jueves, 10 de febrero de 2011

Monopolio.

Adivina, adivinador: tiene 75 años de vida y todavía aguanta hasta 70 días corridos de juego, habla 43 idiomas y conoce y oferta los territorios de 111 países. Y por si todo eso fuera poco, ha jugado con un sexto de la población mundial, construido seis mil millones de casas y dos mil millones de hoteles, y convivido con Los Beatles, Mario Bros, Bob Esponja, Spider Man, los personajes de Disney y Pixar, Star Wars y Pokemón, Gi-Joe, Los Simpsons, Los Piratas del Caribe y diversas temporadas de la NFL y la NBA, inspirado unos tenis Reebok y una edición de joyería y otra de chocolatería. Un dato más, por si les faltaba alguna pista: se imprimen más billetes anualmente en su nombre que dólares. ¿Qué es?
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Monopoly es, a decir de sus fabricantes, sus jugadores, sus fanáticos y sus vendedores, el juego de mesa más jugado en la historia de los juegos de mesa. Yo, de ese dato únicamente, dudo con soberanía. Imagino que se han jugado más partidas de ajedrez, dominó, incluso de damas chinas o inglesas, juegos de tablero que ya estaban en circulación incluso antes de que el término "juego de mesa" fuera acuñado por los ingleses para referirse a toda clase de divertimentos que se ejecutan entre dos o más personas reunidos en torno a un tablero. Pero como hoy estoy de buenas porque acabo de comprarme el mío, el daré a Monopoly el gusto y le diré que sí, que tiene la razón, que es a todo dar y que, si bien nació con la Gran Depresión estadounidense y fue producto de un robo intelectual, es el mejor juego de mesa sobre la faz de la Tierra -se va a sentir el Operando, pero luego le dedico otra entrada y quedamos a mano-.
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Quienes me conocen saben que me gustan los juegos de mesa. Sin embargo, pocas personas saben por qué. Incluso mis más cercanos colaboradores, amigos y familiares, tienen sus propias teorías. El Mayordemishermanos, por ejemplo, asegura que mi afición a los juegos de mesa se debe a que gracias a ellos recuerdo momentos infantiles de seguridad, confort y calor de hogar. Y tiene razón. Doña Mago, que es muy dada a no gastar en ella, asegura que lo mío es un afán por dilapidar los ahorros personales hasta el cansancio. Y tiene razón. La Wera cree que es un pretexto para obligarme a reunirme con los amigos. Y tiene razón.
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Pero a mí me gustan los juegos de mesa, más que por todo eso, porque representan, en una caja de no más de medio kilo de peso, lo que más admiro del género humano: el ingenio, la imaginación, la convivencia, la diversidad, la versatilidad, la tenacidad y la inteligencia. La Mayordemishermanas, a quien el embarazo, no es por nada, le ha traído una belleza particular -a La Buba también, pero ella no me soltó esta verdad irreversible-, me aseguró, contundente y generosa en las verdades: "Al comprarlo, no te cobran ni el plástico ni el papel. Te cobran la planeación".
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Porque imagino que debe haber una planificación milimétrica en la realización de cada juego de mesa que sale al mercado, lo que sólo en cierta forma justifica el éxito de esa clase de juguetes muy a pesar del paso del tiempo, las contingencias del idioma y el cambio de país, y hasta los embrollos empresariales en que de pronto se meten las manufactureras para evadir impuestos y evitar la bancarrota.
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El caso de Monopoly es más que particular. Nacido de las manos de un juguetero de Atlantic City caído en desgracia durante la Gran Depresión, el juego fue vendido a Parker Brothers, la fabricante de juegos de mesa de dicha ciudad por la nada despreciable suma de tres millones de dólares, por su autor -sí, como si de una obra de arte se tratara, el juego de mesa posee autor-, Charles Darrow, quien lo fabricaba hasta la venta de la marca artesanalmente en su casa, auxiliado por su familia.
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El juego de mesa cobró tanta popularidad, que durante décadas Parker Brothers pudo vivir sólo de la producción y venta de Monopoly y un par de juegos más, hasta que en el 2003 la marca internacional Hasbro compró a la legendaria fabricante de Atlantic City, y con ello adquirió el éxito de Monopoly y la responsabilidad de seguirlo fabricando a escala internacional.
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Los 111 países que juegan Monopoly constituyen un aproximado de mil millones de personas que se sientan frente al tablero y compran, venden, hipotecan y subastan propiedades al por mayor. La infelicidad de un hombre, incapaz en 1935 de tener lo elemental para salvar su empresa, generó el juego de compra-venta inmobiliaria más famoso de la historia, llevando al autor a la historia y el desahogo económico, y al mundo a conocer términos como "ir a la cárcel", "pasar por salida" o "carta de la fortuna", inmuebles famosos como las casitas verdes y los hoteles rojos, y billetes de hasta un millón de dólares Monopoly.
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Por eso, y por todo lo que representa su existencia, yo me fui a comprar el mío y celebré con esa adquisición los 75 años del juego de mesa, dicen, más famoso de la Historia. Creo que jugándolo -que no comprándolo, porque eso es otra cosa-, se celebra eso que ya les decía yo que un juego de mesa representa y abandera: la imaginación, el ingenio, la diversidad, el trabajo en equipo, los altibajos de la vida, la tolerancia a la frustración. El fin no de la derrota, sino del rencor y la incapacidad humana para buscarse reglas y romperlas de vez en cuando.
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Es momento de jugar. Celebremos al hombre.
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¡Salud!

1 comentario:

Silvia dijo...

Por fin el Monopoly en Facebook http://bit.ly/eNhGAS ¡ya era hora!