lunes, 4 de abril de 2011

La imperfección imprescindible.

El amor no es un sentimiento. Es una habilidad.
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Yo no sé qué demonios es el amor. Me lo preguntan incansablemente quienes creen verme enamorado, y yo sólo atino a responder, con una sonrisa: es un estado de indefinición total. Nada va, nada viene, nada preocupa, nada ocupa. Sólo se piensa en tener, crecer y fructificar. Y si el resto de las cosas del mundo se derrumban, mientras él esté, seguirá habiendo esperanza.
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Pero no sé qué es. Entiendo que requiere de grandes dosis de paciencia y otras pocas de entusiasmo. Que no existe sin comprensión, acompañamiento y decisión. Sin un poquito de valentía. Creo que una vez que se le tiene es difícil despegárselo, imposible si se es correspondido. Porque el amor, eso sí que lo sé, crece con el cuidado, el empeño y la entrega. Es, como bien decía Isabel Allende en una frase ya de sumo conocimiento en este Baile, como la literatura: requiere dejarlo todo de lado. Todo menos uno mismo, porque el amor también es eso: la tarea difícil pero deliciosa de amarse a uno mismo amando a otro más.
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Él no es perfecto. Dista de mucho, de hecho, de la perfección. Su estatura es media, su pelo de un chino irresoluto, y su rostro está marcado por la persistente obsesión que tiene de limpiarlo de espinillas y vellos enterrados a pellizcos. Tiene cien manías, y quinientas más. Cuando come chocolate, necesita lavarse dos veces la boca. No puede hacer pipí en un mingitorio. No le gusta comer rápido, ni en la cama, porque odia sentir morusas sobre alguna parte de su cuerpo que no sea su boca. Cambia de peinado como de ropa interior. No hay una persona en el mundo que le atine a sus gustos al vestir. Tiene gustos musicales que me obliga a escuchar. Y cuando los critico se pone raro. Se pone raro con muchas cosas. Cuando hago algo que no estaba en sus planes, cuando le cambio los planes, cuando no le platico los planes, cuando no hago planes.
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Si se pone raro, se pone chiqueón. Y si se pone chiqueón vuelve a ser un niño. Se hace pequeño, pequeño, y exige, exige de mí como, estoy seguro, no lo hizo de sus padres ni sus abuelos, sus grandes tutores. Se duerme antes de que yo llegue a casa. Y dormido es una roca a la que resulta imposible despertar. Duerme diez horas seguidas. Cuando discutimos, ante esa tendencia inevitable que tengo a gritar, se cierra, se priva y frunce el ceño. Le reclamo que no haga ni diga nada. Se queja de que yo no le digo qué necesito, qué quiero de él. Y luego vuelve a fruncir el ceño, se priva y se cierra.
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No come mariscos en puestos de la ciudad. Se estresa cuando se sienta en el camión y la persona que se levantó antes que él dejó el asiento o el tubo caliente. Si me mancho se estresa, y si lo mancho a él, por accidente o por juego, para no enojarse, ríe nervioso. Defiende su espacio con uñas y dientes, y si alguien ajeno toca sus cosas es capaz de irse contra él y desollarlo de un tirón de greñas. Odia a mis ex, por el simple hecho de ser mis ex, y como no cabe el odio en él, fabrica maravillosas metáforas cargadas de crueldad en que idea cómo borrar el pasado e instituir su dictadura. Tiene fobia social, o más concretamente, fobia familiar. Choca con los protocolos. Odia el lujo, el glamour, la corbaba y el pantalón formal. Ya no digamos el traje. Casi no lee. En el cine, nunca sabe quién es quién y luego que salimos olvida personajes, trama y actores.
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Pero su estatura es perfecta para que yo lo arrope con mis brazos, lo bese tiernamente, le suzurre cosas al oído mientras bailamos pegado. Su pelo es una selva de inmensurables dimensiones en las cuales me encanta perderme. Sus chino, toboganes por los cuales me deslizo, noche tras noche, hasta su más profunda piel. Su capacidad para limpiar su cutis, pese a todo, mantiene el mío limpio también. Sabe apretar el poro, extraer la grasa y evitar la infección, todo en un suave pellizco. Sus manías son sus tesoros, y yo los defiendo a capa y espada. Si le llevo chocolates, le llevo también la pasta de dientes, o el cepillo, el Trident White. Yo le busco un cubículo para que haga a su gusto en los baños públicos, y calculo el tiempo juntos con base en su hora de comida, y no los quince minutos que me toma a mí comer. Y si acepta comer conmigo en la cama, acepto yo que nos ponga la cobija como mantel. Apoyo sus cambios de look con cierto recelo, pero debo admitir, no sin cierto afán de morbo, lo mucho que me incita pensar que estoy con el mismo cada semana, con él, y al mismo tiempo con uno diferente. Para sus gustos diversos e impredescibles existen las tarjetas de regalo, con el complemento de que he llegado a notar que no hay cosa que yo le regale o le haga escuchar, ver o leer que no le guste.
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Si se pone raro, la solución es siempre un beso y un par de palabras sinceras. Valora tanto la sinceridad que es incapaz de sentirse mal si algo que no le gusta se dice de corazón.
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Valoro su sueño, lo respeto y lo defiendo. Me molesto con él cuando una llamada o un ruido en casa lo despierta, y acepto sin chistar que se las citas se retracen por estar en la cama unos minutos más. Ante su ceño fruncido, su puchero y su cerrazón, bastan un par de minutos y que yo me digne en sonreír. Mi sonrisa es la fuerza apocalíptica que destruye su desazón y la arranca de raíz.
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No come mariscos en la ciudad, pero si es conmigo come hasta parado. Si el lugar que dejaron está caliente, yo me siento en él y le evito el bochorno. A cambio, en el viaje de regreso, me deja ir en la ventanilla -con esa tendencia loca perruna que tengo de querer que el aire me dé siempre en la cara-. Si nos manchamos, reímos a carcajadas y luego yo soy quien le pasa el papel, la servilleta, el secador. Defiendo su espacio con uñas y dientes, y sé que él mataría por defender el mío -por eso se sorprende y molesta cuando sabe que alguien metió mano en mi mochila, entró a mi cuarto sin mi autorización, me cambió el itinerario sin previo aviso-. Los ex son temas tabú en la relación, y si se mencionan, para evitar comparaciones, el comentario anecdótico que los incluye se cierra con un beso, un abrazo, una caricia simple que nos diga, a él o a mí, según sea el caso: "pero nadie podrá jamás llegarte a los talones". La fobia familiar la ha superado con convivencia, y hoy día gusta de mi familia a pesar de la falta de tiempo y espacio adecuado para convivir con ellos. Con el protocolo no puedo hacer mucho. Lo he incitado a notar lo bien que se ve con corbata, lo mucho que me incita también en ese look. Pero no lo obligo a nada, y me regocijo con él cuando es su día libre y puede, en sus palabras, "usar ropa normal". Y sé que lee menos de lo que me gustaría que lo hiciera, pero se interesa como nadie cuando le planteo una lectura, y siempre responde a mis reseñas con un "se oye interesante. Luego me lo prestas". Para saber quién es quién en las películas, ponemos pausa y regresamos. Si estamos en el cine, le señalo la pantalla y, con esa capacidad mía de adivinarle el modo, encuentro las manzanitas para aclarar la explicación. Además, cambia la literatura y el cine por otras artes de las que gusta más, en específico la música -trivial o no, es capaz de escuchar un disco entero y determinar cuáles serán sencillos y cuáles no, en qué orden, en qué estaciones de radio las pasarán y a qué películas, programas de televisión o situaciones de la vida diaria podrían servir de soundtrack-, y la fotografía -es un excelente observador; miren si no, me encontró-.
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Y lo amo. Sabrán a estas alturas que lo amo. Conozco cada recoveco, y soy capaz de adivinar una expresión suya aún antes de que sus músculos se activen. Sé lo que pensará si hago, digo o pienso cualquier cosa. Y sé que le gustarían muchas cosas de mí que no tiene, claro está, porque yo también tiendo a defender mi espacio. Y sé que nos gustarían, está claro también, muchas cosas que el mundo, el destino y la forma caprichosa en que la felicidad actúa, no pueden darnos. Ni hablar. Mientra tanto, me basta con amarlo. Y me basta con que lo sepa.
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¡Salud!

1 comentario:

Vicki dijo...

Tiernisimo, sincero e imperfecto como dijiste, me encanta otra vez :)