lunes, 28 de marzo de 2011

Las dos.

A las dos, por el gusto de volver a ser un trío de pubertos cada que se puede.
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Ya ni les pregunto porque sé que les ha pasado: piensan en un amigo, uno de los más cercanos, y se preguntan cómo demonios es que llegaron a entablar algo más que una relación casual con esa persona. Sus gustos son no sólo diferentes, sino enemigos; sus residencias y trabajos están tan separados que a duras penas pueden decir con certeza que viven en la misma ciudad; sus pensamientos y sus ideologías no sólo los confrontan, sino que los alejan. Incluso es posible que jamás logren ponerse de acuerdo en nada. Pero eso responde a la característica que justo hace a la amistad la más duradera, transparente, flexible y clara de las relaciones humanas posibles: se debe al sentimiento y a la franqueza, no a la razón ni la diplomacia.
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Eso mismo pensé yo cuando hoy, tras una tarde excelente con un par de buenas amigas, me dirigía a casa para descansar. Eso pensé, y pensé en decírselos a ustedes: lo que uno experimenta frente a las diferencias que, pese a todo, subsisten en una amistad entre dos seres humanos, es la desazón, la sorpresa y la alegría. La alegría de saber que, si somos diferentes en abundancia y aún así nos queremos tanto, no habrá fuerza ajena, por más poderosa que sea, que se atreva a detenernos.
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A las dos las conocí en una etapa de mi vida en que era feo, realmente feo. Y quizá porque ellas también lo eran entonces, o porque se compadecían de mí, la ausencia estética no impidió que formáramos un lazo en la complicidad, el apoyo, la alegría y la fraternidad. Luego, nos pusimos guapos, todos, los tres, y descubrirnos en nuevos cuerpos, nuevas caras, superada la pubertad, nos hizo tenernos aún más consideraciones, llegar a pensar "pues si no estaba tan feo, ¿cómo es que tanto se lo repetía a sí mismo frente al espejo?"
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A las dos las quiero, como a ninguno otro de mis amigos, y eso se debe a que a cada uno de ellos les guardo un amor distinto. Porque todos son diferentes, no por ninguna otra razón discriminatoria. Y pretender quererlos igual sería como esperar que en el juego ese clásico de la esfera de Tupperware en el cual cada figura geométrica tenía que salir por un espacio hecho a su forma y medida, todos los cuadros salieran por los triángulos, y viceversa.
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Pero debo admitir que con una, más que con la otra, llevo cosas en común. Una, quizá por lo que ha vivido en casa, me abrazó cuando la anorexia amenazó con destruir mi vida, y se resistió a soltarme. Si lo hizo, fue para decirme que todo eso que yo vivía era extremo para ella, la indignaba, la sobrecogía, la ponía fuera de sí. Pero incluso esa declaración no hizo más que acercarla. La otra, también por lo que ha vivido en casa, se asustó y me dio la espalda cuando más la necesitaba. Hoy lo digo sin fronteras, llano y transparente, pero llegar a entenderlo así me costó tanto que casi destruyó lo que hoy existe en pie. Espero de la segunda, todavía, una prueba de fuego que la acerque, que la hermane, que la haga ver tan resistente a la adversidad como el teflón. Entiendo que es malo esperar de los demás. Que uno siempre termina decepcionado. Pero qué quieren, así soy yo. Me gusta dar segundas oportunidades cuando creo que se merecen.
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Las dos han conocido lo peor de mí. Y han vivido conmigo eso, cada una a su estilo. Porque sí, he de decirlo, conservan también entre ellas algunas diferencias. Sobreprotegidas desde casa, todavía me sorprende que no hayan hecho todo lo que yo a mi edad. No es que yo sea un trotamundos, capaz de hacerlo y verlo todo, pero por circunstancias que a mí también se me dieron en casa, he tenido un poco más la oportunidad de salir solo a las calles y enfrentarme a golpes con las cosas feas de la vida. Eso, temo decirlo también, es quizá algo de lo que más nos separa. Pero entiendo que cada ser humano debe vivir procesos vitales diferentes, y que también en ellas tengo mucho qué aprender sobre cómo es existir, y cómo es que vivir significa cosas diferentes para personas diferentes. Quisiera, sin embargo, que hubieran visto lo que yo, no para ser iguales, o para acercarnos más, sino para que tuvieran también otra experiencia, otro conocimiento de la vida.
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Y yo he conocido lo peor de ellas. Las he consolado en la falta, y las he abrazado en la alegría. Pese a lo que nos separa, lo que cada una cree, siente, vive o piensa, está sobreentendido que pueden contar conmigo, y yo no esperaría más que espaldarazos de su parte. Si bien de una de las dos tengo cierto recelo aún tras lo que antes comentaba, no dejo de confiar. Y creo en ellas, en las dos, y en la posibilidad increíble que han demostrado para salir adelante frente al fracaso, la adversidad, la pérdida o la derrota. Entiendo que no son perfectas. Pero gracias al cielo ninguno de mis amigos lo es, lo que, incluso frente al sentimiento, me hermana aún más con ellas: saber que no estamos sólo para aplaudirnos las decisiones favorables, sino también para sorprendernos en las malas y, un eterno paso atrás, apoyar un tanto cuando el boomerang regrese a quien lo lanzó.
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Ahora que lo pienso bien, no somos tan diferentes. Nos une la especie, la historia y la vida. Nos une el deseo. Porque cuando pienso en un abrazo pienso también en ellas, y saber que ahí estarán para eso me reconforta. A lo mejor no podremos llegar a un acuerdo sobre Dios, la religión o las buenas costumbres. Pero sé que frente a ellas podré decir que no me parece, que no estoy de acuerdo, y seré respetado. Eso, más que nada, alivia las relaciones: mientras éstas sean capaces de aguantar en su lona las diferencias, las distancias y los desacuerdos, no habrá puño que gane la pelea por knock-out.
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¡Salud!

1 comentario:

Erandi dijo...

Pues es que si no que aburrido, ¿no crees? Los amigos diferentes, casi enemigos, existen para enseñarnos a tolerar y sacar -contrario a lo que se podría pensar-, lo mejor de nosotros.