sábado, 27 de agosto de 2011

La última Coca.

Para el profe Marco Aurelio, por la refrescada.
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Pasa que hay una serie de cosas que hacen que las cosas se echen a perder. El tiempo, por ejemplo, es una de ellas. Por eso escribió Renato Leduc: "Sabia virtud de conocer el tiempo: a tiempo amar y desatarse a tiempo", y no "abrace usted al tiempo y quédese con él". Es por eso del tiempo que uno llega a un semestre extraordinario de la carrera -yo me gradué en julio, y ahora regreso a la escuela a poner el último tostón- sintiéndose agotado, desanimado, lleno de dudas y complejos sobre la posibilidad de ejercer lo que le ha costado las tardes y mañanas, y algunas otras horas extras, de los últimos cinco años.
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Cinco años. Pienso en cinco años y vuelvo a poema de Leduc. Si uno supiera todo lo que es posible vivir en cinco años, estoy seguro, difícilmente se aventaría a emprender la arriesgada, sinuosa, a veces infructuosa aventura que son diez semestres de una licenciatura -y a nadie se le ha ocurrido, pero el asunto, hasta por aquello del tiempo, da para escribir una nueva versión de la Odisea, con todo y monstruos marinos mitológicos-.
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Y si a eso le agregan que uno gasta las horas para ganar dos o tres centavos en un trabajo que sí, disfruta, pero que nada tiene que ver con la profesión elegida -en las mañanas hago números, por las tardes, letras-, estarán ustedes frente a una situación agotada de dudas y caótica de sentido. Me siento como camión de redilas que ha perdido el camino y encima de todo teme llegar tarde -lo de las redilas es porque el puro camión sonaba muy solo, y si le ponía motores, o bugías, o transistores, les iba a sonar a ustedes como un camión veloz, y no era esa mi idea-.
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Con esa situación de agotamiento y pesadumbre llegué este viernes a la que sigue siendo, por último semestre, mi universidad. Temeroso de que alguien me viera y preguntara: "¿Todavía por aquí? Pero si saliste hace mucho, ¿no?", entré por la puerta más olvidada, me escabullí entre los corredores menos transitados, anduve por los jardines más solitarios y terminé por llegar al extremo del salón más apartado dónde, nada tonto yo, había acordado verme con La Estela, maestra investigadora de asuntos periodísticos con quien, muy a su pesar, he de hacer yo este semestre mis prácticas profesionales.
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Lo de La Estela le viene por registro civil y por derecho. En medio de esta atmósfera de "insuficiencia profesional", o bien de "déficit de certidumbre", La Estela llegó al lugar de la cita con una bolsota cargada de periódicos selectos y un kit completo de papelería para, dice ella, "empezar a trabajar". Me dio las instrucciones, resolvió dos o tres dudas personales respecto al cómo, el dónde y el por qué, y, muy serena ella como siempre, me dio una palmada de buena suerte y me lanzó fuera del salón asegurando que haría yo "un excelente trabajo".
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Y así me vi, de pronto, abrazando el olor de las páginas entintadas, las rotativas, los folios, la corretiza en la calle tras el político escrupuloso, la fotografía tomada en el vaivén de la rueda de prensa, la transcripción acelerada de la nota, el travieso intelecto planificando la siguiente pregunta que habrá de salir, medio interrumpiendo, en tanto se nos ocurre cómo llegar al grano. El café a medio terminar, la llamada desesperada de La Gabybaby sugiriendo cómo empezar el párrafo, la junta editorial plagada de presiones, sugestiones y comentarios altisonantes. Y así me vi, gracias a La Estela, recordando una por una las estaciones del viacrucis de una profesión que me ha elegido a mí sin preguntarme, y luego, mísera, méndiga, egoísta, se ha atrevido a hacer que la enamore.
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He de revisar uno por uno los periódicos, y he de señalar para cada uno de sus escritos un tipo diferente de género periodístico. La idea de La Estela es investigar cómo andan los medios locales en cuanto a la diversidad y las formas del mano de la información, y darle una idea al mundo académico de para dónde vamos los jalisquillos en el asunto ése de transmitir los hechos. Sabrán entonces que entender que estaré todo el semestre en compañía de mi viejo amigo el periodismo me hizo el día y levantó mi ánimo.
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La cosa se puso mejor cuando enseguida, en la clase que elegí, me encontré con un profesor al que, yo no sé por qué, siempre he estimado y tenido en bien, y quien, según me dicen sus modos, anda nomás esperando que yo tome una de sus clases, me le atraviese, le muestre algún trabajo, le ponga a consideración dos o tres párrafos sinceros. Nos vamos buscando el modo, las caras, los gestos, y nos vamos reconociendo entre el devenir de la profesión que, por distintos caminos, elegimos y abrazamos.
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Y entonces él, a quien con más cariño que necesidad nominal apodaré El Marco, puso sobre mi mesabanco la otra cara de la moneda y me recordó la intención primera mía al elegir, adolescente regordete con serios problemas en casa y muchas ganas de salir corriendo, una carrera de la que dicen todos he de morir de hambre. Mucho antes de que el periodismo me atrajera con sus afanes de respuestas y preguntas, a mí me gustó leer, y al leer entendí aquello que, a conciencia, podemos repetir los que leemos: el que lee, adquiere una ineludible responsabilidad hacia su sociedad, y con ella la obligación, inamovible, de poner en marcha las maquinarias necesarias para cambiar al mundo. La buena literatura es, por tanto, un placer estético que se vive, se siente, se enaltece en las posibilidades éticas que dicha responsabilidad incluye.
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Salí de clase renovado y feliz. Con esa felicidad malsana que dejan las cosas buenas, "las cosas que son de Dios" -doña Mago, feliz abuela de una Fer y próxima feliz abuela de un Rafa, anda medio metiche en mis entradas, luego de que tras una lamentable y voraz caída de H he tenido que recurrir a su laptop para seguir escribiendo y haciendo mis deberes-, con esa felicidad de sonrisa estúpida y gozo en los pectorales -Sabrina ha de sentir mucho ese gozo cuando siente gozo-, salí de clase y me lancé a la calle para reconquistarla -¿o no les pasa a ustedes que estando felices se sienten dueños de la acera y hasta bailan sobre ella? Si no, pregúntenle a Gene Kelly en su famoso "Singing in the rain".
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No pienso quedarme más tiempo ahí, ni cruzar los pasillos sin nombre, las divisiones perdidas, los escritorios con burócratas eternamente ocupados. Pero pienso pronto, más pronto de lo que me sugiere el espíritu como necesidad, volver pronto a lo mío. Esto, que aunque está lleno de números también me gusta, es sólo una parte de mi vida, una ligera región en mi tiempo. Lo mío está en las letras, y estoy seguro que, con el tiempo y en las formas más diversas, ellas me abrazarán y me darán la bienvenida, entregándome las llaves de su reino.
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Y sobre lo acontecido en Monterrey, envío a los regios y al duelo que han elegido algunos mexicanos tras el lamentable atentado el profundo deseo de que la buena literatura esté cerca para consolarlos y los cure velozmente. Si Teresa Mendoza, Héctor Belascoarán o cualquier otro de los héroes de lo policíaco no les curan las heridas, por lo menos estarán dispuestos a decirles "no están solos. Su dolor es el dolor de todos". Ánimo.
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Y feliz regreso.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Agus, comparto tu alegría por volver a clases, verme de nuevo frente a un escritorio y un pintarrón, me animan cada día en lo que parte de mi trabajo me desanima. Un abrazo. Felicidades ahora por Rafa.