sábado, 28 de mayo de 2011

La decisión.

Para Rafa, que hoy vino de visita, y para Fer. Por la suprema esperanza de que crezcan en un mundo mejor. Un mundo que les dé la libertad.
.
Creo profunda y concientemente en la absoluta capacidad con que ha nacido cada ser humano para decidir qué demonios hacer con su vida. Defiendo, por tanto, el supremo derecho de todo hombre a tomar sus propias decisiones sin que teoría, movimiento, ley persona o acción alguna, coarte esa su eterna posibilidad. Y lo mismo ocurre ante la enfermedad, la pobreza, la desazón o el sufrimiento, porque ningún estado anímico posible, por más desolación en que tenga lugar, puede ni debe apartar al ser humano de todos sus derechos y alternativas, de sus quinientos caminos posibles.
.
Por eso lloré como Magdalena -interrupción al margen para preguntar a mis informantes: ¿Magdalena lloró en algún momento de la historia de la salvación o lo decimos nomás por decir, como cuando salimos con eso de "le hace lo que el viento a Juárez" o "dar atole con el dedo"-, lloré como Magdalena, decía, mientras veía la película que muy amablemente, y con ningún otro fin que hacerme llorar, me prestó mi jefezón, El Gonza, que se las da de muy machito, muy machito, pero chilla también cuando se debe chillar, cuando una cosa lo conmueve hasta el tuétano. Lloré porque la cinta en cuestión toca precisamente ese tema, el tema de la posibilidad y el supremo derecho que tiene cada ser humano, sin importar su edad, de decidir, soberana y justamente, sobre lo que quiere hacer con su vida, su tiempo, su cuerpo, sus emociones.
.
La película es La decisión más difícil, o más acertadamente en el título original en inglés, My sisters keeper, y la trama es la de una niña, Anna Fitzgerald (Abigail Breslin), que ha sido traída al mundo pensando en que sea la donante de órganos y fluidos para su hermana Kate, que padece leucemia temprana y necesita de células compatibles con su tipo de sangre que alguien le done para poder seguir viviendo. Pero llega un día en que, claro está, Anna se revela ante la opresiva situación de ser y estar sólo para lo que su hermana necesita, como un gigantesco contenedor de refacciones humanas a disposición de los intereses, sí, nobles, de sus padres, pero pendientes sólo de la posibilidad de salvar a la hija enferma, sin importarle voluntad y calidad de vida de la demandante.
.
Y entonces viene el reproche de la madre, Sara Fitzgerald, sorpresiva y maravillosamente interpretada por Cameron Diaz, quien no entiende por qué su hija, que tan claro fin ha tenido toda su vida, de pronto parece, ¡oh, indignante situación!, pedir respeto hacia su cuerpo y emanciparlo de las intenciones de sus padres. Y la película desencadena una serie de situaciones y propuestas que tocan sólo al espectador resolver, en dilemas éticos tan evidentes como problemáticos, que mucho dejan pensando, mucho mueven a la reflexión. ¿Hasta dónde llegar por salvar una vida? ¿Hasta qué punto se vale sacrificar? ¿Hasta qué punto llega el poder de los padres, la familia, y en dónde comienza la decisión personal?
.
Claro que el final es revelador y sorpresivo, y quizá facilita en el espectador una toma de decisión. Pero yo me quedo con la primera parte y extraigo de ella la cuestión que hoy pongo sobre la mesa: ante el dolor ajeno, ante la posibilidad del sacrificio, grande o pequeño, que se nos ofrece día con día, la elección de lo que somos y hacemos debe ser, ante todo, personal, partir del individuo y volver, con sus consecuencias y resoluciones, al individuo mismo que la ha tomado.
.
Y resulta imposible que el resto del mundo intervenga, intervengamos. La Traviata, que se comunicó hace poco a esta vida correteada que es la mía, sacó de entre sus cosas alguna vez una frase que levanto y mantengo, pese a la resistencia general que opera en estos días frente a la expansión y consolidación de las libertades individuales: "mis amigos son mis amigos independientemente de dónde pongan el culo, o qué metan en él". El valor de la frase, claro está, no es sólo literario: al defender el supremo derecho de todo ser humano a decidir lo que desea, defiendo también mi obligación de respetar, sin condiciones y sin miramentos, esa misma decisión. Si no es la que yo tomaría, si no es lo que a mí convendría, callo y aplaudo que se realice, tan sólo que se realice, la libertad, pues mientras actos libres se ejecuten, la libertad seguirá imperando y su condición de valor universal seguirá existiendo, muy a pesar de unos cuántos que esperarían que todos eligiéramos una mujer, que todos eligiéramos un partido, que todos eligiéramos una fe, un color, una marca de refresco o un género sexual.
.
Y con más razón, claro está, defiendo ese derecho mismo en la gente que amo. A la frase de La Traviata agrego yo la mía: "mi obligación como amigo no es decirte qué hacer o censurar lo que hagas: es darte opciones, opinar sobre las mismas y tomar tu mano para encarar, sin prisas y sin duelos innecesarios, la responsabilidad de lo que has elegido". Claro que eso no quiere decir que un no sufra ante el fracaso de la decisión ajena. Pero ese sufrimiento no puede ser otro que el del acompañante, el del simple espectador sensible ante los hechos. Y no más. Si defiendo tu derecho a decidir, defiendo también tu dolor y tu alegría, tu triunfo y tu caída.
.
Lloré como Magdalena no sólo porque algo que no es tan impercetible me vinculara con Anna y su tezón al enfrentarse a un mundo entero que la ha obligado, por años, a decidir lo que él espera que decida. Lloré como Magdalena también porque la cinta, dirigida por Nick Cassavetes, quien ya había hecho llorar antes a medio público adolescente con sus Darios de una pasión (The book, 2004), me enfrentó con la posibilidad de la muerte ajena, la enfermedad del ser amado, la ausencia y la pérdida, situaciones que, claro está, ni deseo ni espero enfrentar. Y me enfrentó también, y ahí lloré otro poco, con lo difícil que es a veces defender lo que uno ha elegido, y asumir las consecuencias. Soy claro: si a mí me hubieran dicho lo complicado que es ser homosexual en un país como éste, en un mundo como éste, quizás habría elegido nacer un siglo después, o un milenio, o cuando quiera que las cosas cambien. Pero el punto es que hoy estoy aquí, tengo salud, y vida, y puedo elegir. Y elijo lo que tengo, lo que me hace muy feliz.
.
Elijo darle un beso al hombre que amo, y comer con él toda la tarde, tirados en la cama, llenos de migajas, cosas que a todo nutriólogo en su sano juicio escandalizarían. Elijo abrazar y ser abrazado, aconsejar y ser aconsejado. Elijo recibir las críticas y aceptar de ellas lo que funciona, lo que me servirá. Elijo desechar lo que me daña, lo que daña a los que amo. Elijo promover la paz y la justicia con todas mis acciones, y generar acuerdos. Elijo mojarme en la lluvia, y comprarme ropa que me sienta bien. Elijo ahorrar un poco y hacer con ese dinero un poco de todo: comer una nieve, ir al cine, comprarme alguna baratija que no necesitaré jamás, planear una tarde libre. Elijo leer, y ser leído. Elijo comunicarme, y decirle al mundo que pienso que en ocasiones apesta, pero que también celebro con un baile sus muchas maravillas, el magestuoso milagro que es la vida que a todos se nos ofrece, sin mayor justicia que la divina, día con día. Elijo buscar mi salud, comer cosas que me gusten, y cosas que me sirvan. Elijo decir "te amo" al único hombre sobre la Tierra que me lo ha merecido, y al resto de las personas que se lo han ganado de mí. Elijo aceptar lo que soy, lo que tengo, y buscar un poco más. Elijo mi fe, elijo a mi Dios, y elijo no permitir que nadie pase sobre él, que nadie difame su nombre ni pretenda encasquetarle palabras, hechos, creencias o voluntades que son absolutamente humanas. Elijo escapar de los policías, las autoridades, los dogmas, los creyentes ciegos y los pensadores con poca altura de miras, y elijo también abrazar mi homosexualidad, diría el gran filósofo de todos los tiempos, Ricky Martin, "como un regalo que me da la vida". Elijo defender lo que tengo, y elijo no imponer. Elijo escuchar, saborear, sentir. Elijo hacer sentir. Te elijo a ti, y elijo la vida. Elijo la libertad. Y venga un baile para celebrarla.
.
¡Salud!

lunes, 16 de mayo de 2011

La raíz del miedo.

¿Ya ven? Yo por eso no escucho Radiomaría.
.
Lamento la ignorancia y bajo mi cabeza con profunda tristeza ante la intolerancia que produce. No estoy a favor ni del aborto ni de la interrupción del embarazo, en cualquiera de sus formas. No creo que el divorcio express ayude en verdad a resolver la problemática social que la progresiva y atolondrante ruptura veloz de parejas se nos presenta cotidianamente. Pero eso no quiere decir que juzgue a la mujer -o a la pareja, porque no son sólo mujeres las que implica este asunto en discusión- que lo practica, ni a la pareja que toma la decisión de terminar su tiempo juntos. Son seres humanos, como todos nosotros, y que los diputados aprueben leyes en San Lázaro que les otorgan estos y otros derechos no me agrada del todo, pero tampoco me obliga a juzgar.
.
La llamada "marcha en favor de la vida" da tristeza, desolación, sobrecoge y produce abominación. Que se lleve a cabo en Guadalajara, la ciudad que hasta hace un tiempo amaba con todo el corazón y en la cual, a mi pesar, vivo, me sorprende no porque aquí nunca pasen este tipo de cosas, sino porque resulta todo en una bomba que cae cerca, muy cerca, y destruye con ello parte de lo más preciado que tengo: mi tierra, mi suelo, mi nación.
.
Que la protagonice mi gente es otro dolor muy grande. Entiendo que cinco mil personas no son toda la ciudad, ni mucho menos todo el estado. Pero entiendo también que esa presencia, más o menos numerosa, representa a otra gran, gigante parte de la población que, así como ellos, cree que ciudadanos honestos, amorosos, dedicados, trabajadores y honestos como Mi Ojosh y yo, somos perverciones, males erradicables, enfermos mentales y seres indeseables.
.
Y creo que esa última cuestión es la que más me duele. De tener que vivir el estrés que día con día significa para mí y mi compañero de vida no poder manifestar amor en público, no poder ir por la calle, por ejemplo, tomados de la mano, o darnos un beso en los labios al despedirnos en la parada del camión, de tener que vivir ese estrés que es, sí, lamentable, ilegal, inhumano, a tener que ver escenas como las que este grupo católico de manifestantes protagonizó ayer en las mismas calles que me han visto a mí y a Mi Ojosh construir una historia, sembrar un futuro, eso es otra cosa, sí que es otra cosa.
.
Porque entendemos, muy a nuestro pesar, que estos son malos tiempos para las diferencias. Que este es un mal país para las diferencias. Y también entendemos, porque somos, pese a lo que ellos digan, dos seres muy inteligentes -tanto que nos adaptamos, y no nos andamos con las ramas pidiendo lo que nadie puede ni está dispuesto a dar-, entendemos, decía, que todo ello se contrapone intrínsecamente con los fundamentos de la nación mexicana, no sólo porque no hay UNA SOLA LEGISLACIÓN ESTATAL NI MUNICIPAL que impida a dos homosexuales manifestar públicamente su afecto, pese a lo que digan los policías, sino porque la igualdad entre seres diferentes es la parte medular de la fundación misma de nuestro Estado: "Y que no distinga a un hombre de otro otra cuestión que el vicio o la virtud", dijo Morelos, en sus Sentimientos de la nación, en una fórmula que nos ha marcado la pauta desde hace doscientos años, y que tácitamente hemos ignorado generación tras generación.
.
Me uno a las voces que reniegan de leyes que interrumpen la vida y fomentan la disolución veloz de las parejas, y con ello su formación pasional, no meditada. Me uno a voces que ponen en duda la capacidad de las parejas homosexuales para criar hijos, porque si bien, hay que decirlo, nadie ha podido comprobar que tener padres homosexuales afecte a la formación física y emocional de un menor, tampoco nadie ha podido descartarlo. Pero no tolero, y a dicha intolerancia han de sumarse todas las personas de razón que este estado ampare, no tolero y no toleraré que, por una simple preferencia que no daña ni lesiona, se me quieran negar derechos a mí y a mi pareja que, por ley y por humanidad, el Estado Mexicano está obligado a otorgarnos, en tanto ciudadanos de bien, libertad y paz.
.
No tolero, y repruebo por completo, que un grupo de feligreses católicos denoste una religión que es en sus bases, su esencia y su práctica mejor demostrada, nada más que amor, tolerancia e igualdad. Porque con ello denostan también a muchos y muy loables católicos que forman parte de mi vida y que entienden que, por sobre todas las cosas, Cristo fundó un culto con base en la prosperidad y el progreso humanos, no en la disolución, la intolerancia, el fanatismo ni la estupidez. No tolero, tampoco, que niños participen en eventos, incentivados por sus padres, supongo, que manifiestan la intolerancia, la incultura y el miedo, que atentan contra el derecho, la prosperidad y la paz social, de la cual todos, hombres y mujeres, estamos llamados a participar. Si a los homosexuales nos pretenden negar el derecho a formar hombres y mujeres desde la infancia a través de la adopción, ¿con qué cara educan a sus hijos en contra de la pluralidad, el respeto y la igualdad? ¿Con qué cara nos dicen que por el solo hecho de ser homosexuales no podemos criar, si ellos han sembrado el miedo y la discriminación desde el ceno familiar?
.
Este Baile, y todos sus integrantes, bajan la cresta ante las acciones ayer manifestadas y piden al resto de la población jalisciense un poco de inteligencia. Lo siento por los buenos católicos, como ya dije, y por los verdaderos seguidores de la doctrina de Cristo. Lo siento por los buenos ciudadanos, que ya no saben, entre difamaciones y calumnias, a quién creerle y a quién negarle la razón. Lo siento por los niños y niñas que mañana ocuparán cargos públicos, y que están creciendo con la intolerancia y la negación como bandera, alejándose de la verdad, la integridad y la luz que la educación, cuando es en verdad abierta y franca, tiene a bien proporcionarnos. Y lo siento por esta ciudad, que se perderá de dos grandes talentos que mañana, el día menos pensado, zarparán rumbo a horizontes en que sus derechos, su integridad y sus decisiones, sí se vean respetadas.
.
Terrible ciudad. Terribles personas. Terrible miedo.
.
Y ahora, que siga la fiesta.
.
¡Salud!

sábado, 14 de mayo de 2011

Vértigo

Vértigo. (Del lat. vertīgo, -ĭnis, movimiento circular). 1. m. Med. Trastorno del sentido del equilibrio caracterizado por una sensación de movimiento rotatorio del cuerpo o de los objetos que lo rodean. 2. m. Med. Turbación del juicio, repentina y pasajera. 3. m. Apresuramiento anormal de la actividad de una persona o colectividad.
.
Corren tiempos vertiginosos. Nos ha dado por andar a las carreras, y eso provoca que diario nos andemos cayendo. Y cae uno en predicamentos, desilusiones, trastornos que jamás pensó llegar a tener. Cae uno en situaciones que lo acongojan y lo obligan a retroceder el tiempo, a reflexionar, a pedir disculpas.
.
Mi Ojosh fue diagnosticado hoy, tras breve sesión con el especialista, con vértigo postural benigno. Eso significa que su tendencia a sentirse como flotando y sus constantes dolores de cabeza tienen una explicación más allá de su rutinario estrés –el otro día vimos La Naranja Mecánica tirados en un café del centro de la ciudad, y se estresó por la terminología inventada que utilizan en el filme Alexander Dulash y sus secuaces-.
.
Pero también significa que Mi Ojosh está muy ad hoc. Los tiempos que corren son de turbación y desengaño, y él, fiel a su propensión a andar siempre al día, no pierde la tendencia y se adentra en el vértigo.
.
Y desde ayer que lo diagnosticaron, ya lo conocerán, todo gira en torno al vértigo. Se ha pasado las últimas veinticuatro horas rastreando el mínimo cambio en sus sensaciones, y hasta llegó a creer que las patas de una mariposa que se paró en su brazo eran un hormiguero que pronosticaba un deceso fatal –me pregunto si habrá deceso que no lo sea-. Habló de vértigo en los mensajes antes de que nos viérmaos, mientras recorríamos la feria del libro queer que se instaló en un pasillo de mi escuela, durante el viaje en camión al Mc Donalds más cercano, mientras deglutíamos dos pedazos de carne en medio de tres panes aderezados con una especie de mayonesa que uno no sabe si es mil islas o se echó a perder, cuando caminábamos por el centro comercial bobeando en los aparadores, y luego cuando se fue a su trabajo, y yo al mío, y seguimos hablando por mensaje. Me enseñó su medicamento, y presumió orgulloso estar tomando pastillitas que, si las vendieran sueltas en los abarrotes como los sedalmerck o los omeprazoles, costarían como cincuenta pesos cada una –yo, mejor, me compro trescientos desenfriolitos y me pego una intoxicada que ya ni ganas me dan de volver a vertiginarme-.
.
El cielo está vertiginoso. ¿Quién lo desvertiginizará? El que lo desvertiginice, buen desvertiginizador será.
.
Y luego, ya llegando a casa, se durmió diciéndome que no había vuelto a tener, en todo el día, otro ataque de vértigo. Y yo, antes de cerrar los ojos en medio de un día lleno de confesiones y evaluaciones, pensé en Alfred Hitchcock, e imaginé a Mi Ojosh de detective persiguiendo mujeres alienadas, negándose terminantemente a subirse a las cornisas de los altos edificios –eso él no lo haría, lo estresan las palomas y todo mundo sabe que las cornisas de los altos edificios están llenos de ellas-.
.
También pensé en lo que es ser un homosexual en un país como México, en una ciudad como Guadalajara. Y me sorprendí de no haber tenido yo también vértigo en algún punto de mi vida reciente. Y mi jefe. Y los amigos de mi jefe. Y algunos de mis amigos y amigas.
.
Y luego pensé que todos hemos sentido vértigo. Porque el vértigo es la respuesta natural del cuerpo a un mundo que aprisiona y domina, que descontroladamente nos empuja y obliga, cuando nosotros lo que queremos es dormir quince minutos más, o ser como somos, o ser quienes somos.
.
Así que, si no me equivoco, yo también he tenido vértigo. Al tomar decisiones, al tener que dar pasos mucho más allá de lo imaginado, me descontrolo, me mareo, me pongo mal. Y no sé, quizá, si a mí también me vendrían bien últimamente unas dos dosis de Serc de 16 mg, nomás para no dejar.
.
¡Salud!

martes, 10 de mayo de 2011

La madre.

Yo no tengo la menor duda de que hay cosas que en la naturaleza son naturales -aijales, aijales-. No creo, por ejemplo, que el sexo reproductivo sea el único posible, porque eso no explicaría porqué la naturaleza no ha movido la próstata de lugar, ni retirado toda terminación nerviosa -que vaya que las hay- de orificios corporales que ciertos grupos delictivos -quise decir ortodoxos, pero no veo la necesidad de corregirlo- pretenden hacer creer que poseen y deben poseer una sola función -lo cual, ciertamente, sí explicaría porqué nadie "siente rico" al penetrar su oreja con el dedo pulgar, o rascarse las fosas nasales con furiosidad-. Una de esas cosas que en la naturaleza son naturales es la maternidad.
.
Le es dado el don a la mujer, y en eso la naturaleza tampoco acepta discusiones. Que los periódicos sensacionalistas digan otra cosa, no implica que sea verdad que los hombres, hasta dónde se conoce, sean capaces de procrear. Sólo hay una estructura absolutamente establecida para la formación de una creatura, y esa es la estructura femenina, sólo femenina. Los niños no nacen en laboratorios, y su formación en probetas es todavía un mito -bastante audaz, por cierto- que no pasa de la ciencia ficción.
.
Por eso es que reconozco, y miren que me cuesta, que la naturaleza sí posee ciertas normas rígidas. Es infalible con la muerte, el envejecimiento -si no me creen, pregúntenle a Silvia Pinal-, el dolor -cuando la morfina nos alcance-, y el placer -al que ni siquiera procedimientos como la oradación pueden detener-. Y con la maternidad también. Si el cuerpo de la mujer está listo, y las condiciones se dan, no habrá fuerza que detenga la posibilidad del desarrollo de un nuevo ser humano.
.
Así que hoy, en un día que es absolutamente antinatural por su imposición, por lo mercenario de sus motivaciones, este Baile, sus allegados, lectores, informantes y retractores, envían un sentido, cálido, fuerte y consistente abrazo de felicitación a todas aquellas mujeres que han experimentado en sus cuerpos el don de la naturaleza, y que, no conforme con ello, han formado hombres de bien -o han hecho el intento-, y hoy ostentan orgullosas -unas más que otras- el título de "madres".
.
Doña Mago es un caso aparte. Intolerante, ortodoxa, inamovible, rutinaria, cerrada, lógica, predescible, es también absolutamente hermosa. Creo que mi padre le vio eso, y por eso mismo -bueno, y el hecho de que era fácil carne de cañón-, la agarró y no la quiso soltar. Qué bueno. Bien por mi padre. Doña Mago cuenta con el privilegio de ser hijo de cuatro hijos estupendos entre los cuales me encuentro. Así que, han de esperar, lo intolerante, ortodoxa, inamovible, rutinaria, cerrada, lógica, predescible y hermosa, también lo tengo.
.
Porque es un ser humano -pese a su beatificación at vitam-, y está llena de errores: no acepta ni mi homosexualidad ni la de El Mayordemishermanos, y por ende, hay que aceptarlo, no trata con justicia a Mi Ojosh, al menos no con la misma con que se dirige a sus otros dos yernos -porque, también hay que aceptarlo, Mi Ojosh es un yerno más, aunque su cabecita de cerillo usado no lo pueda entender-. No acepta los cambios, y es tan resistente a ellos que me sorprende de mí mismo no saber de dónde proviene mi resistencia al cambio. Su catolicismo es extremo, tanto que cae en inconsistencias -se niege, por ejemplo, a darme aventón de noche, pero tiene como su deseo ir a la adoración noctura a las 3 de la mañana-. No tolera el albur, en una medida proporcionalmente relativa a la que yo me voy haciendo experto en él -ya saben, el trabajo, la calle, lo dominan a uno-.
.
No le gusta ni el cine, ni la literatura, ni la fotografía que no sea realista -otorga el apelativo de "mafufo" a todo aquello que no se apega en fuente documental, o en trabajo historicista-. Por lo mismo adora las biografías, las autobiografías, las crónicas y las novelas decimonónicas. Sus juicios morales son extremos, y rara vez atiende consideraciones para no hacerlos. Es perfeccionista, y gusta de meter ruido a las conversaciones cuando se le están saliendo de las manos, cuando la cuestionan.
.
Pero hace el mejor pie de manzana del mundo, el mejor soufflé de jamón y los mejores bisquets -avalados en tres condados a la redonda-. Tiene la capacidad de hacer sentir bien a los demás con sólo una palabra, un gesto, un abrazo, y de llevarse el dolor por un instante -lo que la convierte en invitada constante de velatorios y sepulturas-. Lleva la paz con ella, y pocas cosas hacen que la pierda -los protestantes y los vecinos ruidosos son dos de ellas-. Supo construir, a su modo y con sus asegunes, un espacio de amor en medio del profundo dolor que la violencia intrafamiliar provocó en nosotros -hay que decirlo también, violencia por ella permitida-. Y ahora, con el paso de los años, cuando nos vamos entendiendo un poco más, ha aprendido a guardar silencio y a hablar cuando es mejor hacerlo. Y yo, de tanto convivir con ella, he aprendido a resumir mis temas, plantear mis dudas y manifestar mis opiniones censurando lo que hará que se ponga verde y tartamudee -porque ante el enjuiciamiento ideológico Doña Mago tartamudea-, o acentuándolo si es justo mi interés hacerla trastabillar -la moral, mientras más dura y ortodoxa se vuelve, más quebradiza tez adquiere-.
.
Así que la amo como mi madre, y promuevo sus adelantos. Promuevo, por ejemplo, su afán por seguirse preparando -ya terminó la secundaria y va en el nivel dos de inglés y computación-, porque entiendo que de ello proviene también mi amor por la cultura. Promuevo su interés por saber hasta de lo que la incomoda, porque entiendo que sólo rompiendo la barrera de su zona de confort aceptará más, entenderá más, amará más. Promuevo la separación de todo aquello que le duele, pero incentivo también su enfrentamiento con el trauma, con la frustración de lo que pudo haber hecho y no hizo, porque eso la ha hecho crecer.
.
Y juro, juro por Dios que no la entiendo. Y estoy seguro que no soy el único en el mundo que no entiende a su mamá -uno de cada tres dentistas lo recomiendan-. Me parece que eso también es natural: si la naturaleza las hizo capaces de procrear, las hizo incapaces de darse a entender. Hasta Psicosis lo dice bien claro: la vas a odiar por el resto de tu vida... y de su muerte, pero siempre la vas a tener presente. Por eso hablan y no escuchamos, reprenden y no entendemos. Yo, al menos, hago pocas cosas hoy día de las que ella jura y perjura, con voz amenazante, que haga "o ya entenderás cuando pasen los años, muchachito". Y sí, quizá sí. Quizá me descubra, a los 63, censurando e incomprendiendo a la homosexualidad, el aborto, la eutanasia, el divorcio y los vicios. Quizá me descubra apuntando a aquéllos dilemas de la vida que antes defendía. Quizá me descubra, quién sabe, asistiendo a misa y promoviendo la beatificación de un papa protector de pederastas. Qué horror. Suerte que la naturaleza no me hizo capaz de ser madre. Así, por lo menos, puedo vivir hasta el final sin descubrir que, después de todo, tenía razón.
.
¡Salud!