sábado, 28 de mayo de 2011

La decisión.

Para Rafa, que hoy vino de visita, y para Fer. Por la suprema esperanza de que crezcan en un mundo mejor. Un mundo que les dé la libertad.
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Creo profunda y concientemente en la absoluta capacidad con que ha nacido cada ser humano para decidir qué demonios hacer con su vida. Defiendo, por tanto, el supremo derecho de todo hombre a tomar sus propias decisiones sin que teoría, movimiento, ley persona o acción alguna, coarte esa su eterna posibilidad. Y lo mismo ocurre ante la enfermedad, la pobreza, la desazón o el sufrimiento, porque ningún estado anímico posible, por más desolación en que tenga lugar, puede ni debe apartar al ser humano de todos sus derechos y alternativas, de sus quinientos caminos posibles.
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Por eso lloré como Magdalena -interrupción al margen para preguntar a mis informantes: ¿Magdalena lloró en algún momento de la historia de la salvación o lo decimos nomás por decir, como cuando salimos con eso de "le hace lo que el viento a Juárez" o "dar atole con el dedo"-, lloré como Magdalena, decía, mientras veía la película que muy amablemente, y con ningún otro fin que hacerme llorar, me prestó mi jefezón, El Gonza, que se las da de muy machito, muy machito, pero chilla también cuando se debe chillar, cuando una cosa lo conmueve hasta el tuétano. Lloré porque la cinta en cuestión toca precisamente ese tema, el tema de la posibilidad y el supremo derecho que tiene cada ser humano, sin importar su edad, de decidir, soberana y justamente, sobre lo que quiere hacer con su vida, su tiempo, su cuerpo, sus emociones.
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La película es La decisión más difícil, o más acertadamente en el título original en inglés, My sisters keeper, y la trama es la de una niña, Anna Fitzgerald (Abigail Breslin), que ha sido traída al mundo pensando en que sea la donante de órganos y fluidos para su hermana Kate, que padece leucemia temprana y necesita de células compatibles con su tipo de sangre que alguien le done para poder seguir viviendo. Pero llega un día en que, claro está, Anna se revela ante la opresiva situación de ser y estar sólo para lo que su hermana necesita, como un gigantesco contenedor de refacciones humanas a disposición de los intereses, sí, nobles, de sus padres, pero pendientes sólo de la posibilidad de salvar a la hija enferma, sin importarle voluntad y calidad de vida de la demandante.
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Y entonces viene el reproche de la madre, Sara Fitzgerald, sorpresiva y maravillosamente interpretada por Cameron Diaz, quien no entiende por qué su hija, que tan claro fin ha tenido toda su vida, de pronto parece, ¡oh, indignante situación!, pedir respeto hacia su cuerpo y emanciparlo de las intenciones de sus padres. Y la película desencadena una serie de situaciones y propuestas que tocan sólo al espectador resolver, en dilemas éticos tan evidentes como problemáticos, que mucho dejan pensando, mucho mueven a la reflexión. ¿Hasta dónde llegar por salvar una vida? ¿Hasta qué punto se vale sacrificar? ¿Hasta qué punto llega el poder de los padres, la familia, y en dónde comienza la decisión personal?
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Claro que el final es revelador y sorpresivo, y quizá facilita en el espectador una toma de decisión. Pero yo me quedo con la primera parte y extraigo de ella la cuestión que hoy pongo sobre la mesa: ante el dolor ajeno, ante la posibilidad del sacrificio, grande o pequeño, que se nos ofrece día con día, la elección de lo que somos y hacemos debe ser, ante todo, personal, partir del individuo y volver, con sus consecuencias y resoluciones, al individuo mismo que la ha tomado.
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Y resulta imposible que el resto del mundo intervenga, intervengamos. La Traviata, que se comunicó hace poco a esta vida correteada que es la mía, sacó de entre sus cosas alguna vez una frase que levanto y mantengo, pese a la resistencia general que opera en estos días frente a la expansión y consolidación de las libertades individuales: "mis amigos son mis amigos independientemente de dónde pongan el culo, o qué metan en él". El valor de la frase, claro está, no es sólo literario: al defender el supremo derecho de todo ser humano a decidir lo que desea, defiendo también mi obligación de respetar, sin condiciones y sin miramentos, esa misma decisión. Si no es la que yo tomaría, si no es lo que a mí convendría, callo y aplaudo que se realice, tan sólo que se realice, la libertad, pues mientras actos libres se ejecuten, la libertad seguirá imperando y su condición de valor universal seguirá existiendo, muy a pesar de unos cuántos que esperarían que todos eligiéramos una mujer, que todos eligiéramos un partido, que todos eligiéramos una fe, un color, una marca de refresco o un género sexual.
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Y con más razón, claro está, defiendo ese derecho mismo en la gente que amo. A la frase de La Traviata agrego yo la mía: "mi obligación como amigo no es decirte qué hacer o censurar lo que hagas: es darte opciones, opinar sobre las mismas y tomar tu mano para encarar, sin prisas y sin duelos innecesarios, la responsabilidad de lo que has elegido". Claro que eso no quiere decir que un no sufra ante el fracaso de la decisión ajena. Pero ese sufrimiento no puede ser otro que el del acompañante, el del simple espectador sensible ante los hechos. Y no más. Si defiendo tu derecho a decidir, defiendo también tu dolor y tu alegría, tu triunfo y tu caída.
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Lloré como Magdalena no sólo porque algo que no es tan impercetible me vinculara con Anna y su tezón al enfrentarse a un mundo entero que la ha obligado, por años, a decidir lo que él espera que decida. Lloré como Magdalena también porque la cinta, dirigida por Nick Cassavetes, quien ya había hecho llorar antes a medio público adolescente con sus Darios de una pasión (The book, 2004), me enfrentó con la posibilidad de la muerte ajena, la enfermedad del ser amado, la ausencia y la pérdida, situaciones que, claro está, ni deseo ni espero enfrentar. Y me enfrentó también, y ahí lloré otro poco, con lo difícil que es a veces defender lo que uno ha elegido, y asumir las consecuencias. Soy claro: si a mí me hubieran dicho lo complicado que es ser homosexual en un país como éste, en un mundo como éste, quizás habría elegido nacer un siglo después, o un milenio, o cuando quiera que las cosas cambien. Pero el punto es que hoy estoy aquí, tengo salud, y vida, y puedo elegir. Y elijo lo que tengo, lo que me hace muy feliz.
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Elijo darle un beso al hombre que amo, y comer con él toda la tarde, tirados en la cama, llenos de migajas, cosas que a todo nutriólogo en su sano juicio escandalizarían. Elijo abrazar y ser abrazado, aconsejar y ser aconsejado. Elijo recibir las críticas y aceptar de ellas lo que funciona, lo que me servirá. Elijo desechar lo que me daña, lo que daña a los que amo. Elijo promover la paz y la justicia con todas mis acciones, y generar acuerdos. Elijo mojarme en la lluvia, y comprarme ropa que me sienta bien. Elijo ahorrar un poco y hacer con ese dinero un poco de todo: comer una nieve, ir al cine, comprarme alguna baratija que no necesitaré jamás, planear una tarde libre. Elijo leer, y ser leído. Elijo comunicarme, y decirle al mundo que pienso que en ocasiones apesta, pero que también celebro con un baile sus muchas maravillas, el magestuoso milagro que es la vida que a todos se nos ofrece, sin mayor justicia que la divina, día con día. Elijo buscar mi salud, comer cosas que me gusten, y cosas que me sirvan. Elijo decir "te amo" al único hombre sobre la Tierra que me lo ha merecido, y al resto de las personas que se lo han ganado de mí. Elijo aceptar lo que soy, lo que tengo, y buscar un poco más. Elijo mi fe, elijo a mi Dios, y elijo no permitir que nadie pase sobre él, que nadie difame su nombre ni pretenda encasquetarle palabras, hechos, creencias o voluntades que son absolutamente humanas. Elijo escapar de los policías, las autoridades, los dogmas, los creyentes ciegos y los pensadores con poca altura de miras, y elijo también abrazar mi homosexualidad, diría el gran filósofo de todos los tiempos, Ricky Martin, "como un regalo que me da la vida". Elijo defender lo que tengo, y elijo no imponer. Elijo escuchar, saborear, sentir. Elijo hacer sentir. Te elijo a ti, y elijo la vida. Elijo la libertad. Y venga un baile para celebrarla.
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

La náusea.

Luz dijo...

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espero tu gentil respuesta.

muchos saludos


Luz
luzcastillosa@gmail.com