lunes, 11 de julio de 2011

El silencio.

Un monje que había guardado silencio durante los últimos treinta años, habló por fin mientras comía con la comunidad. Su palabra primera después del largo callar fue: "¡Cuidado!", anunciando la bandeja de sopa que estaba a punto de caer en el filo de la mesa. Cuando todos sus hermanos lo interrogaron sobre por qué no había hablado hasta entonces, el monje los miró y dijo: "Porque simplemente no tenía nada bueno qué decir".
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Guardar silencio es una de las formas más eficaces que existen de poner en orden las ideas. Inténtenlo un día, cuando estén discutiendo con alguien y lleguen a ese punto al que llega toda discusión en que uno ya no sabe cómo rebatir los argumentos, y si sigue un poco más, se concentra en la negación, el ataque y la desacreditación ciega de las ideas del otro. Medio minuto de silencio en esas condiciones hacen con las ideas lo que de años cientos de constantes trabajos y buenas intenciones no han podido hacer con la política mexicana: las limpia, las purifica, las aclara y las encauza.
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Lo malo del silencio es que es socialmente poco aceptado. Digamos que es como el chico nerd al que en todas las películas gringas le jalan los calzoncillos, o el pobre hijo de Sánchez al que en todas las secundarias mexicanas le hacen la ley del poste -yo he conocido algunos Sánchez víctimarios en el asunto del bulling, claro está, lo que hace todo ese asunto de la violencia en las aulas todavía más grave por realizarse entre primos-. Al silencio nadie lo quiere. Da miedo, recelo, un poco de asco. Al que guarda silencio se le etiqueta fogosamente: amargado, raro, ensimismado, antisocial, traumado, cerrado. Se presupone que el que no habla no es porque no tenga nada qué decir, sino porque simple y sencillamente no quiere decirlo.
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Y no dudo que así sea. Que haya dos o tres que callan porque quieren callar. No a razón del miedo, el dolor, la mudez, sino de la pura y soberana, laudable y respetable, hinchazón del huevo -¡Jesús, la liga de la descencia ultimamente desatada, y yo aquí, con esta clase de palabrejas! Lo que es no tener conciencia moral-. Pero tampoco dudo que la gran mayoría de los que callan lo hacen porque simple y sencillamente no tienen nada bueno qué decir.
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El silencio en el que paulatinamente se ha sumido este Baile, que bajó las luces hasta parecer sacristía -no inventes, eso sí no, todo menos eso-, o prostíbulo -ah, ahora sí nos entendemos-, se debe a la amable, responsable, respetable y expresable decisión de un servidor de no decir nada más que lo estrictamente necesario, en parte por falta de tiempo, en parte por carencia de buenas ideas, en parte por crisis personal, una crisis de atrás -?- tiempo -!- que ha venido recrudeciéndose con ese asunto de que uno se acerca a los últimos semestres de su licenciatura, mira la calle desierta y se pregunta con desazón: "¿Y 'ora qué?" Y luego comienza a ver que amigos y compañeros comienzan a nadar en sus propias aguas, las aguas de su profesión, mientras uno, sí, feliz, pero sí también, expectamente, sigue contando billetes y cuadrando ventas en una oficina que sí, me encanta, debo admitirlo, en una empresa que sí, me agrada, con compañeros de los cuales paulatinamente sí, lo acepto, me voy encariñando más y más, pero que simple y sencillamente no responden al título de "Licenciado en Letras Hispánicas" -"oiga, amá, ¿y eso con qué se come?" "Con cuchara, mijo. ¿No ve que es sopa de letritas?"-
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Y el problema es que con la crisis se vuelve uno todo problema. Si la crisis es financiera, uno trae cara de billete todo el día. Si la crisis es amorosa, anda uno arrugado como corazón de res en salmuera. Si la crisis es sexual... ok, ahí le paramos. Así que no le queda a uno el tiempo ni la energía cerebral para mirar la realidad que corre veloz allá afuera, mientras llueve -bendita la vida que nos permite conocer la lluvia cada año, sin falta, y recordar en su fluir lo breve, fresca y natural que es la existencia-.
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Sé, por ejemplo, que en mi silencio la estrategia belicosa de Felipe Calderón se ha puesto más dura, y más dura también la crítica hacia un gobierno que, ya se los he dicho cantidad de veces, nació en la duda y creció amamantado por el recelo, la expectación y el fantasma de un fraude electoral maquilado, creído o real, pero fraude al fin.  Sé que la voz de intelectuales y gente de bien como Denise Dresser, Javier Sicilia Lorenzo Meyer y María Elena Herrera, se ha alzado para hacerle entender al presidente que nadie niega que su intención es buena, pero sus métodos y la defensa ciega de los mismos, absolutamente reprobable. Que si bien se entiende que un problema capital requiere decisiones trascendentales, los hombres y mujeres de este país no están tan dispuestos como los de 1910 a pagar con la sangre de sus hijos la desaparición de un mal que se generó en la misma silla desde la cual, a tientas y carpetazos, pretende ahora erradicarse.
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Sé, también, que la carrera presidencial ha dado inicio con las elecciones para gobernador en el Estado de México, y que el triunfo del PRI ha traído a Peña Nieto y sus secuaces -breve homenaje a Germán Dehesa- una breve pero brillante sonrisa Colgate. Que los presidenciables han comenzado a destaparse, y que ese destape, viniendo en algunos casos de quien viene, ha resultado motivo de comedia -Emilio "La Monja" González Márquez, vuelve a atacar con ese chiste de que él sabe mover mejor el bote que Peña Nieto -y supongo que sí, sobrio, y yo lo he visto sobrio una sola vez en mi vida, cuando asistió a la graduación de La Mayordemishermanas, y eso porque fue temprano en la mañana-.
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Sé, y muy de cerca, que el asunto de lo gay se ha puesto de moda, y que por primera vez en la historia electoral de nuestro país, será tema recurrente en los cuestionamientos hacia los candidatos. Sé que Nueva York, en medio de esta ola de "gay presence", ha aprobado el matrimonio entre personas del mismo sexo, y envío desde este baile silencioso un cálido y sonoro abrazo para los miembros neoyorkinos de la comunidad -la comunidad humana, no sólo la homosexual, que también debería regocijarse ante este avance-.
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Sé también que la Sub-17 ganó el mundial de su rubro, y que el Tri -el equipo nacional, no el grupo de rock, para que no confundan peras con vacas-, hizo lo suyo en la Copa América. Y que los pequeñuelos de la primera fueron suspendidos por meter prostitutas a sus habitaciones durante su periodo de concentración -¿ven cómo la concentración silenciosa es menos grave después de todo?-, y que los segundos, dos o tres de ellos, fueron descalificados por reprobar el antidoping. Confirmado: en todos lados se ven de todas cosas.
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Sé que murió Facundo Cabral, y que con su voz apagada, silenciosa, muere también un fuerte exponente de la libertad en la palabra.
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Sé que llegó Julio Regalado -si no lo sabré yo-, y que ya fueron todos ustedes, de seguro, por sus jabones y sus papeles higiénicos al tres por dos. Que esta semana se estrena la última cinta de Harry Potter, y que con ello cierra ciclo toda una generación. Que este verano trajo la segunda parte de Cars, la tercera de Transformers y la cuarta de Piratas del Caribe, y que en el mismo tenor se está haciendo evidente que cada vez tenemos menos ideas, o nos vamos haciendo más temerosos de expresarlas. Que Lady Gaga sacó, lleno de "gay pride" su segundo material discográfico, que hizo su primera gira por latinoamérica, y que fue de ciudad en ciudad promoviendo aquello de que todos debemos querernos tal como nacimos, y manifestar ese "self love" poniéndonos picos en la cara y vistiéndonos en la carnicería.
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Entenderán entonces que no he estado tan lejos, y que el silencio no es siempre equivalente  a la cerrazón. Permitan entonces que yo calle un poco, y prometo que las palabras que tendrán de mí serán las adecuadas, las básicas, las necesarias, las elementales. Que si bien no los harán felices, ni los harán reír, los harán entender que la prudencia y la reflexión son el mejor remedio ante la tempestad. Mientras vuelvo a hablar, procuren alzar la voz para que mi silencio tenga todavía más sentido.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Yo creo que el silencio es algo para respetarse.