martes, 13 de septiembre de 2011

El efecto Gaga.

Dicen que el leve y fugaz aleteo de una mariposa puede provocar un tsunami entero en un sistema que tiende al caos. Es decir, cuando las cosas se han puesto feas, basta un cambio mínimo en las condiciones de dicho sistema para generar el advenimiento de catástrofes terribles. A esa teoría de los estudiosos del caos se le llama "efecto mariposa". Y sus aplicaciones son tantas, y tan diversas, que yo sigo pensando que el efecto mariposa es el causante de que a uno se le caiga la bola de helado del cono que compró con lo último que le quedaba de la quincena, o que un robo perfecto se vea fustrado en el último segundo.
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A Lady Gaga la han comparado con todo lo posible. La joven estadounidense ha pasado de ser una burda imitación de Madonna a una genio imcomprendida. Sus coreografías, sus saltos y sus arrebatos al vestir, peinar y comportarse en los videos de sus canciones, y más recientemente de sus letras, han generado reacciones diversas, reacciones que tienden una larga línea entre el rechazo y la censura hasta el fanatismo más controversial. Niños y niñas que apenas han aprendido a caminar suben videos en Youtube emulando sus pasos, homosexuales y travestidos -que no es lo mismo, pero es igual- adaptan sus letras, museos de cera de todo el mundo toman su figura y la reproducen, casas de subasta buscan desesperadamente el último vestido que lució la cantante en su última aparición en público: un fajo de estrellas de mar, un leotardo de caracoles; el más célebre, sin duda, un strappless de bistecks.
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Y a Lady Gaga la controversia le sienta bien. Que la comparen con Madonna, por ejemplo, pone en sus manos la oportunidad de marcar un profundo respeto hacia una mujer que, de tan reinventada, se ha vuelto insulperable. "Creo que lo que las dos compartimos es que no tenemos miedo", se atrevió a señalar acerca de la llamada Reina del Pop la joven recién aparecida en los medios de comunicación de todo el mundo. Madonna, por su parte, desconoció su grandeza y sólo ha hecho referencia en alguna ocasión a la evidente, dicen, obsesión que tiene la intérprete de "Born this way" por su genio y figura, por su majestad. Cosa que al ego de la Ciccone le viene como cosquillitas en los pies.
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Que las asociaciones de padres de familia de todo el orbe la comparen con Satán, o que líderes de opinón rechacen sus desplantes, le genera todavía más admiración entre los jóvenes. Porque los Beatles, Elvis o Michael Jackson hubieran tenido, en sus respectivas cumbres, mucha menos gloria de haber sido aceptados por los padres de familia y los líderes de opinión. A los jóvenes, eso está claro, lo que nos gusta es llevar la contraria.
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Yo creo que Lady Gaga es genial. Y que su genialidad proviene de una regla básica en todas las industrias que viven de la imagen, incluidos la moda y el arte: de vez en cuando, resulta provechoso reinventar lo clásicos. Es decir, es genial, pero no es única. Sus sostenes y corpiños los portó Madonna hace un par de décadas. Sus atentados constantes a la institución católica los fabricó Madonna hace un par de décadas. Sus apariciones sorprendentes en premios y conciertos las maquinó Madonna hace un par de décadas. Pero Lady Gaga no copia fielmente el original. En eso estribaría la razón de su genialidad: tomar los clásicos no para hacer un pastiche, sino para quitarles un poco el polvo y darles una merecida relectura.
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Por supuesto que Gaga no está sola. Sus ideas son también producto de todo un equipo de creativos que la asesora. Una marca. Pero eso tampoco es nuevo. Madonna quizá tuvo en sus inicios dos o tres iniciativas, pero todo un equipo de visionarios a su alrededor fue capaz de tomar las ideas de la italo-americana y hacer con ellas una marca. Si hoy Madonna es absolutamente capaz de reinventarse sola, es igualmente porque tiene atrás de ella a un grupo de reinventarios que le van siguiendo la jugada. Madonna trajo al pop el pop mismo, y Lady Gaga ha recordado esos primeros momentos gloriosos de un género hoy día tan desprestigiado, tan caído en la pena ajena.
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La comparación con otras figuras de su época es absurda. Gaga y Perry, por ejemplo, poseen fanáticos diferentes, formas de hacer suyo el escenario diferentes, incluso acentos y formas de vestir por completo disímiles. Sus talentos son equiparables, pero en focalizaciones diversas: Gaga es buena atrayendo las miradas, cantando irreverencias, produciendo apariciones que son verdaderas joyas surrealistas. Perry, por su parte, es buena riéndose de su trabajo y de las formalidades que implica el mundo de los estereotipos. Gaga es seria al cantar "levanta tus pezuñas, bebé, porque naciste así". Perry ríe mientras besa chicas y juzga la experiencia con un "y me gustó". Hasta su matrimonio, con el desarrapado Russell Brand, es un atentado a los convencionalismos y las líneas ortodoxas. Y ambas, con temor a generar en sus respectivos fanáticos odio y hackeo de este sitio tan neutral, son geniales, pero ninguna de ellas original. Y, finalmente, como  Christina Aguilera y Britney Spears en su respectivo tiempo de duelo a muerte, lo que ambas quieren es vender, y la guerra en la que sus fanáticos las embarquen no tiene perdedora.
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La apuesta de Gaga es a la reacción violenta y la generación de miradas. Y su apuesta gana, en un mundo ansioso de imágenes cada vez más sugerentes, más atractivas, más imágenes en sí. Haga usted la prueba. Googlee "Lady Gaga" y dé click en imágenes. Mire la página con cientos de fotos abierta frente a usted por un segundo y luego voltee hacia la pared más cercana. Intente no volver a mirar. Las preguntas en su cabeza le impedirán permanecer sin regresar el ojo a Google: "¿Es eso en realidad lo que creo que es?" "¿Vi mal o ella en realidad tenía eso en la cabeza?" "¿Es la misma persona acaso?" Gaga, como la popular marca de papas fritas mexicanas, genera adicción y es imposible mirar solo una.
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Yo no dudo que lo suyo sea pasajero. Michael Jackson lo fue, y hoy existe gracias a la leyenda y el mito, con tintes trágicos, que sus publicistas y sus propios actos lograron fabricar. Pero lo mismo sucede con el resto de las marcas que la industria del oropel y el engaño colorido ha logrado formular. Madonna, que es un caso aparte, ha tenido tantas reinvenciones en su carrera que hoy ya no es un reflejo de lo que fue, sino otra cara de la misma moneda. Otra marca, o submarca, englobada en la misma Reina del Pop.
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Así que si me preguntan si la genialidad de Gaga llegará muy lejos, temo decir que sí. Aunque todo depende de la forma en que ella y sus asesores logran conducir la marca. Hoy, en el tiempo del caos, ya logró generar con sus vestidos con clembuterol y sus peinados vivientes, un efecto mariposa.
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¡Salud!

3 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Que levante la mano al que no le gusta el pop: ¡ra ma ra ma ma!

Wendy Piede Bello dijo...

Yo no le compro un disco, pero a que sí bailo.

Mar. pezeta dijo...

me gustó esta entrada.
Lady Gaga es un fenómeno por la cantidad de información que da al público, por ese 'misticismo' con el que encubre su provocación y como los adolescentes (al menos los que estudiamos artes) descubrimos códigos interesantes que como dices, ya han sido dados, pero que ella renueva y repotencia.
Es la primera vez que leo a alguien con un comentario bastante parecido al mio sobre Gaga.

Saludos.
Mar,