miércoles, 17 de agosto de 2011

Fernanda.

Para El César y La Mayordemishermanas, por el atrevimiento a favor de la vida y el amor.
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La vida es un universo de pequeñas cosas.
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Hay cosas en la vida, Fernanda mía, que uno no espera. Cosas ante las cuales no queda más que preguntarse porqué si un segundo antes todo caminaba pean peanito, un instante después la calma chicha se ha ido por completo al sumidero y el caos a tomado el control de las cosas. Cosas ante las cuales no hay más que bajar las manos y dejar pasar. Cosas, Fernanda mía, Fernanda hermosa, que de tan inesperadas se nos vuelven emociones: alegría, tristeza, miedo, frustración. Tu llegada a esta Tierra nuestra, desde hoy también tuya si nos ayudas con los gastos, ha sido una de esas cosas. Algo que sabríamos que pasaría, pero que ante tu prisa y tu decisión intempestiva de llegar nos ha dejado en manos de la sorpresa, la carrera y el sobresalto.
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Pero el punto es que hoy estás aquí, y yo no pretendo enseñarte nada. Para eso están tus padres, bienaventurados seres que te han traído a nosotros fruto del amor, la entrega, la virtud y, quiero suponer, la pasión que hay entre ellos. Te han dado un nombre, y han tejido juntos un sueño que luego se han transformado en ti. Ahora, esperan, harás de ti misma, con lo que ellos te den, que estoy seguro será mucho y sustancioso, un sueño aparte que llamarás vida.
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La vida, Fernanda, a la que yo ingresé hace 23 años, y de la que todavía no tengo mucha conciencia, te va a sorprender a cada instante. Mientras, pequeña y rosada, te cargaba entre mis brazos esta tarde, Fermosa, abriste los ojos y tu expresión fue clara y familiar, porque yo mismo la he visto en mi rostro en recientes fechas. Fue la expresión de la duda, el recelo, la nostalgia. Me miraste, y luego miraste alrededor, y volviste a mirarme esperando una respuesta. ¿Qué es esto? ¿Qué demonios hago yo aquí? Miraste igualmente a tu abuela, Doña Mago, y ella te cantó: "Palomita blanca, pico de coral, dime qué tanto haces, en tu palomar". Y su canto, de flores y de años, te habló de muchas cosas, pero no calmó tus dudas. Luego te cargó tu tía, y sentiste bajo de ti la presencia de tu primo, Rafael, que está próximo a dar el cañonazo. Y tu tía admiró tus pequeños ojos, tus pequeñas orejas, tu boca eternamente abierta en esa misma expresión de duda que maneja tu mirada. Y saberte hermosa, Fermosa, tampoco te dijo nada.
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Te cargó tu padre, y sus manos fuertes y su presencia cálida te tranquilizó. Te besó en la frente, cientos de beses, y a cada beso respondiste con un gesto de tranquilidad. Luego tocó el turno a tu madre, y entre sus brazos, pegada a su pecho, escuchaste el mismo tamborileo del mismo corazón que te acompañó los últimos nueve meses. El sonido familiar te dio serenidad, pero no calmó tus dudas. ¿Qué hago yo aquí? ¿Qué es todo esto? Viviste el amor en nuevas formas hoy, formas hasta ahora para ti desconocidas: las caricias, los besos, los olores, las miradas. Y el amor te habló de más y más amor. Pero eso tampoco calmó tus dudas, y tu entrecejo nos hizo una y otra vez la misma dupla de preguntas. ¿Qué hago aquí? ¿Qué es todo esto?
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Y resulta, Fernanda mía, Fernanda hermosa, Fermosa, que nadie tiene para ti una respuesta a esa pregunta. Sabemos todos, los que te hemos recibido con el corazón colmado de alegría, que tu papel en esta vida es ser feliz, y que lo que te rodea está ahí, puesto a tu disposición, para que tú lo conozcas y le saques el mayor provecho, en bien de tu felicidad. Pero cómo lo hagas, y qué de lo que tomes te hará feliz, eso será decisión tuya.
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La vida, finalmente, será conocerte a ti misma y decidir con base en ti y tu felicidad. Sabrás si te gusta el verde o el rosado, si te place más usar labial o sombra, o nada. Sabrás si el vestido se adapta a tu modo de vida, o si prefieres un buen par de pantalones para escalar los árboles que hay por tu casa. Decidirás si te gusta el pelo largo o corto, recogido o lacio y suelto. Si aceptas de tu madre todas y cada una de las verdura que te servirá, o si el atún se convierte en tu platillo favorito. Elegirás una profesión, y una vocación, y las ejercerás con la voluntad de quien ha elegido lo que le hace feliz. Y cuando pasen los años, y te preguntes, en el límite del mundo, ¿qué es todo esto? ¿Ahora qué hago yo aquí?, entenderás que la vida no termina nunca, sino que es un profundo devenir de decisiones, una eterna búsqueda.
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Pero ahora que estás aquí, metida entre mis brazos, tus dos preguntas son un buen comienzo. Y si muchas otras salen de ti, mucho mejor. Preguntando, dicen tus abuelos, se llega a Roma. Y si no quieres ir a Roma, pregunta dónde queda ese lugar a dónde quieres ir. Y ve, sobre todo eso. Hoy, entre mis brazos, he contemplado el amor en otra de sus formas, y he entendido que tus dudas harán que nos llevemos de maravilla. Te ha rodeado la aceptación, la espera, la ansiedad. Te han sobrado brazos, y bocas, y pieles. Has nacido afortunada, y has hecho honor a tu nombre porque has demostrado, con tu inquietante necesidad de respuetas, estar "lista para el viaje". Puesta a la aventura. Decidida al conocimiento.
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Y me has recordado lo poco que somos ante la grandeza de las cosas pequeñas como tú. De los milagros menudos. Te has abierto paso entre los senderos de las posibilidades, y has elegido nacer y darle a la naturaleza otra razón para creer en sí misma y su fuerza.
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Tu tío te cargó, por último, y te lo dijo de nuevo, en persona: Bienvenida, Fernanda. ¿Tienes muchas preguntas qué hacer? Qué bueno. Es el momento de empezar a hacerlas. Tú y yo, en lo que buscamos las respuestas, nos la vamos a pasar de lujo.
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¡Salud!

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