viernes, 11 de noviembre de 2011

A sangre helada.

Truman Capote se describió a sí mismo en cuatro palabras escabrosas: "soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio". Y para enunciar las cuatro tenía motivos de sobra: murió de una sobredosis de sicofármacos combinados fatalmente con alcohol; fue uno de los primeros intelectuales abiertamente homosexuales de la historia estadounidense cuyas maneras y manías no sólo no le ocasionaron el repudio popular, sino que lo hicieron famoso; y generó, a través de su célebre novela A sangre fría, un género a medio paso entre la literatura y el periodismo que se convirtió en la piedra fundacional del llamado new journalism, sin el cual sería prácticamente imposible leer un reportaje en un periódico moderno.
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Convivió con los más famosos artistas de su país a mediados del siglo XX, y más concretamente con la más alta esfera de intelectuales neoyorkinos, a quienes aprendió a conocer hasta en sus más escabrosos secretos, excelente observador como era de la realidad a la que siempre asistió como en función de estreno. Su amaneramiento, su fina voz y sus estrafalarios gustos en el vestir, le dieron pase directo al mundo de los cocktails, las reuniones de gala y las más exclusivas vidas privadas. El encanto se rompió cuando Capote, observador pero hablador, amenazó con publicar secretos y entredichos en un material bibiográfico que nunca vio la luz. Rechazo y finalmente incomprendido, se retiró a vivir en la mucho menos voluptuosa ciudad de Los Ángeles, hasta que en 1984, en medio de fuertes crisis depresivas, los mismos excesos que disfrutó toda su vida y que lo hicieron miembro activo de fiestas y reuniones, le quitaron la vida un mes antes de juntar los 60 años.
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Pero yo no vine aquí para hablar de Truman Capote (cuyo apellido hispano lo adoptó de su padrastro, un cubano llamado Joe García Capote). De él encontrarán cientos de biografías y videos en Youtube, hasta cortos de su breve actuación cinematográfica en la cinta de poca monta Murder by death (1975). Incluso tendrán muy a la mano la nada despreciable actuación ganadora del Óscar de Philip Seymour Hoffman en la cinta del  2005, Capote, que retrata de un modo interesante los claroscuros del ser humano que revolucionó para siempre la historia del periodismo universal. Yo vine aquí para hablarles del más famoso de sus proyectos, A sangre fría, y en ello me he de quedar aunque me cueste la vida -digo, si vamos a empezar con el asunto de lo policíaco, hay que corresponder, ¿no?-.
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Primero empezaré por hablar del new journalism -¡ots!, ¿en qué quedamos, pues?- Con A sangre fría, Capote inauguró una nueva forma de hacer periodismo. O de hacer literatura. Si lo que se requiere para que la noticia funcione como tal es la objetividad, que en la medida de lo posible la alejará de opiniones, filtros ideológicos o comentarios que podrían ensuciar al hecho duro, pensó Capote, ¿por qué no ejecutar creación literaria en torno a los hechos objetivados? Lo que logra es entonces un género híbrido entre lo literario y sus requisitos básicos -narrador, personaje, sucesión de acontecimientos, espacio y tiempo, etc.-, y el periodismo informativo y sus ídems -objetividad, corrección, sencillez, precisión, concisión, síntesis, etc.-. Truman Capote hermanó de una vez por todas ambas actividades humanas, hasta entonces sólo medianamente vinculadas, incapaz de acceder a la compleja la realidad sólo a través de una de ellas, y con ello logró no solamente que los fanáticos del periodismo y la literatura se acercaran por completo y de una vez por todas a ambos productos del lenguaje, sino que los periodistas y los literatos encontraran en la actividad contraria una nueva fuente de recursos estilísticos e inspiracionales.
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Pero para llegar a eso, Capote tuvo que sufrir las de Caín -nadie nos asegura que Caín sufrió, pero ahí estamos todos jurando que sí como manada. ¿Qué tal si la muerte del hermano en realidad le trajo paz y prosperidad? Si Freud proponía matar a la madre...-. Primero se enfrentó a un acontecimiento que, por su rareza y complejidad, desató controversia en el ambiente policíaco de la época: una familia de cuatro miembros, mamá, papá, hijo e hija, los Clutter, agricultores queridos y admirados por su comunidad, en Holcomb, Kansas, fueron amordazados, torturados y asesinados por un par de ladrones de poca monta, que a cambio de las vidas de los cuatro obtuvieron cincuenta dólares y un radio de pilas portátil. Luego, atraído por la complejidad del caso -los asaltantes no dejaron huella alguna, y la comunidad entera se espantó por la posibilidad de que el asesino pudiera ser un vecino más de su pacífico pueblo-, Capote se introdujo paulatina e inteligentemente en la vida de los pobladores de Holcomb.
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En ese momento, su interés por el hecho dejó de ser sólo periodístico. Sin enarbolar una causa específica, lo que habla de su inteligencia y profesionalismo, es decir, sin hacer labor policíaca o ministerial en favor de la búsqueda, captura y procesamiento de los culpables, manteniendo siempre en claro su postura como profesional de la información, el escritor se adentró en las consecuencias sicológicas, anímicas y sentimentales de los asesinatos para la comunidad.
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Con la ayuda de su amiga Harper Lee, quien ya antes de la publicación de A sangre fría había ganado el Pullitzer en la categoría de ficción por su novela -también convertida en popular cinta- Matar un ruiseñor (1960), Capote se convirtió en parte de la comunidad de Holcomb. Ganó la confianza de sus vecinos, y extrajo de esa confianza la verdad. Entonces, teniendo claro el perfil sicológico de todo el pueblo antes y después de la matanza, concibió la idea de convertirlos en un personaje literario. Su obsesión por el caso fue tal, que durante los diez años que siguieron a los asesinatos hasta la captura y aplicación de pena de muerte para los dos asesinos, Perry Smith -con quien se dice que Capote sostuvo una relación sentimental más allá de su profesión- y Richard Hickock, Capote no escribió ni concibió ningún otro artículo interesante. Cuando los criminales fueron juzgados y condenados, Truman Capote tenía en sus manos un conjunto de perfiles humanos tan valioso que hacerlo sólo un reportaje sería limitarlo en exceso. El resultado podría estar sólo en la literatura: escribir una novela. Pues una vez que están claros los personajes y sus semblanzas, sus miedos, indecisiones, decisiones y complejos, lo demás es pan comido.
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El resultado es una novela que sobrepasa las expectativas del lector periodístico y del literario. La construcción de los personajes es exacta y sublime. Dirá el experto que qué chiste, que Capote no hizo más que calcar a un grupo de seres humanos sobre el papel. Pero esa simple calca requiere de una capacidad de observación y deducción, empatía y carisma literario, que no cualquiera posee. Lo que Truman Capote vierte en la novela es un documento que imagina poco y reproduce lo demás. Las pocas dosis de literatura que pone en el escrito, no son ni siquiera interesante. El verdadero "gancho" está en la asistencia del lector no sólo a un cuádruple crimen, sino en su asiento en primera fila para el espectáculo de la vida humana. Los hechos narrados no buscan un culpable. Ni siquiera pretenden el enjuiciamiento de los hechos. La novela de Capote pretende exponer al hombre y la complejidad de su alma, dejarlo descubierto frente a sí mismo y ennumerar sus pasiones y controversias, sus enfermedades y dolencias. No llama a la excusa: provoca a la reflexión. Y la catarsis resulta inminente: finalmente todos tenemos algo de Holly Cuttler, de Perry, de Hickock, hasta del detective Dewey, y el encuentro del hombre con el otro que protagoniza las páginas de la llamada novela de no ficción sensibiliza, enseña, hermana y sublima.
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Quizá yo no hubiera titulado A sangre fría la obra final. Supongo que Capote se enfrentó al dilema de cómo titular un trabajo de diez años, cómo resumir en un par de palabras un proceso que cambió su historia personal y la de su profesión. La respuesta estuvo en el llamado a la vocación de la sangre, la nota roja y el enfrentamiento audaz y despiadado con la verdad. Para mí, A sangre fría no es nada de eso -la violencia del asesinato múltiple apenas y se describe-. Yo la hubiera llamado "Desnudamente humana", o algo por el estilo -siempre he sido pésimo para los títulos. Se solicita titulador con experiencia-. Pero lo hecho, hecho está, y lo cierto es que hoy la expresión A sangre fría remite no sólo a una expresión preestablecida del periodismo amarillista, sino a toda una revolución de las artes y ciencias de la palabra orquestada por la pluma y la sensibilidad del más grande escritor neorlandés.
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La invitación es inútil. Tienen que leer A sangre fría. Si no lo hacen, se estarán perdiendo de un profundo retrato del humano ante la enfermedad mental y la decadencia moral. De una velada crítica hacia una sociedad que genera criminales en la exclusión y la desigualdad, y luego pretende convertirlos o satanizarlos para hacer un circo que los comercialice. Tan actual como enchínamelapiel.
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¡Salud!

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