domingo, 21 de agosto de 2011

Alondra.

Lleva el ritmo hasta en el nombre. La alondra es una de las aves que más altos tonos pueden alcanzar con su canto, y su curiosidad estriba en que canta mejor mientras más alto se eleve al volar. Por ello, los diccionarios de nombres imputan a "Alondra" el significado de "melodiosa como la alondra". Basta verla dirigir su Orquesta Sinfónica de las Américas, para entender que no estuvo tan errado el destino al escogerle el nombre. Sus movimientos, sus gestos, la forma en que da entrada y salida a cada uno de los instrumentos que la rodean, espectantes, hablan de que Alondra de la Parra tiene, con toda seguridad, la sangre empapada en son.
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Haga usted un experimento. Mencione tres compositores mexicanos de todas las épocas. ¿Pudo? Seguro, como en mi caso, el de un mero curioso en los asuntos melómanos, vinieron a su mente José Alfredo Jiménez, Agustín Lara, Juan Gabriel y Armando Manzanero, o por lo menos uno de ellos. Ahora dé usted un paso más: mencione tres directores de orquesta igualmente mexicanos. Ríndase. Le daría otra oportunidad pero estoy seguro que a usted se le ocurren, si bien nos va, directores de otras naciones, que ni por coincidencias extrañas se animarían a mover la batuta para construir los compases de un huapango, un son o un jarabe.
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Alondra de la Parra es, ante todo, dinámica y universal. Con su Orquesta de las Américas, nacida en Nueva York -ambas, Alondra y su orquesta-, ha buscado darle difusión a las melodías nacidas de las mentes geniales de compositores de todo el continente, pero ella, por igual, ha tomado la dirección de orquestas sinfóncias en Alemania, España, Miami, Canadá, Los Ángeles y Singapur, y a todas ellas las ha hecho entonar distintas melodías. No existe para Alondra mayor distinción que la del talento, manifestado no en otra cosa que la capacidad de una melodía para hacerle mover el esqueleto, y nada más.
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O véala usted dirigir. Coincidirá conmigo en que, si a uno no le gusta la música mexicana, termina enamorado por lo menos de las entradas, los compases y las vibraciones que Alondra parece generar en los instrumentos mientras baila al dirigir. Toma la batuta y es toda ella sonrisa y movimiento. Farolito, de Lara, o Estrellita, de Manuel M. Ponce, o Cielito lindo, del dominio popular, cobran en su dirección belleza y sentido, dinamismo, actualidad, y nos recuerdan que, antes que canciones de antaño, son música, y eso las hace tan actuales como el reggaeton -?-
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Alondra es delgada, y tiene, dice Doña Mago -que ahora, en su papel de abuela, trae los humos hasta el cielo-, "el porte de la buena cuna". Yo no sé si la buena cuna genera en los adultos que de niños la tuvieron un porte diferente al de los que durmieron en colchón pelado, pero es cierto que de la Parra posee ese brillo que la clase, la educación, la distinción y el amor al trabajo, la pasión y la entrega a una vocación, generan en su poseedor. Rodeada de sus músicos y sus notas, Alondra deja de ser Alondra y es energía, melodía y generosidad.
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Hagan la prueba. Busquen algún video suyo en la red e intenten no emocionarse con los compases de alguna canción típica mexicana mientras la ven dirigir. El que salga libre de ésta, tendrá más mi miedo que mi respeto. Es imposible no enamorarse de su modo paticular de dirigir, de su liderazgo, una dirección bien entendida, justa: sin dejar de lado el vigor suficiente para que no haya notas descuadradas sino melodìas integradas, un respeto suficiente a la labor y la creatividad interpretativa de los músicos.
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Y a eso súmenle que es guapa. Yo no sé qué nos pasa en México con las mujeres triunfadoras, pero si son guapas nos caen mejor. Dos ejemplos: Josefina Vázquez Mota va abriéndose camino rumbo a Los Pinos -ya cortó dos o tres oyameles para poder llegar más rápido-, y la gente la mira con recelo mientras a la precandidata, que no es de malos bigotes, se le van acumulando las arrugas en los labios. Elba Esther Gordillo, valga el cambio de imágenes de zopetón, ha marcado un estilo en el hacer polìtica -y negocios polìticos-, y, pésele a quien le pese, ha resultado victoriosa. Pero por fea nadie la quiere, y todo mundo le echa en cara sus bolsas Prada, sus trajes Channel, sus sueldos millonarios -bolsas, trajes y sueldos que de seguro también tiene y gana Vázquez Mota-.
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Y entonces uno escucha entre los que se van considerando fanáticos de Alondra: "¡Qué bárbara! Y eso que es guapa", como si el talento, la genidalidad, "la buena cuna", estuvieran en algún modo peleados con la belleza.
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Pero sì, es bella, y ocupa un lugar privilegiado entre los directores de orquesta mexicanos -y eso que ni siquiera vio la luz en suelo patrio-. Todo lo que ya dije, aunado a su buen estilo para el vestir -Alondra se va de filo y rompe tratos con el tradicional smoking. Prefiere la blusa sedosa, el pantalón entallado, el tacón medio y el escote-, y el arreglar -fashion emergency! gritaríamos de verla con los tradicionales pelos alborotados de los directores de orquesta, o el corto y engominado look que caracteriza a los más protocolarios-. Es pulcra, genuina, perpetuamente emocionada.
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Su más reciente participación discográfica es una absoluta joya de la industria melómana nacional. Bajo el sugestivo título -Travieso carmesí- se esconde una obra interpretativa de clásicos de la música nacional a los que Alondra y su Orquesta retocan, remontan y redoman. Aunque acompañada por tres honrosas voces -Natalia Lafourcade, como siempre mejor en los independiente que en lo Sony Music; Denise Lo Blondo, mi rodilla; y Eli Guerra, como siempre dando batalla-, Alondra mantiene el estrellato de las piezas y, con su particular toque, las construye catedrales. Del barrio y la serenata, Lara, José Alfredo Jiménez, María Grever, y otros más, pasan a la sala de conciertos a ocupar un lugar estelar. De lo cotidiano en la radio a lo magestuoso en el palco principal, el trabajo de de la Parra reconvenciona y reclasifica. Con una sonrisa, Alondra mira a su audiencia durante los aplausos y, mientras hace reverencias y pide más y más palmas para sus músicos, su sonrisa aclara: "Esto es universal, señores. Lo demás, puede pasar a ocupar su sitio en las rebajas".
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De la Parra estuvo casada durante dos breves años con Carlos Zedillo, hijo del único expresidente priísta que, a su recuerdo, no nos genera más que un leve mareo. Su divorcio vino después de que las vidas laborales de ambos -èl era arquitecto, graduado en Yale- fueran incompatibles con la estricta cercanía que suele exigir la vida conyugal. Ambos prefirieron darle el primer lugar a sus carreras. Muy sano. Y yo, que no conozco ninguna construcción particular planteada por Zedillo, aplaudo la decisión de Alondra. Si solita dirige así, mejor solita.
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Otro dato tipo Hola: Alondra es nieta de Yolandra Vargas Dulché, la mamá de Memín Pinguín y la sempiterna María Isabel. Ahora entendí porqué aquello que dice Doña Mago: lo mero bueno se mama en la cuna.
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¡Salud!

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