, y si pudiera tocarlo, estoy segura que no sería capaz, salgo por el calor y la dureza del bronce, de distinguir a ese caballo entre cualquiera de los de papá. El pelo de la cola, larga, crespa y alborotada, no tiene la misma suerte. Supongo que, finalmente, no será tan fácil para un escultor recrear una pierna o un par de glúteos como una cabellera, o la cabellera de una cola. El señor Novak, seguramente algo apenado al percatarse de la generosidad del órgano de la estatua, hizo un pequeño apunte sobre los detalles de la vestimenta romana del monarca español, su corona de laureles, la mirada confiada y la sonrisa triunfal, la precisión de los ornamentos, la estafeta en mano, el adecuado modelado de la musculatura humana, la composición global de un Carlos IV mitad orgulloso, mitad sereno. Yo bajé los ojos y pensé en papá. A esa hora de la mañana, él estaría montado en un caballo como ése, quizá sólo un poco menos caderón. Recordé su cuello tenso, su mentón altivo, mientras da vueltas probándose a sí mismo en las mismas suertes que de joven practicaba, dicen sus amigos, en las antesalas de las batallas. No pude evitar extrañarle, y con él a los veranos en el campo. El frío de la mañana, el rocío sobre el maíz del sembradío, el sabor de la leche bronca, tan distinta a la que he probado estos días en casa de la tía Carmen. Un aire fresco sopló por un par de segundos, movió mi falda y jugó con mi cabello. Bajé la cabeza y el señor Novak pareció disgustarse. Carraspeó e hizo el ademán de apretar su sombrero que yo comienzo a interpretar como un motivador para seguir la marcha. Miré por última vez el caballo de Tolsá, y de reojo el paseo en su totalidad. Me pareció ver a lo lejos el destello del ángel, y pensé que las otras fuentes y glorietas le resultaban obstáculos para llegar hasta mí. El sol de la mañana las golpeaba todas, abriéndose paso entre edificios, construcciones y calles. Caminamos a prisa, y a prisa llegamos a la Alameda. La avenida Juárez era la panza de un tlacuache tirado al sol. Estirada, me pareció más larga que el paseo. Suspiré pensando en lo lejos que estaba de casa, dónde las avenidas son pequeñas y el sol no batalla para bañarlo todo con esas  calles minúsculas y esas casas de no más de tres pisos. Sentí miedo, por segunda vez en el viaje, y por segunda vez también me sentí muy sola. Los vendedores de muchas cosas iban y venían por los corredores de la Alameda. Me llenó el olor de los buñuelos, las pepitorias, las obleas y los tamales con champurrado. Es increíble lo temprano que está todo ya montado en domingo. Pensé de nuevo en casa, en la calma de las calles que nada se mueven a esa hora de la mañana, en la forma en que toda la vida de aquella ciudad se concentra en los atrios de sus iglesias, atrios de empanadas y rosarios. Los indios iban y venían en sus bicicletas, y uno que otro, algo más arriesgado, invadía con carros de mulas ambos sentidos de la avenida. En la lejanía, gigantescos monstruos arqueados con docenas de ojos iban y venían arriba y abajo por San Juan de Letrán. “Los tranvías han modificado la forma en que esta ciudad se mueve”, culpó el señor Novak, y habló luego del movimiento, de cómo la ciudad se precipitaba diariamente sobre sí misma como un hormiguero que se convulsiona. La Alameda es un parque que huele a historia y a ese mismo movimiento sin fin que invade el resto de la urbe. Están ahí todos, los ricos y los pobres. Caminan por sus andadores las mujeres ensortijadas junto a las damas de faldas cortas, las peinetas junto a los tocados de salón. Los sombreros y los guantes, las palmas y los hilados. Los viejos con sus años, los estudiantes con sus libros. Topamos con la fuente de Neptuno, y me quedé pasmada en el tridente. El rostro del anciano dios de los mares, su posición amenazante, el instrumento de su gloria en mano, me recordó al san Gabriel de la capilla del convento del Carmen. Y entonces, casi sin darme cuenta, deseé apartarme de ahí, y suspiré aliviada por estar lejos de casa. Qué tonta, pienso ahora, si siempre me ha gustado ese san Gabriel. Luego de llevarme por entre las avenidas de aquel parque, el señor Novak emprendió una marcha veloz desde la fuente central, cuya alegoría no entendí, hasta un complejo de mármol blanco y letras de bronce que se abre en mitad de la fachada de la Alameda. “El hemiciclo a Juárez es en realidad un cenotafio”, señaló mi acompañante, mientras le llegábamos por la espalda y en el centro de la columnata alcanzaba yo ya a distinguir la figura del benemérito de las Américas. Sentado con las leyes en mano sobre un prisma en mitad del conjunto,  mirando al sur de la ciudad, su gesto es duro y sus rasgos toscos. Sobre su cabeza, un ángel de la victoria lo corona con laureles, y a su lado una alegoría de la libertad alza muy alto su flama. Pensé en todas las tías que lo señalaban como el primer mal de nuestra familia, y las monjas de la doctrina que lo comparaban al demonio. Imaginé a Juárez sufriendo la tortura bajo el tridente de san Gabriel, y supuse que yo estaría pronta a rescatarlo . “Una composición digna de un héroe nacional, ¿no le parece, señor Novak?”. La figura del señor Rivera pareció surgir de entre el mármol, y sólo entonces reparé en los dos leones que, mirando también al sur, custodian desde su base la contemplación del prócer. Sólo entonces, parado en mitad del hemiciclo, rodeado de niños a los cuales antes de nuestra llegada repartía cacahuates, según entendí por la bolsa semivacía que guardó en su bolsillo, sólo entonces, decía, me di cuenta de su panza, y de la prominencia de todos sus otros rasgos. No sólo la altura del señor Rivera es destacable: lo son también sus manos, grandes y gordas, que acercó para tomar la mía y palmotear mi cabeza, lo son sus labios, gruesos, y sus mejillas regordetas, partes de una cara que parece ser la única cosa pequeña en él, comparada con su cuerpo gigantesco. Todo en él es dimensión, todo en él exagera las líneas hasta hacerlas parte de un conjunto monumental. Nos aseguró que había llegado hacía quince minutos, y mirándome con sus ojos saltones, otro rasgo excesivo de su composición física que hasta hoy capté, señaló a Juárez. “Si él y yo nos pusiéramos al tú por tú, ¿quién cree usted que ganaría?”, me preguntó. Sonreí, alcé los hombros y contesté: “¿En política o en pintura?” El señor Rivera rio de buena gana. En mitad de su carcajada, levantó la vista y, casi sin poder abrir los ojos, sus enormes ojos, por el esfuerzo de la risotada, se dirigió a mi acompañante. “No dilatemos más nuestros tratos, señor Novak. La cifra que me ha hecho llegar en su telegrama me parece adecuada. Divídala en dos, ponga en un sobre la mitad, envíela a mi estudio, y yo estaré en casa de la señora Cortina el próximo lunes”. El señor Novak sonrió, quizá como nunca lo vi sonreír hasta hoy, y yo entendí que estaba satisfecho cuando llevó su mano al sombrero y lo levantó en señal de agradecimiento frente al señor Rivera. “¿Tienen ahora algo qué hacer? Trabajo justo ahora enfrente, y no quisiera que demoráramos…” “¿En qué trabaja?” El señor Novak, que ya ponía su bastón bajo su brazo y preparaba seguramente palabras de cortesía para marcar nuestra retirada, me miró con ojos desorbitados –aunque no tan grandes como los del señor Rivera-. “Vaya, ¿está usted interesada en mi trabajo?” “Me interesó el cuadro que tenía ayer en su estudio. No sé si así sea su trabajo, señor Rivera” “No, es aún mejor”, me dijo, y tomando mi mano, presa de cierta energía casi infantil, cierto capricho, se apresuró a cruzar la avenida. El señor Novak, corriendo detrás de nosotros, intentaba con palabras aisladas detener lo que de seguro le parecía una reacción totalmente irregular, mientras yo volteaba a verlo de vez en cuando sin poder detener mi marcha, presa por completo de la curiosidad. Sentía la gigantesca mano del señor Rivera envolver la mía, y mis pies casi flotar a merced de sus intenciones. Entonces reparé en los edificios frente a la Alameda. Grandes, pequeños, de muchas épocas, sus fachadas se ofrecen como un buffet de estilos arquitectónicos que invitan a probarlo todo, como diría la tía Carmen, “de a poquito, para que no se escalde el gaznate”. Reparé en la fachada que el señor Rivera pretendía cruzar conmigo. Era un edificio en herradura, no tan alto como el de la Lotería o el Corcuera, pero de una construcción sólida y prominente. La fachada combinaba ladrillo, vidrio y acero, y el pórtico central, en medio de los dos extremos de la herradura, predestinaba lujo y clase. Mientras el señor Novak cedía paulatinamente a los impulsos del señor Rivera, que volteaba de vez en cuando a dirigirle alguna expresión que rogaba por su paciencia, el pintor nos introdujo en lo que será, supuse, el lobby de un hotel moderno. El lugar es un total bullicio. En medio de trabajadores yendo y viniendo con botes de pintura, pliegos larguísimos de papel tapiz, taladros, martillos, clavos y brochas, y de un continuo sonar de herramientas, fierros y motores,  el señor Riviera nos introdujo a un gran aula vacía, rodeada de ventanales y llena de desniveles, en cuyo fondo distinguí una montaña del mobiliario destinado a lo que me parece será un restaurant. “Ahora dígame, ¿qué tipo de pintura le interesa a usted?”, me dijo, soltando mi mano al creerme ya segura en el interior de la construcción. “Me interesa lo que habla de las cosas reales”, le contesté. Traspasábamos una prolongada red de hules y telas, al tiempo que yo intentaba describir mi ideal de pintura. “Debe decirme algo, principalmente” “Ajá” “El cuadro de ayer, por ejemplo, me habló de la mujer”. El señor Rivera se detuvo en mitad de su fortaleza de plástico y retazos, miró al señor Novak y pareció contrariado. “¿Le parece? Yo propongo en él la cuestión de la feminidad, el paso del tiempo y el correr de la vida femenina, su capacidad de procreación, su fertilidad de diosa antediluviana”, declaró, alzando las manos hacia el firmamento de tejidos que nos rodeaba. “Pues sí, claro. Por eso sus grandes caderas de mulata”. No sé cómo saqué eso. Recordé que en algún libro de historia del arte, de los que papá guarda bajo llave y que yo robé en un descuido de las indias, se habla de la relación entre la cantidad de caderas que se pintan en una mujer en un cuadro, y la intención del pintor de retratar con énfasis su capacidad reproductiva. “¿Cuántos años tiene usted?”, acertó a preguntar el pintor, y dudé en si sería correcto responder una pregunta tan personal. De cualquier forma, el señor Rivera continuó. “No creo que sea usted realista. De otra forma, esto no le gustará demasiado…” El señor Rivera apartó a un conjunto de jóvenes con overol y boina, que intentaban cubrir un gigantesco muro con tela de manta. Suspiró frente al retablo cubierto, con las manos en los costados, lo que lo hacía ver aún más panzón, me miró una vez más, como calculando mis pensamientos, o pensando él en la posibilidad de que toda aquella maniobra resultara finalmente inútil ante mi poco entendimiento artístico. Como armándose de valor con una sonrisa, descolgó de un tirón la tela. Lo que dejó al descubierto es, por mucho, la cosa más impresionante que he visto jamás.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Talavera. I.


Es un hombre alto. En verdad me sorprendió su altura. No dejo de decirle al señor Novak que el señor Rivera tiene en la talla de su cuerpo su propensión para ver más allá de lo que todos vemos. Así de alto, era natural que su punto de vista fuera también muy lejos, hasta resultar inentendible. Nos recibió en su estudio, rodeado de perros feos. Para llegar hasta ahí tuvimos que recorrer campos de piedra, sembradíos y caminos desolados, tras los cuales uno no piensa que encontrará algo. En medio de ellos, sin embargo, hay un pueblo, llamado San Ángel, con casas, plazas, iglesias, calles empedradas. “Son xoloizcuintles”, nos dijo, “los pueblos nahuas los comían, porque además de feos y pelones, son sabrosos”. Para entonces una manada de ellos ya nos había asaltado al llegar, apenas un hombre  de su servicio abrió la puerta. Es un hombre alto, y coqueto también. “Feos, pelones y sabrosos, como yo”, me dijo al tenderme la mano, y en mitad de su rostro se pintó una sonrisa jubilosa, como la de un niño que ha contado una travesura en mitad de su recuerdo. Sus ojos me miraron de abajo hacia arriba. El señor Novak tomó mi mano, devolviéndole la sonrisa. “La señorita Pinteros, hija del general”, me presentó. El señor Rivera agachó la cabeza. Recuerdo ahora que pensé en ese momento que quizá intentaba recordar al tal general Pinteros, o pretendía esbozar alguna clase de reverencia en broma. Levantó la cabeza y sus ojos me vieron de nuevo. Entendí que no había sido ni una ni otra. Buscaba en su paleta la mejor tonalidad. Estiré mi cuello para contemplar, sin mover para nada mis pies bien juntos, lo que había en el lienzo, detrás de él. Distinguí una figura curva, como un jarrón. Flores, un sombrero, un óvalo café. El señor Novak no perdió más tiempo y para entonces deshebraba ya en una conversación cuyo tono a mí me resultó muy tosco, los motivos de su visita. El señor Rivera parecía más atento a mis intenciones de mirar el cuadro que a las palabras del señor Novak. Cuando una mueca en su rostro borró su sonrisa, que mantenía desde su tendida de mano, entendí que sus oídos habían tenido demasiado, levantó su mano y la movió de arriba abajo, como diciendo “pare, pare”. El señor Novak siguió dos, tres frases más. Su sombrero se movía nervioso en sus manos, que mantenía juntas sobre su cintura. “No me gusta hablar de negocios cuando pinto. Me salen los rojos muy opacos”, bromeó, entendí yo, para relajar los ánimos. Me hizo con sus dedos la seña de que me acercara. Volteó el lienzo y pude ver, de nuevo, un jarrón, flores, un sombrero, una curva café. Me sentí tan miope. El dibujo a lápiz, que intenté seguir línea por línea, me reveló una espalda desnuda terminada en una gran cadera femenina, seis girasoles a medio deshojar, colocados en distintas posiciones, un par de pies descalzos, medio rostro, un girasol más, medio muerto sobre un cuadriculado. No entendí si era un petate, o un colchón. “¿Le gusta a usted bailar?”, me preguntó mientras acercaba su índice al sexteto de girasoles y lo desplazaba de izquierda a derecha una y otra vez por sobre el arco que formaban las flores en torno a la mujer desnuda. El señor Novak se acercó al cuadro lo más que pudo, pronunció algo en ruso que no entendí mientras abría los ojos con una sorpresa que me pareció exageración, y dándole la espalda al cuadro tomó mi mano y mi codo, e intentó alejarme de ahí, caminando apresurado hacia la puerta. La voz del señor Rivera lo detuvo un segundo en la puerta. La tensión en el cuello de mi acompañante y un suspiro casi imperceptible que brotó de su pecho, me recordó la vez que Ana se vio obligada a pedirme perdón por haber roto un caballito de porcelana que me había regalado papá. “Mañana a las once, en la Alameda, señor Rivera. Discutiremos el asunto en…” “Sí, sí, en algún café”, rió completando la frase del señor Novak, “en algún café. Hasta pronto, señorita Pinteros”. El señor Novak no se volteó. Esperó de espaldas a la mujer desnuda mientras yo giraba para hacer una pequeña reverencia de despedida al pintor. Me tomé un par de segundos más para darle otro vistazo a la espalda del lienzo. Recuerdo que pensé en lo curioso que resultaban un hombre como el señor Novak y una mujer como la del cuadro dándose mutuamente la espalda. Se habrán peleado, imaginé, y ella se va ahora con sus flores bailadoras sin decir adiós. El señor Novak tosió y comprendí que su espera tenía un límite, ya cercano. Sonreí al señor Rivera, quien sin mirarme más regresó a su cuadro, y salí de ahí con mi acompañante. No puedo negar ahora los fuertes deseos que tengo de verlo aparecer mañana en la Alameda. El señor Novak ha insistido a la tía Carmen en la imposibilidad del hecho, utilizando palabras como “peligro”, “honra”, “liviandad”, mientras tomaba el té con ella hace un momento. Yo, que fingía leer Mujercitas en el estudio, ponía más atención a la conversación tras la puerta que a las imprecisiones amorosas de Jo, la enfermedad de Beth, los arrebatos y tonterías infantiles de Amy. Al final, la tía Carmen ha salido de la sala, me ha mirado a todo lo largo y con una risa fresca, que evidentemente ha molestado al señor Novak, me ha sugerido ir con las enaguas largas. “No vaya a ser que haga frío, pues”, ha agregado, despidiéndose así de mi cuidador, quien ha partido inclinando su sombrero y recogiendo su bastón. Cuento los minutos con desesperación, y hasta me parece que no dormiré. Me pregunto si el señor Rivera accedería a hacerme un retrato. Supongo que sí, diría la tía Carmen, pero con las enaguas largas. 

viernes, 23 de noviembre de 2012

La expectativa.

¿Ya se dieron cuenta? En una semana toma posesión Enrique. Han pasado ya casi cinco meses desde que las encuestas de salida, tan dadas a alebrestar los ánimos, le dieron la corona virtual. Y casi tres desde que el IFE, tan dado a bajar los humos y complotear sabrosamente mientras gasta mucho dinero en restaurantes y papelitos que luego quema -es broma, si me cae re' bien-, lo declaró "presidente electo", que es como decir "sí ganaste, pero todavía no". Cinco meses ya. Se me fueron como agua. Este año, en general, ha corrido hasta ahora como Ana Guevara antes de apoltronarse en la curul -¿les conté que se equivocó de cámara cuando la toma de protesta, y estuvo a punto de ser senadora cuando la eligieron como diputada? Si no hubiera sido porque Lupita, la de las aguas, las galletas y el café, no encontraba su vaso repujado con su nombre, tendríamos corredora-senadora espuria-. Y comentarios generales concuerdan conmigo en que estos doce meses estuvieron dotados de fugacidad y enconada rapidez. Ya vamos a cerrar el año, y hay quienes no salen de la impresión respecto al triunfo del PRI y la entrada triunfal de Televisa a los Pinos.
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Yo lo que no me explico es cómo, en verdad, no lo veían venir. Lo dije aquí, lo dice en mi muro en Face, lo dije en cuanto espacio pude y tuve abierto. Me preguntaron mis amigos, me preguntaron mis familiares, me preguntaron mis compañeros de trabajo, y en todos sus rostros, votantes panistas -o josefinistas al menos- en su mayoría, vi la misma incredulidad. "¿Cómo es posible, decían, que el pueblo sea tan olvidadizo? ¿Cómo permitiremos, gemían, de nuevo la intolerancia, la imposición, el dedazo, la manipulación masiva?" Y yo, a todos, respondía con mi teoría del voto de castigo: no es que el PRI sea una promesa, es que era necesario darle un mensaje al PAN por una doble decepción, repartida en doce años, que dejó nuestras esperanzas en bancarrota -sí, tras fuertes retiros del banco de nuestros corazones-.
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Cinco meses escuchando "yosoycientotreintaydos", "fraude", "imposición", "compró la presidencia", "elección pactada", "morena". Cinco meses, que se fueron como espuma atacada por el aire, y precipitaron lo inapelable. No hay día que no llegue. El ciudadano Enrique Peña Nieto, dueño de una historia lectora minúscula y un comprobado poco atractivo entre los jóvenes, recibirá la banda presidencial de manos de un presidente, el segundo panista en la historia, que se marcha, aunque insista en las entrevistas que no, marcado por la sangre derramada y las bombas detonadas. Ciudades enteras secuestradas por la inseguridad, obra, aunque también él insista que no, del enfrentamiento entre bandos tan invisibles como ilimitados. Nadie sabe a quién le tira, nadie sabe para quién trabaja. 
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Se va con miedo. Medios nacionales e internacionales puntualizan, una y otra vez, que Calderón, aunque también diga que no, saldrá del país apenas entregue la presidencia. Y no es para menos. Si bien su estrategia logró crear la imagen de que había por fin alguien al mando, puso en riesgo al país y su integridad. Peña Nieto, y más quienes detrás de él gobiernan -bueno, bueno, quienes gobiernan con él, su "equipo", para que no se me sientan señalados, pues (un, dos, tres por Arturito, Carlitos y Emilito, que están detrás del copete)-, reciben un paquete tan pesado como aleccionador. Serán presas, el priísmo entero de hecho, del monstruo con el cual pactaron hace setenta años, y que dejaron ser muy a pesar de México y la pulcritud de sus instituciones. Lo verán crecido, lo verán molesto, se encontrarán con una hidra de ochocientas cabezas, dos por cada una que cortó el presidente saliente, mucho más violenta, mucho más inhumana, mucho más caótica. 
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Y con un país cansado. Las cosas caras, las caras largas, la esperanza en vilo. Un sistema político que cada vez nos cuesta más, y al que cada vez entendemos menos. Tendrá Peña Nieto frente a él la oportunidad de refrendar su compromiso, o de sembrar más discordia. A examen, hay quien dice que, fiel a los modos de su partido, volverá a pactar con la hidra y permitirá su existencia, tranquila y mediatizada, en lo que se calman las aguas. Doña Mago, experta en priísmo, fiel defensora de los quinientos postulados del Catecismo de la Iglesia Católica y realista a secas, es de esa opinión. Si el PRI nunca la enfrentó realmente en los setenta años de su "presidencia imperial", ¿por qué habría de hacerlo ahora? A mí me deja pensando el hecho de que ya no la tiene tan fácil. Doce años de fracaso panista nos dejaron también doce años de educación en la observación y conservación de la transparencia. Le dimos a Fox en la cara con sus toallas, los negocios de los Bibriesca y las intenciones de la Sahagún disfrazadas de caridad cristiana, y no hubo un silencio absoluto respecto a la legitimidad de la elección de 2006, aunque sus más cercanos artífices insistieran en la legalidad y el estado de derecho. Señal de que, hasta de lo que no hay razón, sospechamos. En México, por razones de continuidad histórica, todo nos huele a fraude. No era la mula arisca...
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Tendrá entonces el priísmo peñanietense que enfrentarse a un México que ya no es el de sus recuerdos. Si hoy Colosio fuera asesinado, alguien acabaría, de menos, siendo presa de un plantón. Y ganaría el PAN, u otro partido, por le puro coraje del votante de haber visto morir a un candidato digno. La política del miedo, usada por Calderón para refrendar el compromiso con su guerra, nos viene un poco guanga. Sabemos que la cosa está dura, y que el problema se ha salido de las manos. Ya nadie se respeta, pero del miedo pasamos a la normalidad. Hoy un descabezado nos va sabiendo, cada vez más y tristemente, a pan nuestro de cada día. Así que la imposición de una política sólo porque "si no la elegimos, nos la vamos a ver dura", ya no nos convence tanto. A eso súmenle que cada vez más mexicanos viajan al extranjero, leen, piensan diferente. Aunque el país sigue rezagado en muchos temas, hoy cada vez más personas aceptan la tolerancia como un bien común. Si bien siguen existiendo crimenes por homofobia, crímenes de género y xenofobia recalcitrante, cada vez son más las voces que se alzan contra lo que creen un atentado al humanismo y su defensa. 
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Yo, particularmente, tengo interés en ver cómo resuelven todo el paquete los encopetados. En su lugar, yo lo vería y lo metería al congelador, en espera de que mejore solo. Si lo hicieron con Disney... ¿Continuará nuestro engominado héroe el camino de la presencia armamentista en los vecindarios, o retomará la estrategia en bien de guardar las apariencias de paz y concordia? ¿Permitirá que la opinión pública lo vitupere mientras los negocios televisivos crecen y el corporativismo que lo apoya se fortalece y evidencia? ¿Perderá el cabello como Calderón conforme avance el sexenio? ¿Perderá el copete?
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Lo cierto es que el próximo 1 de diciembre lo veremos levantar los brazos, triunfante, y la cámara enfocará a una vedette televisiva fungiendo como primera dama. Sonrisa perfecta, ánimo impoluto, traje sastre confeccionado por docenas de expertos en imagen -quítale el cuello y ponle algo azul, dóblale esta esquina, para dar la sensación de soltura, agrega el prendedor, estiliza-. Nos parecerá a todos, aún más que ahora, la escena de una telenovela de mal gusto. Se escribirán mil libros, y espero yo, no se callará ninguna voz. Se dirán mil cosas. Los Pinos serán, como nunca en la historia, presa de un seguimiento mediático y social impresionante.   Habrá mentiras y verdades, difusas al grado en que ya ninguno de nosotros pueda diferenciarlas. Fox aplaudirá el triunfo de Peña Nieto, sentado en su galeón en mitad de su lago artificial. Y nos vamos a ver todos, como hasta ahora, con caras de estudiantes que han leído las primeras tres preguntas del examen sorpresa de la semana. 
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Germán Dehesa, cómo te extrañamos.
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¡Salud!

La FIL que se nos viene.

Las cosas cambian. Uno crece y las catafixias de Chabelo ya no lo emocionan, las navidades se convierten en un continuo flujo de estrés por aquello de las compras, los gastos y las peleas con señoras gordas por el último suéter azul de cuello rococó, las cosas ya no saben igual -y uno lo dice, con ese inicio de "en mis tiempos los gansitos..." que tanto avejenta-, y se añora, un sábado de pronto en mitad de la tarde, la inocencia perdida.
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Es mi caso con la FIL. Ahora que La Wendy, amiga bajanovios y robamaridos, pero de buenas intenciones, trabaja en una pequeña ala del gigantesco monstruo -literal- en que se ha convertido la feria del libro más importante en nuestro idioma -sí, nuestro, suyo, mío y de quienes compartimos sus gastos morfológicos-, ahora que comparte codo a codo las penurias, el café y las galletitas con Nubia Macías, ahora que un criterio más formado -?- me permite darme cuenta -?- de ciertas cosas sospechosas que suceden en los pasillos y el andamiaje tras su organización, ahora que ya no tengo credencial de prensa y tengo que pagar boleto las dos veces -si bien le va a la FIL- que me da por pasearme entre sus stands para darme cuenta de lo caro que está todo -otra frase que avejenta-, ahora que ya pasó el atardecer y llegó la noche con toda su pena, ahora ya no me emociona tanto ir a la FIL.
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Entiendo, sin embargo, la importancia de un evento de esta magnitud. Entiendo al joven, emocionado con las letras y las infinitas posibilidades que tiene la literatura, que acude, quince o veinte pesos en mano -más dos transvales- a jugarse el cuerpo, la virginidad y la dicha entre los apretones, las filas, las salas atestadas, los autores malhumorados, los programas inentendibles, las editoriales vampíricas, los descuentos inexistentes y los amigos ausentes -porque el joven emocionado con las letras y las infinitas posibilidades que tiene la literatura estará siempre solo, muy solo-. Entiendo su dicha y su emoción, y la comparto porque me refleja. Como comparto el gusto de los miles de profesores de literatura y redacción, las amas de casa que este año buscarán a Gray, los hombres de negocios que leen a Dan Brown o a John Katzenbach camino a Bután, los preparatorianos interesados en contestar el cuestionario que les dejó el profe de redacción -sí, el mismo que ya se pasea por la Feria- o en revisar, sin supervisión paterna, alguna edición novísima del Kamasutra, los periodistas -muy heterodoxos ellos- que corren igual tras Raúl Padilla que tras Yordi Rosado -y que leen gratis, me consta- y los otros muchos tipos de especímenes que van a la FIL porque algo les ofrece, porque algo les da.
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A mí ya no. Trabajando todos los días, un poco como paria, un poco como adulto, me he percatado de que nuestro idioma es grandioso porque lo hablamos, lo escribimos y lo usamos a destajo. Porque ya le metimos con calzador el "checar", y relegamos el "supervisar" a asuntos meramente laborales. Porque nos aceptó gustoso el "bluray", con la condición de que utilizáramos, por lo pronto y con justicia igualitaria, el "web" y la "red". Porque en pleno siglo globalizatorio, los argentinos, los mexicanos, los chilenos -dignos y muy aplaudibles invitados este año-, y hasta los españoles, van teniendo cada vez en un mayor grado su propio castellano.  No porque exista una Feria, negocio de unos cuantos, que se dice abanderada del idioma. Un idioma grandioso, genuino y arrollador -sí, como la banda El Limón, pero con menos tambora-, que no necesita de ninguna clase de feria alfombrada para lucir su glamours.
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Iré un par de días, como el año pasado, y ya. No compraré nada. A lo mucho un muffin -que también aceptó el español, so peligro de terminar diciendo "mantecadota"-, y eso para no malpasarme. Veré amigos, un poco más ilusionados que yo, y los saludaré gustoso. No perseguiré ninguna firma, ni le pondré atención a ningún autor. Comienzo a pensar que si después de escribir un libro hay necesidad de hablar de él, estamos fritos y gastamos mucho papel. Mis tiempos de perseguir a Isabel Allende, hacerla reír por mis simplezas y atrevimientos, y robarle un autógrafo -que atesoro hoy ya no como reliquia de una gran escritora, sino como recuerdo de mi energía puberta-, mis tiempos de ir de editorial en editorial mendigando citas para hacer tres preguntas y tomar dos fotos a autores cuyos libros todavía tengo emplasticados, mis tiempos de fanático de una Feria que se desgasta y se come a sí misma porque ya no sabe cómo entenderse, ya no entiende cómo saberse grande, han quedado atrás.
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Sobre el fallido premio FIL en Lenguas Romances de este año, no comentaré mucho porque no tengo la menor idea de quién es Bryce Echenique. No lo he leído, y con eso basta para que no pueda yo comentarles nada. Mucho menos me he ido de farra con él, ni le he ayudado a calcar letras ajenas. Desconozco entonces, y me da lo mismo, si lo que ha escrito, grandioso o de a peso, es suyo o lo robó. Y personalmente creo que el asedio mediático que ha pesado sobre el jurado y el premio, y por extensión sobre la pobre Wendy que ya fue a hacerse un amarre a Catemaco contra el mal de ojo y tiene sesiones diarias frente al espejo en que se repite, ciento un veces, "eres grande, eres una buena persona, tú no tienes la culpa, eres una mujer china y exitosa", personalmente creo que esa ola de comentarios negativos, son en realidad un reflejo de lo que, por extensión, los medios y el mundo cultural van ya pensando de la Feria. Se le va acabando el brillo, y está como madre de la novia en la boda en la última tanda del grupo versátil, enseñando el cobre. Ya no ofrece, ya no innova, ya no disimula. Sus organizadores se van volviendo cada vez más Gollum, y a los que los vemos romperse el cráneo por su "preciosa", se nos va acabando la paciencia. Hay en este mundo, para ser sinceros, mil y un peleas mejores que atestiguar. 
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Pero vayan. Chile no tiene la culpa de lo mal que van dejando a la Feria las pretensiones de un par de doñas encopetadas -ojo: lo de doñas no necesariamente refiere al género femenino... o sí-. Trabajaron duro en un programa literario, cinematográfico, gastronómico y musical, cultural en general, que nos hermana con esa cultura tan parecida a la nuestra, tan profundamente americana. Además Neruda era chileno, y si Neruda viviera no hubiera ido a la FIL. Por eso hay que ir, porque él no viene -?, no entendí-
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¡Salud!

domingo, 14 de octubre de 2012

Salado.

Para la Tía Trini, que un día me pidió esta entrada.
Para don Benja, que lo amó profundamente. Tan profundo como él.
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"Hay en tus ojos el verde esmeralda que brota del mar,
y en tus pupilas la sangre marchita que tiene el coral".
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Nunca he entendido a los adoradores del mar. No, esperen. Eliminen esa primera frase que brotó de mis amildonados odios al calor, la arena, lo pegajoso y lo abochornado. Entiendo perfectamente qué tiene el mar que tantos y tantos lo adoran. Lo que no hago, en definitiva, es compartir su amor.
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Al mar nos une, como especie, una natural relación de origen. Si la teoría Campells de Oparin-Aldane es cierta, venimos todos del océano, y nuestras capacidades más elementales, como la de caminar erguidos, comer carne y respirar oxígeno, serían inexistentes sin la separación de un origen marítimo que nos legó, por esencia evolutiva, todo lo que un pez no tiene (incluidas las branquias, que muchos apreciaríamos tener). Pero yo, que gusto de partir de puntos ya comenzados para acortar caminos, prefiero ignorar dicha esencia biológica y comenzar la historia de nuestra naturaleza desde que andábamos colgándonos en los árboles. Es censura genética, sí, pero me deja tranquilo, y yo así, con mi cobija, mi televisión y mi sillón, estoy perfecto, gracias.
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Entiendo entonces que el resto de la humanidad sufra hacia la inmensidad del océano una natural atracción. Como el niño que reconoce a la madre entre un millón de mujeres, el hombre regresa al mar inevitablemente cada vez que puede a lo largo de su vida. Se adentra en sus aguas, acepta el abrazo de las olas que lo regresa a su origen, que lo coloca de nuevo en la sensación prenatal de la gravedad cero, la humedad circundante, la absoluta capacidad de no necesitar más nada. El modo de vida moderno, que gira en torno a un par de semanas vacacionales al año, ha delimitado la natural vuelta al seno marítimo a sólo un periodo anual, que por lo general coincide con las vacaciones escolares. Esto conlleva que todos peregrinen hacia la playa más cercana en mitad del verano, cual zombies en busca de cerebros frescos.
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Y así los ve uno. Filas de vacacionistas en las carreteras, centrales de autobuses atascadas, malecones y jardines de palmeras atascados de turistas cuyo mortal tono de piel evidencia precisamente la incapacidad impuesta por las leyes laborales actuales -y espérense a que nos toque la de diciembre...- para sacar a tostar pechos y brazos de manera más habitual. Cientos peleando por un cuarto de hotel, miles apoltronados en la arena, luciendo, los más, nuestro glorioso cuarto lugar en obesidad mórbida entre adultos a nivel mundial, y nuestro segundo en sobrepeso. Millones anhelando la casa en Cancún, el penthouse en Manzanillo, la preciosa villa en Malibú, el depa en Vallarta que otorga, nunca sabemos a quién, el sorteo Tec. Y millones decepcionados, regresando a casa en la misma vagoneta que prestó el sobrino, con la piel ardida, el gusto harto de Ruffles y Maruchan y las verijas empanizadas con arena.
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Entenderán, a estas alturas de ésta su entrada,  que yo no voy a la playa ni a verla morir entre huracanes. Entendiendo el gusto que muchos poseen por esa montaña de agua salada que rodea casi la totalidad de nuestro territorio nacional, aplaudo su vocación, pero no la comparto. A mí la idea de ir a un lugar en que sufriré la presencia de diminutos granos de arena en partes corporales antes de su apoltronamiento desconocidas para mí,  la idea de sufrir calores y ardientes mediodías, la cuestión de tener que dejar de respirar, so pena de terminar con la boca salada y la nariz oliendo eternamente jaiba, no me resulta para nada placentera. Así que cuando El Uno, gerente en cuestión, siempre en cuestión, me puso en la lista para ir a la tienda en Manzanillo a apoyar con su inventario semestral, mi inicial negativa cedió ante la posibilidad de pasar el día entero encerrado en un hotel con el aire acondicionado a temperaturas que ni en esta ciudad de cruces, cúpulas y grafitis, he vivido jamás. Y así fue. Mientras el resto de mis compañeros comían mariscos por toneladas, facturados, claro está, a modo de viáticos, yo me conformaba con mi double cheesse Whopper masticada a cero grados, mi Coca light de dos litros, y mi NatGeo 24 horas en la pantalla de plasma. So call me an irresponsable...
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Pero he de confesar que, atraído por la idea de no ver el mar de nuevo en mucho tiempo, me acerqué a saludarlo en un par de ocasiones. Lo encontré como siempre: titubeante de darme la mano, sonoro, encandilado, salado y oloroso a aventura. Y recordé, casi sin querer, a don Benja, cuyo lazo de unión con el gigante más grande del planeta lo llevaba a buscarle el lado siempre que caían un par de pesos al pozo.
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Allá iba, toda la familia, en pos de que mi padre recuperara esas aletas que las malvadas líneas evolutivas le arrebataron. El mar y él eran uno solo. Si a mí apenas se acerca a saludarme, nos damos los buenos días y cada quien por su lado a sus respectivos negocios, él a ahogar pescadores, yo a contar latas de atún, a don Benjamín lo estrechaba en un abrazo interminable. Y así lo veía uno, horas enteras, nadar en sus aguas hasta que el sol desaparecía, y la marea era ya demasiado alta como para aceptar la presencia del hombre. Porque al mar, por las noches, le pasa lo que a todos: cambia sus modos hasta hacerse irreconocible, y sale a la caza de quien le lleve la contraria.
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Don Benjamín nunca nadó de noche. Amantes como eran, se reconocían hasta sus malas caras. Se respetaron siempre, mutuamente, cosa que el mar nunca hizo conmigo, y lo comprobó las tres veces exactas que, sin reparar en mi posterior cogera, me arrebató una chancla. A don Benjamín le quitó, quizá por juego, tal vez sólo un traje de baño, y luego se lo devolvió. Recuerdo escucharlo hablar del mar como de una persona, camino a la playa más cercana desde el hotel en que, claro, yo pedía pasar el día entero, a lo mucho asomándome a la alberca: "Si está muy picado, nomás lo reconozco un ratito", "las olas de Maruata, ésas sí que estaban pensadas para mí", "y cuando te avienta la ola, es cuando debes dar el brinco y hacer como que te abrazas, como que todo tú lo abrazas". Reía al confrontarlo, y reía también cuando lo revolcaba, jugando con él como con un pequeño león, una mascota insignificante. El mar y él eran, como el viejo en la novela de Hemingway, un constante reto a muerte en medio de una profunda amistad de siglos.
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El mar es, también, aventura e inspiración. La mejor relación que tengo con el mar, la tengo a través de la literatura. Me gusta el mar de Melville, por mortífero y bestial, y el que a dije, de Hemingway, por humano, profundamente humano, mas intolerante. El de Dafoe, por cómplice del destino alecciondor, y el de las Escrituras, por divino. La literatura, y sus artífices, estarán perpetuamente ligados a la gran masa de agua que rodea nuestros cuerpos. Es irrenunciable: si hemos de ser creadores, hemos de regresar siempre al origen de nuestro origen, lo querramos o no.
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No pude evitar recordar todo esto mientras caminaba por la arena. Supongo que habrá un día, no lo sé, en que por puro deseo de su recuerdo corra a la playa más cercana y me deje tocar por sus olas. Quién sabe. Por lo pronto él está bien allá, lamiendo su arena el día entero, yo yo también bien acá, quizá un poco mejor, lamiendo el asfalto hasta quedar exhausto. ¿Qué le vamos a hacer? Así es, por desgracia, el destino de quienes, rechazando el origen marítimo, gustamos de comer bananas y evitar la depilación brasileña.
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¡Salud!

lunes, 8 de octubre de 2012

Glosario.


Nuestra casa, nuestro idioma.
Nuestra patria personal. Personal de dos.
Y la felicidad como bandera.
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A. Árbol. La historia comenzó a escribirse bajo un álamo en el Agua Azul. Bajo varios álamos, hasta que nos decidimos por uno y lo hicimos nuestro. Entendimos que si hay algo antinatural en la naturaleza, es la discriminación. Por eso los árboles no discriminan: aceptan por igual al vagabundo que al millonario, al bueno que al malo, al indígena potosino que al empresario judío. A la pareja heterosexual que a la homosexual. Bajo aquel árbol hicimos nuestro primer picnic, nos dimos nuestro primer beso, jugueteamos y curioseamos con nuestras anatomías, lloramos abrazados, y cuando los malos hábitos policiales nos corrieron de nuestro álamo, juramos al aire tener un día un jardín con muchos, para poder retozar bajo sus ramas sin más discriminación que la que marca el frío de la tarde. Y seguimos esperando que, cuando las conciencias cambien y los tiempos favorezcan, vuelvan a ser los árboles testigos bienvenidos de nuestros abrazos.
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B. Baile. La primera vez que salimos a bailar, juraste que no sabías hacerlo. Es más: dijiste que jamás en tu vida habías movido los pies. Y era cierto. Me consta que era cierto. Pero aprendiste, como sueles hacerlo mejor, por imitación, y en unos minutos bailábamos los dos como mejor nos parecía. Para mí era obvio: si tu oído musical te permite deducir qué canción están tocando en alguna lejanía con sólo captar al hilo un par de notas, o escuchar el nuevo disco de algún artista y deducir con mínimo margen de error cuáles de sus canciones serán sencillos radiales, bailar sería pan comido. Y desde aquella vez que bailamos juntos, no hemos dejado de hacerlo en una u otra forma. Bailamos de cachetito, abrazados, bailamos cuando yo canto y cuando tú tarareas. Bailamos recostados, sentados en el autobús, andando por los camellones, al bañarnos y al desnudarnos. Hemos hecho del baile una forma natural de comunicarnos, que habla de cómo nos entendemos, aún con cuatro pies izquierdos. Y vamos por la vida abrazando al baile como lo que es: la mejor forma de celebrar que estamos en ella, y que estamos juntos. El mejor método de festejar de un solo movimiento la evolución, la dicha, el amor y la confianza que nos unen, y la esperanza.
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C. Caminata. Era noviembre. Veníamos de la reunión de cumpleaños de un buen amigo tuyo, y la noche nos atrapó en una céntrica y arbolada avenida. Como a mí, a veces te da miedo la oscuridad. Así que te abracé, en parte porque quería, en parte porque me transmitiste el estrés de estar, ya a oscuras, a cielo abierto. Abrazamos caminamos, y el miedo se vio de pronto derrotado por la carcajada. De ahí, tú caminabas frente a mí, de espaldas, y luego yo lo hacía intentando no caer. Para cuando llegamos a una plaza iluminada, descubrí que las mejores caminatas de mi vida las habría de dar a tu lado. Y sí, por muchas razones. Caminando resolvemos el mundo tú y yo. Cuando la vida nos pone en encrucijadas y nos obliga a tomar la lateral para observar la disyuntiva con cuidado, hemos encontrado que la mejor de las soluciones es tomar tus tenis y mis zapatos, y salir a caminar un rato. Caminando nos escuchamos, y nos aconsejamos. Recorriendo las banquetas de la ciudad he escuchado tus problemas, y tú los míos. Andando, paso a paso, hemos recorrido las opciones y tomado los caminos. Cuando camino, a un mismo paso que tú, somos uno la sombra del otro, estamos uno en los pasos del otro, andamos uno por los problemas del otro, y de regreso a uno mismo, a nuestros propios pasos, podemos hablar con honestidad. Al caminar nos aconsejamos, y recorremos la vida mano a mano, como dos iguales. Caminando incluso, cuando nos lo dejó de tarea la terapeuta, entendimos aún mejor cómo funcionábamos, qué necesitábamos y a dónde podíamos ir si caminábamos. Desde entonces, al menor asomo de duda existencial, asaltamos la acera y caminamos.
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C. También es la "c" de comida. La hemos disfrutado toda. Y hoy no hay oportunidad en que podamos comer juntos y no lo hagamos. Rechazamos hacerlo por separado cuando es posible vernos mutuamente nutrir el organismo. A mí me gusta verte disfrutar un sushi, un bocado de guiso cantonés, un trago de café americano, un mordizco de pastel de zanahoria. La forma en que comemos es la forma en que abrazamos la vida: tú, con cuidado, pones toda tu atención en que cada bocado sea perfecto, contenga elementos esenciales de lo que estás comiendo, y no deje mancha ni sobra. No importa si es un taco, un rollo primavera o un hotdog, cada bocado debe contener la cebolla, el jitomate, la gota de catsup y la mostaza que forman parte también del todo. Te tomas tu tiempo, y jamás te permites la prisa. Prefieres no comer antes que hacerlo a la carrera. Yo, en cambio, me lanzo sobre la comida como neanderthal sobre su presa. Me atasco, la deboro, y pido más. Por eso me mancho, y comen conmigo mis manos, mis mejillas, mi camisa, mis pantalones. Y dices, sin embargo, que te gusta verme comer, porque te observo hacer algo que disfrutas, que te pone de buenas, que te hace bien. Comiendo hemos sellado acuerdos, y armado teorías inútiles. Nuestras sobremesas son largas conversaciones en las que resolvemos lo que caminando no se pudo. Por eso es bueno que "comida" empiece con "c": ésta resuelve lo que la otra palabra no pudo. Y si aún la comida no nos dijo nada, por lo menos la disfrutamos. Comploteamos mutuamente para hacer que el otro rompa su dieta, y nos sentimos satisfechos de verlo decir "no debería estar comiendo esto, pero está buenísimo" mientras se empaca medio croissant de chocolate. En la mesa compartimos sueños, esperanzas, frustraciones e inquietudes. Y entre maíz y arroz, pollo y cerdo, las desahogamos todas, compartiendo por igual, como compañeros de vida que elegimos ser cada día que pasa, la sal que el adobo, el chocolate que el agua, el pan que el caviar. Y luego, cuando ya no hay espacio para más, a besos y caricias alimentamos el corazón. No hay comida que disfrute más, que la que tú preparas.
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D. Diferente. Es inevitable: si el mundo piensa en "x", tú ya planteaste "y". Para el vestir, para el emprender, para el imaginar, tu cabeza es una constante fábrica de opciones alternativas. Te gusta que lo diga, y te gusta también que otras personas lo critiquen, porque hasta en eso aprecias la diferencia: "si he de ser humano", piensas, "he de ser humano incómodo". Contradices lo que te parece clásico, y propones siempre abrir las puertas a lo novedoso. Por eso te gustan los finales trágicos, ajenos y peleados con el tradicional pink fairy tale. Entre más duro, burdo y crudo, mejor. Y trayendo ese amor por la diferencia contigo, has hecho de nuestra relación algo diferente. La gente lo dice: "es que ustedes no son como las otras parejas gay", lo que te hace reir porque, claro está, esa frase cuelga de un estereotipo, y te gusta derrocarlos todos.
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E. Estrellas. Una noche en que la distancia nos separaba y la ausencia nos superaba, me pediste mirara al cielo. Observé el reflejo de las luces de la ciudad, y tras éste, las estrellas parpadeantes. Entonces dijiste que me las regalabas. Todas y cada una, para no tener que extrañarte más. Acepté el regalo por lo hermoso, pero a la fecha sigo prefiriendo la luz de tus ojos por sobre las del cielo nocturno. Aunque el remedio funcionó, debo aclararlo: cuando estamos lejos y anochece, me basta ver el cielo estrellado por la ventana del autobús, o de mi habitación, para recordar que siempre, en el momento preciso, habré de tener de vuelta tu mano entre mi mano.
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F. Fiesta. Nadie me cree cuando les digo que casi no salimos "a antros y esas cosas". La gente espera ver siempre a las parejas homosexuales en la precopa, el antro, el bar, el rave, la fiesta de espuma. Pero sucede que tú y yo hemos hecho de nuestra sola convivencia una continua fiesta, que no admite más invitados extras. Adentro, corazón con corazón, disfrutamos nuestra propia música, emitimos nuestra propia luz, generamos nuestro propio ambiente. Y lo vivimos con gozo: con nuestras especiales ópticas, los dos coincidimos en el amor por la vida. Yo la creo un regalo divino, tú una feliz coincidencia que debe ser aprovechada. En el centro de todo está el placer: si hemos venido a vivir, hemos venido a disfrutar. Por ello es que, a la menor provocación, celebramos el latir de nuestros corazones y el fluir de nuestras ideas.
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G. Graduaciones. Dos. En la tuya conocí a tus papás, y ellos encararon, no sin pesar, que había jerarquías en tu corazón. No es que yo sea más importante: es que mi importancia existe. Y eso les dolió, supongo, más de lo que en sus incapacidades ya les ha dolido tu preferencia. En la mía, conociste a mis sobrinos intrauterinos, y fuiste un feliz fotógrafo. Esos dos eventos son la clave de muchas cosas: la presencia sociar y familiar de nuestra pareja es ineludible. A raíz de ellos, nuestros seres queridos nos tienen en cuenta. Lo acepten o no, somos dos que disfrutarán mientras todo lo permita el triunfo y el progreso del otro. Yo valoro que recibas un título por hacer lo que te gusta. Tú también. Yo acepto  y encaro con agrado mi responsabilidad de ser, como tu compañero, quien anime tus desvelos y aplauda tus éxitos. Tú también. Porque tomado el camino que hemos tomado, no habrá ni vuelta atrás, ni actores de doblaje. Hemos de ser tú y yo para ti y para mí, en nuestros avances, búsquedas y desafíos. Y, finalmente, en nuestras dedicactorias y agradecimientos. Y nadie más.
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H. Hambre. Volver al tema de la comida es inevitable. Los dos conseguimos salir ilesos de las garras de la anorexia. La viviste por separado, casi al mismo tiempo que yo andaba por su laberinto en otro extremo de la ciudad. Y luego, librados los apetitos, salvados los pellejos y recuperados los amores propios, nos reconocimos en la distancia como dos sobrevivientes. Y esa concordancia nos unió más, entre nosotros y al acto de comer. Cada vez que lo hacemos juntos, renovamos un pacto con la vida que hemos elegido abrazar por sobre la enfermedad. Cada vez que pongo en tus manos una galleta, un tazón de sopa, una hamburguesa, cada vez que confieso un antojo y mueves medio firmamento para satisfacerlo, nos damos uno al otro un soplo de esperanza, un poco de amor. Hemos adoptado un gesto que lo dice todo: mover la mano sobre el estómago en forma circular, en la cara una sonrisa, en la boca un bocado de salud. Tú y yo sabemos que lo que la anorexia marca no lo entenderá jamás quien no haya vivido su acecho. Y saber eso nos hermana y fortalece, acrecienta la empatía y la refuerza la complicidad.
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I. Imaginación. Difícilmente conozco otra pareja que imagine tanto. Si separados no dejamos de crear, juntos somos una bomba. La gente nos ve reir y no puede entender lo que decimos. Eso es porque imaginamos juntos, y en un lenguaje que incluye palabras, referencias y gestos tan exclusivos, que apenas nosotros, que lo hemos inventado imaginario tras imaginario, podemos acceder a él con franqueza. Imaginamos sobre nosotros mismos y sobre los demás. Teorizamos y luego, sin saber qué hacer con la lógica, la lanzamos por la ventana y nos abrazamos juntos a "la loca de la casa". Y luego reímos, de nuestras ideas y de nuestras hazañas mentales. Imaginando creamos un mundo de los dos, le damos brillo y certeza, comfort y libertad. Castillos en el aire para una pareja que busca, por sobre cualquier otro regalo, un espacio para amarse a bocajarro.
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L. Licor. Para un proyecto escolar, tuviste que hacer un licor frutal. Decidiste una vez más, como en todos tus proyectos gastronómicos desde que nos conocimos, inspirarte en mí. Lo preparaste, añejaste y presentaste finalmente como un licor exclusivo, edición limitada -apenas una botella-, totalmente inspirada en mí. Mi aperitivo nos dio la única borrachera que nos hemos puesto juntos. A ti te alcanzó  un tercio, pero yo terminé riendo tirado bocarriba en el sillón. Era de manzana. Y desde entonces cada vez que muerdo una no puedo evitar, quizá por mera asociación efectiva y dichosa, sentirme un poquito más feliz.
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M. Mango. El mango es el fruto de la vida. No hay otro producto vegetal que sea como él un canto a la exhuberancia y la dadivosidad. Su carne madura es un deleite absoluto en sabor, olor y textura. Quizá por eso es nuestra fruta favorita. Si yo no veo con buenos ojos el tamarindo, y a ti la fresa te da lo mismo, el mango es la fruta en que coincidimos, y con justicia. Una vez soñé que eras un mango petacón, y te comía así solo, sin sal, limón ni chile. Una vez propusiste, disculpa que lo diga aquí, bañarnos en jugo de mango y comernos a besos. Besos de mango. Cuando Trident tuvo el buen tino de sacar al mercado gomas de mascar de ese sabor, jamás nuestros besos tuvieron otro sabor. Si tuviera que elegir un sabor para no probar jamás otra cosa, te elegiría con sabor a mango.
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N. Nieve. Aún conservo aquella foto que tomé de tu cara llena de nieve. Habíamos comprado un par de conos de chorro, y por hacerte reír puse el mío contra tu nariz. Sorprendido hasta tú mismo, no pudiste parar de reir. El resultado es una de las tomas más naturales que guardo de ti. Luego hiciste lo mismo, y todo derivó en un par de fotos gemelas en que, en plenos veintitantos, disfrutamos no olvidar la infancia con un par de narices barnizadas de mantecado.
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O. Otoño. La Plaza de Armas posee cuatro esculturas en sus vértices, alusivas a las cuatro estaciones del año. Cuando "andábamos quedando", proponíamos el Otoño como punto de encuentro. En ella, una mujer de mediana edad, con los pechos escotados, sostiene en sus manos el resultado del levantamiento del trigal. Lo más curioso es que el otoño es la estación favorita de ambos, y ambos acordamos quedar ahí porque nos parecía representativo. El otoño es la estación del recuerdo y la esperanza. El último adiós a la vida, y el deseo sincero de que, caído el invierno con sus tinieblas, regrese de nuevo a dominarlo todo. Nos conocimos en otoño, y en otoño paseamos por primera vez las calles del centro. Luego, llegado el invierno, despedimos a su antecesor con nuestro primer abrazo piel a piel. Curioso lo nuestro: siempre se pone mejor cuando el frío se encrudece.
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P. Paz. Es el nombre del estado de vida por el cual abogamos, más allá de las diferencias y las confrontaciones. En ella creemos ambos, y navegamos con su bandera por la vida. Cuando se nos escapa, nos recordamos mutuamente que lo ideal es permanecer serenos. Nada es tan grave, nada tan doloroso, para abandonar la paz. Y es el nombre también de cierto rincón que preferimos cuando se trata de cosechar nuestra intimidad. Cosa curiosa: no hay persona con quien esté más en paz fuera de mí mismo que contigo, y no hay rincón del mundo que me otorgue más paz que tus brazos estrechados alrededor de mi cintura.
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Q. Queso. Confieso mi adicción a él, y tú la tuya. Si algo es bueno, con queso sabrá mejor. Sabes que se lo pongo a todo, y busco hasta inconciente las cosas que lo encopetonan gratinado. Tú lo pruebas y asientes, moviendo la cabeza velozmente de arriba a abajo. Lo reconocemos ambos como un signo de lo que nos gusta creer: la capacidad del hombre de tomar a la naturaleza por los cuernos y obtener de ella, sin dañarla y con un poco de técnica, lo mejor que puede dar con su transformación. Si hay algo que se acerque al mango, denle al queso el segundo lugar. Sigo esperando ese platillo que prometiste, inspirado en mí, con kilos de fundido y amalgamado queso.
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R. Risa. La risa es el lenguaje universal. No hay cosa que no diga, y no hay a quien le pase desapercibida su enunciación. Pero como todo lenguaje, requiere de interpretación. Por eso es que sólo tú y yo conocemos el tenor de nuestras carcajadas. Y sólo tú y yo reímos como lo hacemos. Conozco la frase exacta que te hará soltar la risa, y tú sabes muy bien qué moverá mis entrañas con el estruendo de mi boca. Por eso también reímos tanto: riendo no sólo olvidamos los males del mundo, sino que los entendemos más. El humor es una de las piedras fundacionales del universo que hemos construido juntos. La gente nos ve reir y se pregunta qué tantos libros de chistes de Selector o recopilaciones de Polo Polo nos estaremos chutando. Nada de eso. Reímos de lo serio, de lo formal y de lo riguroso. Nuestra carcajada es una oración sincera que pretende reducir a la nada la dolorosa conciencia de sabernos excluidos de un mundo que no sabe reir, ríe poco, y ríe mal. Riendo nos comunicamos, y apreciamos mejor lo que de lo que nos rodea se torna inexpugnable. Riendo, nuestros rostros cambian y la luz accede a todas y cada una de sus endiduras. Y con los años, conforme los dientes se vayan y las manchas del sol pueblen su territorio, reir será la forma más sana de seguir permaneciendo jóvenes.
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S. Sexo. Piel con piel, en un mano a mano sin tregua en que gana siempre el que ama y se entrega más, la vida es un poco mejor.
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T. Terapia. Tú la propusiste para mejorar nuestra comunicación, y sigo creyendo que fue una excelente idea. Al menos nos dio más conciencia de junto a quién vamos sentados en este tren de la existencia. Yo ahora te conozco un poco más, y abrazo tus manías y defectos como rasgos propios de tu personalidad, tan únicos como estimables. Tú recordaste que no eres culpable ni podrás funcionar como sustituto de muchas de mis faltas, y que nadie más que yo mismo tiene la responsabilidad de levantar la cabeza y crecer al día. Pero también es la "t" de tres, el número de años que hemos cumplido buscando nada más que amarnos, ser felices y crecer juntitos. En resumidas cuentas: gracias.
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U. Unión. Tu mano y la mía, conquistando la ciudad. El mundo entero rendido ante la ternura y naturalidad de nuestras sonrias en una foto que subo a mi muro porque, claro está, me beneficia tenerte ahí. Y que el mundo entero se percate, como en periódico mural, que decirte que "sí" cuando preguntaste temeroso de un "no" "¿qué opinarías si te pidiera que fueras mi novio?", cantarte aquel "sí", fue la mejor decisión que he tomado en mi vida. Tus labios y los míos, jugando a no soltarse nunca. Tu piel y mi piel en esas veces que son siempre como aquella primera vez. Un abrazo, uno de los muchos que me damos. La sensación de que puede caerse el mundo, pero si estoy entre ese cómodo espacio que corre de hombro a hombro, nada importa, nada vale.
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V. Vida. Es el nombre del café que nos ha visto noviar con ganas, con todas las ganas con que sabemos noviar. Pero también es la palabra que más distingue nuestro pie de lucha: si la vida nos ha dado la oportunidad de encontrarnos y compartir el camino, agradecerle viviendo con energía es lo menos que podemos hacer en retribución. Ya saben lo que dicen: el presente es un regalo, por eso se llama presente.
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Z. Zapatos. Me has comprado dos pares, y sigo gastándolos como barra de jabón. No has logrado concluir qué pasa con mis pies que terminan con cualquier estructura de cuero y baqueta, por más bien hecha que esté. Así que ya no puedes hacer más que reír cada vez que, pasados tres meses de tu último regalo, llego a ti descalzo y te muestro el agujero, el desgaste, la apertura, la corrosión. ¿No te percatas aún, en serio? ¿Cómo no he de gastar los zapatos si contigo doy los pasos más firmes y fuertes que he dado jamás? Date de santos que aún tengo pies, y eso es porque la mitad del tiempo que estoy contigo, me la paso volando.
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¡Salud!