domingo, 25 de diciembre de 2011

Del mal de año.

Este fue, en definitiva, un año duro. Decepcionante hasta la médula, no sólo porque yo particularmente esperaba otro comportamiento de su parte, de sus días, sino porque estuvo plagado de decepciones. De lo personal a lo profesional, pasando por todas las escalas posibles, muchos rincones de mi existencia se tambalearon ante la sonora explosión de los ídolos caídos, los falsos profetas revelados y mi decisión personal, invaluble e ineludible, de dedicarme a barrer las cenizas.
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Haciendo un recuento que no quiero, pero al cual me obliga la realidad, éste año se me fue en lamerme las heridas.  Quizá por eso se me fue tan rápido. Fue un año no sólo pausa, sino retroceso. Las cosas no sólo dejaron de fluir. En algunos casos el estancamiento fue tal, que tuve que abrir la represa porque el agua empezaba a pudrirse.
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Es por ello que este cumpleaños -que es no sólo el mío y el de Ravel -sí, el del bolero- y Stan Lee -sí, el de los mutantes e inadaptados-, sino también el de este Baile-, que estará en tres días tocando a la puerta de manera impostergable -da la casualidad que, sin importar qué pase y cuánto lo evite, uno termina cumpliendo años cada año el mismo día-, compartiendo el sentimiento -y muchas otras cosas- con mi cobija de chinos y ojos, hemos de esperar cero felicitaciones, cero abrazos y cero llamadas telefónicas de cualquier tipo -incluso rechazaré las del Niño Verde cuando llame para decirme que ellos pidieron vales de medicinas, y nos los quitaron, ellos pidieron pena de muerte, y nos la quitaron, ellos pidieron que bailara Zoila, y nos la quitaron-. No porque no creamos en la buenaventura de sus deseos y manifestaciones amorosas, sino porque esto de cumplir años se ha puesto el último período tan de mal agüero,  que preferimos no arriesgarnos a que el próximo año nos vaya aún peor.
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Hubo en este año que termina en unos días que hacer movimientos imprevistos y mal meditados. Así es de pronto la vida: le da a uno a veces la posibilidad de sentarse a cabilar los movimientos del tablero, y en la misma medida le quita otras veces toda probabilidad de investigar y elucubrar la mejor decisión. Hubo que marcar distancias y franquear bien el espacio personal -yo el mío lo rodeé de soldaditos de plomo. Han demostrado ser más eficaces y humanitarios que los del ejército calderonista-. Hubo que cerrar filas y tapiar puertas y ventanas. Hubo que derrocar privilegios y bajar guardias. Hubo que pedirle a ciertas personas, con dos o tres modos, que le bajaran el nivel de alimento lácteo graso acidificado a sus panes de maíz sin levadura rellenos de producto cárnico diverso -osea, que le bajaran la crema a sus tacos-. Y hubo también, en dos o tres casos, que voltear la cara y mandar al niño al rincón.
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Hubo en este año que guardar la calma y esperar. Y Dios sabe lo que se me complica a mí la espera. Por cada dos pasos que di, el día a día me recordó con tres traspiés que era necesario no avanzar un paso más. Lo entendí bien y bonito. Hay años punta y estrella, lanza y astillero, y años agua mansa y atardecer contemplativo. Dicho de otro modo: hay años para que nade el pato -y hasta haga gimnasia olímpica, como en los Panamericanos-, y años que ni agua beba.
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Sí, este fue un año particularmente dificil. Los planes profesionales no se concretaron, y los que no se concretarían salieron de pronto finalizados, empaquetados y listos para expotación. Lo que se creía factible y como ruta eficaz el primero de enero pasado, demostró para abril ser irrealizable, y lo que se pensaba irrealizable al dar las doce campanadas, se tornó aún más inalcanzable. Mis últimos semestres en la facultad, en ausencia de amigos y conocidos de antaño en mis clases, se tornó tan insufrible como inútil. A los que quiero mucho, los vi poco, y a los que vi mucho tuve que pedirles regresen en dos o tres décadas, cuando pueda entender su cotorreo. Tuve que ponerme en cintura y aligerar mi alimentación -que de tanto queso crema se me estaba volviendo un hábito indigesto-, y parar en seco mi propensión a los extremos. Miembros irremplazables de mi familia estuvieron fuertemente enfermos gran parte del año, y yo mismo tuve dos de las más fuertes gripas que recuerde en mi vida en estos últimos doce meses. Leí poco, y lo que leí me gustó la mitad. Vi más televisión que de costumbre, y terminé por entender todavía menos el funcionamiento de la más multimillonaria de las industrias en mi país. Cambié, forzadamente, dos veces de celular, y tres veces de mochila -o es cierto lo que mi cobija de chinos yojos dice, y tengo manitas de estómago, o en serio estos últimos 365 días se esforzaron por apestar con ganas-. Fuertes cambios económicos apretaron mi bolsillo -por no decir que me las vi negras para salir el año con mi presupuesto actual-, y eso que no fue éste un año de crisis financiera nacional. Tomé la decisión desde mitad de año de darle a mi carrera luz volviendo al periodismo, y las tres puertas que en el último semestre toqué para tales efectos se me cerraron con todo y portazo. Me decepcionaron algunos amigos -o más bien, me harté de que fueran tan decepcionantes-, mis compañeros, mis familiares, y dos o tres conocidos-. Y todo esto explicará, espero, por qué llego diciembre y yo no quise pedir en inventario alguno más que puras tarjetas de regalo -ahora mismo estoy ocupado en salir a flote a jalar aire, ya me ocuparé luego de ver qué garra, disco o gadget inútil se me antoja-.
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De todo eso no hay qué hablar mucho -mucho más-. Es mi mala suerte con los años nones. Y es que yo no sé por qué, pero diario que lo apuesto todo en años no divisibles exactamente entre un número par, terminan las cosas saliendo, como diría sabia siempre para darle a las cosas la vuelta, "de la rechifosca mosca".
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Pero como yo no he muerto, y no ha muerto tampoco mi esperanza, resulta que tras abrir la caja de pandora tengo al final de todos los males, como el último calcetín en el armario, justamente la esperanza. Fue, en medio de tanta calamidad, el año en que mis dos hermanas me hicieron tío, y ese par de gordinflonas fábricas de babas valen el esfuerzo de mantenerme a flote las últimas cincuenta y dos semanas. Fue también, pese a todo, un año de consolidación y acercamiento inigualable en mi relación. Un año en que nada caminaba, y sin embargo, en medio de la neblina y el estancamiento, sentí en todo momento a mi lado la mirada rodeada de chinos -a veces lacios, por aquello de que le da por cambiar de look como de ropa- de mi cobija sonriente. No me faltó de su parte un "ánimo" o un simple suspiro de complicidad. Su mano tomó en todo momento la mía, y su humor, su afabilidad, su compañía, su autenticidad y su cariño, me dio el único motivo para estar orgulloso de algo hecho por mí en el último tiempo. Fuera de él, y de lo que hicimos juntos -de lo pequeños que lograrmos que nos fieran los que no han volado nunca-, mejor doy media vuelta y me regreso al 2010.
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2012 tiene oportunidades de sobra para mejorar la partida. Espero agarrarme de alguna de ellas. Si bien es cierto que el mundo puede acabarse al cumplirse las profecías mayas -que ni son profecías, se les acabó la roca y ya no tuvieron espacio para agregar más días-, también lo es que no me queda más que hacer un esfuerzo por seguir cazando la pechuga hasta que se nos venga el mundo encima. Total, ya estamos aquí, ni modo de no entrarle al bailongo.
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Ya 2011. Ahí muere.
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¡Salud!

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