lunes, 21 de marzo de 2011

El favorito de Dios.

Yo insisto en una teoría que seguro más de uno ha acariciado, enunciado o hasta perseguido: Dios tiene pueblos favoritos, y pueblos a los cuales mantiene sobre la Tierra, dirían los abuelos, porque Ídem es grande. Pueblos a los cuales dota de una natural propensión al éxito, el descubrimiento, el progreso y la vanguardia, y pueblos a los cuales les da lenguas difíciles, culturas impredescibles, una historia inexpugnable, una política complicada, una economía dubitativa, y a Elba Esther Gordillo-no, de veras que Dios sí se ensaña-.
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Japón es uno de esos casos en que Dios, por andar viendo los andares, los pucheros, las travesuras y las niñerías de alguno otro de sus hijos favoritos -Inglaterra, Francia, Suiza, Estados Unidos-, descuida gravemente al hijo incómodo y eso deriva en una impresionante propensión de los japoneses a ponerse mal.
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Si contáramos las guerras, desastres naturales, invasiones y demás catástrofes -incluido el harakiri (¿sí se escribe así? Mejor aún, ¿sí es japonés?)- que la nación nipona -tapón, tapona- ha padecido a lo largo de su muy muy muy arduo caminar por la Historia Universal, preferiríamos contar las veces en que un político mexicano piensa al día en piñarse algo, porque serían considerablemente menos.
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Y a qué se debe el ensañamiento de Dios con algunos de sus vástagos, lo ignoro. Japón ha padecido incendios, erupciones volcánicas, terremotos, maremotos, accidentes aéreos, emergencias nucleares, derrumbes, descarrilamientos, bloqueos económicos y, regular tendencia de las cosas malas a ponerse peores, hasta tiene el honor de haber sido el único país del mundo, a la fecha, en haber recibido el impacto de dos, sí, dos, bombas nuclares -de hecho, es el único país del mundo que ha sido impactado por una bomba nuclear-.
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Los alarmistas dicen que el reciente grupo de terremotos que azotó varias provincias del archipiélago nipón -tapón, tapona-, es el inicio del fin de los tiempos -el fin de los tiempos ha tenido tantos inicios como desastres Japón-. Los optimistas, aseguran que Dios aprieta pero no ahorca: si la están pasando mal, y la pasarán peor, es porque seguro poseen las herramientas suficientes para levantarse de la tempestad, levantar casas, escuelas y edificios, barrer el agua y volver a la vida.
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Yo me quedo con la idea del fin de los tiempos. No es cierto. Lo dije sólo para ver sus caras arrugarse, sus ceños fruncirse y sus cabezas maquinar toda clase de insultos contra mí. La realidad es que creo en el género humano y en su capacidad plagística para levantarse ante la adversidad, sacudirse el polvo, y seguir por el mismo camino de siempre -nunca se ha dicho que sea el mejor, pero es el mismo de siempre-. Porque la historia de la adversidad, es también la historia de las posibilidades. Y a eso nos enfrentamos todos, todos los días: si el camión no pasa, si la maestra no aceptó el trabajo por correo electrónico, si el jefe no nos dio las vacaciones y la reservación es in-mo-di-fi-ca-ble, dijo la señorita de la agencia de viajes, si no hay del sabor que queremos en la heladería, si llueve y salimos sin paraguas, si hay sol y tenemos que caminar tres cuadras a la tienda, si la almohada tiene ácaros -luego hablamos de los ácaros, que son harina de otra desgracia-, si la biblioteca no abrió, si el internet falló a segundos de enviar el apunte, si el proyector no jaló justo el día de la exposición, si la toalla se nos olvidó en el cuarto y nos dimos cuenta justo al terminar de bañarnos. Vivir es un atentado a la naturaleza, es una apuesta en contra del instinto, la diáfana propensión de la física a tragarnos vivos.
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Y eso no significa que Dios esté cortando cabezas en el inframundo. Significa que estamos vivos, y descubrir que lo estamos es la mejor motivación para seguir pateando traseros -El Meromerosaborranchero, amigo de ésos que se extrañan cuando le sale a uno guarro a flote, estaría orgulloso de mi frase-. Significa que, si bien Dios tiene sus favoritos, y a esos les da manáh en el desierto y a Woody Allen, también tiene una impresionante propensión para variar sus gustos, desequilibrar la balanza y jugar con los destinos de toda su grey. Es caprichoso, Él. Y qué le vamos a hacer. El que paga manda.
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Desde este Baile va para Japón un fraterno abrazo y un sensible y generoso afán por hacer que las cosas mejoren. Nuestras culturas son diferentes, ya no digamos nuestros idiomas -lo de enviar buenos deseos es meramente protocolario. Japoneses e hispanohablantes entendemos que no nos entendemos-, pero nuestra especie es la misma, y nuestros corazones están hechos iguales -unos con más colesterol, otros con más marcapasos, pero la esencia es la misma-. Y tambíen, el sincero y bien intencionado recordatorio que también decían los abuelos: cuando más negra se pone la noche, es cuando más cercano está el amanecer.
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¡Salud!
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PD: Dios, si me estás leyendo, ¿por qué no cambias ya la balanza y le das a los gringos a Elba Esther? Ya les toca la papa caliente, ¿no?

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