sábado, 5 de marzo de 2011

Adversus.

Dice un antiguo proverbio popular -y supongo que es antiguo porque lo escucho desde que nací, y de eso hace ya dos décadas y un tantito más-, que si algo puede ponerse mal, se va a poner peor. No importa cuánto se haga por revertirlo, cuánto se pongan esfuerzos por solventarlo: si va a doler el golpe, va a doler tres veces. Lo más increíble no es lo atinado que este dicho resulta, lo veraz y contundente que demuestra ser día con día, entre el tráfico, el trabajo, la escuela o la familia. Lo veraderamente inverosímil es que los seres humanos sigamos viviendo como si esto no pasara, esperanzados en que si algo ha de ponerse mal, se va a poner mucho mejor -una idea que, a estas alturas, sólo mantienen viva Disney, Cartoon Network y Gustavo Cerati-.
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Esto viene al plato porque mi padre, que como ya les he dicho en alguna ocasión lleva encima, además de la carga de toda una vida de sufrimientos y penas no remediadas, un cúmulo de enfermedades siquiátricas y neurológicas que, sumadas como agentes del caos, lo mantienen, por su seguridad y la nuestra, en una casa hogar, ese padre dolorosamente ausente, lejano, casi inexistente, ese padre violento, manipulador, grotesco, amenazante, volvió a tener una recaída en su trastorno conductual que obligó a una movilización oportuna y veloz, con el fin de detener todo posible encumbramiento de una enfermedad que es de apellido alemán, dicen, pero que tiene le mal tino de nunca abandonar el cerebro que posee. Y si a eso le sumamos su eterno mal carácter, y toda la la gama de abusos contenidos cuya energía negativa nunca se atrevió a encausar, tenemos un problema... y de los que se ponen feos.
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Claro está que todo este asunto no nos agarró como hace dos años, en que ni siquiera sabíamos cómo funciona el sistema de salud mental que otorga como prestación -deficiente como todo en él- el Instituto Mexicano del Seguro Social, cómo funciona una enfermedad como la que padece don Benjamín, cómo es que se libra el rechazo público que la sola palabra "siquiatra" genera en otros, cómo es que se puede vivir por, para y con un enfermo mental. No sabíamos nada, y eso, como en la frase que ha dado inicio a esta entrada, ponía las cosas en estado agravante.
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Ahora, si bien golpea la recaída, lo cierto es que no nos dan atole con el dedo con la misma facilidad. Me bastó ver a Doña Mago enfrentarse a un médico absolutamente incompetente que atiende a su todavía esposo para dejarle bien claro qué sí y qué no está dispuesta a tolerar en el marco de su estupidez, para entender que ella, como todas las cosas que han pasado desde el 2008, tampoco se anda por las ramas en eso de mejorar. Para bien o para mal, ahora entiende hasta dónde puede permitirse llegar, hasta dónde es un atrevimiento, y hasta dónde repercute contra sí misma una decisión, una palabra, un gesto, un aviso. Ahora sabe leer la cartilla, al menos mucho más que antes, y decir "no". Y eso, como el resto de las cosas, las aprendió cuando los hechos desafortunados se convirtieron en pesadillas.
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Lo que aún no me queda claro es qué tan mal puede ponerse esto. Entiendo que uno rara vez está preparado para las sorpresas de la vida, y que tampoco, por consiguiente, se tiene idea de qué camino tomar cuando las cosas de andar mal, se tornan peores. Pero sé, y eso me queda claro como pocas cosas hoy día -dejé de entender hace tiempo, por ejemplo, cómo funciona el sistema político, el Consejo de Titulación de mi carrera y los anafres-, que habrá que estar listo para correr cuando sea neceario, y para subir a la tabla y hacer de la ola un gran espectáculo de surf cuando también se requiera. La cosa, dirían los abuelos, está en saber medir el golpe.
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La otra frase que cerraría esta entrada es más esperanzadora, y más reveladora: si algo se está poniendo bien, se va a poner mejor. No es la ley de la vida, es la ley de la naturaleza misma. La prueba está en que si uno es guapo, se va a poner más guapo cuando pasen los años. Si un producto es bueno, se va a poner más bueno cuando pasen los años -ello prueba que, mientras el Gansito Marinela es y siempre ha sido bueno, el Twinki Wonder nunca tuvo madera para ser un buen panquecito-. Y hasta donde el cerebro, el corazón y los pies nos lo permitan, tomar decisiones acertadas será un buen comienzo para eso de esperar que las cosas se pongan mejor. Yo, como siempre, guardo la esperanza de que, mejores o peores, seguirán siendo mías. Y eso, con la garantía implícita de hacerme sentir vivo, es lo que agradezco de la adversidad.
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¡Salud!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Si hay algo de lo que estoy seguro, es que la mejor manera de conocer tu verdadero potencial es durante la adversidad. Pero, claro eso depende de la voluntad que uno tenga para aprovechar éstas "desafortunadas" circunstancias.

Felicidades por tu blog Agustín.

Saludos, Andrés P.J.

Erandi dijo...

Me encanta sinceramente tu actitud; ya no has dejado claro a quienes nos rodeas, que eres un cabrón y que aguantas lo que se te ponga, cuando todo esto pase te darás cuenta de que una vez más, las circunstancias de la vida te hicieron los mandados, Agus. Lo importante de ese "quienes te rodeamos", es que somos testigos de tu fortaleza, pero sobre todo, que debes recordar siempre, que no estás solo -así, sin acento-.
Te mando el abrazo más grande del mundo hasta que te vea y pueda dártelo en persona.