martes, 10 de mayo de 2011

La madre.

Yo no tengo la menor duda de que hay cosas que en la naturaleza son naturales -aijales, aijales-. No creo, por ejemplo, que el sexo reproductivo sea el único posible, porque eso no explicaría porqué la naturaleza no ha movido la próstata de lugar, ni retirado toda terminación nerviosa -que vaya que las hay- de orificios corporales que ciertos grupos delictivos -quise decir ortodoxos, pero no veo la necesidad de corregirlo- pretenden hacer creer que poseen y deben poseer una sola función -lo cual, ciertamente, sí explicaría porqué nadie "siente rico" al penetrar su oreja con el dedo pulgar, o rascarse las fosas nasales con furiosidad-. Una de esas cosas que en la naturaleza son naturales es la maternidad.
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Le es dado el don a la mujer, y en eso la naturaleza tampoco acepta discusiones. Que los periódicos sensacionalistas digan otra cosa, no implica que sea verdad que los hombres, hasta dónde se conoce, sean capaces de procrear. Sólo hay una estructura absolutamente establecida para la formación de una creatura, y esa es la estructura femenina, sólo femenina. Los niños no nacen en laboratorios, y su formación en probetas es todavía un mito -bastante audaz, por cierto- que no pasa de la ciencia ficción.
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Por eso es que reconozco, y miren que me cuesta, que la naturaleza sí posee ciertas normas rígidas. Es infalible con la muerte, el envejecimiento -si no me creen, pregúntenle a Silvia Pinal-, el dolor -cuando la morfina nos alcance-, y el placer -al que ni siquiera procedimientos como la oradación pueden detener-. Y con la maternidad también. Si el cuerpo de la mujer está listo, y las condiciones se dan, no habrá fuerza que detenga la posibilidad del desarrollo de un nuevo ser humano.
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Así que hoy, en un día que es absolutamente antinatural por su imposición, por lo mercenario de sus motivaciones, este Baile, sus allegados, lectores, informantes y retractores, envían un sentido, cálido, fuerte y consistente abrazo de felicitación a todas aquellas mujeres que han experimentado en sus cuerpos el don de la naturaleza, y que, no conforme con ello, han formado hombres de bien -o han hecho el intento-, y hoy ostentan orgullosas -unas más que otras- el título de "madres".
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Doña Mago es un caso aparte. Intolerante, ortodoxa, inamovible, rutinaria, cerrada, lógica, predescible, es también absolutamente hermosa. Creo que mi padre le vio eso, y por eso mismo -bueno, y el hecho de que era fácil carne de cañón-, la agarró y no la quiso soltar. Qué bueno. Bien por mi padre. Doña Mago cuenta con el privilegio de ser hijo de cuatro hijos estupendos entre los cuales me encuentro. Así que, han de esperar, lo intolerante, ortodoxa, inamovible, rutinaria, cerrada, lógica, predescible y hermosa, también lo tengo.
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Porque es un ser humano -pese a su beatificación at vitam-, y está llena de errores: no acepta ni mi homosexualidad ni la de El Mayordemishermanos, y por ende, hay que aceptarlo, no trata con justicia a Mi Ojosh, al menos no con la misma con que se dirige a sus otros dos yernos -porque, también hay que aceptarlo, Mi Ojosh es un yerno más, aunque su cabecita de cerillo usado no lo pueda entender-. No acepta los cambios, y es tan resistente a ellos que me sorprende de mí mismo no saber de dónde proviene mi resistencia al cambio. Su catolicismo es extremo, tanto que cae en inconsistencias -se niege, por ejemplo, a darme aventón de noche, pero tiene como su deseo ir a la adoración noctura a las 3 de la mañana-. No tolera el albur, en una medida proporcionalmente relativa a la que yo me voy haciendo experto en él -ya saben, el trabajo, la calle, lo dominan a uno-.
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No le gusta ni el cine, ni la literatura, ni la fotografía que no sea realista -otorga el apelativo de "mafufo" a todo aquello que no se apega en fuente documental, o en trabajo historicista-. Por lo mismo adora las biografías, las autobiografías, las crónicas y las novelas decimonónicas. Sus juicios morales son extremos, y rara vez atiende consideraciones para no hacerlos. Es perfeccionista, y gusta de meter ruido a las conversaciones cuando se le están saliendo de las manos, cuando la cuestionan.
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Pero hace el mejor pie de manzana del mundo, el mejor soufflé de jamón y los mejores bisquets -avalados en tres condados a la redonda-. Tiene la capacidad de hacer sentir bien a los demás con sólo una palabra, un gesto, un abrazo, y de llevarse el dolor por un instante -lo que la convierte en invitada constante de velatorios y sepulturas-. Lleva la paz con ella, y pocas cosas hacen que la pierda -los protestantes y los vecinos ruidosos son dos de ellas-. Supo construir, a su modo y con sus asegunes, un espacio de amor en medio del profundo dolor que la violencia intrafamiliar provocó en nosotros -hay que decirlo también, violencia por ella permitida-. Y ahora, con el paso de los años, cuando nos vamos entendiendo un poco más, ha aprendido a guardar silencio y a hablar cuando es mejor hacerlo. Y yo, de tanto convivir con ella, he aprendido a resumir mis temas, plantear mis dudas y manifestar mis opiniones censurando lo que hará que se ponga verde y tartamudee -porque ante el enjuiciamiento ideológico Doña Mago tartamudea-, o acentuándolo si es justo mi interés hacerla trastabillar -la moral, mientras más dura y ortodoxa se vuelve, más quebradiza tez adquiere-.
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Así que la amo como mi madre, y promuevo sus adelantos. Promuevo, por ejemplo, su afán por seguirse preparando -ya terminó la secundaria y va en el nivel dos de inglés y computación-, porque entiendo que de ello proviene también mi amor por la cultura. Promuevo su interés por saber hasta de lo que la incomoda, porque entiendo que sólo rompiendo la barrera de su zona de confort aceptará más, entenderá más, amará más. Promuevo la separación de todo aquello que le duele, pero incentivo también su enfrentamiento con el trauma, con la frustración de lo que pudo haber hecho y no hizo, porque eso la ha hecho crecer.
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Y juro, juro por Dios que no la entiendo. Y estoy seguro que no soy el único en el mundo que no entiende a su mamá -uno de cada tres dentistas lo recomiendan-. Me parece que eso también es natural: si la naturaleza las hizo capaces de procrear, las hizo incapaces de darse a entender. Hasta Psicosis lo dice bien claro: la vas a odiar por el resto de tu vida... y de su muerte, pero siempre la vas a tener presente. Por eso hablan y no escuchamos, reprenden y no entendemos. Yo, al menos, hago pocas cosas hoy día de las que ella jura y perjura, con voz amenazante, que haga "o ya entenderás cuando pasen los años, muchachito". Y sí, quizá sí. Quizá me descubra, a los 63, censurando e incomprendiendo a la homosexualidad, el aborto, la eutanasia, el divorcio y los vicios. Quizá me descubra apuntando a aquéllos dilemas de la vida que antes defendía. Quizá me descubra, quién sabe, asistiendo a misa y promoviendo la beatificación de un papa protector de pederastas. Qué horror. Suerte que la naturaleza no me hizo capaz de ser madre. Así, por lo menos, puedo vivir hasta el final sin descubrir que, después de todo, tenía razón.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Siento mucho contradecirte, pero seguro hay gente que siente rico picándose el oído, la nariz y hasta el ombligo.