miércoles, 10 de agosto de 2011

Waterloo, Liverpool.

Para Fer y Rafa, por la vida tan tremenda que se traen.
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Así son los jóvenes. Salvador Allende pronunció -dicen, porque yo no estuve ahí, muy a mi pesar- unas célebres palabras que todavía hoy repetimos quienes no nos animamos a aprendernos otras -además, eso de citar a Salvador Allende es siempre bien visto entre la clase trabajadora-: "Ser joven, y no ser revolucionario, es una contradicción hasta biológica". El punto es que nunca se están en paz. Díganmelo a mí, que tengo uno a mi lado que escucha "marcha" y comienzan a caminarle las patitas. Ya no digamos "cacerolazo", "manifestación", "paro", "huelga" o "protesta", porque se pone de buenas y le da por hacer pintas, organizar contingentes y gritar dos o tres consignas. Yo, en cambio, que soy un espíritu viejo -?, nomás el espíritu, porque lo demás me funciona como de quince (¿años? no, caballos de fuerza)-, me siento en mi sillita de mimbre y nomás los veo pasar.
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Los recientes disturbios en la que fuera la ciudad natal de los Beatles, Liverpool, ocasionados, dicen, por jóvenes -es que tampoco he estado ahí, ni les he preguntado las edades, o las mentalidades, porque igual, también dicen, hay jóvenes de sesenta años-, hablan, dicen algunos, de la natural efervescencia que, dicen, caracteriza a los veinteañeros y similares. Dicen que todo es que que nos organicemos, y algo no nos guste, para que pronto armemos guerra y detengamos la moción. Dicen que, una vez en movimiento, no hay máquina, metralleta, sistema político o asociación religiosa que nos detenga.
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Y yo lo creo. Al '68 no lo detuvo Tlatelolco, y las voces de los tanques degeneraron en la pérdida de credibilidad, y posteriormente de la presidencia, del partido hegemónico. A los estudiantes de París no los detuvo la represión, y sus gritos orillaron a De Gaulle a abandonar el cargo, sabiéndose insuficiente para las demandas de tantos y tantos espíritus jóvenes. A los de Estados Unidos no los detuvo el fusil cargado, y las flores puestas en sus boquillas regeneraron los campos de guerra.
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Así que no hay forma en que el gobierno inglés pueda parar las revueltas suscitadas en distintos barrios de Londres y en distintas ciudades de Inglaterra. Si todo nació a raíz de la misteriosa muerte de Mark Duggan, al parecer a manos de policías, o si ése fue sólo el pretexto de un montón de neohooligancitos para hacer sus desmanes y jugar a la fogatita, vaya usted a saber -y si sabe, me dice-. El punto es que la cosa ya se armó, y en grande, y la aplicación de la semana no está en Facebook, sino en las calles: roba una pantalla plana, quema la tienda, y luego lanza botellas de vidrio a los granaderos -que allá, supongo, no se llamarán granaderos, sino algún otro nombre rimbombante como "policía antimotines", o algo así-. El que más polis haga enfurecer, se lleva los puntos.
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Las tecnologías de la comunicación han jugado un papel fundamental en la organización juvenil de los inglesitos. Si era difícil que en el París, o todavía menos en el México de los sesenta, se contactaran velozmente unos a otros los miembros de los respectivos movimientos para armar la chorcha, ahora es dificultad ha sido más que superada por una veintena de aparatos y redes puestas a disposición de un grupo de jóvenes entusiasmado con la destrucción.
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"Esas no son protestas", me dice un conocido al que le tiemblan los labios de imaginar al bello -dice, porque tampoco he ido- Londres bajo las manos de un montón de "zátrapas revoltosos desquehacerados". "Eso es joder por joder". Y tendrá razón. Yo, en las notas revisadas y los videos observados, no he visto una manta, un grito, una consigna. Hacer desorden por hacer desorden parece ser la noción común. El que más queme, el que más haga explotar, se lleva la noche e invita la ronda. No hay fin político, social, diplomático. Y si lo hay, está perdido entre la humareda.
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Yo, hace un tiempo, decía en este mismo Baile que veía difícil, con cierta tristeza, la repetición del '68. Ahora me arrepiento de lo que dije y juro por mi vida que lo que yo pedía era una juventud despierta, participativa, conciente y dinámica, que no un montón de niños jugando a la pirotecnia, una masa enardecida actuando Marabunta, una sopa de adolescentes creyendo que, para cambiar al mundo, hay que primero hacerlo arder. Si este es nuestro nuevo '68, si esta es la forma en que a partir de hora nos haremos notar como generación, yo así no juego.
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Oye, John, ¿por qué no vuelves de la tumba y nos cantas aquello de "take a sad song and make it better", mientras caminas por las calles de tu puerto? Igual así, de paso, nos acordamos de que no es la inacción, ni tampoco la destrucción masiva, lo que es digno de llamarse "agente de cambio". Desde tu voz, espero, da luz a tu gente, concientiza, genera, cambia. -Pero no les cantes "Let it be". No vaya a ser que se la crean-.
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¡Salud!

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