sábado, 14 de mayo de 2011

Vértigo

Vértigo. (Del lat. vertīgo, -ĭnis, movimiento circular). 1. m. Med. Trastorno del sentido del equilibrio caracterizado por una sensación de movimiento rotatorio del cuerpo o de los objetos que lo rodean. 2. m. Med. Turbación del juicio, repentina y pasajera. 3. m. Apresuramiento anormal de la actividad de una persona o colectividad.
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Corren tiempos vertiginosos. Nos ha dado por andar a las carreras, y eso provoca que diario nos andemos cayendo. Y cae uno en predicamentos, desilusiones, trastornos que jamás pensó llegar a tener. Cae uno en situaciones que lo acongojan y lo obligan a retroceder el tiempo, a reflexionar, a pedir disculpas.
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Mi Ojosh fue diagnosticado hoy, tras breve sesión con el especialista, con vértigo postural benigno. Eso significa que su tendencia a sentirse como flotando y sus constantes dolores de cabeza tienen una explicación más allá de su rutinario estrés –el otro día vimos La Naranja Mecánica tirados en un café del centro de la ciudad, y se estresó por la terminología inventada que utilizan en el filme Alexander Dulash y sus secuaces-.
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Pero también significa que Mi Ojosh está muy ad hoc. Los tiempos que corren son de turbación y desengaño, y él, fiel a su propensión a andar siempre al día, no pierde la tendencia y se adentra en el vértigo.
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Y desde ayer que lo diagnosticaron, ya lo conocerán, todo gira en torno al vértigo. Se ha pasado las últimas veinticuatro horas rastreando el mínimo cambio en sus sensaciones, y hasta llegó a creer que las patas de una mariposa que se paró en su brazo eran un hormiguero que pronosticaba un deceso fatal –me pregunto si habrá deceso que no lo sea-. Habló de vértigo en los mensajes antes de que nos viérmaos, mientras recorríamos la feria del libro queer que se instaló en un pasillo de mi escuela, durante el viaje en camión al Mc Donalds más cercano, mientras deglutíamos dos pedazos de carne en medio de tres panes aderezados con una especie de mayonesa que uno no sabe si es mil islas o se echó a perder, cuando caminábamos por el centro comercial bobeando en los aparadores, y luego cuando se fue a su trabajo, y yo al mío, y seguimos hablando por mensaje. Me enseñó su medicamento, y presumió orgulloso estar tomando pastillitas que, si las vendieran sueltas en los abarrotes como los sedalmerck o los omeprazoles, costarían como cincuenta pesos cada una –yo, mejor, me compro trescientos desenfriolitos y me pego una intoxicada que ya ni ganas me dan de volver a vertiginarme-.
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El cielo está vertiginoso. ¿Quién lo desvertiginizará? El que lo desvertiginice, buen desvertiginizador será.
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Y luego, ya llegando a casa, se durmió diciéndome que no había vuelto a tener, en todo el día, otro ataque de vértigo. Y yo, antes de cerrar los ojos en medio de un día lleno de confesiones y evaluaciones, pensé en Alfred Hitchcock, e imaginé a Mi Ojosh de detective persiguiendo mujeres alienadas, negándose terminantemente a subirse a las cornisas de los altos edificios –eso él no lo haría, lo estresan las palomas y todo mundo sabe que las cornisas de los altos edificios están llenos de ellas-.
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También pensé en lo que es ser un homosexual en un país como México, en una ciudad como Guadalajara. Y me sorprendí de no haber tenido yo también vértigo en algún punto de mi vida reciente. Y mi jefe. Y los amigos de mi jefe. Y algunos de mis amigos y amigas.
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Y luego pensé que todos hemos sentido vértigo. Porque el vértigo es la respuesta natural del cuerpo a un mundo que aprisiona y domina, que descontroladamente nos empuja y obliga, cuando nosotros lo que queremos es dormir quince minutos más, o ser como somos, o ser quienes somos.
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Así que, si no me equivoco, yo también he tenido vértigo. Al tomar decisiones, al tener que dar pasos mucho más allá de lo imaginado, me descontrolo, me mareo, me pongo mal. Y no sé, quizá, si a mí también me vendrían bien últimamente unas dos dosis de Serc de 16 mg, nomás para no dejar.
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¡Salud!

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