martes, 27 de diciembre de 2011

24.

Pues aquí estamos otra vez. A pesar del esfuerzo constante por evitarlo, y de las muchas formas en que he intentado evitar el tema entre mis asuntos pendientes de la semana, un par de felicitaciones adelantas y un no sé qué a pastel y cera barata en el aire me indica que en un par de horas, y sin que nadie pueda detenerlo, he de cumplir 24 años. Nótese el uso del presente perfecto en tono de advertencia, admonición o norma. Eso es porque no tengo para dónde hacerme. La última vez que intenté esconderme de un cumpleaños, duré toda la noche viajando en un vuelo a Japón, sólo para llegar a la nación nipona y descubrir que tuve que haber viajado 24 horas antes para que el esfuerzo valiera la pena -es lo que me gusta de cumplir años: puede uno decir mentiras, y hacer lo que le venga en gana, y ni quien se fije-. Así que no pienso -volverlo- a hacer. No sólo por lo inútil, sino por lo arriesgado: llegaría el punto, envejecido y maltrecho, en que seguiría teniendo los mismos 24.
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Y en vista del éxito obtenido en este último año de vida -lo de éxito es metafórico... y nada tiene de éxito-, me veo en la apremiante necesidad de no celebrar de ninguna forma esto que hoy me llega a las manos, dicen mis amigos que como un regalo, yo más bien digo que como una ley ineludible. No espero regalos -nunca los tengo, de todas formas-, llamadas de felicitación, abrazos o recordatorios en Facebook -ésos, hasta para los que los hemos usado, son una pésima y totalmente impersonal forma de ser felicitado por contactos que en la vida imaginabas que tenías agregados-, y no se molesten por preguntarse durante toda la noche qué podrán hacer por mí mañana. Iré a trabajar y festejaré laborando, por un módico sueldo, que trabajo fue de las pocas cosas que la vida me regaló estos últimos doce meses -por eso también festejaré besando a mi novio, otra de esas pocas grandes cosas-. El resto, ni para qué recordarlo.
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Vamos a ponerlo así. En este año me propuse amar más y ser más conciente de mí mismo y mis amigos. Y lo hice a medias. Amé ciertas cosas y a ellas me entregué con júbilo y pasión, y el fantasma de la decepción -tema ya agotado... no es tema....- rondó a mi puerta un par de veces. Me propuse llevar un estilo de vida más saludable, cuidando mi alimentación y mis contactos con el médico. Y también lo hice a medias. Sólo en el último mes me apliqué y logré salvarme un poco, pero debo admitir que el resto del año estuve comiendo lo que encontraba -imaginadores abstenerse-, y huí del médico como de la peste. Me prometí ver más cine, escuchar más música, leer más libros. Y también eso lo hice a la mitad. El trabajo y la rutina lo absorven a uno,  y a pesar de que en el segundo semestre logré recuperar en mucho mi vida gracias a un cambio laboral, todavía es hora que no veo lo suficiente, no leo lo suficiente, no escucho lo suficiente.
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Me prometí disfrutar más de los pequeños momentos, esos pequeños momentos que hacen la vida tan sabrosa y dan tanto sentido a la existencia. Y lo logré, a medias. De hecho me parece que el tener que estar moviendo las cosas para que los cambios llegaran, me ocasionó estrés y desazón. Quizá por eso el año se me fue tan rápido. Me prometí intentar lo diferente, y es hora de que sigo comiendo lo mismo, aderezándolo de similar y acompañándolo con idéntico.
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Es obvio que abarqué mucho, y terminé por no apretar nadita. Aprendí mucho, sí, pero a costa de graves errores y dramáticos descubrimientos que me ganaron dos o tres lágrimas. Y a mí eso de aprender a chicotazos como que no me va. Por eso el próximo año, que he de vivir, según estadísticas, quiera o no, he decidido sentarme a esperar que la vida me sorprenda. No haré planes, y no daré más pasos en falso que los necesarios. Este año que termina, bombardeé lo suficiente murallas y ciudades, y dejé que dos o tres pedestales cayeran al respecto. Y generar dichas caídas trajo caos, revolución y cierto grado de anarquía, pero luego, ahora, como que avisoro la paz. Porque para vivir hay que cambiar, y para cambiar hay que hacer, sólo de cuando en vez, que el mundo arda un tantito.
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El próximo año, pues, tendré sólo un par de metas y en ellas me enfocaré. No prometeré unión y prosperidad cuando sé que no tendré tiempo para hacer que la campaña de Benetton se cumpla y Ratzinger le dé su ósculito -?- al imán Mohamed el-Tayeb. No prometeré crecimiento y avance, cuando ni la campaña amorosísima de AMLO logrará crecimientos económicos para este país de balazos. No prometeré que los veré, buscaré, amaré, leeré y escribiré más, porque no sé ustedes pero yo ya estoy harto de promesas sin cumplir. Vámonos portando serios. Este año pido energía, y decisión, y con dos costales mensuales de eso me basta. Lo demás, como en el viejo refrán, es vanidad.
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¡Salud!
-Este Baile llega así a sus 4 primaveras. Qué rápido se nos está yendo la vida, don Susanito, qué rápido y que en chinguiza-.

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