martes, 11 de enero de 2011

Un regalo para una niña güera.

Hoy ya no sé qué regalarte. La noticia me conmocionó a temprana hora, afortunadamente salida de ti, pues si otro me la hubiera traído no la hubiese creído. Y bastaron sólo unas cuantas frases para que a mí se me viniera el mundo encima, me pusiera en tus zapatos y entendiera de súbito, con ese frío incómodo que uno siente cuando se le está yendo la vida en un instante entre segundos, que nada volvería a ser lo mismo para ti. Y también comprendí, y si no lo comprendí por lo menos lo sentí, como una suerte de instinto básico, elemental, que lo que yo tenía que hacer era salir corriendo de casa y darte un abrazo cálido, tan cálido, que no hiciera falta, por un par de minutos, nada más en el mundo para ti.
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Pero está claro que yo no podría, ni cediendo espacio en mí a ello, darte lo que hoy has perdido, lo que hoy se ha ido de tus manos. Tu padre era, por sobre todas las cosas, un gran hombre, de inigualable calidez humana e insuperable rigor axiológico. La herencia que deja a ti y a tus hermanos, herencia de humanidad, fortaleza y tenacidad, tampoco la recibirás de nadie más. Ni de El Shelmocaradeshelmo, ni de todos tus amigos, ni del resto de tu familia. Se ha ido, es cierto, pero ha dejado tras él un tesoro de riqueza inimaginable, y cuando el dolor se vaya, porque se irá, te lo garantizo, más pronto que tarde, podrás hacer un inventario de ese gran cúmulo de cosas que tu padre ha dejado, y lograrás ponerlo todo en su lugar.
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Ahora no. Ahora sólo surgen preguntas y se hacen cuestionamientos. Es natural que sientas odio, rabia, dolor, miedo, incertidumbre. Es natural que llores, hagas berrinche, o rías sin razón. Tienes el derecho, el supremo derecho, de darle todo el lugar necesario a tus sentimientos, de defenderlos y alentarlos a existir. Vive. Es tiempo de que sientas, y le des prioridad a eso que sientes. Es momento de restringir las apariencias y ser, sólo ser. Ya suficiente tienes con el dolor de la ausencia como para agregar a esa castración que es su ausencia la presión del no querer que te vean llorar, o sufrir, o pasarla mal. Tus amigos, ésos que año tras año estamos contigo, y sentimos ese mismo instinto de salir corriendo para darte, a manos llenas, lo que tú tanto nos has dado, no tenemos otra cosa que hacer que alentar a tus sentimientos a fluir, defenderlos frente a los ojos de otros, y resguardar tu corazón.
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Yo quisiera darte muchas cosas. Darte seguridad, confianza, calor humano. Darte las respuetas a las quinientas mil preguntas que hoy inundan tu mente. Darte el futuro, en tus manos, claro, transparente, entero, para que nada tenga ya el poder de preocuparte. Darte lo que mereces, todo el amor del mundo, y la ausencia de carencias hasta en el más privado de tus aspectos. Que lo tengas todo, como tú siempre lo has dado a esta pluma que hoy escribe, entre sorprendido y acongojado, intentando ponerle un orden regular a un día temible.
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La noticia me sigue rondando al cabeza y, al igual que tú, esperaría para ella la etiqueta de "mal sueño". Conforme pasan las horas, y las cosas no se pierden en un despetar abrupto, me voy dando cuenta que ni tú ni yo soñamos, y que el dolor, vivo, castrante, fuerte y constante, es nuestro, todo nuestro. Como nuestras son las lágrimas, y todo sentimiento que, te lo dije hace un par de párrafos, es necesario hoy defender en ti.
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No sé qué nos venga, Wera. Ignoro qué darte si tengo, quizá hoy más que nunca, las manos vacías. Mi compañía resulta pobre, mi abrazo finito, mi consejo y mi escucha limitada. Mis ocupaciones diarias me impedirán estar contigo día y noche, censurar tus sueños y limitar tus pensamientos, atrayendo las cosas felices, denigrando a las dolorosas. Por ello, por todo ello, no haré otra cosa que reconocer que lo que me toca, lo que puedo hacer por ti, es lo que mis límites humanos me ofrecen: el abrazo instintivo, el consejo de siempre, el apoyo que jamás se irá.
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Sobra decirte que has hecho mucho por mí. Tu duelo es mi duelo, y el duelo de los míos. Lo que no ignoro, hermanita, es que si en otras ocasiones has podido tú sacarme adelante, no es por otra causa que el gran conjunto de valores y enseñanzas que tu padre puso en ti. Lo que eres es lo que tengo, lo que me ha sacado adelante, y todo eso es parte de su herencia, su bendita herencia.
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Hoy, si bien no puedo regalarte nada, sí puedo abrazarte, consolarte y acompañarte, y asegurarte que, mientras me quede la vida, será mi preocupación estar contigo, en buenas y malas, en alegrías y tristezas, en gozos y lutos. Hoy, contigo y tu familia, me sumo una vez más al inmenso cariño que te guardo, y al profundo agradecimiento que tengo, hacia la vida, hacia Dios, hacia quien resulte responsable, por ponerte en mi camino.
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Y que él, con todo lo grande que fue, encuentre ahora el descanso que en vida la preocupación por los suyos no pudo alcanzar.
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¡Salud, Wera!

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