viernes, 28 de enero de 2011

Cuando muere

"La única pregunta que se nos va a hacer al fin de los tiempos es cómo tratamos al pobre. Tuve hambre y me diste de comer. Por eso, América Latina tiene sus mártires y sus santos. Primero cayeron los seglares. También entre la jerarquía que asume esta opción hay mártires, que no son, como antes, mártires de la fe, sino mártires de la justicia. Hoy se muere por optar por los pobres".
Samuel Ruiz García (1924-2011)
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Chiapas es uno de los estados de la República Mexicana con mayor concentración indígena. Ahí, cerca del noventa por ciento de la población pertenece a alguna etnia y aprende el español como una lengua alternativa a la materna, que corresponde al grupo indígena en el seno del cual se desarrollan sus primeros años: tzotziles, tzeltales, tojolobales y choles, entre otros. En una correspondencia casi obvia, es la entidad federativa en que se registran mayor número de violaciones a los derechos humanos en contra de indígenas, y uno de los centros poblacionales con menor poder adquisitivo. En Chiapas, se refleja la realidad nacional: el noventa por ciento de la población no tiene idea de qué se llevará hoy a la boca. Hasta hace poco tiempo, era el estado con mayor número de niños desnutridos, analfabetos y muertos a temprana edad. Y, según cierta leyenda urbana que ningun mexicano conciente se atrevería a dudar, su paisaje selvático y el rezago educativo que el estado padece, ha ocasionado el atraso en materia de igualdad entre géneros y razas, facilitando la compra-venta de mujeres, la explotación campesina y la continuidad de privilegios e intereses de ricos sobre los pobres.
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Samuel Ruiz García fue obispo de la diócesis de San Cristobal de las Casas desde 1960. Su nombramiento, ejecutado por Juan XXIII, ocasionó la pronta molestia de muchos a quienes Ruiz García, de tan sólo 36 años de edad, les parecía demasiado joven, inexperto quizá, para una de las diócesis más difíciles de pastorear, entre pobladores indígenas con creencias y cierta ideología arraigada y aún en muchos sentidos no alcanzada por concilios, catecismos ni conquistas. Porque Chiapas, faltaba decirlo, es también el estado en que sus pobladores más creen aún en la tierra como madre, el Sol como padre, el fuego como abuelo.
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Y sus más grandes temores cobraron pronto realidad. Samuel Ruiz se convirtió en el defensor de los pobres, el "tata" -padre- de los grupos marginados, y luego, tras la rebelión zapatista en 1994, en el interlocutor por excelencia entre el EZLN, lidereado por su íntimo, el comandante Marcos, y el gobierno de la república. Pronto, Ruiz supo poner los elementos más básicos del catolicismo y el cristianismo al servicio del bienestar de los pobladores del sureño y selvático estado. Defendió la tenencia y administración de tierras por parte de los indígenas, respetó su cosmovisión y difundió el maltrato, la vejación, el dolor acumulado de años, la Independencia no consumada, la Revolución no realizada, la Institución no ejercida. Supo hacerse de la confianza, el cariño y la complicidad, y fue ese acercamiento, demasiado arriesgado para una Iglesia Católica que ha perdido el ceso entre jerarquías y sueños irrealizables, le valió el cariño de propios y extraños, para quienes Samuel Ruiz signifó siempre la creencia fiel y absoluta no en el catolicismo, sino en el género humano y su dignidad.
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Por sobre todas las cosas, fue un defensor de la causa más mentada por gobiernos, benefactores y ególatras, la atención a la pobreza, y un dignificador de la causa misma. Renegó de la postura de la Iglesia hacia el pobre, semejante al minusválido para la cosmovisión típica del catolicismo. Ni absoluta víctima de las circunstancias ni pecador, el pobre merece el trato digno y soberano de un hombre cualquiera, y el acceso a oportunidades para su realización, como cualquier persona. Ni más santo, ni más justo, ni más respetable, el apoyo que reciba del que sí posee debe ser en bien de su crecimiento, no de su dependencia.
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Como todo hombre que enfrenta con valentía a su propio círculo social, padeció insultos, amenazas y críticas, las más duras de sus propios correligionarios, demasiado cómodos en sus confesionarios y alzacuellos como para atreverse a desafiar a una sociedad entera, con sus propias formas de pensar. Vivió, y es la razón por la cual lo admiré siempre, muy dentro de su corazón el amor a la verdad, la justicia y la paz que pregonó Jesús de Nazareth hace dos mil años, y nunca perdió piso en su búsqueda por la defensa de la igualdad, el honor y la dignidad humana. Hizo por su pueblo más que otros altos jerarcas que podrían, con la humildad y el trabajo progresivo, inalcanzable e interminable de Ruiz García, hacer más que con sus gritos, sus blasfemias y sus insultos, su defensa a abusadores, pederastas y delincuentes, sus silencios criminales.
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Hoy, su muerte deja un profundo vacío en la sociedad mexicana, y su nombre se inscribe con letras de oro entre los grandes. Yo no est,oy muy seguro de que podría, en su lugar, hacer lo que él hizo. Renunciar de esa manera a tabúes, presupuestos, jerarquías, respetos y consideraciones excesivas. Abandonar la zona de confort y darle al mundo una razón para creer en los valores universales a través de su práctica. Por eso es que, frente a su presencia, no puedo hacer más que maravillarme, bajar la cabeza y decir, con voz muy clara y sin dudas: caray, te extrañaremos, tata.
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¡Salud!

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