sábado, 27 de agosto de 2011

La carrera.

Lo voy a decir una vez, una sola vez, espero que ustedes me escuchen, asientan para insinuar que comprendieron, y luego pasemos a otro tema sin reparar más en el asunto: ninguno de los posibles candidatos para la elección presidencial del próximo año acaba de gustarme por completo. Silencio absoluto. Un fansese de la Vázquez Mota -Josefina Vazquez Mota no tiene "seguidores", "fanáticos" o "admiradores", tiene "fans"- tosió allá a lo lejos, y otro del Peje -amén- me la mentó aquí cerquita con un "ooots"-. Pero yo, con terquedad digna de Fox, no me desdigo, no me desdigo, no me desdigo.
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Voy a hablar uno por uno, y cuando salgan más volveré a tocar el tema otra vez para decir por qué México no tiene candidato a presidente para el 2012, y nomás nos estamos gastando la pólvora -y el tiempo al aire en televisión- en tronar cuetes para señuelos, caricaturas, títeres y rostros del Heraldo -El Heraldo de México, célebre diario del centro del país hoy extinto, tenía un concurso que año con año premiaba a las más guapas entre las guapas, que no a cerebros, inteligencias proverbiales o genios de la ciencia y la técnica nacional-.
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Josefina Vázquez Mota es una chica linda que cae bien. Su desempeño en secretarías y dependencias de gobierno ligadas a la cultura y la educación la aventajan varios kilómetros de otros candidateables que tienen más pinta de empresarios atrabancados que de políticos lujuriosos -hay que ser puercos pero no trompudos, decía el buen Piporro-. La Vázquez Mota tiene una cierta querencia ganada entre intelectuales y lìderes sociales, lo que le da ventaja frente otros arriesgados que, por antipáticos y aprovechados, suelen caerles mal a los maestros de la contradicción. No dudo incluso que algún pejista del 2006 recargado le dé su voto, de ganar las internas y llegar al panorama nacional.
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La cosa que tiene la buena Pina es que es mujer, y a los mexicanos como que todavía no les cruza por la cabeza el asunto ése de que una mujer gobierne al país. "¿Y cuando tenga que entrarle a los trancazos, pos cómo?", alegarán algunos. Yo en ese sentido no tengo ningún empacho -a la Vázquez Mota la veo bastante maciza como para aguantar los fregadazos-. Pero no creo que su partido, ligado a la ortodoxia, la iglesia -pffff- y "las buenas costumbres", le dé mayor lugar que el de precandidata. Por eso tampoco dudo que toda su faramalla precampañireal no sea más que un terreno mercadológico de preparación para un candidato que, surgido entre las más azules tinieblas del panismo conservador, caiga bien a los televidentes tras el arrastre de la autora de Dios mío, hazme viuda.
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Luego está El Henry, cuya inevitable propensión a usar el cabello tipo muñeco de sololoi me deja pensando que no está bien de la cabeza. Mírenlo así: piensen ustedes en candidatos y presidentes famosos de México. Todos tendrían, si no me equivoco, al menos un razgo caricaturesco: el cabello o la pelona, las orejas, la guayabera, la chamarra de piel, el bigote y las botas, la extremidad ausente, la barba y el puro, la quijada canallesca, la mirada perdida. Y ninguno de ellos, al menos de los que han llegado hasta la Silla, nos ha resultado siquiera favorable, ya no digamos un erudito en el asunto ése de gobernar. Por eso es que desconfío de su eterna corbata roja y su copetazo, que más que a James Dean en Rebelde sin causa me recuerda a John Travolta en Vaselina -rebelde, muuuy rebelde-.
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Y si a todo este asunto del copete sospechosista le sumamos la cuestión de que es el candidato oficial del Canal de las Estrellas -nuestro canaaaal-, la cosa se pone más oscura todavía que con Montiel -homenaje utilitario a Germán Dehesa: "Y usted, ¿qué tal durmió?"-. Su matrimonio con La Gaviota recuerda la escena esa en que Sigourney Weaver y Alien tienen relaciones con el fin de que el monstruo termine de 'ingar -haberlo dicho tres películas atrás y nos ahorramos el trago amargo, dijo la Sigourney-. Su unión tranquiliza a Televisa y siembra la paz sobre las tierras que, ya con contrato bajo el brazo y satélite melenudo en Los Pinos, serán todas territorio Azcárraga.
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Y a esta alianza macabra tipo El bebé de Rosemary, se anexa el turbio manejo que la administración de El Henry ha dirigido en torno a temas rezagados en su entidad, como los feminicidios y la homofobia, la disparidad económica y social, así como los rezagos culturales de algunas de sus poblaciones. Triste presente que prepara la presidencia para un gobernador que, si ahora no sabe del todo cómo entonar bien las rancheras, sólo ha aprendido a utilizar como arma la sonrisa Colgate -y es que es tan guapo, ¿cómo no va a ser buen presidente?-
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El tercero es El Carnal Marcelo. Yo votaría por él, pero no creo que gane. A duras penas creo que la dividida curia de su partido lo nomine. Los que quieren al Peje, se sienten divididos entre darle su respaldo al tabasqueño que ya una vez estuvo así de cerquita, o al actual jefe de gobierno del Distrito Federal, cuyos ánimos de jugar al Lego le han ganado la animadversión de dos o tres histéricos capitalinos que están cansados de salir de las obras de repavimentación en la Diagonal A para toparse con más obras de alcantarillado en la Horizontal B.
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Además, su apoyo a las causas más impopulares como el matrimonio y la adopción de homosexuales, el aborto y los derechos de la mujer, lo ponen lejos de la contienda en un país que todavía, lleno de gays saliendo del clóset a cada instante -¿los ha visto usted últimamente? De seguro sí, y cada vez más, porque esto parece moda- y feministas sin sostén, sigue pensando que todo eso es una antinaturalidad que debe ser erradicada.
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Luego, en las filas, llega el único de los anteriores que ya dijo que él sí va. Andrés Manuel López Obrador dejó hace tiempo de ser un peligro para México y, aprovechando la mala fama que su competidor de hace 6 años ha adquirido tras cargarse el fusil de corcho al hombro y emprenderla contra el narco -y ellos qué culpa tienen, tan bien que vivían en la sierra cocinando estupefacientes y horneando amapolas de perfumes mitológicos-, viene dispuesto a tomar el terreno perdido por su antiguo más cercano opositor y sembrar por todos lados sus plantones y sus marchas.
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Ustedes ya saben lo que pienso de AMLO. No creo que sea un peligro para México, pero tampoco me parece que sea una alternativa. Su política es la de la demagogia, el "diles lo que quieren escuchar", y, si no la mentira, sí por lo menos la verdad fabricadita, armada pieza por pieza vía modelo a escala. Su estrategia sigue siendo el grito y la sordera, y si bien Felipito Calderón no resultó del todo grato para los mexicanos, yo sí sigo creyendo que, a como ha sacado el cobre, Andrés Manuel no le hubiera hecho mayor beneficio al país de ganar en el 2006. Si bien la guerra contra el narcotráfico muy probablemente no existiría, tendríamos en la Silla, quizá igual que hoy día, a un hombre incapaz de escuchar súplicas ni quebrantos, insensible al rechazo y ególatra hasta la punta del hígado -bueno, no sé ya lo que digo: de ganar Andrés Manuel tendríamos en Los Pinos a un presidente más, común y corriente-.
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Pero vaya usted haciendo sus apuestas y comience a hacer la quiniela con sus familiares y amigos. Si gana, ahorre, porque para el ritmo que llevan las cosas, sin importar quien gane, nos esperan unos amargos seis años de sobresaltos y desventuras -Germán Dehesa, de estar aquí, ya me habría dado un coscorrón por antipático y agorero-. Por ahora, los candidatos que conforman la escena son grises, invisibles o no acaban de cuajar. Malo sale el queso cuando sus ingredientes de antemano huelen mal.
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¡Salud!

La última Coca.

Para el profe Marco Aurelio, por la refrescada.
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Pasa que hay una serie de cosas que hacen que las cosas se echen a perder. El tiempo, por ejemplo, es una de ellas. Por eso escribió Renato Leduc: "Sabia virtud de conocer el tiempo: a tiempo amar y desatarse a tiempo", y no "abrace usted al tiempo y quédese con él". Es por eso del tiempo que uno llega a un semestre extraordinario de la carrera -yo me gradué en julio, y ahora regreso a la escuela a poner el último tostón- sintiéndose agotado, desanimado, lleno de dudas y complejos sobre la posibilidad de ejercer lo que le ha costado las tardes y mañanas, y algunas otras horas extras, de los últimos cinco años.
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Cinco años. Pienso en cinco años y vuelvo a poema de Leduc. Si uno supiera todo lo que es posible vivir en cinco años, estoy seguro, difícilmente se aventaría a emprender la arriesgada, sinuosa, a veces infructuosa aventura que son diez semestres de una licenciatura -y a nadie se le ha ocurrido, pero el asunto, hasta por aquello del tiempo, da para escribir una nueva versión de la Odisea, con todo y monstruos marinos mitológicos-.
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Y si a eso le agregan que uno gasta las horas para ganar dos o tres centavos en un trabajo que sí, disfruta, pero que nada tiene que ver con la profesión elegida -en las mañanas hago números, por las tardes, letras-, estarán ustedes frente a una situación agotada de dudas y caótica de sentido. Me siento como camión de redilas que ha perdido el camino y encima de todo teme llegar tarde -lo de las redilas es porque el puro camión sonaba muy solo, y si le ponía motores, o bugías, o transistores, les iba a sonar a ustedes como un camión veloz, y no era esa mi idea-.
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Con esa situación de agotamiento y pesadumbre llegué este viernes a la que sigue siendo, por último semestre, mi universidad. Temeroso de que alguien me viera y preguntara: "¿Todavía por aquí? Pero si saliste hace mucho, ¿no?", entré por la puerta más olvidada, me escabullí entre los corredores menos transitados, anduve por los jardines más solitarios y terminé por llegar al extremo del salón más apartado dónde, nada tonto yo, había acordado verme con La Estela, maestra investigadora de asuntos periodísticos con quien, muy a su pesar, he de hacer yo este semestre mis prácticas profesionales.
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Lo de La Estela le viene por registro civil y por derecho. En medio de esta atmósfera de "insuficiencia profesional", o bien de "déficit de certidumbre", La Estela llegó al lugar de la cita con una bolsota cargada de periódicos selectos y un kit completo de papelería para, dice ella, "empezar a trabajar". Me dio las instrucciones, resolvió dos o tres dudas personales respecto al cómo, el dónde y el por qué, y, muy serena ella como siempre, me dio una palmada de buena suerte y me lanzó fuera del salón asegurando que haría yo "un excelente trabajo".
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Y así me vi, de pronto, abrazando el olor de las páginas entintadas, las rotativas, los folios, la corretiza en la calle tras el político escrupuloso, la fotografía tomada en el vaivén de la rueda de prensa, la transcripción acelerada de la nota, el travieso intelecto planificando la siguiente pregunta que habrá de salir, medio interrumpiendo, en tanto se nos ocurre cómo llegar al grano. El café a medio terminar, la llamada desesperada de La Gabybaby sugiriendo cómo empezar el párrafo, la junta editorial plagada de presiones, sugestiones y comentarios altisonantes. Y así me vi, gracias a La Estela, recordando una por una las estaciones del viacrucis de una profesión que me ha elegido a mí sin preguntarme, y luego, mísera, méndiga, egoísta, se ha atrevido a hacer que la enamore.
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He de revisar uno por uno los periódicos, y he de señalar para cada uno de sus escritos un tipo diferente de género periodístico. La idea de La Estela es investigar cómo andan los medios locales en cuanto a la diversidad y las formas del mano de la información, y darle una idea al mundo académico de para dónde vamos los jalisquillos en el asunto ése de transmitir los hechos. Sabrán entonces que entender que estaré todo el semestre en compañía de mi viejo amigo el periodismo me hizo el día y levantó mi ánimo.
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La cosa se puso mejor cuando enseguida, en la clase que elegí, me encontré con un profesor al que, yo no sé por qué, siempre he estimado y tenido en bien, y quien, según me dicen sus modos, anda nomás esperando que yo tome una de sus clases, me le atraviese, le muestre algún trabajo, le ponga a consideración dos o tres párrafos sinceros. Nos vamos buscando el modo, las caras, los gestos, y nos vamos reconociendo entre el devenir de la profesión que, por distintos caminos, elegimos y abrazamos.
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Y entonces él, a quien con más cariño que necesidad nominal apodaré El Marco, puso sobre mi mesabanco la otra cara de la moneda y me recordó la intención primera mía al elegir, adolescente regordete con serios problemas en casa y muchas ganas de salir corriendo, una carrera de la que dicen todos he de morir de hambre. Mucho antes de que el periodismo me atrajera con sus afanes de respuestas y preguntas, a mí me gustó leer, y al leer entendí aquello que, a conciencia, podemos repetir los que leemos: el que lee, adquiere una ineludible responsabilidad hacia su sociedad, y con ella la obligación, inamovible, de poner en marcha las maquinarias necesarias para cambiar al mundo. La buena literatura es, por tanto, un placer estético que se vive, se siente, se enaltece en las posibilidades éticas que dicha responsabilidad incluye.
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Salí de clase renovado y feliz. Con esa felicidad malsana que dejan las cosas buenas, "las cosas que son de Dios" -doña Mago, feliz abuela de una Fer y próxima feliz abuela de un Rafa, anda medio metiche en mis entradas, luego de que tras una lamentable y voraz caída de H he tenido que recurrir a su laptop para seguir escribiendo y haciendo mis deberes-, con esa felicidad de sonrisa estúpida y gozo en los pectorales -Sabrina ha de sentir mucho ese gozo cuando siente gozo-, salí de clase y me lancé a la calle para reconquistarla -¿o no les pasa a ustedes que estando felices se sienten dueños de la acera y hasta bailan sobre ella? Si no, pregúntenle a Gene Kelly en su famoso "Singing in the rain".
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No pienso quedarme más tiempo ahí, ni cruzar los pasillos sin nombre, las divisiones perdidas, los escritorios con burócratas eternamente ocupados. Pero pienso pronto, más pronto de lo que me sugiere el espíritu como necesidad, volver pronto a lo mío. Esto, que aunque está lleno de números también me gusta, es sólo una parte de mi vida, una ligera región en mi tiempo. Lo mío está en las letras, y estoy seguro que, con el tiempo y en las formas más diversas, ellas me abrazarán y me darán la bienvenida, entregándome las llaves de su reino.
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Y sobre lo acontecido en Monterrey, envío a los regios y al duelo que han elegido algunos mexicanos tras el lamentable atentado el profundo deseo de que la buena literatura esté cerca para consolarlos y los cure velozmente. Si Teresa Mendoza, Héctor Belascoarán o cualquier otro de los héroes de lo policíaco no les curan las heridas, por lo menos estarán dispuestos a decirles "no están solos. Su dolor es el dolor de todos". Ánimo.
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Y feliz regreso.
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¡Salud!

domingo, 21 de agosto de 2011

Alondra.

Lleva el ritmo hasta en el nombre. La alondra es una de las aves que más altos tonos pueden alcanzar con su canto, y su curiosidad estriba en que canta mejor mientras más alto se eleve al volar. Por ello, los diccionarios de nombres imputan a "Alondra" el significado de "melodiosa como la alondra". Basta verla dirigir su Orquesta Sinfónica de las Américas, para entender que no estuvo tan errado el destino al escogerle el nombre. Sus movimientos, sus gestos, la forma en que da entrada y salida a cada uno de los instrumentos que la rodean, espectantes, hablan de que Alondra de la Parra tiene, con toda seguridad, la sangre empapada en son.
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Haga usted un experimento. Mencione tres compositores mexicanos de todas las épocas. ¿Pudo? Seguro, como en mi caso, el de un mero curioso en los asuntos melómanos, vinieron a su mente José Alfredo Jiménez, Agustín Lara, Juan Gabriel y Armando Manzanero, o por lo menos uno de ellos. Ahora dé usted un paso más: mencione tres directores de orquesta igualmente mexicanos. Ríndase. Le daría otra oportunidad pero estoy seguro que a usted se le ocurren, si bien nos va, directores de otras naciones, que ni por coincidencias extrañas se animarían a mover la batuta para construir los compases de un huapango, un son o un jarabe.
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Alondra de la Parra es, ante todo, dinámica y universal. Con su Orquesta de las Américas, nacida en Nueva York -ambas, Alondra y su orquesta-, ha buscado darle difusión a las melodías nacidas de las mentes geniales de compositores de todo el continente, pero ella, por igual, ha tomado la dirección de orquestas sinfóncias en Alemania, España, Miami, Canadá, Los Ángeles y Singapur, y a todas ellas las ha hecho entonar distintas melodías. No existe para Alondra mayor distinción que la del talento, manifestado no en otra cosa que la capacidad de una melodía para hacerle mover el esqueleto, y nada más.
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O véala usted dirigir. Coincidirá conmigo en que, si a uno no le gusta la música mexicana, termina enamorado por lo menos de las entradas, los compases y las vibraciones que Alondra parece generar en los instrumentos mientras baila al dirigir. Toma la batuta y es toda ella sonrisa y movimiento. Farolito, de Lara, o Estrellita, de Manuel M. Ponce, o Cielito lindo, del dominio popular, cobran en su dirección belleza y sentido, dinamismo, actualidad, y nos recuerdan que, antes que canciones de antaño, son música, y eso las hace tan actuales como el reggaeton -?-
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Alondra es delgada, y tiene, dice Doña Mago -que ahora, en su papel de abuela, trae los humos hasta el cielo-, "el porte de la buena cuna". Yo no sé si la buena cuna genera en los adultos que de niños la tuvieron un porte diferente al de los que durmieron en colchón pelado, pero es cierto que de la Parra posee ese brillo que la clase, la educación, la distinción y el amor al trabajo, la pasión y la entrega a una vocación, generan en su poseedor. Rodeada de sus músicos y sus notas, Alondra deja de ser Alondra y es energía, melodía y generosidad.
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Hagan la prueba. Busquen algún video suyo en la red e intenten no emocionarse con los compases de alguna canción típica mexicana mientras la ven dirigir. El que salga libre de ésta, tendrá más mi miedo que mi respeto. Es imposible no enamorarse de su modo paticular de dirigir, de su liderazgo, una dirección bien entendida, justa: sin dejar de lado el vigor suficiente para que no haya notas descuadradas sino melodìas integradas, un respeto suficiente a la labor y la creatividad interpretativa de los músicos.
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Y a eso súmenle que es guapa. Yo no sé qué nos pasa en México con las mujeres triunfadoras, pero si son guapas nos caen mejor. Dos ejemplos: Josefina Vázquez Mota va abriéndose camino rumbo a Los Pinos -ya cortó dos o tres oyameles para poder llegar más rápido-, y la gente la mira con recelo mientras a la precandidata, que no es de malos bigotes, se le van acumulando las arrugas en los labios. Elba Esther Gordillo, valga el cambio de imágenes de zopetón, ha marcado un estilo en el hacer polìtica -y negocios polìticos-, y, pésele a quien le pese, ha resultado victoriosa. Pero por fea nadie la quiere, y todo mundo le echa en cara sus bolsas Prada, sus trajes Channel, sus sueldos millonarios -bolsas, trajes y sueldos que de seguro también tiene y gana Vázquez Mota-.
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Y entonces uno escucha entre los que se van considerando fanáticos de Alondra: "¡Qué bárbara! Y eso que es guapa", como si el talento, la genidalidad, "la buena cuna", estuvieran en algún modo peleados con la belleza.
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Pero sì, es bella, y ocupa un lugar privilegiado entre los directores de orquesta mexicanos -y eso que ni siquiera vio la luz en suelo patrio-. Todo lo que ya dije, aunado a su buen estilo para el vestir -Alondra se va de filo y rompe tratos con el tradicional smoking. Prefiere la blusa sedosa, el pantalón entallado, el tacón medio y el escote-, y el arreglar -fashion emergency! gritaríamos de verla con los tradicionales pelos alborotados de los directores de orquesta, o el corto y engominado look que caracteriza a los más protocolarios-. Es pulcra, genuina, perpetuamente emocionada.
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Su más reciente participación discográfica es una absoluta joya de la industria melómana nacional. Bajo el sugestivo título -Travieso carmesí- se esconde una obra interpretativa de clásicos de la música nacional a los que Alondra y su Orquesta retocan, remontan y redoman. Aunque acompañada por tres honrosas voces -Natalia Lafourcade, como siempre mejor en los independiente que en lo Sony Music; Denise Lo Blondo, mi rodilla; y Eli Guerra, como siempre dando batalla-, Alondra mantiene el estrellato de las piezas y, con su particular toque, las construye catedrales. Del barrio y la serenata, Lara, José Alfredo Jiménez, María Grever, y otros más, pasan a la sala de conciertos a ocupar un lugar estelar. De lo cotidiano en la radio a lo magestuoso en el palco principal, el trabajo de de la Parra reconvenciona y reclasifica. Con una sonrisa, Alondra mira a su audiencia durante los aplausos y, mientras hace reverencias y pide más y más palmas para sus músicos, su sonrisa aclara: "Esto es universal, señores. Lo demás, puede pasar a ocupar su sitio en las rebajas".
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De la Parra estuvo casada durante dos breves años con Carlos Zedillo, hijo del único expresidente priísta que, a su recuerdo, no nos genera más que un leve mareo. Su divorcio vino después de que las vidas laborales de ambos -èl era arquitecto, graduado en Yale- fueran incompatibles con la estricta cercanía que suele exigir la vida conyugal. Ambos prefirieron darle el primer lugar a sus carreras. Muy sano. Y yo, que no conozco ninguna construcción particular planteada por Zedillo, aplaudo la decisión de Alondra. Si solita dirige así, mejor solita.
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Otro dato tipo Hola: Alondra es nieta de Yolandra Vargas Dulché, la mamá de Memín Pinguín y la sempiterna María Isabel. Ahora entendí porqué aquello que dice Doña Mago: lo mero bueno se mama en la cuna.
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¡Salud!

miércoles, 17 de agosto de 2011

Fernanda.

Para El César y La Mayordemishermanas, por el atrevimiento a favor de la vida y el amor.
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La vida es un universo de pequeñas cosas.
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Hay cosas en la vida, Fernanda mía, que uno no espera. Cosas ante las cuales no queda más que preguntarse porqué si un segundo antes todo caminaba pean peanito, un instante después la calma chicha se ha ido por completo al sumidero y el caos a tomado el control de las cosas. Cosas ante las cuales no hay más que bajar las manos y dejar pasar. Cosas, Fernanda mía, Fernanda hermosa, que de tan inesperadas se nos vuelven emociones: alegría, tristeza, miedo, frustración. Tu llegada a esta Tierra nuestra, desde hoy también tuya si nos ayudas con los gastos, ha sido una de esas cosas. Algo que sabríamos que pasaría, pero que ante tu prisa y tu decisión intempestiva de llegar nos ha dejado en manos de la sorpresa, la carrera y el sobresalto.
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Pero el punto es que hoy estás aquí, y yo no pretendo enseñarte nada. Para eso están tus padres, bienaventurados seres que te han traído a nosotros fruto del amor, la entrega, la virtud y, quiero suponer, la pasión que hay entre ellos. Te han dado un nombre, y han tejido juntos un sueño que luego se han transformado en ti. Ahora, esperan, harás de ti misma, con lo que ellos te den, que estoy seguro será mucho y sustancioso, un sueño aparte que llamarás vida.
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La vida, Fernanda, a la que yo ingresé hace 23 años, y de la que todavía no tengo mucha conciencia, te va a sorprender a cada instante. Mientras, pequeña y rosada, te cargaba entre mis brazos esta tarde, Fermosa, abriste los ojos y tu expresión fue clara y familiar, porque yo mismo la he visto en mi rostro en recientes fechas. Fue la expresión de la duda, el recelo, la nostalgia. Me miraste, y luego miraste alrededor, y volviste a mirarme esperando una respuesta. ¿Qué es esto? ¿Qué demonios hago yo aquí? Miraste igualmente a tu abuela, Doña Mago, y ella te cantó: "Palomita blanca, pico de coral, dime qué tanto haces, en tu palomar". Y su canto, de flores y de años, te habló de muchas cosas, pero no calmó tus dudas. Luego te cargó tu tía, y sentiste bajo de ti la presencia de tu primo, Rafael, que está próximo a dar el cañonazo. Y tu tía admiró tus pequeños ojos, tus pequeñas orejas, tu boca eternamente abierta en esa misma expresión de duda que maneja tu mirada. Y saberte hermosa, Fermosa, tampoco te dijo nada.
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Te cargó tu padre, y sus manos fuertes y su presencia cálida te tranquilizó. Te besó en la frente, cientos de beses, y a cada beso respondiste con un gesto de tranquilidad. Luego tocó el turno a tu madre, y entre sus brazos, pegada a su pecho, escuchaste el mismo tamborileo del mismo corazón que te acompañó los últimos nueve meses. El sonido familiar te dio serenidad, pero no calmó tus dudas. ¿Qué hago yo aquí? ¿Qué es todo esto? Viviste el amor en nuevas formas hoy, formas hasta ahora para ti desconocidas: las caricias, los besos, los olores, las miradas. Y el amor te habló de más y más amor. Pero eso tampoco calmó tus dudas, y tu entrecejo nos hizo una y otra vez la misma dupla de preguntas. ¿Qué hago aquí? ¿Qué es todo esto?
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Y resulta, Fernanda mía, Fernanda hermosa, Fermosa, que nadie tiene para ti una respuesta a esa pregunta. Sabemos todos, los que te hemos recibido con el corazón colmado de alegría, que tu papel en esta vida es ser feliz, y que lo que te rodea está ahí, puesto a tu disposición, para que tú lo conozcas y le saques el mayor provecho, en bien de tu felicidad. Pero cómo lo hagas, y qué de lo que tomes te hará feliz, eso será decisión tuya.
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La vida, finalmente, será conocerte a ti misma y decidir con base en ti y tu felicidad. Sabrás si te gusta el verde o el rosado, si te place más usar labial o sombra, o nada. Sabrás si el vestido se adapta a tu modo de vida, o si prefieres un buen par de pantalones para escalar los árboles que hay por tu casa. Decidirás si te gusta el pelo largo o corto, recogido o lacio y suelto. Si aceptas de tu madre todas y cada una de las verdura que te servirá, o si el atún se convierte en tu platillo favorito. Elegirás una profesión, y una vocación, y las ejercerás con la voluntad de quien ha elegido lo que le hace feliz. Y cuando pasen los años, y te preguntes, en el límite del mundo, ¿qué es todo esto? ¿Ahora qué hago yo aquí?, entenderás que la vida no termina nunca, sino que es un profundo devenir de decisiones, una eterna búsqueda.
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Pero ahora que estás aquí, metida entre mis brazos, tus dos preguntas son un buen comienzo. Y si muchas otras salen de ti, mucho mejor. Preguntando, dicen tus abuelos, se llega a Roma. Y si no quieres ir a Roma, pregunta dónde queda ese lugar a dónde quieres ir. Y ve, sobre todo eso. Hoy, entre mis brazos, he contemplado el amor en otra de sus formas, y he entendido que tus dudas harán que nos llevemos de maravilla. Te ha rodeado la aceptación, la espera, la ansiedad. Te han sobrado brazos, y bocas, y pieles. Has nacido afortunada, y has hecho honor a tu nombre porque has demostrado, con tu inquietante necesidad de respuetas, estar "lista para el viaje". Puesta a la aventura. Decidida al conocimiento.
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Y me has recordado lo poco que somos ante la grandeza de las cosas pequeñas como tú. De los milagros menudos. Te has abierto paso entre los senderos de las posibilidades, y has elegido nacer y darle a la naturaleza otra razón para creer en sí misma y su fuerza.
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Tu tío te cargó, por último, y te lo dijo de nuevo, en persona: Bienvenida, Fernanda. ¿Tienes muchas preguntas qué hacer? Qué bueno. Es el momento de empezar a hacerlas. Tú y yo, en lo que buscamos las respuestas, nos la vamos a pasar de lujo.
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¡Salud!

miércoles, 10 de agosto de 2011

Waterloo, Liverpool.

Para Fer y Rafa, por la vida tan tremenda que se traen.
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Así son los jóvenes. Salvador Allende pronunció -dicen, porque yo no estuve ahí, muy a mi pesar- unas célebres palabras que todavía hoy repetimos quienes no nos animamos a aprendernos otras -además, eso de citar a Salvador Allende es siempre bien visto entre la clase trabajadora-: "Ser joven, y no ser revolucionario, es una contradicción hasta biológica". El punto es que nunca se están en paz. Díganmelo a mí, que tengo uno a mi lado que escucha "marcha" y comienzan a caminarle las patitas. Ya no digamos "cacerolazo", "manifestación", "paro", "huelga" o "protesta", porque se pone de buenas y le da por hacer pintas, organizar contingentes y gritar dos o tres consignas. Yo, en cambio, que soy un espíritu viejo -?, nomás el espíritu, porque lo demás me funciona como de quince (¿años? no, caballos de fuerza)-, me siento en mi sillita de mimbre y nomás los veo pasar.
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Los recientes disturbios en la que fuera la ciudad natal de los Beatles, Liverpool, ocasionados, dicen, por jóvenes -es que tampoco he estado ahí, ni les he preguntado las edades, o las mentalidades, porque igual, también dicen, hay jóvenes de sesenta años-, hablan, dicen algunos, de la natural efervescencia que, dicen, caracteriza a los veinteañeros y similares. Dicen que todo es que que nos organicemos, y algo no nos guste, para que pronto armemos guerra y detengamos la moción. Dicen que, una vez en movimiento, no hay máquina, metralleta, sistema político o asociación religiosa que nos detenga.
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Y yo lo creo. Al '68 no lo detuvo Tlatelolco, y las voces de los tanques degeneraron en la pérdida de credibilidad, y posteriormente de la presidencia, del partido hegemónico. A los estudiantes de París no los detuvo la represión, y sus gritos orillaron a De Gaulle a abandonar el cargo, sabiéndose insuficiente para las demandas de tantos y tantos espíritus jóvenes. A los de Estados Unidos no los detuvo el fusil cargado, y las flores puestas en sus boquillas regeneraron los campos de guerra.
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Así que no hay forma en que el gobierno inglés pueda parar las revueltas suscitadas en distintos barrios de Londres y en distintas ciudades de Inglaterra. Si todo nació a raíz de la misteriosa muerte de Mark Duggan, al parecer a manos de policías, o si ése fue sólo el pretexto de un montón de neohooligancitos para hacer sus desmanes y jugar a la fogatita, vaya usted a saber -y si sabe, me dice-. El punto es que la cosa ya se armó, y en grande, y la aplicación de la semana no está en Facebook, sino en las calles: roba una pantalla plana, quema la tienda, y luego lanza botellas de vidrio a los granaderos -que allá, supongo, no se llamarán granaderos, sino algún otro nombre rimbombante como "policía antimotines", o algo así-. El que más polis haga enfurecer, se lleva los puntos.
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Las tecnologías de la comunicación han jugado un papel fundamental en la organización juvenil de los inglesitos. Si era difícil que en el París, o todavía menos en el México de los sesenta, se contactaran velozmente unos a otros los miembros de los respectivos movimientos para armar la chorcha, ahora es dificultad ha sido más que superada por una veintena de aparatos y redes puestas a disposición de un grupo de jóvenes entusiasmado con la destrucción.
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"Esas no son protestas", me dice un conocido al que le tiemblan los labios de imaginar al bello -dice, porque tampoco he ido- Londres bajo las manos de un montón de "zátrapas revoltosos desquehacerados". "Eso es joder por joder". Y tendrá razón. Yo, en las notas revisadas y los videos observados, no he visto una manta, un grito, una consigna. Hacer desorden por hacer desorden parece ser la noción común. El que más queme, el que más haga explotar, se lleva la noche e invita la ronda. No hay fin político, social, diplomático. Y si lo hay, está perdido entre la humareda.
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Yo, hace un tiempo, decía en este mismo Baile que veía difícil, con cierta tristeza, la repetición del '68. Ahora me arrepiento de lo que dije y juro por mi vida que lo que yo pedía era una juventud despierta, participativa, conciente y dinámica, que no un montón de niños jugando a la pirotecnia, una masa enardecida actuando Marabunta, una sopa de adolescentes creyendo que, para cambiar al mundo, hay que primero hacerlo arder. Si este es nuestro nuevo '68, si esta es la forma en que a partir de hora nos haremos notar como generación, yo así no juego.
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Oye, John, ¿por qué no vuelves de la tumba y nos cantas aquello de "take a sad song and make it better", mientras caminas por las calles de tu puerto? Igual así, de paso, nos acordamos de que no es la inacción, ni tampoco la destrucción masiva, lo que es digno de llamarse "agente de cambio". Desde tu voz, espero, da luz a tu gente, concientiza, genera, cambia. -Pero no les cantes "Let it be". No vaya a ser que se la crean-.
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¡Salud!

martes, 2 de agosto de 2011

Fuego en la pista.

Para quienes en recientes fechas han puesto este Baile en sus corazones. Y para aquéllos que, fieles a promesas nunca pronunciadas, hoy siguen aquí, bailando.
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Alguien me preguntó en alguna ocasión por qué otorgué a mi blog personal un nombre tan chistoso. "De veras", me dijo en alguna ocasión una conocida de la familia que, al enterarse de que esto no era un blog, sino un baile, rompió a reír, "parece que te estás burlando de uno". Comentarios similares he recibido a lo largo de estos casi cuatro años, y todavía hay quienes, sorprendidos ante el nombre que les dicto en la parada del camión, el salón de clases, el escritorio en la oficina, preguntan si les estoy tomando el pelo.
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Los que me conocen sabrán la respuesta a esa primer interrogante que ha abierto, perdonen ustedes el atrevimiento primario, esta entrada de todo y nada -era esto o hablarles del homenaje que el gobierno del Estado, encabezado por Emilio "La Monja" González Márquez, ha rendido esta semana a su cuatacha del alma, el Cardenal Juan "Bocotas" Sandoval Íñiguez. Y coincidirán conmigo en que mejor hablamos del baile-. Los que me conocen entenderán por qué mi blog es un baile, y no un cuaderno de apuntes, un diario o un abrevadero -he conocido blogs abrevaderos, blogs que resultan más un resumidero de penas y sentencias que un intento por hacer de la palabra, en su más ligera y sencilla expresión, un puente hacia la libertad de expresión de las ideas-.
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Lo saben quienes conmigo han bailado a pierna suelta, all night long -yo nunca bailo menos que eso, a menos que no haya Tehuacán-, quienes se han aventado dos o tres piezas a mi lado, incluso quienes, ahora mismo, se turnan para darme su cachetito en este eterno vals rockero que es el día con día. Lo saben, y espero sepan agradezco ese conocimiento. Saben que yo celebro con risa franca y amena lo bueno y lo malo de la vida. Y que para todo eso, como símbolo de la felicidad y el espíritu humano vivo y fresco, creo en el baile como el mejor representante.
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El baile es la expresión más clara, sincera, amena y accesible que he podido encontrar de lo que es la vida. Me gustan otras tantas alegorías, como la del viaje, el paso, el corto grito entre dos largos silencios. Pero me quedo con el baile porque el baile representa lo mejor y lo peor de nosotros: como la vida misma, está hecho de giros, sobresaltos, volteretas y compases, entre los cuales conviven con igual justicia tiempos de mucho movimiento -conocidos en el bajo mundo como "punchispunchis"-, y tiempos de larguísima espera. Tiempos muertos -Tonight is the night... let's give it up... I got my money... let's spinit up...-, y tiempos en que no falta una nota, aguda o grave, para distender el ambiente.
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El que baila celebra la vida, y le da a las cosas el valor adecuado -por eso no es bien visto quien se atreve a bailar Caballo Dorado en las bodas con tiempos de vals-. El que baila cree en sí mismo, y en lo que los pasos de otros pueden hacer sumados a los suyos. Confía en el equipo, pero no deja que esa confianza deje de lado el verdadero motor del hombre: la creencia ciega en sí mismo en tanto individuo.
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Además, dicen, quien es bueno en la pista de baile es bueno en la cama. Yo, que no he comprobado dicha acusación -Mi Ojosh es bueno bailando, pero jamás relacionaría sus habilidades amatorias con su capacidad de mover el esqueleto-, me quedo con la idea de que, ciertamente, para bailar hace falta coordinación, y la coordinación es producto, casi exclusivamente, de un cerebro fresco, sano, rozagante y bien entendido en las cuestiones de la motricidad.
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El baile es mitad instinto, mitad creación. Por ello, combina, como las mejores cosas de la vida, las dos caras de la moneda humana: lo animal y lo civilizado. Los primeros hombres bailaban para semejarse a los animales, y hoy, en ocasiones, nos damos el lujo de parecer animales mientras bailamos -pregúntenle a la tía Lencha, que cada que baila regala pizotones-. Con su ditirambo, empatizaban con el medio que les rodeaba, y eran mejores cazadores, mejores recolectores, mejores ambientalistas -si yo bailara como cactus, seguro no tendría uno en casa muriendo en una macetita-.
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El baile me lleva a otros de mi más cercanos gustos: la música, el teatro musical, la palabra, la literatura, el periodismo. El baile se relaciona con el sentido del ritmo, y es bien conocida esa verdad de que todos hablamos en versitos, por lo que un buen escritor tendrá siempre el don de la fluidez, de hacer que su escrito sea lea como si avanzáramos sin demora por una corriente cálida y cristalina. La entrevista tiene un ritmo, como el baile, y los distintos géneros periodísticos están hechos de pasos y compases, porque nadie espera, por ejemplo, que un reportaje suelte la información al primer zapatazo, ni que una noticia prolongue hasta el coro intermedio la razón de la nota.
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Y a eso súmenle otras cosas que no me gustan: el tráfico, el enojo, el deporte extremo. Todo está hecho a imagen y semejanza del baile, porque en el baile, como en pocas otras obras humanas, nos entendemos mejor y estamos más en contacto con lo más profundo de nuestro ser, con nuestro lado más inhóspito, con nuestro más dormido inconciente.
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El que baila celebra la vida, decía, y por eso los personajes de las caricaturas siempre terminan bailando: baila Charlie Brown y baila Snoopy con el compás del piano; baila Mafalda, al son de los Beatles; baila don Gato y baila su pandilla. Baila el cine, como el tango de Al Pacino en Perfume de mujer. Baila la pintura, como el burlesque de la dama de medias rojas en Baile, de Toulousse Lautrec. Baila la vida, cuando un viento suave mece las copas de los árboles instantes antes de que se suelte el chaparrón. Baila la noche, en un centellar de estrellas. Y baila el Universo, que se expande desde que hizo, como la banda homónima de blues, Big Bang.
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Y bailo yo, a solas en mi cuarto, al esperar el camión, al hablar con un amigo, al esperar hacer un retiro o elaborar un memorándum en el trabajo. Porque en el baile le digo al mundo que estoy preparado para las sorpresas que me tenga, y que no está en mis planes esperar a la siguiente pista para soltarme el primer botón de la camisa y mover el esternón.
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¡Salud!