viernes, 11 de febrero de 2011

Dos de Alejo.

Alejo Carpentier es el mejor novelista cubano de la Historia de la Literatura en aquella isla caribeña. Ésta, claro está, es mi opinión, y para generarla hace falta una pizca de desinterés por otra clase de opiniones. Si a ustedes les jala mejor el gatillo –apuesto a que nunca habían leído esa frase aplicada a acciones como gustar, atraer, generar preferencia, y lo apuesto porque yo tampoco la había escuchado jamás- José Lezama Lima, Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante o, qué sé yo, algún otro creador cercano al régimen castrista, ése es asunto suyo. A mí, el que me bate el chocolate, me acitrona la cebolla, me infla el globo –éste último referente sonó muy erótico. Mejor lo suprimimos- es Alejo Carpentier.
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Carpentier vivió el triunfo que pocos escritores conocen, el económico. Pudo vivir de lo que sus producciones literarias le generaron, y vivió amplia, cómodamente. Fue además un genio, un genio literario, en un mundo en el que la genialidad y el reconocimiento monetario suelen estar peleados.
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A Alejo Carpentier lo admiro por tres cosas: por lo que dicen de él, y por dos de sus novelas, El recurso del método, una de las mejores novelas de dictador escritas en Latinoamérica durante el siglo XX, y El siglo de las luces, el acercamiento a las consecuencias de la Revolución Francesa y las ideas de los Enciclopedistas en América, a mi juicio, mejor logrado. También lo admiro por su estilo, su ilustración, su conocimiento en materia de música, arquitectura, pintura, historia y composición literaria. Nadie como Alejo Carpentier se ha acercado tanto a la realidad de las pasiones humanas, y nadie como él ha salido invicto para coronarse con laureles.
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Hasta donde lo conozco, hasta donde la lectura de sus obras me ha permitido acercarme, Alejo Carpentier es el maestro del barroco, la supremacía de lo grotesco y el abigarramiento de las formas del lenguaje. Nadie como él es capaz de describir con tanta minuciosidad una casa con palmeras en patio central, un cuerpo amasado por el trabajo y la guerra, una constelación de arrugas latigadas como rastro del paso de los pesares.
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El recurso del método narra la historia de un dictador latinoamericano que podría ser cualquiera: Díaz, Soumossa, Pinochet, Stalin, Hussein, porque, bien lo decía Vargas Llosa en cierta entrevista televisiva dada a un medio nacional mucho antes de que el podio del Nobel lo elevara hasta las nubes: “Todos llevamos un Leónidas Trujillo por dentro”. Es la historia de la represión, del empoderamiento, del miedo, de la incapacidad del gobernante para entender que, a pesar de la faramalla y el aplauso, sigue siendo un ser humano, y del gobernado para saber cuándo y cómo detener la marabunta que ha creado a través de la aceptación de la propia degradación de su libertad.
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Con El recurso del método, Carpentier demuestra su profundo conocimiento de la historia moderna de América Latina, y además, su profundo entendimiento de la realidad humana: incapaz de vivir sin dioses, sin héroes que lo acerquen a la sublimidad, el hombre busca fabricarlos aunque luego, como bien demuestra otra gran entendedora de su propia especie, Mary W. Shelley, la creación redentora se transforme en un monstruo que sólo obligue a su exterminio.
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El siglo de las luces, por otro lado, es una obra de arte en todos los aspectos. El bagaje cultural que fecunda y respalda la obra, nutrido en la música, la arquitectura, la pintura y por supuesto, la Historia, no puede tiene comparación con ninguna otra presencia detrás de novela, cuento o poesía alguna escrita en Latinoamérica durante la segunda mitad del siglo XX. Carpentier retoma la llegada de las ideas ilustradas a La Guadalupe, el territorio isleño que hoy es Cuba, y utiliza este complicado acontecimiento histórico como pretexto para narrar otra historia, aún más complicada: la de la eterna búsqueda del hombre por una idea que le dé suelo, y que, al mismo tiempo, lo acerque a la eternidad. La eterna búsqueda del ser humano en pos de la verdad. Todo esto bien aderezo a través del uso magistral del lenguaje, que no deja cabo suelto, que no encuentra error, opción de mejora o llamado a la perfección.
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Yo he de ser sincero al decir que no todo lo que está en El siglo… lo entendí. A esta nvoela, como a tantas otras del escritor cubano, le hace falta un vocabulario que desentrañe un poco los círculos concéntricos de los bucles de los querubines que adornan la columna formada a su vez por cilindros que se entrelazan con zarzas y racimos de uva, que forman los párrafos de su literatura –Doña Mago, afín a las formas y los métodos, se sorprendió al ver que El siglo tiene, cuando mucho, una decena de párrafos, porque Carpentier, barroco hasta en los signos ortográficos, no reconoce la función del punto y aparte, y no otorga descanso alguno al lector que espera, como cualquiera de los navegantes de la novela, la aparición de una isla sin mancha tipográfica en la cual descansar antes de seguir el fatigoso viaje-.
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Tanto en El recurso… como en El siglo…, Carpentier hace una vez más lo que mejor le sale: demostrar que sabe, y mucho, y que sus conocimientos no sólo están bien relacionados entre sí, en una unión de significados, símbolos y acontecimientos que sorprenderían a los más experimentados estudiosos de las materias en cuestión, sino que además demuestran un escalofriante encadenamiento que recordaría aquello de que la Historia, para quien no la estudia, está condenada a repetirse.
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Yo, pues, les recomiendo tanto una como otra, y en general, toda la obra de Carpentier. Dicen los que la han leído que, a diferencia otros autores latinoamericanos como García Márquez, Fuentes o Borges, de los cuales hace falta leer sólo una obra para entender su estilo, su composición, su estructura y su forma, Alejo Carpentier, a la manera de Vargas Llosa, exige la lectura de todas sus novelas para poder terminar de “cacharlo” por completo. Eso porque en cada obra se exige un compromiso y una habilidad diferente al lector, y se pone a prueba la inteligencia, la energía y la perseverancia de todas las habilidades de comunicación lectora adquiridas hasta entonces. Y no sé a ustedes, pero a mí me encanta que el escritor me considere lo suficientemente inteligente como para acceder a su obra.
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Entonces qué, ¿van a aceptar el reto que les tiende Carpentier, o van a seguir Corintelleando?
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Yo diría que es uno de los mejore de Latinoamérica y uno de mis favoritos en la vida. Acepten la recomendación como un regalo.