martes, 15 de marzo de 2011

Mi cuarto y yo.

Hay personas celosísimas de su espacio -no sé por qué no decimos celocérrimas, que suena todavía más enérgico, más celoso-, y lo representan como nada en su habitación. Los representa, dicen, y los salva del mundanal ruido exterior -la violencia en las calles, las decisiones laborales, los dramas familiares, la salida de Presunto Culpable de carteleras-. Es, aseguran, una especie de santuario -y en algunos casos, aplica agregar aquello de "para fauna exótica"-. Yo, sin embargo, llevo ese mismo espacio en mi interior, y cada vez que me quiero separar del caos vial, los desajustes del sistema, los cambios de personal en el trabajo, y la estupidez en general, cierro los ojos y me pongo a imaginar. De ahí, imagino, sale lo que Doña Mago cuestiona tan singularmente: "¿Y tú de dónde carambas sacas tanta cosa?"
.
Y si bien el cuarto interior es mucho más utilitario que el cuarto exterior, porque le cabe más y mejor, porque es más ergonómico-, entiendo que la mayoría de las personas, por una cuestión de instrucción popular, prefieren dejar de imaginar y hacer su santuario algo mucho más tangible, algo ubicado en el interior de sus viviendas.
.
Pero para mí mi cuarto es otra cosa. Crecí sin uno, en un departamento tan pequeño y tan sobrepoblado, que teníamos que vérnoslas duras para pensar en intimidad. Intimidad, de hecho, en una familia de cuatro hermanos, una madre católica que a la menor provocación rocía agua bendita y aturde de inciensos el aire, y un padre de reacciones imprevisibles, ahora entendemos que demenciales, es un término poco menos que inexistente. No hay intimidad en una construcción de cinco por cinco, con un baño, donde, cierto, nada se pierde, pero también, cierto, nada interesante pasa -lo bueno de las casas grandes es que ofrecen aún más territorio a la imaginación-.
.
Compartí un cuarto toda mi vida. Primero con mis hermanos, todos, hombres y mujeres, quimeras, y luego, ya en una casa más grande, con dos baños y medio -el "medio" debe ser el más triste de los baños, porque nadie piensa nunca en él- con El Mayordemishermanos, que saturó de orden, limpieza y decoro la mayor parte de mi infancia -lo que explica, también en gran parte, por qué hoy no sólo no levanto un papel, sino que hasta fomento su acumulación-. Entendí lo que era tener un cuarto para mí solo hasta que él se fue de viaje, y el espacio de sobra me horrorizó tanto que me olvidé de atenderlo y me refugié al mismo rincón de siempre, como si la habitación de esa casa también grande, gigantesca, inabarcable, siguiera siendo habitada por cuatro hermanos en crecimiento constante.
.
De modo que cuando él regresó lo encontró todo en el mismo sitio. Imagino que debió sentirse sorprendido, esperando hallar juguetes y libros regados por doquier. Mi mayor atrevimiento fue subir a dormir en el nivel superior de la litera, reservado, claro está, para los "niños grandes". Y lo hice con tan poco entusiasmo, y representó para mí un éxito tan minúsculo, que cuando regresó, salido del clóset y todo, regresé al nivel inferior en automático y sin chistar.
.
Por eso es que su pretensión, cementera, acerera y calosa, de construir un cuarto sobre el que ahora habito para hacer de él mi santuario, fue recibida por mí con una respuesta que él critica, pero que ya está acostumbrado a recibir de mí: "Pues como tú veas". Él, que sí es celosísimo de su espacio, que no orina en las esquinas de su "pent house" porque la civilidad no le da para eso -Doña Mago, que no conocío el concepto de intimidad en toda su vida, primero por una casa sobrepoblada no por cuatro, sino por seis hermanos, y luego por un esposo asfixiante, celotípico, demandante, dice eso de "pent house" con un resto de odio hacia un hijo suyo que es, dentro de su unicidad, preciso, tajante y claro para marcar sus límites-, él, decía, que cierra la puerta y tiene el honor de desentenderse, me miró con ese gesto suyo de "Voy a creer que te da igual..." y llenó la casa de albañiles, planos, conexiones, cementos, aceros y cales, dispuestos a convertir lo que hasta ahora era el mingitorio a cielo abierto de Nez, en un cuarto con un baño y un pasillo de mogollón.
.
Y aquí nos las estamos viendo, con los muebles que se sacuden y la arena que regresa para invadirlos sabanalmente, como el avance paulatino, admonitorio y fantasmal de la ceguera que cubre una pátina humana, como las canas que cubren entre tinte y tinte el pelo del hombre al que la muerte lo va llamando. Doña Mago, que en un inicio vio con otra porción de odio que su otro hijo, ésta su pluma, que no establece casi nunca límites, tuviera su propio "pent house", al que decidió llamar el "challet", terminó por aceptar la propuesta porque El Mayordemishermanos, hábil para atraer el convencimiento general, le vendió la opción de que parte de la misma azotea se destinara a una terraza para que jueguen sus nietos -y las panzas crecen, creeeecen, creeeeeeeecen.
.
Y aquí nos las estamos viendo. Con muros que aparecen dónde había aire, tubos que entran y salen, cementos y mezclas, con el bull dog de Apasco apareciendo hasta bajo la cama, regaderas que emergen de nuevas paredes, ventanas que se abren paso entre ladrillos y bloques, pisos y nuevas azoteas que recuerdan la facilidad con la cual se construye un cubo con piezas de Lego.
.
Y aquí nos las estamos viendo. Haciéndome a la idea de que, después de todo, me agrada tener sobre mí a lo que será mi nuevo cuarto, y admitiendo, mea culpa, que después de todo no está tan mal tener un propio cuarto, y llenarlo de mí. Y como será igual al que ahora tengo, la mudanza intracasa será dichosa, o al menos más dichosa que la última que emprendimos, que partió la ciudad en dos.
.
Y aquí nos las estamos viendo. Atendiendo al hecho de que ningún albañil en este país escucha todo el día una estación de pop, y que tampoco ningún albañil, parece que por convicción y obediencia a sus propios códigos, deja de tomar caguamas, Coca Cola y chile Valentina mientras trabaja -imagino que en sus casas comerán caviar-.
.
Y aquí nos las estamos viendo. En la era de la juventud, la individualidad se valora en oro. Se convive casi exclusivamente en los círculos sociales cibernéticos, y el cuarto es entonces el reducto más apreciado de esa misma individualidad. Un póster en la pared se convierte en una efigie, el color de una pared en el símbolo patrio, el acomodo de un mueble en la glorieta más exacta de la vialidad más transitada. Nada queda fuera, nada que no se desee que lo esté. Y aquí me las estoy viendo, acostumbrándome a hacer de esto que se construye, un paraíso, un santuario, un rincón que hable de mí, sea para mí, y regrese a mí. Demonios, ¡con lo difícil que ha sido construir un espacio interior, y ahora tendremos que hacer que se materialice! Bueno, por lo menos podré colgar mi cartel de El cisne negro que ya Mi Ojosh se robó de su trabajo -ñaca, ñaca-.
.
¡Salud!

1 comentario:

Erandi dijo...

¡Aj! Que se robe otro para mí, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor.
Qué bonita entrada, eso pasa cuando nos dejas entrar -a tus lectores- a tu cuarto.