domingo, 20 de febrero de 2011

Más negro que la noche.

Ya sabíamos que Natalie Portman era grandiosa. Nos lo dejó medianamente claro cuando interpretó a la muy bien peinada reina, y luego senadora, y luego nada, Amidala, en la última trilogía de la Guerra de las Galaxias -que es en realidad la primera, porque las primeras tres son en realidad las últimas tres... bueno, ustedes saben-, y luego reafirmó una y otra vez el nivel de sus dotes histriónicas hasta que, sin temor a equivocarme, nos puso a todos la piel chinita con su papel en V from Vendetta (aka V de Venganza), en la historia sobre cómo el hombre del siglo XXI ha perdido toda noción de las relaciones humanas y su sentido, Closer (aka Llevados por el deseo), y en la entercedora cinta sobre la pérdida de la inocencia y sus consencuencias, ¿Dónde quedó el amor?
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Pero como en The black swan (aka El cisne negro), tampoco creo equivocarme, nunca la vimos. Su desempeño actoral es tal, que llegó un punto, lo que nunca me había pasado con una película, ni siquiera con alguna del género gore, que me vi tentado a abandonar el barco y dejarlo por la buena, pues es tal el realismo, la energía y la exactitud con que Portman desempeña su papel como Nina, la bailarina de la Compañía de Danza de Nueva York que se prepara para convertirse en la reina cisne blanca y negra en la nueva puesta en escena de El lago de los cisnes, que no queda alguna duda de que la está pasando mal, y muy mal.
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A mí no me cayó el veinte de la esquizofrenia hasta que El Mayordemishermanos, que se rehúsa a verla porque dice que a él todos esos rollos de la personalidad disociada y sus consecuencias le parecen poco católicos, y por eso lo ponen muy nervioso -lo heredó de la madre-, me lo hizo ver con un simple y llano: "Ay, no, a mí todas esas cosas de esquizofrenia y trastornos de personalidad disociada me ponen muy nervioso". Aparte, cabe aclarar, su mucho más desarrollada capacidad de apreciación estética que la mía, y su también mucho más experimentado paso por el séptimo arte, le permiten entender esa clase de mensajes artísticos que a mí, que me paso la película entera leyendo los subtítulos -?- nomás no me llegan.
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Pero una vez que me lo dijo, me cayó el veinte de todo. Entendí que, si la actuación de Natalie Portman es capaz de adentrarnos en el mundo de visiones escalofriantes y sensaciones terroríficas que caracteriza a su enfermo personaje, y de hacerlo tan bien, entonces estamos frente a una verdadera ya no promesa de la actuación, sino leyenda.
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A Portman, cabe aclarar, la acompañan buenas cosas: un director genial, Darren Aronofsky; un buen reparto, que incluye a Vincent Cassel como el temible, genial pero estrictísimo director del ballet,; Winona Ryder, en un papel tan triste como impactante, de la bailarina en decadencia Beth; Mila Kunis, otra grande a pesar de su juventud, como la segunda en la línea para interpretar el papel doble, y Barbara Hershey, como la ahoraentendemosporqué opresora madre de Nina, que no la deja ni ir a la esquina sin desear saber dónde anda, con quién anda, qué piensa, qué se trae; una excelente música, adaptación del ballet original, que recuerda aquéllos métodos de seguimiento musical de los sucesos en que era tan magistral Kubrick; un maravilloso diseño de arte que nos acomoda en la trama como anillo al dedo; un estupendo guión, que no deja nada fuera, y al mismo tiempo lo deja todo a la imaginación.
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Y a Nina la rodea también todo lo posible para que desarrolle su trastorno: el director que uno no sabe si va o viene, si la desea o más bien esperaría verla acabada; la compañera que espera ocupar su lugar, y que intenta, droga de por medio, liberarla de su propia personalidad; la compañía, que la ve con recelo ante su obtención del papel y rumora su relación con el director; la bailarina saliente, que comparte el rumor y agrega, explícita y agresiva como sólo Winona puede interpretarla, qué cree ella que tuvo que hacer Nina para obtener el papel -en México diríamos "aflojar"-.
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Y cuando comienza a volverse loca, verdaderamente loca, está uno tan metido en el filme que ya no sabe si lo que ella está viendo es producto de su mente trastornada o de la realidad. Porque hay cosas que, si yo fuera Nina, juzgaría igual o peor.
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No he visto el resto de las actuaciones de las nominadas a mejor actriz para el Oscar de este año, pero no creo necesitarlo. Natalie Portman se luce tanto, brilla tanto, grita tanto, escandaliza tanto, baila tanto, suda tanto, se reprime tanto, que dudo mucho que otra mujer haya hecho este año lo que ella ha conseguido en la pantalla. Ni modo, chicas, suerte para el 2012.
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Me parece que ni siquiera tengo que decirles que vayan a verla. No verla, se los aseguro, caerá sobre su responsabilidad. Luego, cuando todo mundo la refiere como uno de trillers sicológicos indispensables después del inigualable Psycho, del también inigualable Alfred Hitchcock, o de A beautiful mind, se van a arrepentir de no haber asistido a la puesta en escena más escalofriante del último siglo -no, no los he visto todos, pero con éste me basta y sobra para juzgar-. Y cuando la Academia confirme el veredicto con su respectivo Óscar, yo ya no estaré aquí para decirles "¿ven? ¿qué les costaba firmar la Historia?"
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¡Salud!

viernes, 18 de febrero de 2011

The rito.

Quien me conoce, sabe que yo no soy muy afecto a los noticieros de Televisa. Veo a Adela Micha cuando me gana el morbo, la curiosidad por asistir al espectáculo de lo que la mercadotecnia puede hacer por “la” mujer a través de “una” mujer. Y hasta sus comentarios homofóbicos, sumamente desafortunados y faltos, si no de cultura, sí por lo menos de sentido común y responsabilidad frente al micrófonos, seguía también las andanzas de Esteban Arce y todo su equipo de comentaristas en el Matutino Express. Pero fuera de esos ligeros traspiés, me rehúso, como ente pensante que soy –o intento ser- a asistir al espectáculo melodramático que Televisa ha preparado, disfrazándolo, maestro del efecto especial y el camuflaje como es, de “periodismo objetivo” y “calidad informativa” –en ese sentido le voy más a Brozo, que es puro show, y no intenta vender como cosa sana lo que no es más que eso, puro show-.
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Por eso es que no me sorprendió en lo absoluto el lamentable, triste, estresante y penoso incidente en que el supuestamente más visto presentador de la barra de noticieros del canal de las estrellas –nuestro canaaaaal-, Joaquín “Y mire usted” López Dóriga, se vio involucrado, al intentar, repito, sólo intentar, entrevistar al inigualable, majestuoso, divino y talentoso actor británico, Antony Hopkins –¿qué tan maestral será que el diccionario de Word reconoce su apellido, y no reconoce en cambio Dóriga, Micha, Loret de Mola ni Ayala?-.
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Para empezar, López Dóriga demostró una vez más que eso de formarse en el vieja guardia, y pretender elaborar sobre ella su zona de confort, no solamente no es nada recomendable, sino que resulta un arma de doble filo: si por un lado un buen número de personas reconocen en su larga experiencia y su estilo particular un distintivo a seguir por los nacientes profesionales del periodismo, y al tiempo relacionan objetividad y profesionalismo con número de horas tras el micrófono, por el otro López Dóriga comprueba que su actualización en materia, por ejemplo, de idiomas, no debería estar peleada en lo absoluto con su currículum o su tiempo de ejercicio profesional.
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Lo digo porque, como seguro ya se habrán enterado, don “Mire usted” quedó sumamente mal en el manejo del idioma inglés al intentar –repito, sólo fue un intento- entrevistar a Hopkins durante la emisión del pasado miércoles de su programa nocturno, en el cual pretendían –y repito, sólo pretendían, porque pretendiendo también se ha tejido el camino del infierno- tanto el presentador como el actor, y, quiero imaginar, un buen número de personas detrás de ellos –léase productores, técnicos en video y audio, Management y directores de escena-, promocionar el más reciente film del actor galés, The rite (aka El Rito), que narra la supuestamente basada en hechos reales historia de un exorcismo -¿otra vez?-
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López Dóriga empezó bien. Como seguro no ha visto la película, utilizó un truco infalible de viejo lobo de mar: utilizar en su cuestionamiento un “¿por qué?”. “¿Por qué el rito?”, soltó el cabecita de fósforo usado, y la respuesta de Hopkins fue tan clara como experta: total silencio. Hopkins lo miraba a él con cara de “¿por qué me habla usted en un dialecto parecido al latín estándar que nomás no ubico?”, miraba para todas partes, intentando encontrar a alguien entre la producción con aire galés, encontrando, me imagino, puro émulo de Tintán con gabardina de Cantinflas, y López Dóriga, a quien nadie parecía explicarle nada, intentando, con otro truco de viejo lobo de mar, darse a entender –porque seguro pensó que lo que no estaba claro, o no era del todo adecuada para un actor de la talla de Antony Hopkins, era su pregunta, y no el idioma-, se limitó a intentar lo que resultó una traducción pocha, mal lograda, infructuosa y encima de todo ininteligible, de su propia cuestión: “¿juai de rito?”
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Hopkins debe tener un conocimiento nulo del idioma español, pero existe algo que entre todos los hablantes del mundo puede entenderse, y eso es la emoción humana. Imagino que la cara de angustia que ya para entonces López Dóriga comenzaba a manifestar le fue clara, y tras preguntar un par de veces con un cortés y muy sencillo “excuse me?”, él mismo atinó a traducir a su propio idioma lo que el “Y mire usted” intentaba expresar: “Oh, why the rite?”.
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A López Dóriga se le aclaró el rostro en lo que a todas luces fue como cuando uno va parado en el camión durante media hora y de pronto alguien desocupa un sitio justo enfrente, y no hay forma de que nadie se lo gane. Entonces sí, creyendo que ya la había dominado todita –la situación, claro, de lo otro presumimos que ahí la lleva-, volvió a preguntar en español, tras la respuesta de su entrevistado a la pregunta anterior, qué le gustaba de trabajar con determinado director.
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Aquí sí la perdimos. Hopkins no entendió en lo absoluto ni la pregunta ni qué debía responder, y se fue por el lado de sus directores favoritos, sus películas favoritas, su mc trío del día favorito, la comodidad, y un largo etcétera que hizo que don Joaquín, tan propio él, comenzara a desvariar.
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Yo, que me chuté todo en repetición en uno de los tantos programas que luego hablaron del acontecimiento, no pude hacer más que subir dos rayitas el respeto hacia su capacidad profesional –pero nada más dos, porque el resto se lo tengo dedicado a Carmen Aristegui, que con eso de don Felipito y su supuesto (o ni eso, pura habladuría para causar protagonismo) alcoholismo, se manifestó otra vez como una de las voces periodísticas más seguidas, amadas y utilizadas como bandera de nuestros medios-. Así que si yo antes lo consideraba bueno en su trabajo, ahora creo que por lo menos tiene eso que es necesario en todo periodista que se considere medianamente capaz: cojones.
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Permaneció al aire intentando salvar la situación, y su actividad cerebral intentando conectar neuronas que le dieran el término, el acento, la sintaxis, la conjugación, en un idioma que evidentemente no maneja, bien podría haber encendido tres o cuatro focos. No mandó a corte, y su producción, que imagino, como su peluquero y su maquillista, no lo quiere, no hizo absolutamente nada por ayudarlo. De hecho, le ensució la toma metiendo a un supuesto ingeniero en audio que intentó ayudar a don Antony a escuchar al traductor, y, graduado en Harvard el muchachito, porque del Poli hubiera logrado mejor, nomás no pudo componer el desperfecto. Nadie pensó en mandar la tecnología al carajo y llevar al traductor ahí, in situ –si es que había un tal, porque ahora comienzo a pensar que mientras Joaquín y Antony intentaban vencer la barrera del idioma, y de la cultura, y de la profesión, y de la geografía, y de, y de, y de, el equipo de noticieros Televisa estaba jugando a ver quién podía decir “fufurufu” comienzo mazapán escupiendo la menor cantidad de morusas-.
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Todo esto redundó en fatalidad, derrota y fracaso. Cuando el problema se hubo solucionado –me gusta utilizar el hubo, pero, nota gramatical del Baile patrocinada por la producción de The Rito, recuerden que haber no es un verbo que pueda conjugarse en todas las personas a menos que sea para su utilización en tiempos compuestos, de modo que no podemos decir “hubieron muchas personas”, y mucho menos “me haigas dicho”-, digo, cuando el problema se solucionó, López Dóriga y el inigualable Antony Hopkins, que a lo mejor estaba actuando como que no escuchaba, y con la maestría que lo caracteriza le salió tan bien que puso a sudar frío hasta al mismo Azcárraga -de quien, chisme local, se dice que López Dóriga es su verdadero padre-, tuvieron tan poquito tiempo para hablar que su charla tuvo que limitarse a un “Gud nai” de parte de López Dóriga, y un “See you later” de parte de Hopkins, que seguro se quedó pensando “Craps! What a strager people are mexicans!”
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Nota para Televisa: o meten al “teacher” López Dóriga a un curso de seis niveles en Imac, dónde habla o habla, o, de plano, le consiguen un traductor que esté ahí. Total, si Lolita Ayala tiene a Perla Moctezuma, y le manda decir tan bonito “Gracias, Perla Moctezuma, hasta mañana viernes”, ¿cómo ‘ngados el presentador titular de su noticiero nocturno va a andar batallando? Nomás falta que el que barre la entradita de la oficina de Azcárraga llegue en una H3, y al presidente corporativo le dé ride el pesero.
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¡Salud!

viernes, 11 de febrero de 2011

Willcomen to Burlesque.

Algo le falta a Burlesque, la más reciente cinta musical de Steve Antin, que no acaba de cuajar. Será que he visto tantas veces películas y puestas en escena similares en temática y tratamiento a la protagonizada por Cher y Christina Aguilera, que se necesita más que medias negras, espejos luminosos y cortinas de terciopelo para sorprenderme. Y si tomo en cuenta que yo no soy ni siquiera un conocedor, ya n o digamos un experto, en materia de musicales, tengo por seguro que los que sí podrían presumir de ese título se habrán sentido defraudados, o por lo menos enfrentados a más de lo mismo, al ver el filme ganador de un Globo de Oro, y nominado a otro más, incluido el de mejor actriz, para la, ella sí, joya a todas luces –y hasta bicentenaria- Cher.
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Pero fuera de ella, que deslumbra aunque su presencia en la trama no equivalga en minutos a los de su coprotagonista, Christina, quien también logra deslumbrar por las increíbles tonadas que surgen de su boca, y de su par de actuaciones memorables, Burlesque tiene poco con qué defenderse ante una memoria que recuerda a Liza Minelli haciendo de las suyas en el entallado y escotado traje de Cabaret, a Catherine Zeta Jones recuperando figura, presencia y voz después de un embarazo en Chicago, o incluso, si nos vamos poniendo recientes, ante el dinamismo, la agresividad y la fiereza de una muy gordibuena Fergie en Nine. Nada que no nos lleve a Bob Fosse, a Lloyd Webber, a Rob Marshall. Incluso nada que no remita a los videos musicales de Aguilera quien, sin temor a dudas, ha abusado del estilo Burlesque en sus videoclips.
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Incluso, pese al par de presencias femeninas que sostienen la cinta, Burlesque no pasa la prueba de fuego de todo musical que se aprecie de ser excelente: su número final, en el cual la ausencia de la voz y figura de Cher no sólo falta, sino causa hueco en el estómago, no pone la piel chinita. Incluso me atrevería a afirmar que hay algunas puestas durante la trama que pegan mucho más que el número que cierra la cinta, olvidando aquella verdad irrefutable de las obras musicales: el número inicial captura la atención, los intermedios cuentan la trama, y el número final inscribe en la gloria y lo inolvidable.
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Y aunque le falta con qué cuajar, la obra completa está bien pensada y bien llevada. La clásica historia de la chica pueblerina que llega a la ciudad para probar mejor suerte, y se gana la atención, la deferencia y el cariño de la matriarca-propietaria de giro negro-bailarina venida a menos, y con ello consigue su triunfo y un lugar en el mundo, es rutinaria, pero la frescura y la, hay que decirlo, muy aceptable actuación de Chrstina, le dan a esa cuestión de la lucha por un puesto entre los grandes, la prueba y su resolución, un aire renovado y encantador.
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Y sobre la figura de Cher en la trinidad ya mencionada, ni qué decir. Es Cher, y su sola presencia en pantalla, y en toda la cinta, asegura una excelente elaboración de cuanto tópico se presente en torno a la soledad, la pérdida de lo más amado, la búsqueda de lo mejor en los últimos años de vida y de la demostración de que, con los años, no solamente todavía hay con qué hacer la sopa, sino que sale mejor –experiencia mata cabellera rubia-.
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Stanley Tucci es otro cuya presencia asegura al filme una buena presentación. Temo, sin embargo, que Tucci, a diferencia de otros actores, será siempre el mismo, y no nos sorprenderá nunca con un papel que no sea secretario, burócrata, asistente o segundo en mando. Lástima, porque si con Cher, Meryl Streept y Tom Hanks, ha hecho por lo menos tres mancuernas inolvidables, uno no puede dudar que lo haría excelente en un rol que arriesgara más, propusiera más, exigiera más. De lo contrario, terminará el pobre como Joaquín Pardavé o Cantinflas, lo que, si bien no representa del todo un fracaso, sí limita su potencial.
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Moraleja: si son fans de los musicales, vayan a verla a sabiendas de que faltan dos o tres cuestiones indispensables para ser a la cinta inolvidable –las mismas tres cuestiones, supongo, que limitaron su nominación al Óscar, porque sí, hay que decirlo, a la Academia le suele gustar que el número final deje la piel chinita. Si les gusta ir al cine para pasar un rato divertido y no pretenden más que eso, o si son seguidores o les atrae la idea de ver a una estrella experimentada y una que ahí la lleva de la talla de las dos que actúan en Burlesque, o si no se ponen muchos sus moños con eso de que en los musicales luzca la trama a través de la música, láncense al cine y disfruten la que será, sin temor a equivocarme, una película muy recurrente en la programación de The Film Zone. Y ya. Porque la que es mi cita esperada es con Natalie Portman en El cisne negro, nominada, ésta sí, al Óscar y toda la cosa. Pero de esa luego les platico, si Mi Ojosh se pone guapo otra vez -¿él cuándo no?- e invita de nuevo los pases en gayola.
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¡Salud!

Dos de Alejo.

Alejo Carpentier es el mejor novelista cubano de la Historia de la Literatura en aquella isla caribeña. Ésta, claro está, es mi opinión, y para generarla hace falta una pizca de desinterés por otra clase de opiniones. Si a ustedes les jala mejor el gatillo –apuesto a que nunca habían leído esa frase aplicada a acciones como gustar, atraer, generar preferencia, y lo apuesto porque yo tampoco la había escuchado jamás- José Lezama Lima, Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante o, qué sé yo, algún otro creador cercano al régimen castrista, ése es asunto suyo. A mí, el que me bate el chocolate, me acitrona la cebolla, me infla el globo –éste último referente sonó muy erótico. Mejor lo suprimimos- es Alejo Carpentier.
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Carpentier vivió el triunfo que pocos escritores conocen, el económico. Pudo vivir de lo que sus producciones literarias le generaron, y vivió amplia, cómodamente. Fue además un genio, un genio literario, en un mundo en el que la genialidad y el reconocimiento monetario suelen estar peleados.
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A Alejo Carpentier lo admiro por tres cosas: por lo que dicen de él, y por dos de sus novelas, El recurso del método, una de las mejores novelas de dictador escritas en Latinoamérica durante el siglo XX, y El siglo de las luces, el acercamiento a las consecuencias de la Revolución Francesa y las ideas de los Enciclopedistas en América, a mi juicio, mejor logrado. También lo admiro por su estilo, su ilustración, su conocimiento en materia de música, arquitectura, pintura, historia y composición literaria. Nadie como Alejo Carpentier se ha acercado tanto a la realidad de las pasiones humanas, y nadie como él ha salido invicto para coronarse con laureles.
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Hasta donde lo conozco, hasta donde la lectura de sus obras me ha permitido acercarme, Alejo Carpentier es el maestro del barroco, la supremacía de lo grotesco y el abigarramiento de las formas del lenguaje. Nadie como él es capaz de describir con tanta minuciosidad una casa con palmeras en patio central, un cuerpo amasado por el trabajo y la guerra, una constelación de arrugas latigadas como rastro del paso de los pesares.
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El recurso del método narra la historia de un dictador latinoamericano que podría ser cualquiera: Díaz, Soumossa, Pinochet, Stalin, Hussein, porque, bien lo decía Vargas Llosa en cierta entrevista televisiva dada a un medio nacional mucho antes de que el podio del Nobel lo elevara hasta las nubes: “Todos llevamos un Leónidas Trujillo por dentro”. Es la historia de la represión, del empoderamiento, del miedo, de la incapacidad del gobernante para entender que, a pesar de la faramalla y el aplauso, sigue siendo un ser humano, y del gobernado para saber cuándo y cómo detener la marabunta que ha creado a través de la aceptación de la propia degradación de su libertad.
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Con El recurso del método, Carpentier demuestra su profundo conocimiento de la historia moderna de América Latina, y además, su profundo entendimiento de la realidad humana: incapaz de vivir sin dioses, sin héroes que lo acerquen a la sublimidad, el hombre busca fabricarlos aunque luego, como bien demuestra otra gran entendedora de su propia especie, Mary W. Shelley, la creación redentora se transforme en un monstruo que sólo obligue a su exterminio.
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El siglo de las luces, por otro lado, es una obra de arte en todos los aspectos. El bagaje cultural que fecunda y respalda la obra, nutrido en la música, la arquitectura, la pintura y por supuesto, la Historia, no puede tiene comparación con ninguna otra presencia detrás de novela, cuento o poesía alguna escrita en Latinoamérica durante la segunda mitad del siglo XX. Carpentier retoma la llegada de las ideas ilustradas a La Guadalupe, el territorio isleño que hoy es Cuba, y utiliza este complicado acontecimiento histórico como pretexto para narrar otra historia, aún más complicada: la de la eterna búsqueda del hombre por una idea que le dé suelo, y que, al mismo tiempo, lo acerque a la eternidad. La eterna búsqueda del ser humano en pos de la verdad. Todo esto bien aderezo a través del uso magistral del lenguaje, que no deja cabo suelto, que no encuentra error, opción de mejora o llamado a la perfección.
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Yo he de ser sincero al decir que no todo lo que está en El siglo… lo entendí. A esta nvoela, como a tantas otras del escritor cubano, le hace falta un vocabulario que desentrañe un poco los círculos concéntricos de los bucles de los querubines que adornan la columna formada a su vez por cilindros que se entrelazan con zarzas y racimos de uva, que forman los párrafos de su literatura –Doña Mago, afín a las formas y los métodos, se sorprendió al ver que El siglo tiene, cuando mucho, una decena de párrafos, porque Carpentier, barroco hasta en los signos ortográficos, no reconoce la función del punto y aparte, y no otorga descanso alguno al lector que espera, como cualquiera de los navegantes de la novela, la aparición de una isla sin mancha tipográfica en la cual descansar antes de seguir el fatigoso viaje-.
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Tanto en El recurso… como en El siglo…, Carpentier hace una vez más lo que mejor le sale: demostrar que sabe, y mucho, y que sus conocimientos no sólo están bien relacionados entre sí, en una unión de significados, símbolos y acontecimientos que sorprenderían a los más experimentados estudiosos de las materias en cuestión, sino que además demuestran un escalofriante encadenamiento que recordaría aquello de que la Historia, para quien no la estudia, está condenada a repetirse.
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Yo, pues, les recomiendo tanto una como otra, y en general, toda la obra de Carpentier. Dicen los que la han leído que, a diferencia otros autores latinoamericanos como García Márquez, Fuentes o Borges, de los cuales hace falta leer sólo una obra para entender su estilo, su composición, su estructura y su forma, Alejo Carpentier, a la manera de Vargas Llosa, exige la lectura de todas sus novelas para poder terminar de “cacharlo” por completo. Eso porque en cada obra se exige un compromiso y una habilidad diferente al lector, y se pone a prueba la inteligencia, la energía y la perseverancia de todas las habilidades de comunicación lectora adquiridas hasta entonces. Y no sé a ustedes, pero a mí me encanta que el escritor me considere lo suficientemente inteligente como para acceder a su obra.
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Entonces qué, ¿van a aceptar el reto que les tiende Carpentier, o van a seguir Corintelleando?
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¡Salud!

jueves, 10 de febrero de 2011

Monopolio.

Adivina, adivinador: tiene 75 años de vida y todavía aguanta hasta 70 días corridos de juego, habla 43 idiomas y conoce y oferta los territorios de 111 países. Y por si todo eso fuera poco, ha jugado con un sexto de la población mundial, construido seis mil millones de casas y dos mil millones de hoteles, y convivido con Los Beatles, Mario Bros, Bob Esponja, Spider Man, los personajes de Disney y Pixar, Star Wars y Pokemón, Gi-Joe, Los Simpsons, Los Piratas del Caribe y diversas temporadas de la NFL y la NBA, inspirado unos tenis Reebok y una edición de joyería y otra de chocolatería. Un dato más, por si les faltaba alguna pista: se imprimen más billetes anualmente en su nombre que dólares. ¿Qué es?
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Monopoly es, a decir de sus fabricantes, sus jugadores, sus fanáticos y sus vendedores, el juego de mesa más jugado en la historia de los juegos de mesa. Yo, de ese dato únicamente, dudo con soberanía. Imagino que se han jugado más partidas de ajedrez, dominó, incluso de damas chinas o inglesas, juegos de tablero que ya estaban en circulación incluso antes de que el término "juego de mesa" fuera acuñado por los ingleses para referirse a toda clase de divertimentos que se ejecutan entre dos o más personas reunidos en torno a un tablero. Pero como hoy estoy de buenas porque acabo de comprarme el mío, el daré a Monopoly el gusto y le diré que sí, que tiene la razón, que es a todo dar y que, si bien nació con la Gran Depresión estadounidense y fue producto de un robo intelectual, es el mejor juego de mesa sobre la faz de la Tierra -se va a sentir el Operando, pero luego le dedico otra entrada y quedamos a mano-.
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Quienes me conocen saben que me gustan los juegos de mesa. Sin embargo, pocas personas saben por qué. Incluso mis más cercanos colaboradores, amigos y familiares, tienen sus propias teorías. El Mayordemishermanos, por ejemplo, asegura que mi afición a los juegos de mesa se debe a que gracias a ellos recuerdo momentos infantiles de seguridad, confort y calor de hogar. Y tiene razón. Doña Mago, que es muy dada a no gastar en ella, asegura que lo mío es un afán por dilapidar los ahorros personales hasta el cansancio. Y tiene razón. La Wera cree que es un pretexto para obligarme a reunirme con los amigos. Y tiene razón.
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Pero a mí me gustan los juegos de mesa, más que por todo eso, porque representan, en una caja de no más de medio kilo de peso, lo que más admiro del género humano: el ingenio, la imaginación, la convivencia, la diversidad, la versatilidad, la tenacidad y la inteligencia. La Mayordemishermanas, a quien el embarazo, no es por nada, le ha traído una belleza particular -a La Buba también, pero ella no me soltó esta verdad irreversible-, me aseguró, contundente y generosa en las verdades: "Al comprarlo, no te cobran ni el plástico ni el papel. Te cobran la planeación".
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Porque imagino que debe haber una planificación milimétrica en la realización de cada juego de mesa que sale al mercado, lo que sólo en cierta forma justifica el éxito de esa clase de juguetes muy a pesar del paso del tiempo, las contingencias del idioma y el cambio de país, y hasta los embrollos empresariales en que de pronto se meten las manufactureras para evadir impuestos y evitar la bancarrota.
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El caso de Monopoly es más que particular. Nacido de las manos de un juguetero de Atlantic City caído en desgracia durante la Gran Depresión, el juego fue vendido a Parker Brothers, la fabricante de juegos de mesa de dicha ciudad por la nada despreciable suma de tres millones de dólares, por su autor -sí, como si de una obra de arte se tratara, el juego de mesa posee autor-, Charles Darrow, quien lo fabricaba hasta la venta de la marca artesanalmente en su casa, auxiliado por su familia.
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El juego de mesa cobró tanta popularidad, que durante décadas Parker Brothers pudo vivir sólo de la producción y venta de Monopoly y un par de juegos más, hasta que en el 2003 la marca internacional Hasbro compró a la legendaria fabricante de Atlantic City, y con ello adquirió el éxito de Monopoly y la responsabilidad de seguirlo fabricando a escala internacional.
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Los 111 países que juegan Monopoly constituyen un aproximado de mil millones de personas que se sientan frente al tablero y compran, venden, hipotecan y subastan propiedades al por mayor. La infelicidad de un hombre, incapaz en 1935 de tener lo elemental para salvar su empresa, generó el juego de compra-venta inmobiliaria más famoso de la historia, llevando al autor a la historia y el desahogo económico, y al mundo a conocer términos como "ir a la cárcel", "pasar por salida" o "carta de la fortuna", inmuebles famosos como las casitas verdes y los hoteles rojos, y billetes de hasta un millón de dólares Monopoly.
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Por eso, y por todo lo que representa su existencia, yo me fui a comprar el mío y celebré con esa adquisición los 75 años del juego de mesa, dicen, más famoso de la Historia. Creo que jugándolo -que no comprándolo, porque eso es otra cosa-, se celebra eso que ya les decía yo que un juego de mesa representa y abandera: la imaginación, el ingenio, la diversidad, el trabajo en equipo, los altibajos de la vida, la tolerancia a la frustración. El fin no de la derrota, sino del rencor y la incapacidad humana para buscarse reglas y romperlas de vez en cuando.
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Es momento de jugar. Celebremos al hombre.
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¡Salud!

miércoles, 2 de febrero de 2011

México mide.

No me lo van a creer. Bueno, quizá me crean si pasaron recientemente por el Wal Mart de Rafael Sanzio y avenida Vallarta. Pero como estoy seguro de que ustedes no conocen rumbos de semejante poder adquisitivo, no espero que me crean. El punto es que los ruegos de ésta su pluma, fueron por fin escuchados: la Cámara Nacional de la Industria del Vestido ha decidido implementar un sistema de tallas acorde a las medidas de la población mexicana. Aplausos.
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Así es que si ustedes alguna vez sufrieron por no encontrar pantalones de su talla, o porque la talla M -que no es de "mediana", sino de "malditaseanomequeda"- en una tienda equivalía a la CH -'ngado'-, G -ganasnomefaltandeandardesnudodeunabuenavez- o XG -xaladasdegamuza- en otra, encontrarán por fin justicia hacia sus dolencias y la satisfacción de sus necesidades. Todo esto ya había sido objeto de alguna entrada de este Baile, y como la buena noticia me dejó jubiloso y me animó a participar en el experimento de la Cámara, no quise dejar pasar la oportunidad de venir a plantéarselas.
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Íbamos Mi Ojosh y yo por el mencionado autoservicio en pro de una botella de agua embotellada -es que desconozco si hay otro tipo de botellas de agua-, cuando el dueño de mis quincenas, que todo lo capta con ese par de ojos tamaño platillo de batería que Dios le dio -que no lea esto, porque con eso de que es librepensador, va a salir con que a él Dios no le dio anda, que todo se lo ganó solito-, alcanzó a divisar una manta tan sugestiva como atractiva. "¿Cuánto mide México?", rezaba el anuncio, y garantizaba la entrega de un vale electrónico de cien pesos si se participaba en un interesante y rutinario experimento: ser sometido a un escaneo corporal y una serie de cuestionamientos sobre hábitos de compra para determinar cómo andan nuestras tallas y qué resultaría más provechoso a la industria fabricar con la etiqueta de CH, M, G y XG -y XCH, porque cada vez que Mi Ojosh no encuentra entre los estantes una prenda por lo menos que diga XCH, se pone de malas y suelta toda una disertación sobre lo injusta que es la industria del vestido con los novios "petit", y lo bien que estaríamos si hubiera ganado López Obrador-.
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Así que atraídos más por el hecho de ser escaneados que por el dinero, el esquimal y el oso polar hicieron fila esperando su turno. Cuando llegó el mío, no pude evitar ponerme nervioso. Digo, uno está tan acostumbrado a los monitoreos antiobesidad del IMSS que no pude evitar pensar que me llamarían "gordo", pondrían una anotación en mi cartilla de salud y me mandarían a régimen obligatorio por un par de meses. Pero nada de eso. Me cuestionaron sobre cómo me gusta comprar ropa y qué pienso de mi peso, y luego me regalaron unos calzoncitos que, ¡oh, cruel oprobio público!, me obligaron a usar para pararme frente a una serie de cámaras que tomaron mi imagen y la tradujeron a líneas y vectores, que finalmente resultaron en mi curvilinea y sensual -si no lo digo yo, ¿quién?- figura de muñeco de sololoi.
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Mi Ojosh enfrentó el mismo agravio y también salió bien librado. Él, más llevado por el constante resentimiento que le ocasiona nunca encontrar su talla, o tener que visitar la sección de niños para tal efecto, terminando por vestir camisetas de Ben 10, y por su afán sempiterno de armar una revolución en donde se le permita, se animó a posar en paños menores y ganarse su vale electrónico, además de poner un granito de arena a una investigación mercadológica, industrial y antropológica, cosa que le agrada porque, además de librepensador, es Mi Ojosh un hombre de ciencia.
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Respecto al asunto de la desnudez y su vergüenza, no tienen ustedes mucho de qué preocuparse: hay para despojarse de sus ropas un par de vestidores, y nadie más que ustedes mismos contempla sus vergüenzas frente al escáner. Aunque si les pasa como a mí, que mientras le daban instrucciones para ser escaneado no pensaba otra cosa que "¡maldita sea!, qué cómodos están estos chones!", van a tener que enfrentarse a un cada vez más molesto representante de la industria del vestido que entrará a la cámara de escaneo a dar las mismas indicaciones que, a falta de mi atención, su explicación primera no me permitió captar.
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Ahora les llega un último y muy esperado consejo que no me han pedido, pero que les daré: mídanse. Ya es tiempo de que como población utilicemos prendas que sí nos vayan, y como consumidores compremos artículos que nos satisfagan por completo, con la garantía de que mi talla 32 será la talla 32 de cualquier tienda, sin temor al cambio. Así, un mayor cuidado en las tallas generará una mayor competencia entre las tiendas departamentales y los fabricantes, que se esforzarán ya no por tener las medidas más estandarizadas, sino por mejorar los diseños, los acabados, la realización de la prenda.
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Mídanse y súmense al experimento. Total, no pierden nada, y a cambio, se llevan a casa una tarjeta de cien pesos y la satisfacción de heredar a sus hijos mejores tallas.
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¡Salud!