martes, 2 de agosto de 2011

Fuego en la pista.

Para quienes en recientes fechas han puesto este Baile en sus corazones. Y para aquéllos que, fieles a promesas nunca pronunciadas, hoy siguen aquí, bailando.
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Alguien me preguntó en alguna ocasión por qué otorgué a mi blog personal un nombre tan chistoso. "De veras", me dijo en alguna ocasión una conocida de la familia que, al enterarse de que esto no era un blog, sino un baile, rompió a reír, "parece que te estás burlando de uno". Comentarios similares he recibido a lo largo de estos casi cuatro años, y todavía hay quienes, sorprendidos ante el nombre que les dicto en la parada del camión, el salón de clases, el escritorio en la oficina, preguntan si les estoy tomando el pelo.
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Los que me conocen sabrán la respuesta a esa primer interrogante que ha abierto, perdonen ustedes el atrevimiento primario, esta entrada de todo y nada -era esto o hablarles del homenaje que el gobierno del Estado, encabezado por Emilio "La Monja" González Márquez, ha rendido esta semana a su cuatacha del alma, el Cardenal Juan "Bocotas" Sandoval Íñiguez. Y coincidirán conmigo en que mejor hablamos del baile-. Los que me conocen entenderán por qué mi blog es un baile, y no un cuaderno de apuntes, un diario o un abrevadero -he conocido blogs abrevaderos, blogs que resultan más un resumidero de penas y sentencias que un intento por hacer de la palabra, en su más ligera y sencilla expresión, un puente hacia la libertad de expresión de las ideas-.
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Lo saben quienes conmigo han bailado a pierna suelta, all night long -yo nunca bailo menos que eso, a menos que no haya Tehuacán-, quienes se han aventado dos o tres piezas a mi lado, incluso quienes, ahora mismo, se turnan para darme su cachetito en este eterno vals rockero que es el día con día. Lo saben, y espero sepan agradezco ese conocimiento. Saben que yo celebro con risa franca y amena lo bueno y lo malo de la vida. Y que para todo eso, como símbolo de la felicidad y el espíritu humano vivo y fresco, creo en el baile como el mejor representante.
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El baile es la expresión más clara, sincera, amena y accesible que he podido encontrar de lo que es la vida. Me gustan otras tantas alegorías, como la del viaje, el paso, el corto grito entre dos largos silencios. Pero me quedo con el baile porque el baile representa lo mejor y lo peor de nosotros: como la vida misma, está hecho de giros, sobresaltos, volteretas y compases, entre los cuales conviven con igual justicia tiempos de mucho movimiento -conocidos en el bajo mundo como "punchispunchis"-, y tiempos de larguísima espera. Tiempos muertos -Tonight is the night... let's give it up... I got my money... let's spinit up...-, y tiempos en que no falta una nota, aguda o grave, para distender el ambiente.
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El que baila celebra la vida, y le da a las cosas el valor adecuado -por eso no es bien visto quien se atreve a bailar Caballo Dorado en las bodas con tiempos de vals-. El que baila cree en sí mismo, y en lo que los pasos de otros pueden hacer sumados a los suyos. Confía en el equipo, pero no deja que esa confianza deje de lado el verdadero motor del hombre: la creencia ciega en sí mismo en tanto individuo.
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Además, dicen, quien es bueno en la pista de baile es bueno en la cama. Yo, que no he comprobado dicha acusación -Mi Ojosh es bueno bailando, pero jamás relacionaría sus habilidades amatorias con su capacidad de mover el esqueleto-, me quedo con la idea de que, ciertamente, para bailar hace falta coordinación, y la coordinación es producto, casi exclusivamente, de un cerebro fresco, sano, rozagante y bien entendido en las cuestiones de la motricidad.
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El baile es mitad instinto, mitad creación. Por ello, combina, como las mejores cosas de la vida, las dos caras de la moneda humana: lo animal y lo civilizado. Los primeros hombres bailaban para semejarse a los animales, y hoy, en ocasiones, nos damos el lujo de parecer animales mientras bailamos -pregúntenle a la tía Lencha, que cada que baila regala pizotones-. Con su ditirambo, empatizaban con el medio que les rodeaba, y eran mejores cazadores, mejores recolectores, mejores ambientalistas -si yo bailara como cactus, seguro no tendría uno en casa muriendo en una macetita-.
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El baile me lleva a otros de mi más cercanos gustos: la música, el teatro musical, la palabra, la literatura, el periodismo. El baile se relaciona con el sentido del ritmo, y es bien conocida esa verdad de que todos hablamos en versitos, por lo que un buen escritor tendrá siempre el don de la fluidez, de hacer que su escrito sea lea como si avanzáramos sin demora por una corriente cálida y cristalina. La entrevista tiene un ritmo, como el baile, y los distintos géneros periodísticos están hechos de pasos y compases, porque nadie espera, por ejemplo, que un reportaje suelte la información al primer zapatazo, ni que una noticia prolongue hasta el coro intermedio la razón de la nota.
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Y a eso súmenle otras cosas que no me gustan: el tráfico, el enojo, el deporte extremo. Todo está hecho a imagen y semejanza del baile, porque en el baile, como en pocas otras obras humanas, nos entendemos mejor y estamos más en contacto con lo más profundo de nuestro ser, con nuestro lado más inhóspito, con nuestro más dormido inconciente.
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El que baila celebra la vida, decía, y por eso los personajes de las caricaturas siempre terminan bailando: baila Charlie Brown y baila Snoopy con el compás del piano; baila Mafalda, al son de los Beatles; baila don Gato y baila su pandilla. Baila el cine, como el tango de Al Pacino en Perfume de mujer. Baila la pintura, como el burlesque de la dama de medias rojas en Baile, de Toulousse Lautrec. Baila la vida, cuando un viento suave mece las copas de los árboles instantes antes de que se suelte el chaparrón. Baila la noche, en un centellar de estrellas. Y baila el Universo, que se expande desde que hizo, como la banda homónima de blues, Big Bang.
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Y bailo yo, a solas en mi cuarto, al esperar el camión, al hablar con un amigo, al esperar hacer un retiro o elaborar un memorándum en el trabajo. Porque en el baile le digo al mundo que estoy preparado para las sorpresas que me tenga, y que no está en mis planes esperar a la siguiente pista para soltarme el primer botón de la camisa y mover el esternón.
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¡Salud!