martes, 26 de abril de 2011

Laura funesta.

Por la Pascua, que nos da la impresión de que, pese a todo, es posible volver a empezar.
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No conozco personaje más funesto en la televisión. Les parecerá que veo poca, y así es, pero Laura Bozzo es la peor tragedia que la televisión latinoamericana ha creado. Y la ha creado y la ha fortalecido, lo que se adelanta en macabridad -?- y dolo a lo que Victor Frankenstein hizo con su creatura en el siglo XIX. De hecho, no hay comparación: Victor aspiraba a Dios, y la televisión peruana -y ahora mexicana, lo peor que existe después de un tonto, es otro tonto que le siga la corriente- aspiraba al rating, que ni siquiera es un parámetro de progreso, de avance, de revolución.
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Nació con la intención de acercar a las clases más bajas de Perú a los contenidos televisivos, y fortalecer una industria que es, también eso lo comprueba la "señorita Laura", cada vez más idiota, cada vez menos razonable. Pero tocó fondo por una verdad que debería sobrecogernos y movernos a la reflexión, una verdad que Ernesto "el Ché" Guevara enunció en sus años mozos y que hoy sigue siendo lacerante, abominable: la existencia de fronteras en América Latina es una vana ilusión. Toda ella es corrupción, ausencia, déficit y hambre.
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Los mexicanos nos reímos primero con sus expresiones y sus modos. Sus gritos. Con lo absurdo de las tramas y las peleas que, más fingidas que las problemáticas mismas, se sucitaban en el foro de TV Perú. Reímos con términos como "pollada" y "carrito sandwichero". Algunos, los más inteligentes, apagaron la televisión o cambiaron de canal y se conformaron con seguir escuchando y sorprendiéndose con lo que amigos y familiares contaban en la calle, en el trabajo, en la sobremesa, en la hora de la siesta. Y luego, por efecto un morbo que fue más curiosidad que necesidad, entraron a internet, buscaron videos, hicieron análisis, conjeturas, resolucione que, felizmente, nos alejaban de un pueblo peruano dónde todo es, qué horror, qué degradación, miseria, incultura, abandono.
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Luego nos enteramos que el gobierno democrático había puesto sus ojos en quien fuera, según se explica, aliada del otrora gobernante dictador con ojos de alcancía, Alberto Fujimori. Partícipe o no, Bozzo fue sometida a arresto domiciliario. Y la indignación cedió paso a la natural admiración. Como con la Trevi, Mario Bezares, como con Lupita D'Alessio, o Kalimba, el paso por las leyes los limpió, y al puro estilo del héroe clásico, su visita a los infiernos supuso una prueba de redención, y su mención de un cambio en la forma de entender la realidad luego del paso por la justicia la sube al altar, la vuelve modelo de honor y lealtad. Y luego en esa estela de renacimiento y triunfo del honor, de restitución de la dignidad, Laura Bozzo grita "yo estoy aquí para defenderte, sólo con casos reales", o "yo no acepto ni tolero la mentira", y el continente entero del hambre y la miseria le cree, la aclama, la busca, la alaba.
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Y Laura Bozzo llega a México y el triunfo es tan absurdo como verdadero. La aclaman las televisoras, se la pelean las dos cadenas que le han dado al pueblo durante medio siglo exactamente la fórmula que ella vende: diversión descerebrada, barata y fugaz. Y luego Laura Bozzo le suma expresiones de lo nacional, y México y Perú se hermanan, y "el Ché" sigue presente, latente, dolorosamente irrealizado.
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Y entonces el público pide más del mismo alpiste que le han dado durante toda su vida. Si Televisa ha convencido a la gente de que el amor verdadero anda en motocicleta y busca chicas pobres en vecindades desvencijadas, de que la boda perfecta culmina el amor perfecto, y de que no se puede ser feliz si no se ha sufrido, y si Tv Azteca le ha seguido la jugada -¡cómo pretender cambiar el menú cuando el chef de treinta años nos tiene acostumbrados a la misma avena?-, Bozzo viene a completar el armatoste de dominación y desintegración de la capacidad mental. Y se presta, se presta bien.
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Durante el tiempo que dura su espectáculo, jura y perjura, hasta causar recelo, que los casos expuestos son reales, que lo que estamos viendo, ese mar de lágrimas, gritos, golpes y reclamos, no es más que un "servicio a la comunidad" que ella, gran redentora del continente de las venas abiertas, realiza por y para nosotros, sin otra intención que la extinción del secreto, el desvanecimiento de la duda, el recelo, la ausencia. Y Bozzo se interesa por temas que impacten al espectador -porque será servicio a la comunidad, pero también es cuestión de interés-: el padre que tiene dos familias y es desenmascarado por la hija frente a las dos esposas; el hijo desaparecido y criado por otra mujer que ahora vuelve a su madre; el joven deshonesto que le ha robado a su madre; la mujer adúltera; el homosexual confeso.
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Y Bozzo ruge, reclama, incrimina. Es, al tiempo, sicóloga, criminalista, investigadora, socióloga, sicóloga de nuevo, terapeuta, paño de lágrimas, bordón de la vejez. Dulce con quien debe, castrante con quien lo merece -a su juicio, claro, porque también es juez y parte-. Censura, ataca, retoma, abraza y llora. Medio México le agradece, y la otra mitad espera a que todos sus problemas sean solucionados. Guadalupe, en el cerro, despojada del trono, llora ante una mujer de nombre y apellidos italianos que, laura, laurita, laureada, nos ama, nos seduce, nos lleva a la televisión, nos proyecta. Yo también perdí a mi padre, Laura. Laurita, yo también me prostituyo a espaldas de mi madre. Laureada, laurel, la aura. Bendícenos con tu pelo güero, güero natural, con tus manos delgadas, con tu boca seductora de finos labios. Cúbrenos, Laurita, con tus blusas Carolina Herrera, tus uñas largas, tus ojos saltones de tísica moribunda. Danos hoy, Laurita, nuestro caso de cada día.
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Sentado frente a la televisión, vuelvo a la idea de que aún peor que un idiota, es otro que le siga la jugada. Y peor que uno más, millones de espectadores. Producto de importación no es sinónimo de calidad -lo sabemos de sobra con los taiwaneses, los chinos, los japoneses, que ahora, ¡oh, calamidad que Laura Bozzo no ha podido detener!, producen mejores cosas que nosotros-. Que venga de Perú no le da derecho a idiotizarme. Hasta dónde pueda, me defenderé y defenderé a los míos. Ser parte de la jugada es comprar un producto que da por hecho, terrible situación, que soy un rotundo imbécil. Oye, Laura, toma tu carrito sandwichero y convénceme con algo más que eso. Mi país tiene problemas. El tuyo también. Propongo que cada quien regrese al suyo y enfoque sus energías -y sus gritos desgraciaaaaados- en la tierra que le toca.
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Y me han entrado unas ganas tremendas de ir con Laura Bozzo y exponer mi problema: "Señorita Laura, su programa ofende mi intelecto y el intelecto de mi país. Su programa ofende la buena herencia y el genio de Guillermo González Camarena, Mario Molina, Luis Barragán, Octavio Paz, "El Indio" Fernández, Alfonso Reyes, Remedios Varo, José Vasconcelos y Juan Rulfo. Su programa denigra a Kahlo y a Rivera, a Orozco y a Siqueiros. Si Juárez lo viera, cedería el país a la Iglesia y regresaría al mardi grass. Yo, por eso, no lo veo. Porque no es mi intención ofender a nadie, y menos a quienes han hecho de México lo que me gusta.
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Solicito orden de extradición par Santa Laura del Tepeyac.
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¡Salud!

lunes, 18 de abril de 2011

H.

H llegó a la casa en un empaque de cartón reciclado, una caja apenas de su tamaño y los accesorios elementales para mantenerse en la jugada, anotó el niño Agus en su blog con su delicada ortografía. "Es parte de una nueva ola de conciencia ecológica que están agarrando los fabricantes de electrónicos", sugirió el vendedor, y yo me pregunté si H sería verde entonces, y no azul con grecas sensuales como en el aparador. Y yo me pregunté si el vendedor tendría una mínima idea de las connotaciones diversas que el término "conciencia ecológica" acarrea, o lo decía por vender.
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Pero H demostró rápidamente que su vendedor tenía razón. Apenas llegó a casa, encendió, dijo "con permiso, voy a instalarme", se sumió en un mutismo estupefaciente y, como el trabajador honesto y servicial, terminó de hacer lo que tenía qué hacer para instalarse, y dijo "estoy listo". Pidió mi opinión sobre un par de temas -el idioma en que desearía que hiciéramos tratos (al parecer, H es experto en una centena de lenguas, incluído el mongolés), el explorador de internet que desearía utilizar, la visualización del sistema que me facilitaría el trabajo, y los programas opcionales que él tendría que tener siempre a mi disposición, sobre el escritorio. Dadas mis instrucciones con el deseo de que en algún lado apareciera un botón que dijera "como tú quieras" o "como sea", comenzó a operarlo todo hasta que se le terminó la energía, tras lo cual avisó que se iba y cerró.
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Y yo me quedé pensando en lo fugaz e impredecible que es la tecnología. Roja, hace tres años, poseía adelantos que hoy día serían para H cosa de prehistoria: el Windows Vista, el Office 2007, la apantalla LCD, por citar algunos. Ahora Roja padece las consecuewncias de su trabvajo arduo e ininterrumpido: ha contraído una grave y doble afección en su tarjeta madre y su batería, que es como decir que tiene un cáncer incurable en el corazón y en el cerebro. Poco a poco perderá energía, y no volverá a abrir sus ojos color rubí.
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Yo he sometido a ambos a un proceso de conocimiento, y en una tarea contrareloj que me llevó tres horas de mi madrugada, ambas compartieron pendientes, tareas, anécdotas y princpios, tras lo cual H quedó llena de mí, y Roja lista para despedirse. Tiempo viejo, tiempo nuevo. Dos Agus diferentes representados en una computadora que perdió mi virginidad, fue a muchos de mis primeros días de clase, pidió y consiguió empleo, imprimió, tabuló, redactó y corrigió (no en ése estricto orden) artículos, entrevistas y notas, reprodujo y conservó mis canciones favoritas, consiguió novios, dejó novias, y luego me trajo al hombre de mi vida.
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Fotografió algunos de mis mejores momentos, grabó videos inolvidables y así inmortalizó tres años de lo mejor de mi vida. Comunicó, informó, guardó secretos, confesó y sufrió, conmigo y para mí, decisiones que a veces ni yo mismo entiendo. Se lanzó al ruedo con energía, y fue digna de mí. Aguantó empujones, sobresaltos, marchas, procesos electorales, ferias del libro, conferencias, ruedas de prensa, viajes en camión, viajes. En últimas fechas, fue incluso mi cómplice en actos de piratería.
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Pero una caída minó su vida y la calidad de su labor. Comencé a ver, no sin tristeza, que desde su golpe cada vez hacía menos y batallaba más. Y al puro estilo de Elizabeth Taylor, o de Flans -válgánse las luengas diferencias-, decidí darle retiro en su época de lucidez y gracia. La idea de destripar, exhumar, abrir y exponer a mi más cercana colaboradora, me parecía abominable, un atentado a la amistad y la sólida relación laboral que durante estos años nos vinculó. Una falta de respeto, una descortesía.
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Al ceder la estafeta a H, le lega los años más intensos de mi juventud -bueno, de los primeros, de una naciente y prolongada juventud-, y H sabe, me lo dijo al recibir y organizar con cuidado todos mis archivos, qu eno tiene ahora en sus manos cualquier cacahuate placero, que tendrá que portarse también, que trabajar arduamente. Que hay un amplio hueco qué llenar.
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Y yo pienso, por su conciencia ecológica, que sabrá ser mesurado, fuerte, conciente y trabajador. Que ahorrará energía, y eficientará las labores. Que no se rendirá, que luchará conmigo y por mí por metas, sueños y fijaciones. Que será, como Roja, un digno representante de una generación tecnológica que, puesta al servicio del hombre, busca sublimarlo.
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¡Salud!

lunes, 4 de abril de 2011

La imperfección imprescindible.

El amor no es un sentimiento. Es una habilidad.
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Yo no sé qué demonios es el amor. Me lo preguntan incansablemente quienes creen verme enamorado, y yo sólo atino a responder, con una sonrisa: es un estado de indefinición total. Nada va, nada viene, nada preocupa, nada ocupa. Sólo se piensa en tener, crecer y fructificar. Y si el resto de las cosas del mundo se derrumban, mientras él esté, seguirá habiendo esperanza.
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Pero no sé qué es. Entiendo que requiere de grandes dosis de paciencia y otras pocas de entusiasmo. Que no existe sin comprensión, acompañamiento y decisión. Sin un poquito de valentía. Creo que una vez que se le tiene es difícil despegárselo, imposible si se es correspondido. Porque el amor, eso sí que lo sé, crece con el cuidado, el empeño y la entrega. Es, como bien decía Isabel Allende en una frase ya de sumo conocimiento en este Baile, como la literatura: requiere dejarlo todo de lado. Todo menos uno mismo, porque el amor también es eso: la tarea difícil pero deliciosa de amarse a uno mismo amando a otro más.
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Él no es perfecto. Dista de mucho, de hecho, de la perfección. Su estatura es media, su pelo de un chino irresoluto, y su rostro está marcado por la persistente obsesión que tiene de limpiarlo de espinillas y vellos enterrados a pellizcos. Tiene cien manías, y quinientas más. Cuando come chocolate, necesita lavarse dos veces la boca. No puede hacer pipí en un mingitorio. No le gusta comer rápido, ni en la cama, porque odia sentir morusas sobre alguna parte de su cuerpo que no sea su boca. Cambia de peinado como de ropa interior. No hay una persona en el mundo que le atine a sus gustos al vestir. Tiene gustos musicales que me obliga a escuchar. Y cuando los critico se pone raro. Se pone raro con muchas cosas. Cuando hago algo que no estaba en sus planes, cuando le cambio los planes, cuando no le platico los planes, cuando no hago planes.
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Si se pone raro, se pone chiqueón. Y si se pone chiqueón vuelve a ser un niño. Se hace pequeño, pequeño, y exige, exige de mí como, estoy seguro, no lo hizo de sus padres ni sus abuelos, sus grandes tutores. Se duerme antes de que yo llegue a casa. Y dormido es una roca a la que resulta imposible despertar. Duerme diez horas seguidas. Cuando discutimos, ante esa tendencia inevitable que tengo a gritar, se cierra, se priva y frunce el ceño. Le reclamo que no haga ni diga nada. Se queja de que yo no le digo qué necesito, qué quiero de él. Y luego vuelve a fruncir el ceño, se priva y se cierra.
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No come mariscos en puestos de la ciudad. Se estresa cuando se sienta en el camión y la persona que se levantó antes que él dejó el asiento o el tubo caliente. Si me mancho se estresa, y si lo mancho a él, por accidente o por juego, para no enojarse, ríe nervioso. Defiende su espacio con uñas y dientes, y si alguien ajeno toca sus cosas es capaz de irse contra él y desollarlo de un tirón de greñas. Odia a mis ex, por el simple hecho de ser mis ex, y como no cabe el odio en él, fabrica maravillosas metáforas cargadas de crueldad en que idea cómo borrar el pasado e instituir su dictadura. Tiene fobia social, o más concretamente, fobia familiar. Choca con los protocolos. Odia el lujo, el glamour, la corbaba y el pantalón formal. Ya no digamos el traje. Casi no lee. En el cine, nunca sabe quién es quién y luego que salimos olvida personajes, trama y actores.
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Pero su estatura es perfecta para que yo lo arrope con mis brazos, lo bese tiernamente, le suzurre cosas al oído mientras bailamos pegado. Su pelo es una selva de inmensurables dimensiones en las cuales me encanta perderme. Sus chino, toboganes por los cuales me deslizo, noche tras noche, hasta su más profunda piel. Su capacidad para limpiar su cutis, pese a todo, mantiene el mío limpio también. Sabe apretar el poro, extraer la grasa y evitar la infección, todo en un suave pellizco. Sus manías son sus tesoros, y yo los defiendo a capa y espada. Si le llevo chocolates, le llevo también la pasta de dientes, o el cepillo, el Trident White. Yo le busco un cubículo para que haga a su gusto en los baños públicos, y calculo el tiempo juntos con base en su hora de comida, y no los quince minutos que me toma a mí comer. Y si acepta comer conmigo en la cama, acepto yo que nos ponga la cobija como mantel. Apoyo sus cambios de look con cierto recelo, pero debo admitir, no sin cierto afán de morbo, lo mucho que me incita pensar que estoy con el mismo cada semana, con él, y al mismo tiempo con uno diferente. Para sus gustos diversos e impredescibles existen las tarjetas de regalo, con el complemento de que he llegado a notar que no hay cosa que yo le regale o le haga escuchar, ver o leer que no le guste.
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Si se pone raro, la solución es siempre un beso y un par de palabras sinceras. Valora tanto la sinceridad que es incapaz de sentirse mal si algo que no le gusta se dice de corazón.
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Valoro su sueño, lo respeto y lo defiendo. Me molesto con él cuando una llamada o un ruido en casa lo despierta, y acepto sin chistar que se las citas se retracen por estar en la cama unos minutos más. Ante su ceño fruncido, su puchero y su cerrazón, bastan un par de minutos y que yo me digne en sonreír. Mi sonrisa es la fuerza apocalíptica que destruye su desazón y la arranca de raíz.
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No come mariscos en la ciudad, pero si es conmigo come hasta parado. Si el lugar que dejaron está caliente, yo me siento en él y le evito el bochorno. A cambio, en el viaje de regreso, me deja ir en la ventanilla -con esa tendencia loca perruna que tengo de querer que el aire me dé siempre en la cara-. Si nos manchamos, reímos a carcajadas y luego yo soy quien le pasa el papel, la servilleta, el secador. Defiendo su espacio con uñas y dientes, y sé que él mataría por defender el mío -por eso se sorprende y molesta cuando sabe que alguien metió mano en mi mochila, entró a mi cuarto sin mi autorización, me cambió el itinerario sin previo aviso-. Los ex son temas tabú en la relación, y si se mencionan, para evitar comparaciones, el comentario anecdótico que los incluye se cierra con un beso, un abrazo, una caricia simple que nos diga, a él o a mí, según sea el caso: "pero nadie podrá jamás llegarte a los talones". La fobia familiar la ha superado con convivencia, y hoy día gusta de mi familia a pesar de la falta de tiempo y espacio adecuado para convivir con ellos. Con el protocolo no puedo hacer mucho. Lo he incitado a notar lo bien que se ve con corbata, lo mucho que me incita también en ese look. Pero no lo obligo a nada, y me regocijo con él cuando es su día libre y puede, en sus palabras, "usar ropa normal". Y sé que lee menos de lo que me gustaría que lo hiciera, pero se interesa como nadie cuando le planteo una lectura, y siempre responde a mis reseñas con un "se oye interesante. Luego me lo prestas". Para saber quién es quién en las películas, ponemos pausa y regresamos. Si estamos en el cine, le señalo la pantalla y, con esa capacidad mía de adivinarle el modo, encuentro las manzanitas para aclarar la explicación. Además, cambia la literatura y el cine por otras artes de las que gusta más, en específico la música -trivial o no, es capaz de escuchar un disco entero y determinar cuáles serán sencillos y cuáles no, en qué orden, en qué estaciones de radio las pasarán y a qué películas, programas de televisión o situaciones de la vida diaria podrían servir de soundtrack-, y la fotografía -es un excelente observador; miren si no, me encontró-.
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Y lo amo. Sabrán a estas alturas que lo amo. Conozco cada recoveco, y soy capaz de adivinar una expresión suya aún antes de que sus músculos se activen. Sé lo que pensará si hago, digo o pienso cualquier cosa. Y sé que le gustarían muchas cosas de mí que no tiene, claro está, porque yo también tiendo a defender mi espacio. Y sé que nos gustarían, está claro también, muchas cosas que el mundo, el destino y la forma caprichosa en que la felicidad actúa, no pueden darnos. Ni hablar. Mientra tanto, me basta con amarlo. Y me basta con que lo sepa.
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¡Salud!