sábado, 23 de julio de 2011

Sobre Harry.

Existe un mito de común aparición que dice que existe una generación después de la X, a la cual los estudiosos de las generaciones, que gustan, como todos estudiosos, de darle continuidad a lo disparejo, han llamado en obviedad la generación Y. Eso es no sólo falso, sino dictatorial: pretender englobar a un montón de hombres y mujeres afectados por la globalización y sus hijos menores el ecoturismo, la música en formato electrónico y los productos orgánicos, en una generación, es poco menos que inútil. Después de la X, que sobrevivió a Timbiriche, Mecano, el Muro de Berlín y los Pitufos, estamos los nacidos en el limbo de la diversidad.
.
Esta ausencia de generación ha fomentado el surgimiento de un fenómeno que yo denominaría, de ser estudioso de las generaciones -cosa que no soy, claro está, porque seguro de eso sí moriría de hambre-, "intergeneracionalidad". Es decir, grupos generacionales diferentes, identificados por diferentes gustos, diferentes ídolos, diferentes experiencias de vida, que comparten entre ellos sólo el mismo tabular de años de nacimiento, y ya.
.
Los Harrypoterianos son, sin lugar a dudas, uno de los grupos intergeneracionales más destacados del fenómeno que antes precisaba. Desde la aparición del primer libro de J. K. Rowling, en el 2001, hasta el estreno del último filme, que prolongó una saga de siete libros en ocho filmes, pasando por episodios dramáticos como la desaparición del Merlín reloaded, Albus Dumbledore, y su salida del clóset postmortem, la generación poteriana encontró en el universo recreado y retomado por Rowling -porque ella nos recordó esa ley universal del arte, las ciencias y la vida cotidiana, que dice aquéllo de que no hay nada nuevo bajo el sol-, una forma de vivir, creer, crear y ser. Un universo en sí mismo que ofrecía protección, alimento, profesión, estudio, viajes, personas. Un hermético mundo dónde, siendo todo posible, y encontrándose por lo común las cosas regidas por una lógica mágica, pero lógica al fin, las cosas serían más fáciles que en la pesada, cambiante, temblorosa y llena de complejos adolescencia.
.
En ese espacio literario de protección, los poterianos hicieron su atalaya, y me atrevería a decir que estar ahí, en Hogwarts a ratos, en otros en bosques oscuros, praderas salvajes, tiendas de dulces y bromas, en otros rodeados de amigos dispuestos a enfrentarse a brujos malvados con narices de pescado, ajedreces gigantes endemoniados, trolls, arañas patonas, serpientes venenosas, hombres lobo y hasta árboles boxeadores -imagino ahora un round del Canelo Álvarez con el dichoso árbol golpeador de la saga, y dudo que el pelirrojo viviría para contarlo-. Estar ahí, decía, en medio de ese ir y venir de creaturas y parajes fantásticos, salvó a los miembros de toda esa intergeneración de volverse completamente locos entre los cambios hormonales, las inseguridades, el acné y los primeros noviazgos, que caracterizan, tan caótica como naturalmente, a esos años de la vida que forman la adolescencia.
.
Por todo esto es que creo que la última entrega del mago primero niño y luego adolescente le resta brillo a una trama que tiene todo, incluido el apoyo de una intergeneración más gigantesca de lo que presume que cree en su historia, para brillar con considerable fuerza. Le resta, por ejemplo, el final climático a la historia del héroe, clásica pero sin dudar bien retomada por el escritor de la cinta, Steve Kloves, con un descenlace que parece más un soporte visual para la idea que ya todos tenemos del fin de la historia -algo así como "sí, sí, de todas formas éste se va a morir, y éste otro no"-, que un intento por cerrar con broche de oro y doble fanfarria la saga que marcó a todo un grupo de seres humanos en formación.
.
Le resta, también, el desarrollo de una cinta que parece correr y desaprovecha momentos que podrían haber dotado al filme de imágenes trascendentales: el despertar de un ejército de piedra, el vuelo de un dragón ucraniano -Krakov, clásico niño ucraniano que muere en todas las películas sobre el hambre en los países de Europa del Este, estaría feliz de volar en un dragón de su país natal-, o un duelo final que, lejos de acercar al espectador a la pantalla ante una excelsa ejecución artística a través de la imagen, nos dejan la impresión de que lo que se buscaba era terminar, de una vez por todas, con un trabajo pesado, arduo y demandante.
.
Le resta, también, la ausencia de la muerte del héroe, pues es bien sabido que todo gran héroe merece una muerte digna, y no casarse, tener hijos y conquistar una vida normal. Pobre Harry Potter. Ha sufrido, en el libro y en la cinta, el resultado de ser famoso antes de su publicación: cediendo a la necesidad romántica de todos sus seguidores de seguirlo manteniendo con vida el mayor tiempo posible para pensar en él cuanto fuese posible, sus creadores -en la literatura y en la pantalla grande- lo han dejado salir ileso de un proceso que, para llevarlo a la eternidad, culminaría necesariamente con la muerte. Y eso lo saben todos los estudiosos de la mitología y la figura del héroe en la historia: no hay héroe sin muerte. Rowling y Kloves han fallado a favor de los fanáticos, y le han dejado a su personaje, que pudo obtener la gloria -diría el Perro Bermúdes, "la tenía, era suya, y la dejó ir"-, y se quedó como el chinito, "nomás milando".
.
Le resta, también, la poca actuación de las tres figuras artísticas verdaderamente educadas que llenan la pantalla a cada breve aparición, curiosamente un trío de alguna vez nominados al Óscar: Maggie Smith, Helena Boham Carter y Ralph Fiennes, quienes apenas aparecen en esta ocasión, o lo hacen para debilitarse y morir -a mí, al menos, me hubiera gustado conocer a Lord Voldemort antes de su paulatino deceso, en toda su gloria, con todas "las de acá", y no a ese pedazo de hombre a medio formar, con voz de José José en recientes años y gestos de gusano en sal-.
.
Le resta, ya por último, la promesa de un final entusiasmante que llevó a miles a las salas y ha generado igual número de decepciones. Los que creían en la magia salen del cine pensando que es mejor resignarse a vivir en el mundo real, y quienes no creían salen del cine medianamente dichosos por no haber puesto su fe en un héroe que, cobardemente, no se atrevió a trascender.
.
Y a mí me resta decir que esperaba poder aplaudir -con el corazón, que no con las manos, tampoco soy tan fanático- ese último duelo, esa última escena, en una sala de cine llena de personas igualmente anhelantes de poder darle un merecido último homenaje -con sus respectivos corazones- a la historia que marcó a muchos, y llamó la atención a otros tantos. Pero mi corazón se quedó con las manos abiertas y ya mejor salió a abrazar a Mi Ojosh, que como nunca leyó Harry Potter y la primera película, que apenas vería esta semana, se la tragó su laptop, ni se vistió con toga ni alzó su varita nunca durante la adolescencia. Qué ganas de ser él. Así, por lo menos, la decepción no restaría.
.
¡Salud!

No hay comentarios: