jueves, 10 de noviembre de 2011

Sobre la decepción.

Qué cosa más difícil de mantener es la credibilidad. Uno no vive para ella, pero cuando se entera de que a ojos de otro la ha perdido, el sentimiento resultante no es nada grato. Tarda uno, sobre todo si frente al que hemos perdido credibilidad es un ser cercano, muy querido, en entender que nada es para siempre, y no puede uno ser siempre justo, siempre magnánimo, siempre perfecto, sin afectar a las otras dos terceras partes de la misma ecuación. Lo que surge cuando se pierde la credibilidad, del lado del que ve morir una idea, es la siempre eterna decepción.
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Vengo a esta idea porque esta semana alguien se dijo decepcionado por mí, y dos personas me recordaron la pérdida de su credibilidad frente a mis ojos. Con ambas cosas, claro está, me toca trabajar a mí. En el siglo XXI, que entre otras cosas nos ha dejado dos gobiernos panistas, el bótox y a Facebook -que ahora, ni por darle poquito crédito a mi fidelidad para con su marca, nomás no se digna en enlazar mis publicaciones de este Baile con mi muro-, los sicólogos y pedagogos creen fielmente en el concepto de "inteligencia emocional", un caldo altamente protéico vendido en lata que no es otra cosa que una simple y aguada sopa de fideos: la capacidad -y su obligación inherente- de hacerte responsable de tus emociones. Si a las madres del siglo XX las decepcionábamos, a las del siglo XXI habrá que decirles: "madre, la decepción es un sentimiento que ha nacido de ti, ha crecido en ti y en ti debe tener cauce y fluir. Yo no te debo nada".
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Por eso es que a quienes me han decepcionado se los digo sólo de pasada. La pérdida de mi credibilidad para con ellos redunda sólo en un sentimiento, tan espontáneo como fugaz, de que nada es lo que parece, y las cosas buenas, cuando realmente lo son, sobresalen por su propio encanto, sin necesidad de carnavalizaciones ni faramallas. Y sobresalen con el tiempo. Nadie puede hablar del pan hasta que han pasado dos horas y huele fresco sobre la mesa, después de otras dos horas de reunión de ingredientes, preparación, cocción y enfriamiento. Nadie puede hablar de la excelencia hasta que el tiempo le da el crédito y le cede la palabra.
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Y yo asumo por completo el peso de mi decepción, y hago con ella mi propio balance personal. Sin que nadie se entere, sin que nadie más ponga la vista en ese asunto. Y para quienes han perdido mi credibilidad, tengo sólo una sonrisa y un claro "a otro perro con ese hueso. Yo no te compro más ese cuentito". Porque uno se entera de cosas, y la experiencia le demuestra, una y otra vez, que esas cosas están en lo cierto, y que al final el gran error que se ha cometido ha sido poner a otros en un lugar que, per sé, no les corresponde, siendo no actores fijos sino simples seres humanos. (Sé que este párrafo lo habrán entendido en partes. Está bien. Quisiera yo quemar dos o tres nombres, pero atendiendo a mi ética de periodista en receso -snif, snif-, prefiero dejar que cada quien se entienda con sus cuentas).
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Y respecto a la decepción de otros, y a la posible pérdida de mi credibilidad para con ellos, mi más sincero deseo de que esa herida pronto sane. Entendamos que cuando la credibilidad se pierde, pocas cosas la reparan. En mi caso, severo juez de cuanto acontece a mi alrededor, recuperar el crédito es casi imposible. Entiendo que todos fallamos, y que debe existir siempre la posibilidad de una segunda enmienda. Pero de que tras la segunda oportunidad se recupere la credibilidad perdida, mejor no hablar. Yo, que otorgo a todos crédito sin compromisos, lo atesoro en demasía cuando alguien lo tira por la borda y desperdicia. Y repito la idea: sé que a los demás que yo no les crea el cuento les viene guango, pero a mí, que escribo desde H buscando siempre ser claro y dadivoso, me basta con que lo sepan.
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Mi cobija de chinos y ojos, que últimamente ha dado en raparse convirtiéndose así en noventa por ciento ojos y diez por ciento imaginación, me saca de balance con éste último comentario, respecto a la credibilidad, su muerte y el consecuente asunto del pedestal vacío: "Cada quien" -siempre él tan generoso con sus opiniones...-. Pero tiene razón. Su capacidad de observación lo hace también sintetizar con la facilidad de un programa logarítmico: cada quien. Cada quien sabrá cómo se entiende, consigo mismo y con los demás, y cada quien sabrá también qué lugar otorga a otros en su corazón y cómo los etiqueta -si es que los etiqueta-. Y cuando el crédito haya muerto, cada quien sabrá también cómo barre los añicos que ha dejado el pedestal caído, y qué artefacto del olvido y el saneamiento pone en su lugar.
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Bien dicho, Ojosh. Cada quien.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Cada quien es responsable de sus emociones, sentimientos y reacciones... cada quien.