martes, 11 de enero de 2011

Un tío.

Para ti, que traes lo mejor contigo.
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La voz de El Mayordemishermanos al otro lado de la línea logró salvar un día que pintaba para ser lapidariamente luctuoso: "¡Cabrón! ¿Ya te enteraste que vas a ser tío?" Ninguno de ustedes, a menos que hayan vivido una noticia similar, podrá imaginar el cúmulo de sentimientos que inundaron mi mente, mi cuerpo, mi espíritu -?- ante semejante acontecimiento. En realidad, el hecho que narro, y que mi hermano llevó a mí en primicia, apenas puse un pie afuera del trabajo hace unas horas, fue el punto final de una aventura sentimental comenzada la semana pasada, cuando La Mayordemishermanas y su esposo nos avisaron que existía la posibilidad, dadas algunas pruebas casi irrefutables, de que estuvieran embarazados -ya ven que ahora, con eso de la liberación femenina y la igualdad de géneros, se embarazan ambos miembros de la pareja, y no se dejan solos ni en los bochornos ni en los antojos-.
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Debo decir que, cuando la emoción pasó, lo primero que vino a mi mente fue una gélida sensación de vejez. Como si diez años me hubieran caído encima de zopetón, la palabra "tío" me sonó grande, sobredimensionada, ajena en todo a mis veintitres años y mi propensión a buscarle a todo el lado fácil. No pude evitar hacer un recuento veloz -no podía ser diferente, pues tuve poco que recontar- de las cosas licenciosas de mi vida que, por educación y bien del pequeño en camino, tendría que quitar. "Ni modo, Ojosh", le dije en cuanto le pasé la noticia y lo escuché enternecido al saber que le tamaño de su sobrino(a) es actualmente de solo 8 milímetros, "se acabaron los panes con Nutella en ayunas".
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Y de la vejez, siguieron las ganas de felicitar a los padres y desearles un exitoso proceso de procreación. Finalmente, el sobrino que se avecina, y del cual llevaremos aquí recuento exaustivo para bien y beneplácito de todos ustedes y sus respectivos morbos, el sobrino que se avecina, decía, es el resultado del amor, y es labor de los tíos hacérselo saber todos y cada uno de los días de su vida. Mi Ojosh y yo ya estamos armando un plan de acción, sea niño o niña, para hacerlo desatinar, jugar con él o ella, y darle la infancia feliz, total, plena, creativa y rubicunda que a nosotros nos faltó -no, bueno, no, si el(la) niño(a) no quiere una infancia así nadie lo va a obligar... ¡pero a fuerzas nos va a tener que dar el gusto de jugar con él a los Tunder Cats-!
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Lo que hice entonces, completada mi felicidad, fue comenzar a propagar la noticia como la buena nueva más buena de las últimas fechas. La recibió primero el nuevo tío, interesado en saber el sexo para ir midiendo sus fuerzas -si es niña, dice, le enseñará a patear acosadores. Si es niño, partes nobles ajenas y robo de lonches-. Y luego, poco a poco, el resto de mis personas importantes. Las felicitaciones y los buenos deseos llovieron, y con ello terminó en mí el cúmulo de sensaciones, para darle paso el gozo: este pequeñín, hoy de 8 milímetros pero latidos muy fuertes, viene con buena estrella. Y nosotros, que tanto amamos, nos vamos a encargar de hacérselo saber.
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Muy bien, pequeño Canela Madrigal. Lo has hecho bien. Por lo pronto, conseguiste nacer en una familia alborotada y loca que te espera, y necesita, para darle a sus días un nuevo brillo. Bienvenido, sobrino. Nos la vamos a pasar de poca.
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¡Salud! -no, tú no tomes. Espérate por lo menos a que cumplas las 36 semanas, y entonces sí nos arreglamos-

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Pues agárrate cuando el que te diga tío, sea él o ella, no será el bebé quien tenga que usar pañal.
Nuevamente: ¡felicidades!