lunes, 16 de mayo de 2011

La raíz del miedo.

¿Ya ven? Yo por eso no escucho Radiomaría.
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Lamento la ignorancia y bajo mi cabeza con profunda tristeza ante la intolerancia que produce. No estoy a favor ni del aborto ni de la interrupción del embarazo, en cualquiera de sus formas. No creo que el divorcio express ayude en verdad a resolver la problemática social que la progresiva y atolondrante ruptura veloz de parejas se nos presenta cotidianamente. Pero eso no quiere decir que juzgue a la mujer -o a la pareja, porque no son sólo mujeres las que implica este asunto en discusión- que lo practica, ni a la pareja que toma la decisión de terminar su tiempo juntos. Son seres humanos, como todos nosotros, y que los diputados aprueben leyes en San Lázaro que les otorgan estos y otros derechos no me agrada del todo, pero tampoco me obliga a juzgar.
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La llamada "marcha en favor de la vida" da tristeza, desolación, sobrecoge y produce abominación. Que se lleve a cabo en Guadalajara, la ciudad que hasta hace un tiempo amaba con todo el corazón y en la cual, a mi pesar, vivo, me sorprende no porque aquí nunca pasen este tipo de cosas, sino porque resulta todo en una bomba que cae cerca, muy cerca, y destruye con ello parte de lo más preciado que tengo: mi tierra, mi suelo, mi nación.
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Que la protagonice mi gente es otro dolor muy grande. Entiendo que cinco mil personas no son toda la ciudad, ni mucho menos todo el estado. Pero entiendo también que esa presencia, más o menos numerosa, representa a otra gran, gigante parte de la población que, así como ellos, cree que ciudadanos honestos, amorosos, dedicados, trabajadores y honestos como Mi Ojosh y yo, somos perverciones, males erradicables, enfermos mentales y seres indeseables.
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Y creo que esa última cuestión es la que más me duele. De tener que vivir el estrés que día con día significa para mí y mi compañero de vida no poder manifestar amor en público, no poder ir por la calle, por ejemplo, tomados de la mano, o darnos un beso en los labios al despedirnos en la parada del camión, de tener que vivir ese estrés que es, sí, lamentable, ilegal, inhumano, a tener que ver escenas como las que este grupo católico de manifestantes protagonizó ayer en las mismas calles que me han visto a mí y a Mi Ojosh construir una historia, sembrar un futuro, eso es otra cosa, sí que es otra cosa.
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Porque entendemos, muy a nuestro pesar, que estos son malos tiempos para las diferencias. Que este es un mal país para las diferencias. Y también entendemos, porque somos, pese a lo que ellos digan, dos seres muy inteligentes -tanto que nos adaptamos, y no nos andamos con las ramas pidiendo lo que nadie puede ni está dispuesto a dar-, entendemos, decía, que todo ello se contrapone intrínsecamente con los fundamentos de la nación mexicana, no sólo porque no hay UNA SOLA LEGISLACIÓN ESTATAL NI MUNICIPAL que impida a dos homosexuales manifestar públicamente su afecto, pese a lo que digan los policías, sino porque la igualdad entre seres diferentes es la parte medular de la fundación misma de nuestro Estado: "Y que no distinga a un hombre de otro otra cuestión que el vicio o la virtud", dijo Morelos, en sus Sentimientos de la nación, en una fórmula que nos ha marcado la pauta desde hace doscientos años, y que tácitamente hemos ignorado generación tras generación.
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Me uno a las voces que reniegan de leyes que interrumpen la vida y fomentan la disolución veloz de las parejas, y con ello su formación pasional, no meditada. Me uno a voces que ponen en duda la capacidad de las parejas homosexuales para criar hijos, porque si bien, hay que decirlo, nadie ha podido comprobar que tener padres homosexuales afecte a la formación física y emocional de un menor, tampoco nadie ha podido descartarlo. Pero no tolero, y a dicha intolerancia han de sumarse todas las personas de razón que este estado ampare, no tolero y no toleraré que, por una simple preferencia que no daña ni lesiona, se me quieran negar derechos a mí y a mi pareja que, por ley y por humanidad, el Estado Mexicano está obligado a otorgarnos, en tanto ciudadanos de bien, libertad y paz.
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No tolero, y repruebo por completo, que un grupo de feligreses católicos denoste una religión que es en sus bases, su esencia y su práctica mejor demostrada, nada más que amor, tolerancia e igualdad. Porque con ello denostan también a muchos y muy loables católicos que forman parte de mi vida y que entienden que, por sobre todas las cosas, Cristo fundó un culto con base en la prosperidad y el progreso humanos, no en la disolución, la intolerancia, el fanatismo ni la estupidez. No tolero, tampoco, que niños participen en eventos, incentivados por sus padres, supongo, que manifiestan la intolerancia, la incultura y el miedo, que atentan contra el derecho, la prosperidad y la paz social, de la cual todos, hombres y mujeres, estamos llamados a participar. Si a los homosexuales nos pretenden negar el derecho a formar hombres y mujeres desde la infancia a través de la adopción, ¿con qué cara educan a sus hijos en contra de la pluralidad, el respeto y la igualdad? ¿Con qué cara nos dicen que por el solo hecho de ser homosexuales no podemos criar, si ellos han sembrado el miedo y la discriminación desde el ceno familiar?
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Este Baile, y todos sus integrantes, bajan la cresta ante las acciones ayer manifestadas y piden al resto de la población jalisciense un poco de inteligencia. Lo siento por los buenos católicos, como ya dije, y por los verdaderos seguidores de la doctrina de Cristo. Lo siento por los buenos ciudadanos, que ya no saben, entre difamaciones y calumnias, a quién creerle y a quién negarle la razón. Lo siento por los niños y niñas que mañana ocuparán cargos públicos, y que están creciendo con la intolerancia y la negación como bandera, alejándose de la verdad, la integridad y la luz que la educación, cuando es en verdad abierta y franca, tiene a bien proporcionarnos. Y lo siento por esta ciudad, que se perderá de dos grandes talentos que mañana, el día menos pensado, zarparán rumbo a horizontes en que sus derechos, su integridad y sus decisiones, sí se vean respetadas.
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Terrible ciudad. Terribles personas. Terrible miedo.
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Y ahora, que siga la fiesta.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Yo creo que lo importante, haciendo eco de tu entrada más reciente, es tener opciones. No puedo juzgar a una mujer que decide abortar y tal vez está mal a ojos de muchos; pero lo que debería de estar mal a ojos de todos, es que no tengamos ni siquiera la posibilidad de elegir, pues simplemente ya alguien más está decidiendo por nosotros, así como ya alguien decidió que hombre sí pueden casarse con mujeres, pero no con otros hombres, y menos, formar una familia.